El fin de mi vida

Graham Joyce · Capítulo 5 de 37

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El fin de mi vida

Capítulo 3

Escuché voces en la radio (voces americanas) que hablaban acerca del primer atraque en órbita de una nave espacial llamada Géminis 8. Los astronautas regresarían a salvo, decían, y los rusos iban a depositar una nave sobre la superficie lunar. El locutor aseguraba que el hombre caminaría sobre la Luna antes del final de la década. Quedaban tres años.

Me fascinaba que fueran capaces de hacer tales cosas. Mammy me vio escuchando con atención y no pudo evitar hacer un comentario. Dijo que todas esas cosas que estaban disparando al espacio estaban cambiando el clima para peor.

Pero antes de que pudiera repetirlo, giró el oído bueno hacia la ventana.

—¡Ey! ¿Eso ha sido la puerta? Ve a ver, Fern.

Mammy creía haber oído chirriar el gozne del portón, pero cuando me acerqué a la ventana para mirar no había nadie fuera. Pensé que quizá estaba esperando el correo, aunque ver aparecer al cartero por nuestro camino, si no era para entregar facturas, era tan probable como ver allí a un astronauta con su traje. Mammy estaba nerviosa porque no nos quedaba mucho dinero. Decía que tendríamos graves problemas como el verano no fuera bueno.

Mammy recibía dinero de diversas fuentes; demasiadas, decía, y protestaba siempre por el hecho de que, al contrario que otra gente, no disponíamos de unos ingresos regulares. El trabajo de comadrona era muy variable, y Mammy dependía en los pagos del parecer de las mujeres a las que atendía. No había tarifa fija, ni podía haberla: Mammy no disponía de certificado alguno.

Al comienzo de su práctica se había producido una sombra que había nublado toda oportunidad de obtener una cualificación apropiada. En cualquier caso, el Servicio Nacional de Salud ofrecía un servicio gratuito y localizado a todas las mujeres embarazadas. Los días de las comadronas habían quedado atrás hacía mucho, y Mammy sabía que solo su sólida reputación local la mantenía en aquel trabajo. Era una tragedia, porque le encantaba lo que hacía y porque en su campo no tenía rival. Tenía «toque».

Sabía lo que hacía. Simplemente, no le permitían utilizar sus conocimientos.

En el patio trasero teníamos algunas gallinas flacas y huesudas, y vendíamos huevos y alguna gallina ocasional por poco más de lo que costaba la manutención. Preparábamos frascos de la mermelada que elaborábamos con la fruta de nuestra pequeña huerta y con las bayas de los brezales. Apestábamos la casa haciendo ramos de flores, que también vendíamos; y nuestros dedos estaban hinchados e insensibilizados por los pinchazos que nos dábamos al coser. Preparábamos dulces para bodas, fiestas y demás, aunque por algún motivo cada vez recibíamos menos encargos. En ocasiones nos dedicábamos a limpiar, aunque Mammy odiaba aquello más que ninguna otra cosa. Y aunque nuestra vida social era parsimoniosa en extremo, nunca teníamos suficiente.

La razón por la que Mammy había quedado fuera de los registros era porque a veces ayudaba a las chicas en apuros. Esa era ella. Aunque no dejaba escaparse a ninguna sin leerle la cartilla, nunca decía que no a una mujer desesperada.

Mientras tanto, Mammy había recabado algunos rumores concernientes a los hippies (o yeyés, como ella insistía en llamarlos) que se habían quedado en la granja en ruinas de los Croker. A algunos de estos hippies ya nos los habíamos encontrado, arreglando su furgoneta junto a la carretera.

Nadie en el pueblo parecía muy impresionado con ellos. No trabajaban, y por lo que todo el mundo decía no eran más que una panda de guarros.

Pero no era posible echarlos porque la propiedad había sido heredada por uno de los suyos. La hacienda Stokes (que también era dueña de nuestra casita; Mammy tenía la sensación de que lord Stokes, o el administrador de sus bienes, siempre estaba buscando cualquier pequeña excusa para

echarnos) había intentado adquirir las tierras, pero el nuevo dueño se había negado y se había llevado a los guarros de sus compañeros a vivir a la granja con él.

Cuando Mammy terminó de comunicarme sus impresiones y opiniones acerca de los yeyés y otros azotes campestres, nuestra conversación derivó hacia si podíamos ayudar a una tal Jane Louth. Antes de decidir qué hacíamos, me levanté de la mesa y crucé el jardín hacia la caseta exterior.

Abrí la puerta del retrete y lo que vi me hizo soltar un grito. Cerré la puerta de golpe.

Mammy llegó corriendo con el bastón para ver qué sucedía.

—¿Sabes, esos hippies de los que hemos estado hablando? —le dije.

—¿Qué pasa?

—Pues que hay uno de ellos en nuestro retrete.

