El fin de mi vida
Capítulo 2
Oí la lluvia antes de sentirla cuando Mammy y yo abandonamos la carretera y tomamos una senda a través de los campos. Era una mañana de mediados de febrero, y hacía frío para aquellas horas del amanecer. Mammy se echó el anticuado chal alrededor de la cabeza y yo me protegí con una capucha plegable de plástico transparente. Caminábamos en silencio, y la hierba húmeda me cepilló los zapatos hasta dejarlos brillantes. Habíamos estado fuera recolectando. Cabalgando las olas, lo llamaba Mammy, porque la tierra se ondulaba como un gran océano verde, y podíamos terminar engullidas y olvidadas en los valles de su oleaje.
Aunque mis ojos estaban concentrados en el sendero campestre que tenía delante, mi mente vagaba por otro sitio. Incluso Mammy, que caminaba tres pasos detrás, debía de oír mi cerebro chasqueando como un ábaco.
—Suéltalo —me dijo.
—Oh —suspiré—. Solo es lo que ya te he dicho antes. Que no me creo ni la mitad.
—Ese es un asunto entre tú y tu cabeza. En cualquier caso, le das demasiadas vueltas. Lo que pienses o dejes de pensar no representa diferencia alguna.
Así era Mammy. Lo que pensara alguien no representaba diferencia alguna. Ella tenía la idea de que todo el mundo hacía lo que tenía que hacer y se comportaba como debía comportarse, y que nada en el mundo de las palabras tenía un verdadero impacto en el mundo tal y como era en realidad. Creía que la gente a menudo traicionaba su verdadera naturaleza al
hablar, diciendo una cosa y haciendo otra, asegurando esto cuando en realidad era aquello, y engañándose hasta el punto de que no sabían con certeza si eran la liebre o el galgo.
Mammy volvió a hablar.
—Lo poco que sepas, guárdalo para ti.
Habíamos terminado de recolectar, así que regresamos a través de los bosques, rodeando el saliente rocoso en el que el glasto crecía grueso y alto, más allá de Keywell. El camino ascendente era muy empinado y Mammy tuvo que apoyarse en mi brazo, resoplando, jadeando y maldiciendo su artritis. Pero cuando doblamos el recodo de nuestro tranquilo paseo, Mammy me dio un golpecito en la pierna con su bastón de fresno y susurró:
—¡Ey, mira! ¡Extraños!
No solía haber mucha gente fuera a esas horas de la mañana, aparte de aquellos que se encaminaban hacia sus trabajos. Así que resultó toda una sorpresa ver una vieja furgoneta achacosa estacionada a menos de cien metros de nuestra casita, con el capó abierto. Había una extraña pareja sentada sobre la hierba al borde del camino, fumando cigarrillos y mirando con expresión vacía mientras otro hombre ocultaba el rostro entre las tripas del motor, gruñía y trasteaba con los cables.
Hasta a mí, que no me importan precisamente las modas, me pareció que vestían muy raro. Formaban un grupo pintoresco. La mujer llevaba una falda larga con el dobladillo manchado de barro, y una blusa de estopilla bajo un abrigo del ejército con botones dorados. Jugaba con su pelo largo y desaseado, y sonreía ante su predicamento. Su compañero, que estaba liando un pitillo, vestía una ajada chaqueta de cuero y una camisa blanca sin cuello, de las que ya no se ven por ninguna parte. Su piel mostraba un moreno inusual para aquella época del año, y pude distinguir que le habían roto y recolocado la nariz. Su pelo era largo, le llegaba bien por debajo del cuello, como el de la mujer, pero él lo cubría con un sombrero de fieltro de ala ancha. Por supuesto, ya nadie sigue usando sombrero. Alrededor del cuello llevaba una campanilla colgada de una cadena, tal y como se hubiera esperado de la vaca predilecta de un granjero.
No pude evitar quedarme boquiabierta. No sabía si se trataba de un circo en gira, o de madrugadores visitantes feéricos.
—Yeyés... —murmuró Mammy.
Quizá el hombre tuviera un oído extraordinario, porque levantó la mirada desde su proyecto de cigarrillo.
—Saludos —dijo, guiñando un ojo primero a Mammy y luego a mí.
—Grrrm —respondió Mammy. A menudo hacía ese ruido, a medio camino entre un saludo y un gruñido, lo que dejaba a cada uno libertad para tomárselo como quisiera.
Yo no dije nada. No había salido mucho de casa pero no me gustaban las burlas, y tampoco me gustaba su aspecto.
—¡Saludos, señoritas!
Sin afeitar, desgreñado, con el cuero de la chaqueta lleno de rozaduras y parches... Justo cuando empecé a pensar dónde podía meterse sus saludos, el hombre se incorporó con un salto teatral para dejarnos cruzar. Me sonrió y pasó lascivamente la lengua por el borde gomoso del papel de fumar.
El hombre que tenía la cabeza metida en el motor del coche nos miró.
—¿No tendrán una tapa de delco de sobra, no? —gritó.
