El fin de mi vida
Capítulo 10
El día siguiente trajo una fuerte lluvia que no dejaba de repicar contra el tejado, además de una llamada a la puerta de Arthur McCann. La lluvia, punzante, plateada y gélida, atacaba desde un ángulo tan cerrado que se colaba por las tejas de la techumbre y bajaba por una esquina de la sala.
Había colocado una cacerola para recoger la gotera.
—¡Déjame entrar, Fern! —le oí gritar—. ¡Me estoy calando hasta los huesos!
Corrí hacia la puerta y abrí. Cerró de un portazo y se recostó contra la hoja, resoplando como si hubiera estado huyendo de un toro. Se quitó la gorra y se limpió el agua de la frente. Su cara era una confusión de pecas y gotas; parecía una trucha.
—Acércate al fuego —le dije.
Se sacudió el agua del abrigo encerado y algunas de las gotas me cayeron encima. Después se colocó dando la espalda al fuego. Le salía vapor del cuerpo y su cara se ruborizó. Le quité la gorra empapada de las manos.
—No habrás venido en esa maldita motocicleta tuya con este tiempo,
¿no?
—He venido caminando.
—¿Para qué? ¿Es que ese lord Stokes, allí sentado en su enorme mansión, bien calentita, tiene prisa por mudarse a mi choza con goteras?
—Lord Stokes está gagá, Fern. El que está detrás de vosotras es la Anguila de Norfolk.
«La Anguila de Norfolk» era el nombre con el que todo el mundo conocía a Venables, el administrador de la hacienda, un personaje astuto y escurridizo de piel rosada y mejillas suaves y rubicundas. De repente recordé su rostro mientras me miraba desde el umbral del Bell, el día en que empujaron a Mammy.
—Me da igual quién sea el que quiere echarme.
—Me siento mal —dijo Arthur—. Ojalá supiese de algún modo de ayudarte.
Y durante un segundo lo miré con expresión esperanzada, pero se enfrentó a mi mirada con firmeza, rodeado por el vapor que emanaba de su abrigo. Y entonces dejé morir la esperanza. No creía que alguien en su posición pudiera hacer mucho en un caso así. La lluvia caía gota a gota sobre la cacerola, lo que distrajo su atención.
—El techo es un colador —le dije.
—En cuanto deje de llover subiré ahí para arreglártelo.
—¿Antes de echarme, quieres decir? ¿Para qué ibas a hacerlo? —Pero ya sabía para qué.
—¿Eh? —dijo, como si no me hubiera escuchado. Se metió un dedo en la oreja y le dio vueltas, como si intentara destaponar el agua o la cera. Se acercó a la cacerola y miró hacia arriba—. Necesitas a un tipo que se encargue por ti de estas cosas, Fern.
—Los tipos comen demasiado —respondí.
Me dirigió una mirada ladeada antes de volver a revisar el tejado.
—Me pregunto si podría conseguirte algunas semanas más. Aguantarlos un poco.
—¿Cómo?
Parecía hablarle a la gotera.
—En este momento la Anguila de Norfolk tiene muchas cosas en la cabeza. Se está ocupando de otros asuntos. No te prometo que pueda hacer algo, ¿eh? Pero puedo intentarlo.
Presentí que sabía algo que no quería revelar.
—¿Y por qué ibas a hacer eso por mí?
Por fin, Arthur dejó de estudiar la gotera y me miró.
—¡Basta, Fern! ¡Ya sabes por qué!
Me quedé observándolo y pensé: bueno, la verdad es que nuestras ventajas son injustas; podemos hacer bailar a los hombres y pretender que no los vemos dar saltitos y cabriolas, podemos simular que no sabemos nada de nada. Y sentí lástima por Arthur.
—Te agradezco cualquier cosa que puedas hacer.
Le dije que se quitara el abrigo. Le preparé una taza de té y le expuse los detalles exactos de mi situación económica. Lanzó un silbido y se rascó la papada buscando inspiración en vano. Nos reímos recordando el día en que Mammy le arreó en los riñones con el bastón y traté de agradecerle el apoyo que nos había prestado en Keywell, pero ni siquiera quería hablar de ello.
—Fue una desgracia —es cuanto dijo, y después de aquello el asunto murió en el silencio. Aquello era el aviso de que era hora de marcharse. —
Hay otra cosa —dijo poniéndose el abrigo empapado—: esos hippies de la granja Croker. Han estado sacando agua de vuestra bomba.