Mammy flaqueó y su enorme pecho volvió a convulsionarse. Después se acercó y empujó la puerta de la caseta con el bastón, como si dentro hubiera una rata enorme o una serpiente. No había duda: el joven al que habíamos visto junto a la furgoneta averiada estaba sentado en nuestro retrete. Tenía los pantalones bajados hasta los tobillos y llevaba unas gafas oscuras que lo hacían parecer un insecto, aunque lo reconocí por la nariz rota.

Así que aquel era el segundo varón que nos visitaba, aunque por supuesto no era tan formal como el tipo de la universidad de Cambridge.

—¿Qué está haciendo usted aquí? —dijo Mammy, manteniendo la puerta abierta con el bastón.

Él chasqueó los labios.

—Le doy tres oportunidades —dijo el hippie—. Si no consiguen dar con la respuesta entre las dos, es que son unas cazurras.

—Pienso llamar a la policía para dar parte de usted.

—¿Y qué va a decirles? ¿Que he robado un cubo para cagar?

Menuda pinta tenía con las gafas de sol y los pantalones bajados, pálido como un fantasma y con el pelo pegado a la cara. Sudaba mucho.

—No tiene derecho —dijo Mammy—. No puede ir por sitios que no le pertenecen.

Entonces se quitó las gafas oscuras y miró a Mammy a los ojos.

—Me encantaría debatir esa cuestión. ¿Pero existe alguna posibilidad de que antes acabe con este asuntillo?

Mammy dejó que la puerta se cerrara. Nos quedamos allí esperando.

Pasados unos minutos, el hombre salió.

—¿Y qué hacen con eso?

—Llene el cubo con la bomba —respondió Mammy—. ¿Es que no sabe nada de nada?

—Viven en la Edad Media.

—Pues si tan superior eres —le dije— ya puedes irte a cagar a la calle.

Me lanzó una mirada extraña. El sudor le caía por la frente. Colocó el cubo debajo de la bomba y empezó a accionar el manubrio. Después llevó el cubo a la caseta y echó el agua al inodoro. Tiró el cubo, que resonó sobre el suelo empedrado.

—Vivo en la granja de los Croker.

—Ya lo sé. —Mammy se cruzó de brazos. De repente empezaba a disfrutar con todo aquello.

—Nos hemos puesto todos fatal. Caminaba por aquí cerca y me entró un apretón horrible. Debería haber pedido permiso, pero no tenía tiempo.

—Está sudando, Mammy —le dije.

—Ya lo veo. ¿Han estado bebiendo de la fuente que hay allí?

—Así es.

—Está contaminada con lechada. Deberían haber preguntado a alguien.

—¿Se puede arreglar?

—No, salvo que caven una trinchera profunda para sacar la lechada y dejen que se limpie la fuente. Mientras tanto, deberán ir a buscar el agua a mano, como siempre hacíamos antes.

El hombre sorbió por la nariz.

—¿Y podemos usar su bomba para sacar algo de agua?

Mammy mostró su salomónico labio inferior.

—Pueden. Siempre que comprendan que no está bien entrar en las casas de la gente sin permiso.

El hombre sacó picadura y comenzó a liar un cigarrillo. Volvió a mirarme mientras lamía el papel.

—Guay.

Mammy parpadeó. No creo que nadie le hubiera dicho nunca aquello.

—Fern, ve adentro y tráele algo para lo suyo. ¿Piensan quedarse donde los Croker?

—La granja es mía. Bueno, es de todos. Pensamos trabajarla.

—¡Ja! Anda que van a trabajar mucho —dijo Mammy.

Cuando regresé para darle una bolsa con una mezcla de hierbas secas, el hombre la miró con algo de suspicacia.

—Simplemente prepare un té con ellas. No deje que se haga demasiado.

Es filipéndula, artemisa y algunas otras cosas, por si alguno pregunta. Les sujetará el intestino.

El hombre abrió la bolsa e inspiró profundamente el contenido.

—Qué cosa más rara. Por cierto, soy Chas. Quizá podamos ser amigos.

—Anda, anda —dijo Mammy—. Largo de aquí.

Chas se sintió contrariado por aquella brusquedad. Sacudió lentamente la cabeza, se giró y levantó una mano en el aire a modo de despedida.

—Yeyés —dijo Mammy cuando se hubo ido—. Es que no puedo con ellos, ¿eh?

Me pregunté qué le habría sucedido en el pasado para tener aquella visión de los yeyés. Mammy tenía un pasado oculto. Era conocida en el pueblo y en los villorrios vecinos, incluso enviaban petimetres y lechuguinos de las universidades para hablar con ella, aunque de bien poco les servía. Lo que pasaba es que Mammy no quería que su historia se conociera.