La verdad es que yo no sabía lo que era la tapa del delco. Tampoco sabía lo que era un yeyé. Tal y como lo veía en aquel tiempo, era una especie de gitano con una guitarra eléctrica. Elevé la nariz cuando pasamos a su lado.
Oí cómo uno de ellos decía:
—Creo que eso ha sido un no.
La puerta del jardín de nuestra casita chirrió sobre sus goznes. Siempre le preguntaba a Mammy por qué no le echábamos un poco de aceite, pero ella decía que así sabía cuándo llegaba alguien, de modo que así se quedaba. Pero aquella mañana Mammy mencionó que había visto un reyezuelo entre los setos.
—¿Lo has visto tú? —dijo—. Tendremos visita.
Y así fue. Una suave llamada a la puerta anunció al primero de nuestros dos visitantes varones antes de que acabara la semana, y ambos sin ser invitados. Yo estaba ocupada limpiando el hogar y levanté la mirada para ver a un caballero de pelo oscuro con botas de pasear. Llevaba los
calcetines subidos hasta la rodilla y por fuera de los pantalones, pero no me reí. Sostenía su sombrero trillby de paseo en el aire, en una actitud de exagerada educación, y un bastón de pomo de plata en la otra mano. En la banda del sombrero llevaba una pluma de color verde esmeralda.
—¡Buenos días! —gritó con alegría— Discúlpeme por molestarla en un día como este.
El hombre sonreía demasiado, algo que siempre me ha puesto muy nerviosa. Y tampoco estaba acostumbrada a la excesiva formalidad. Su acento parecía el de la BBC, y sus modales no mostraban calidez, sino superioridad social enmascarada con una extremada cordialidad. Me puse en pie y me quedé allí parada, limpiándome las manos polvorientas en el mandil.
—¿Puedo entrar? —preguntó.
—No hasta que me haya dicho qué es lo que quiere. —A pesar de sus aires, seguía siendo una muestra de mala educación dejarme allí, preguntándome por sus asuntos. Me agaché para coger la bandeja de las cenizas y caminé con ella hacia la puerta, obligándolo a apartarse. Lo hizo de un salto hacia atrás cuando pasé a su lado para vaciar la bandeja sobre el suelo del jardín. Parte de la ceniza quedó atrapada en la brisa traviesa, y un poco le entró en los ojos.
Después de limpiarse, se llevó el sombrero y el bastón al corazón y levantó la palma de la mano libre con un gesto aplacador.
—Mis disculpas. Estaba buscando a la señora Megan Cullen. Pensé que usted podría ser su hija. Aunque no esperaba encontrar a alguien tan encantador.
No pude evitar sonreír ante aquello. Volví adentro y coloqué la bandeja de ceniza sobre la rejilla, con un ruido metálico. ¿De verdad funcionaba aquel enjabonado con la gente de la ciudad?
—Pero es que yo no he sido encantadora —le dije.
Volvió a sonreír.
—Veo que no soy rival para usted.
—¿Va a decirme lo que quiere?
Parpadeó. Quizá aún le molestaba la mota de ceniza en el ojo.
—Me llamo Bennett. He conducido desde bastante lejos. Desde la universidad, de hecho. Cambridge. Ese de ahí es mi coche. He venido con la esperanza de entrevistar a la señora Cullen.
—¿Entrevistar? ¿Quiere usted entrevistar a Mammy?
—Quizá sea un término demasiado formal. Algo más como una charla.
Tomar algunas notas, esa clase de cosas.
—Mammy está en el mercado.
Bennett se rascó la cabeza.
—¿De veras? ¿Y sabe cuándo piensa regresar? Por supuesto, puedo quedarme sentado en el coche hasta que vuelva.
Me relajé un poco y pensé que debería invitarlo a esperar dentro.
Parecía bastante inofensivo. Pero antes de decidirme, una sombra se movió a su espalda.
—Mammy ya ha vuelto —anunció ella misma—. ¿Y usted quién es?
Se abrió paso haciendo a un lado al hombre, mostrando desinterés pero manteniendo el oído bueno inclinado cuando Bennett repitió lo que me había dicho a mí.
—Pon la tetera a hervir —me dijo—. ¿Y no sabes que es de mala educación tener a los visitantes esperando en el umbral?
—Pero siempre me has dicho...
—Olvídate de eso. —Se giró hacia nuestro visitante—. Bueno, ¿va a entrar o no? Encuentre algún sitio donde sentarse... No, ese no, ese es el mío. Ahí, mire, ahí. —Mammy colgó su abrigo detrás de la puerta y se acomodó en su silla junto al fuego—. Me gusta tener vigilada la puerta.
—Por supuesto, señora Cullen —dijo el hombre, al mismo tiempo aliviado y reprendido—. Lo comprendo perfectamente.
—¿Quién le ha dicho que venga a hablar conmigo?
Bennett buscó una tarjeta comercial en su bolsillo.
—Este caballero —dijo, entregándosela.
—No me sirve de nada porque no sé leer. Désela a la chica.
Cogí la tarjeta.
—«Doctor Montague Butts» —leí en alto—. «Trinity College, Universidad de Cambridge».