—¿Y qué pasa?
—Me han dicho que te diga que no pueden hacerlo.
—¡Pero eso es mezquino!
—Ya lo sé. No le hacen daño a nadie. Pero la Anguila de Norfolk ha admitido que no puede impedir que tú les des el agua, así que también te lo digo. De ti depende, Fern, pero colocándote contra la hacienda no vas a ganarte muchas simpatías. De ti depende.
Arthur se puso la gorra calada, aunque de bien poco le iba a servir porque afuera seguían cayendo chuzos de punta. Pero tenía otras cosas que hacer. Lo dejé marchar y cerré la puerta quizá demasiado rápido. Después me giré y medité durante un momento. Una gota de lluvia cayó desde la gotera a la cacerola.
Aquella mañana, la lluvia se curvó en el cielo plomizo y no se detuvo hasta después del mediodía. Y aunque después no escampó por completo, remitió bastante y más tarde el día pareció aclararse un poco. Me puse el abrigo grueso de lana y las botas y decidí salir a pasear por los bosques de Pikehorn, para pensar bien las cosas. Me cubrí la cabeza con una bufanda
negra para protegerme las orejas del viento feroz; me importaba un bledo la pinta que tuviera.
Los esfuerzos de la hacienda por echarnos de la casita no tenían que ver únicamente con el alquiler. Querían la casita quizá para alojar a uno de sus empleados y, ahora que Mammy estaba fuera de escena, había desaparecido el poder que les impedía hacerse directamente con lo que querían. Yo era una chica con poca experiencia y sin protección alguna. Volví a pensar en Arthur, pero me pareció que las prisas por encontrar a un hombre que me ayudara, a cualquier hombre disponible, era una especie de debilidad.
Los cables eléctricos que recorrían los campos sobre gigantescos pilones siseaban con el agua. Salí de la carretera y me dirigí a los bosques, cargados por el aguacero. El camino negro (un rico compuesto de raíces de helecho y hojas en descomposición) estaba encharcado. Pero los verdes helechos eran flexibles, y los árboles y matorrales habían quedado límpidos y cantaban bajo el agua. En el límite del bosque pude sentir en las hojas, en las ramas, en todo el follaje, una crepitación. La lluvia había cargado el aire.
Olía muy bien.
Conocía los bosques tan bien como los campos. La tierra y su oferta de plantas, arbustos y hierbas eran un calendario consistente. En realidad, era mejor que un calendario. ¿De qué servía saber que estábamos en el quinto o el décimo día de marzo si la tierra te contaba que el año se resistía a arrancar? Los días podían pasar, pero si la tierra no estaba preparada no podías hacer nada por meterle prisa. No tenía sentido recoger manzanilla en mayo si había llovido mucho, o endrinas en otoño si no había habido ni una helada. Únicamente el paso de las hojas del campo conformaba un calendario, un almanaque vegetal que nos informaba de la verdadera época del año. Nosotras cartografiábamos sus constelaciones en los setos, que a cambio nos decían por dónde debíamos caminar.
Mammy se quejaba de que, en los bosques, a menudo resultabas seducido. Mientras paseaba sentí cómo me dejaba llevar, cómo me alejaba a la deriva, pero esta vez no me obligué a regresar y tuve una especie de visión. Las gotas de agua de cada rama y cada yema, de cada una de las hojas, comenzaron a expandirse; eran esferas plateadas, perfectas y reflectantes, que se inflaban hasta convertirse en globos preñados de luz.
Los helechos empezaron a acusar el nuevo peso y se torcieron, hasta que los flexibles y carnosos tallos verdes recuperaron de golpe su forma y dispararon su carga como una catapulta, arrojando sus globos por los aires; así hicieron los capullos en la punta de las ramas de los árboles, disparando burbujas iridiscentes de luz.
Yo sabía que podía montar en aquellas burbujas luminosas. Entrar incluso en ellas y flotar libre sobre las casas, escuchando lo que decía la gente. Aquel instante fue un regalo. Si hubiera podido calcular su significado habría quedado más allá de los límites de este mundo, pero en ese momento me encontraba surcando los espacios entre los árboles. No sentía ninguna necesidad de ayuda. Tenía la sensación de que podía responder a cualquier cosa.
—¿Qué estás haciendo?
