El fin de mi vida

Graham Joyce · Capítulo 6 de 37

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El fin de mi vida

Capítulo 4

Al día siguiente oí unos golpecitos en la puerta, obra de una mano tímida. Jane Louth llevaba una minifalda rosa, medias de nailon marrones y unas botas de cuero blanco que le llegaban a las rodillas. Sé que esta clase de chicas me considera un adefesio y un espantajo, pero no pude evitar sacudir la cabeza. Su concesión a la discreción había sido colocarse una capucha blanca de falso armiño alrededor de las orejas. Iba tan bien camuflada como un conejo rosa.

Bueno, en ocasiones me alegro de ser un adefesio, si eso es lo que soy.

Le pedí que entrara. Jane tenía el pelo del color de la cebada y una nariz solo un poco achatada. Eso, y una postura encogida que le hacía cruzarse de brazos y apretar las rodillas al sentarse, retorciendo un tobillo alrededor del otro. Lo que más me distrajo fueron las enormes pestañas postizas pegadas con mano inexperta a los párpados. Quiero decir, ¿por qué te pones esas bestias peludas encima cuando vas a ver a otra mujer por un asunto como el que la había traído? No entiendo a mi propio sexo.

Aunque tenía un año más que yo, sabía que Jane me tenía miedo.

Cuando le dije que Mammy volvería en menos de una hora se sentó con una taza de té, mirando a su alrededor los racimos de hierbas colgados de las vigas, y a través de la cortina abierta de la alacena, con todos sus frascos, botellas y jarros.

Cuando Mammy estaba fuera yo ponía el transistor bajito.

—Radio Caroline —me dijo.

—Sí.

—¿Va a ayudarme Mammy? —espetó Jane al fin.

—Sí. Pero antes va a hacerte algunas preguntas.

Los ojos azul claro de Jane se abrieron mucho.

—¿Qué preguntas?

—Te preguntará si has consultado a la señora si esto que quieres hacer es lo correcto; y tú debes decirle que lo has hecho y que la Luna estaba luchando hacia el este, lo que no tiene nada que ver con cómo estaba en el cielo, pero si Mammy te pregunta qué significa eso, tú le dices que era el hueco de una mano izquierda.

Jane mantuvo la taza de té a unos centímetros de sus labios.

—¿Una mano izquierda?

—Sí, y eso le satisfará porque significará que has mirado de forma adecuada, algo que sé que no has hecho, pero que no es asunto mío. Eso es algo entre tú y tu alma. Y entonces Mammy te preguntará quién es el padre y tú deberás decírselo.

—¡No puedo contarle eso!

—Pues más te vale, o no te ayudará.

—¿Y eso no es un asunto entre yo y mi alma, por el amor de Dios?

—Puedes intentar callar, pero Mammy se dará unos golpecitos en la nariz y dirá: «conocimiento». Y si mientes ella lo sabrá y te dirá que te marches, y entonces te irás corriendo a ver a ese gnomo de Leamington Spa y a sus pinchos, así que tú misma. No llores, Jane. Ten, límpiate las lágrimas porque a Mammy no le gustan. Tienes que ser fuerte, o ni siquiera se planteará el ayudarte.

Jane sorbió por la nariz y se limpió una lágrima con el nudillo.

—¿Y qué va a hacer?

—Te dará un té que sabe a hierbabuena y tú te lo beberás mientras te lo cuenta, y eso es todo. Y sé lo que estás pensando, y la respuesta es no: no es una pócima, y no es magia. No es más que una hierba, una que te activa, y empezarás a sudar y a sangrar, y eso será todo.

—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!

—Mira, Jane, si no estás decidida es mejor que te marches. Desde luego, Mammy no va a ayudarte si cree que no lo tienes claro del todo.

Vuelve con el hombre con el que te acostaste para ver si hay otro modo de resolver la situación.

—No, lo tengo claro. De verdad. He traído esto, mira. —Jane extrajo un sobre del bolsillo de su minifalda.

—Ni lo menciones, y no intentes dárselo a Mammy. Solo déjalo con discreción sobre la repisa de la chimenea y no digas nada de pagos.

El gozne de la puerta del jardín chirrió y las dos supimos que Mammy había regresado. Asentí a Jane para darle ánimos y me incorporé, para mostrarle a Jane una postura más adecuada con la que recibirla.

Mammy entró apresuradamente, colgó el bastón de caminar de un perchero en la pared y cerró la puerta tras ella.

—Buenos días, Jane.

—Buenos días, Mammy.

Me acerqué para ayudar a Mammy a quitarse el abrigo.

—¿No tienes frío, con la falda por la raja del culo como la llevas? ¿Y le has preguntado a la señora acerca de nuestro asunto?

—Sí lo he hecho, Mammy, y estaba luchando hacia el este, con lo que quiero decir que estaba en su copa de la mano izquierda.

Mammy se giró y enarcó una ceja en mi dirección. Traté de combatir con todas mis fuerzas el rubor que se adueñó de mí desde el cuello hasta las orejas.

—Vaya dos botineras —dijo—. Vamos a ello.