—No me dice nada —respondió Mammy. Pero vi cómo cruzaba las piernas por los tobillos y supe que estaba mintiendo.
Bennett enrojeció.
—¿De veras? Pues él me aseguró que la había visto en al menos una ocasión, ya ve. Que había estado aquí, en esta misma casa. ¡Qué contrariedad! —Hice el gesto de devolverle la tarjeta pero la rechazó, de modo que cuando no me estaba mirando la tiré al fuego, donde se consumió al instante.
Serví té y le di una taza a nuestro visitante. Aunque era una de las tazas desconchadas.
—Entonces será mejor que me explique —dijo Bennett.
—Será mejor, sí —respondió Mammy.
Bennett sostuvo el bastón y el sombrero en una mano mientras se inclinaba hacia delante y explicaba que tanto él como Butts eran folcloristas. Se trataba más de una afición que de su verdadera disciplina académica, aseguró, pero era una materia a la que eran asiduos. Aquella fue su palabra: «asiduos». Butts y él recorrían el país reuniendo lo que llamaban
«tradición oral», y anotándolo todo. Estaban buscando, decía, canciones populares, cuentos y leyendas, supersticiones, remedios naturales...
Cualquier cosa que pudiera resultar de interés.
Mammy se acarició la barbilla.
—Bueno —dijo—. No es que sea una buena cantante. Déjeme pensar...
En ocasiones me maravillaba ante Mammy. Tuve que morderme el labio.
—No —dijo Mammy al fin—. No, no soy una buena cantante. Fern, aquí presente, podría hacerlo mejor. Sabe tararear bastante bien. Aunque no es que yo tenga mucho tiempo para esas cancioncillas ruidosas y esos jovenzuelos melenudos.
—Cancioncillas ruidosas es precisamente lo que no queremos —dijo Bennett—, y como antiguo miembro del Ejército, ya verá que me gusta llevar el pelo corto por detrás y por los lados.
—Venga, a ello —me dijo Mammy.
Así que me puse en pie y le canté The Conventry Ploughboy, y me decidí por una versión que tenía treinta y dos estrofas y un estribillo de dos
versos. Durante toda la canción Bennett daba golpecitos con el pie y simulaba parecer cautivado más allá de toda comprensión por mi interpretación. Casi consiguió mantener una sonrisa constante, pero no fue capaz. Cuando terminé, depositó el sombreo y el bastón en el suelo y me ofreció un gentil aplauso.
—Pues se sabe un montón igual —dijo Mammy—. Y es muy leída. Esta chica ha leído un centenar de libros. Más de un centenar.
—Espléndido —dijo Bennett. Sacó un cuaderno de su bolsillo y un lápiz diminuto del interior de la espiral—. ¿Y sabe algo usted acerca de medicinas alternativas?
—Dale al señor Bennett una botella de ese vino de bayas, Fern. Vamos, está en la alacena.
—Es usted demasiado generosa, señora Cullen. No puedo aceptarla.
—No, sí, va usted a llevársela. Y va a llamarme Mammy, como todos los de por aquí. Va a llamarme Mammy. ¡Venga, Fern!
Le entregué una botella del nubloso vino de bayas. Era bueno, pero teníamos demasiadas botellas.
—Si insiste, Mammy... ¿Sabe usted?, hoy en día existe un gran interés por las medicinas naturales.
—Así está mejor. ¿Medicinas naturales? Déjeme ver... Sé que este vino de bayas es bastante bueno para mantener la regularidad del vientre. ¿Tiene usted algún problema de regularidad?
—No, no digo que yo...
—¿Y ese señor Butts de Cambridge? ¿Hace de vientre con regularidad?
—Bueno, no puedo hablar por...
—Sí, yo no he pasado años en una universidad como usted, pero tómense un trago de mi vino de bayas todas las noches y ya verá qué bien les va. Y ese amigo suyo, el señor Butts, también irá con regularidad.
—Estoy convencido de que le encantará.
—Entonces anote eso en su pequeño libro.
—¿Señora Cullen?
Tuve que girarme y meterme una esquina del mandil en la boca cuando él no miraba.
—Anótelo. Medicina natural. Escriba: «Vino de bayas. Un trago todas las noches mantiene la regularidad de las tripas».
Bennett hizo un apunte. Después cerró la libreta y se inclinó hacia delante, con aire confidencial.
—Señora Cullen..., Mammy..., ¿podemos hablar de forma más general, acerca de las medicinas naturales?
Pero Mammy ya se estaba incorporando de la silla. Torció el gesto y apoyó las manos en la espalda.
—Ahora tengo que tumbarme. Es la artritis, que me da unos dolores enormes si me quedo mucho rato sentada. Fern, anda, cuida de nuestro visitante.
Apartó la cortina que daba a la escalera, al fondo de la habitación, y empezó a subir su peso por los crujientes escalones de madera.
Bennett miró triste en mi dirección.
—Y supongo que usted no tendrá nada que decirme acerca de remedios naturales...
—No —respondí—, pero me sé otra canción que podría gustarle.
Y me levanté de nuevo y empecé a cantar.
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