La pregunta me devolvió de golpe a la tierra en un momento de pánico, un torpe descenso en el que no era capaz de encontrar la voz para responder; un momento durante el que tuve que recomponer mi persona, buscar la garganta, la lengua, las palabras que no levantaran sospecha alguna. Pero ¿sospecha de qué?
—¿Te he sobresaltado?
Y vaya si estaba sobresaltada. No era otro que Venables, el administrador de la hacienda. La Anguila de Norfolk en persona, y no se me ocurría otra cosa que mirarlo con expresión estúpida. Me devolvió la mirada con cara de perro de aguas. Sus mejillas eran tan fofas y sonrosadas que te daban ganas de darles un capirotazo. Y aunque me sonreía con amabilidad, lo rodeaba un aura de tristeza, de tragedia personal, que me impulsaba a protegerlo.
Era algo realmente ridículo, cuando aquel era el hombre que se estaba preparando para ponerme de patitas en la calle. Lo reté a que me dijera algo de mi paseo por el bosque. A la hacienda Stokes le gustaba dar a entender que era la dueña de aquellos bosques, pero yo sabía que eran propiedad de un consorcio, y que las tierras de la hacienda simplemente colindaban con el bosque. Pero no me dijo nada.
—Te estaba admirando. Parecías tan absorta en tus pensamientos... —
dijo.
—Lo estaba —repliqué.
—Yo también lo hago. Venir aquí y perderme, quiero decir. —Dio un paso hacia mí pero se cruzó de brazos, lo que era un modo astuto de avanzar y dar un paso atrás al mismo tiempo—. ¿Pero sabes qué es lo más extraño? Que me dirigía hacia tu casa, para hacerte una visita.
—¿Hacerme una visita?
Mammy me dijo en una ocasión que, en los bosques, podía hacer aparecer cuanto quisiera. Aunque yo no había querido encontrarme con aquel hombre de pico de oro. No lo había llamado.
—¡Sí! ¿Estabas pensando en volver ya? Podríamos pasear juntos. Tengo algunas noticias, algo que podría animarte.
Titubeé. Me sentía intrigada, porque en todos los años que había pasado con Mammy nadie de la hacienda había visitado jamás la casita, algo que nunca se me había antojado extraño. Pero también me sentía molesta, porque aquel momento luminoso en el bosque había estallado como una pompa de luz, y ya nunca sabría hacia dónde me dirigía. Pareció leer mis pensamientos.
—Espero no haberte estropeado un momento perfecto.
Anduvimos juntos de vuelta a la casita. En un punto del camino sujetó una rama espinosa para que yo pudiera pasar por debajo sin lastimarme.
Incluso me ofreció la mano cuando trepamos la escalera, y contra lo que me decían mis instintos la acepté. Se negó a contarme las noticias que traía hasta estar instalados en la casita.
Una vez allí, encendí el fuego. Venables era un hombre alto, y sentía sus ojos sobre mí en todo momento. Rechazó educadamente el té, la ginebra de endrinas y el vino de bayas, pero aceptó un vaso de agua. Me quité el abrigo húmedo y acerqué una silla al fuego humeante.
—He oído que Mammy está en el Royal. Debes de echarla de menos.
—Así es —dije—. ¿Cuáles son esas noticias que tenía para mí?
—Es por lo de salir de esta casa.
—Yo no voy a salir de la casa. Nos está echando a patadas usted.
—Pues ahí está lo asombroso. Tenéis la suerte de que Amy English va a dejar el servicio de lady Stokes para casarse, y quieren sustituirla. Así que ahí tienes una oportunidad para empezar a aprender, si es que te interesa.
Servicio. Oí aquella palabra tintineando en mi cabeza como una campana. Me sonaba anticuada incluso a mí.
—¿Aún tienen esas cosas ahí arriba?
—Doncella personal. Una posición muy respetada. Sería todo un avance para ti.
—¡Pero si usted no sabe ni media sobre mí!
—Mira, Fern, Mammy tiene sus detractores en esta zona, como tú muy bien sabes, y hay mucha gente por ahí llena de prejuicios. Pero yo no soy uno de ellos. Y hay otros que han hablado muy bien de ti. Yo simplemente informé de ello en la casa. El puesto es tuyo si lo deseas. Alojamiento, todo.
—¿Y qué hay de Mammy!
Sorbió por la nariz.