Cuando Jane Louth se hubo escabullido con su té de hierbas, Mammy se sentó con su rapé. Lo tomaba todos los días, y mezclaba el comercial con las hojas verde grisáceas de milenrama que recogía de los bosques. Lo guardaba en una cajita de plata que alguien le había dado en señal de profunda gratitud. La cajita, que tenía unas flores grabadas, estaba curvada por el fondo de tanto tiempo como había pasado en su mano. Mammy podía abrir la tapa con el pulgar, meter el dedo y llevarse el polvo a la nariz al tiempo que cerraba la cajita. Había notado que, cuando el polvo alcanzaba el fondo de la cavidad nasal, los ojos de Mammy siempre relucían, aunque yo detestaba aquel hábito y nunca lo había probado. Mammy declaraba que aquello daba un nuevo cariz al momento.

—Moza estúpida... —dijo Mammy, con los ojos acuosos por el placer mientras echaba la cabeza hacia atrás para aliviar la sinusitis—. No hacía ni caso a lo que le decía. Estaba demasiado ansiosa por largarse de aquí.

—Las asustas, Mammy. Tienen miedo.

—Y así debería ser. Si pensaran un poco más en lo que yace debajo de las cosas no tendrían tanto miedo, Pero me ha dicho que solo había tenido una falta, y creo que mentía.

—¿Y por qué iba a mentir?

—Esas pobres niñas siempre mienten, mi paloma. —El rapé estimulaba y ablandaba a Mammy al mismo tiempo, y cuando se ablandaba siempre me llamaba «su paloma», o «su liebre», o «su flor»—. Se quedan ahí pensando que no puede ser, y llega una nueva falta y después otra, y entonces se dicen que es la primera. Se mienten a sí mismas. Y en cualquier caso, en todas las cosas suele haber más mentiras que verdades.

—Eso no puede ser.

—Eres muy joven.

—Pero le has dado el ajonje y el poleo.

Mammy no respondió, lo que ya era respuesta suficiente. Parecía estar pensando en otras cosas. En cualquier caso, yo sabía exactamente qué era lo que Mammy le había puesto a Jane Louth en la mano y en qué proporciones; podría prepararlo yo misma, aunque Mammy nunca me permitiría administrarlo por mi cuenta. La baya del muérdago, a la que llamamos ajonje, era demasiado peligrosa. Es uno de los mejores abortivos, y estimula tanto el sangrado como la contracción del útero. Y el poleo hace algo más que nublar el té con el sabor de la menta; también estimula fuertes contracciones del útero. Las hierbas excitan sus mutuos ingredientes activos, pero en el caso de la perla brillante que es la baya del muérdago, las cantidades deben ser exactas. Un pequeño error de cálculo en la dosis puede provocar vértigo, alucinaciones, parálisis e incluso la muerte. A la prescripción de abortivos Mammy la llamaba el juego del diablo, y a mí me mantenía lo más alejada posible del asunto.

Mammy había advertido a Jane Louth de los problemas del preparado: sudaría; vomitaría; sentiría dolores y mareos. Le dio instrucciones para que disfrazara estos síntomas. A la mañana siguiente, la chica debía contar a

todo el mundo que había recogido en el campo cagarrias, o setas de San Jorge. Culparía de su malestar a un hongo perjudicial.

—¿Y cuándo se supone que he ido yo a recolectar setas? —había dicho Jane—. No es que sea una monja de mierda que va cantando por la pradera, precisamente. ¡Que yo no hago esas cosas, vamos!

—Pues precisamente por eso cogiste la seta equivocada, ¿no? Levántate por la mañana y vuelve toda mareada, como uno de esos yeyés de la carretera. Y dile a todo el mundo que la primavera te ha embriagado.

Mientras Mammy le daba la espalda, Jane había depositado el pago sobre la estantería sin decir ni una palabra, había cogido su jarra de té y se había marchado.

Cuando le pedí a Mammy que me confirmara los contenidos del preparado, solo quería conocer sus intenciones. Si Mammy estaba convencida de su curso de acción le habría ofrecido los abortivos más eficaces, como en el caso de Jane Louth. Si no lo tenía tan claro, o si la chica parecía poco resuelta, prescribiría una hierba más suave como la mejorana, la betarraga o la valeriana, estimuladores del sangrado pero menos fiables. Mammy me explicaba que en ocasiones prefería que el río decidiera su propio curso. Así era ella. Decía que no podías forzar al río.

Podría funcionar. Podría no funcionar.

Pero yo sabía otra cosa: en determinadas ocasiones, lo que Mammy conocía afectaba a la decisión del tipo de abortivo a administrar.

—¿Y te dijo quién es el padre? Me pareció que no pensaba hacerlo.

—Tienen que hacerlo. Me miran a los ojos y no pueden evitarlo. Por eso es bueno que estén un poco asustadas.

—¿Y te sorprendió?

—No, ese nombre ya se ha pronunciado aquí antes —dijo Mammy con expresión malhumorada. Cogió el atizador y golpeó un tronco que había en el fuego—. A ese le gusta meterse entre las piernas de las chicas. —

Después se rió suavemente, dejando el atizador—. ¡Y a ellas les gusta dejarle hacer!

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