Al guardar con tanto celo todos los detalles, parecía considerar un acto peligroso el hablar de sus experiencias personales. «La información es poder», solía decir. No es que yo fuera una chismosa y fuera a contarlo por ahí. De aquella mujer había aprendido la prudencia, y bien que me alegraba de ello. Pero había tenido que reunir lo poco que sabía acerca del pasado de Mammy a partir de historias que escuchaba de otros, ya fueran familiares lejanos o habladurías y rumores; y de los raros momentos en los que Mammy dejaba escapar alguna revelación inesperada. Era el apóstol del

«no hablarás», y predicaba el evangelio del «no digas nada».

Todo aquel secretismo era como una pasión encerrada dentro del corazón. Se resistía a dejarla derramarse. Pero Mammy me había enseñado que, como el abrirse de piernas, el abrir la boca no hacía más que meterte en problemas antes o después. Fueran lo que fuesen aquellos hippies o yeyés, inspiraron en Mammy alguna clase de simpatía. Por su parte, esto liberó imágenes en mi propia mente, imágenes que eran un vecino cercano de la imaginación, pero con una cualidad diferente. Se formaban a partir de la

«arruga» que había detectado en la voz de Mammy. Aquellas arrugas se sacudían y desplegaban como un alfabeto, como un lenguaje de averiguaciones y comprensiones. No era una ciencia exacta, pero producía confirmaciones que unían y enlazaban como se unían los vagones de carbón a lo largo de la vía del ferrocarril, los unos pegados a los otros. Eran chasquidos de verdad, tan claros que Mammy era capaz de verlos dando vueltas por mi cabeza; lo que explicaba su momentáneo mal humor, porque no podía impedir que yo siguiera descubriendo. Después de toda una vida de ocultación, Mammy sabía que había adoptado a una niña que en ocasiones era capaz de desgarrar el velo.

Después de todo, ¿qué importaba que Mammy dejara escapar algunos detalles? ¿Qué más daba si decía que había sucedido esto o aquello? ¿No era así como debería aprender una jovencita, escuchando las historias de alguien que ya había vivido lo suyo? Y por supuesto yo quería saberlo todo, con todas las verrugas que fueran necesarias. Porque tengo la impresión de que una de las cosas más divertidas del mundo es escuchar una historia y contar otra a cambio; un murmullo, una habladuría, un chisme, un rumor, una noticia, un giro en la historia. Mammy era una avara, una tacaña, una mísera con los detalles capaces de glorificar el jardín. Aquello me molestaba. Yo estaba decidida a no acabar siendo tan defensiva, avellanada y arrugada, pero para ello tenía que luchar contra la instrucción recibida.

—¿Vas a estar todo el camino hasta el pueblo con ese ceño fruncido? —

me dijo Mammy—. Quítate a ese diablo del hombro.

Cada una llevábamos una odiosa cesta con toda la labor de costura terminada. Tenía que controlarme para que la malicia no se zurciera con el algodón.

—Eres tú la que ha agriado la mañana —repliqué—, echando a aquel tipo de malas maneras.

Mammy sonrió al oír aquello, y cogió su bastón de caminar.

—Te ha gustado, ¿no es así? Te ha gustado ese yeyé.

—Yo no he dicho eso.

—Venga, pequeña raposa —dijo Mammy con más ternura—, acaba ya con ese enfado.

Para cambiar de tema, o quizá para aclarar las cosas, Mammy me dijo que hacía poco, en el mercado de Market Harborough, se le había acercado Jane Louth, la hija del agente de prensa.

—¿De cuánto está? —quise saber.

—Dice que solo ha tenido una falta, pero se marea y sabe que está preñada.

—Eso lo hace más fácil. ¿Vas a ayudarla?

—Le dije lo que siempre les digo.

—¿Que pregunten a la señora?

—Que pregunten a la señora. Aunque no sé por qué me molesto. Se lo he visto en los ojos, y volverá mañana. Y yo le diré: «Bueno, ¿se lo has preguntado a la señora, Jane Louth?».

«Oh, sí, Mammy», me dirá, «claro que se lo he preguntado». «¿Y qué te pareció la señora, Jane Louth?». «Eh, ¿qué quieres decir, Mammy?». «Que cómo se te apareció la señora cuando se lo pediste». «Bueno, Mammy, cuando se lo pedí, pues estaba ahí». «Sí, ya, ¿pero estaba de espaldas o llena de agua, o luchando hacia el este o el oeste, o con el vientre hinchado?». «Oh, Mammy, yo no sé de esas cosas». Y yo diré: «Jane Louth, ni siquiera la miraste, ¿no es así?».

—Pero a pesar de todo vas a ayudarla.

—Pues claro que voy a ayudarla. Pero me desespero cuando se hace sin pensar. Yo ayudo a cualquier chica, pero no sin que lo haya pensado.

—Mammy, si no van contigo irán a Leamington a ver a esa enana de las agujas de coser.

Mammy sintió un escalofrío y chasqueó la lengua contra los dientes.

Deseé no haber dicho aquello.

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