—También estamos preparados para ayudar en eso. —Vació el vaso de agua, se inclinó para depositarlo sobre la mesa y bajó el tono de voz.
Aquello tuvo el efecto de atraerme hacia él. Casi tuve la sensación de que estaba tratando de seducirme con su voz—. En ocasiones, a los acontecimientos les da por producirse todos juntos. Como un encuentro en el bosque. En ocasiones, estas cosas no son simples accidentes. Están predestinadas. Lo siento si suena un poco místico, pero soy de la opinión de que la vida se las arregla para dar forma a nuestros caminos.
Admito que no pude evitar una risita. Después eché la cabeza hacia atrás y reí. Él sonrió y asintió con entusiasmo, satisfecho con sus manejos.
Me recompuse y dije:
—Antes me corto el cuello.
Sus mejillas rosadas adquirieron una sombra más oscura.
—Mira que es toda una oportunidad. Te sacaría de tus apuros.
—¿Mis apuros? Prefiero ser una ermitaña en los bosques que entrar al servicio de mis supuestos mejores. Esa gente para la que trabaja... ¿No les ha mirado las manos? Son reptiles. Es algo medieval, se mire por donde se mire. ¿Y no se le ha ocurrido preguntarme a mí antes de ofrecer mis servicios a nadie? ¿Y qué astuto plan ha diseñado para Mammy en todo este asunto?
Inclinó la cabeza y enarcó mucho una sola ceja, aún sonriente pero con un aire de distante tolerancia.
—Fern, no puedes permitirte el lujo de mostrar esta actitud. Careces por completo de educación y de recursos. Yo ya he hecho cuanto podía. No creas que se te va a permitir comportarte como Mammy.
—Había pensado en sacarme un título.
—Tú eres la medieval, Fern. Con tu historial no te dejarán ejercer nunca. La de partera es una profesión decente, y me temo que estás mancillada por asociación.
—¿Qué es eso de «mancillada»? —Lo miré a los ojos—. Estamos en la casa de Mammy.
—Ya lo sé. Y no quiero faltar a nadie al respeto. Pero mientras ella no esté intentaré conducirte por un camino más adecuado. ¿Es que no lo entiendes, Fern?
Entonces comprendí por qué nunca habían llamado a nuestra puerta en todos aquellos años. Se debía a que Mammy los hubiera espantado a bastonazos, y ellos lo sabían.
—Ha venido usted a salvarme, ¿no es así?
Sonrió. Sabía a qué me refería.
—Lo cierto es que eres muy hermosa. Debajo de la fachada. Todos están de acuerdo en ello. Pero eso no cambia nada.
Échalo de aquí ahora mismo, me dijo una voz dentro de mi cabeza.
Échalo. Me levanté.
—Lo tomaré en consideración.
Venables comprendió la señal y se incorporó.
—Puedo ser un buen amigo, Fern. —Se detuvo en el umbral. Échalo, dijo aquella voz estridente, échalo de aquí—. Por cierto..., ¿qué es lo que estabas haciendo, ahí en el bosque?
—Estaba dando las gracias y rezando por todo cuanto tengo —respondí.
—¡No me digas! —Sonrió débilmente y dio un pequeño y extraño puñetazo al aire, frente a su nariz. No sé por qué. Después se giró para marcharse. La puerta del jardín gimió sobre sus goznes y el muelle la devolvió a su sitio cuando se hubo marchado.
Maldito sea tu negro corazón, pensé mientras lo veía alejarse.
—¿Eras tú, Mammy? —pregunté en un susurro—. ¿Era tu voz la que me decía que lo echara?
Aún seguía murmurando para mí cuando un muchacho apareció desde detrás de los setos. Llevaba un anorak con la capucha tan cerrada alrededor de la cara que solo quedaba expuesto un pequeño óvalo con la nariz, la boca y los ojos. Se acercó hasta el camino del jardín, deslizándose como un cangrejo.
—Me escondí al ver a la Anguila de Norfolk —me dijo, mirando a su alrededor—. Mi madre me ha enviado para que te diga que Bunch Cormell ha roto aguas, y dice que si no puede ser Mammy tendrás que hacerlo tú.
¿Hice bien al esconderme de la Anguila?
Acaricié la capucha de aquel dulce muchacho.
—Hiciste bien. Voy a por el abrigo, ahora te alcanzo en la carretera.
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