El fin de mi vida
Capítulo 21
Tienes que hacerlo. Era como una voz que susurrara dentro de mi cabeza y que se hacía cada vez más fuerte. Tienes que realizar la Petición.
Debes hacerlo.
Aquel era un momento decisivo para mis creencias. Si funcionaba conmigo, sabía que lo haría siempre. Si no era así, mi escepticismo quedaría confirmado. Aparte de eso, lo cierto es que me estaba quedando sin opciones y sin tiempo. Judith tenía razón en que si iba a realizar la Petición, tenía que hacerlo mientras aún estuviera en posesión de la casita, y si quería intentarlo en un momento en que la Luna estuviera conmigo tendría que realizar los preparativos de inmediato.
El fiasco con Arthur McCann no me había ayudado lo más mínimo. De hecho, desde aquella mañana del día después no había vuelto a asomar la cara. Además, no tenía perspectiva alguna de conseguir el dinero suficiente para pagar a la hacienda.
Me quité la ropa y me senté en la habitación de Mammy en su viejo tocador, y miré mi reflejo en el espejo embaucador. ¿Tenía suficiente valor?
Una figura patética me devolvía la mirada. No sé cuánto me quedé así, mirando. Después de un rato desperté de mi letargo y mi mano jugueteó automáticamente con las horquillas, que se liberaron y quedaron en mi mano. Cogí el cepillo de Mammy. Aún olía levemente a la grasa de su cabello. Comencé a cepillarme hacia delante, y después tomé un peine y me marqué la raya en el medio, tal y como había hecho Judith para prepararme ante la cita con Arthur McCann.
Encendí un poco de incienso elaborado por mí. Serrátula, valeriana, lavanda. La extravagancia. La intención. Mammy se pondría hecha una furia, vaya que sí. Salí desnuda, me puse sobre una rodilla y froté la puerta del jardín con un poco de incienso.
Volví dentro. El incienso humeaba la habitación y nublaba mi reflejo en el espejo. Judith aún no había recogido sus cosas de la otra noche. La ropa, los pantys, los cosméticos, el maquillaje. Lo extendí todo ante mí sobre el tocador. Los pequeños cepillos, los botes en miniatura, calderos diminutos llenos de mejunjes. Primero los ojos. Después las cejas, de color castaño.
Las mejillas, con un leve rastro de colorete rosado. La carne de los labios.
Me encantaba en aquel espejo. Casi no era yo. Después desenrollé los pantys, los froté contra mis pantorrillas, contra mis muslos. Me puse la pequeña falda, las otras prendas. Para terminar, la malvada colonia. Una pulsación del rociador, una bocanada de aire cargado.
Y después deseé que viniera.
Hacía bastante que no aparecía, pero sabía que acudiría. Y, de hecho, pasado un rato oí su furgoneta en la puerta del jardín. Oí el sonido de las grandes mantequeras metálicas cuando las bajó desde la furgoneta y las llevó rodando, una a una, dentro del jardín. Y en cada ocasión escuché el quejido de los goznes de la puerta, escuché cómo las arrastraba hacia la bomba, y cómo maldijo cuando la bomba seca comenzó a gemir y a escupir.
Así que salí.
—Tienes que cebarla —le dije.
—Dios mío —saltó Chas—. Estaba buscando a Fern.
—Ah, no, Fern ha salido un rato. ¿Sabes cómo se ceba una bomba? —
pregunté.
Me incliné para arrastrar el balde medio lleno de agua, pero me detuve y me giré para ver sus ojos fijos en mí, en mis piernas, en mi espalda doblada.
Casi podía distinguir un fuego azul que saltaba a su alrededor y lo paralizaba. Levanté el balde hacia la bomba.
—Tú bombeas, yo cebo.
Él estaba receloso. Agarró la palanca de la bomba y comenzó a accionarla mientras yo vertía el agua. Aunque me estaba fijando en lo que hacía para no tirar el agua fuera, sabía que él no me había quitado los ojos
de encima. No podía. Entonces la palanca de la bomba encontró algo de resistencia, lo que lo frenó en su trabajo.
—¿Y adónde ha ido Fern? —preguntó.
—Oh, está por aquí, en alguna parte.
Con la bomba ya activa, colocó una mantequera debajo y la sujetó mientras se llenaba.
—¿Sois hermanas, Fern y tú?
—En cierto modo.
Entonces dejó de bombear y dejó caer la mantequera con un ruido metálico.
—¿Sabes qué? Durante un rato casi me la juegas.
—¿De verdad?
—Oh, sí. Casi me la juegas.
—Entonces es que eres fácil.
Me miró como si estuviera calculando lo que había querido decir con aquello. Entonces dio un paso hacia mí, demasiado cerca, aunque no me retiré. Estaba lo bastante próximo como para poder captar su olor masculino, fuerte pero no desagradable. Estaba lo suficientemente cerca como para sentir su aliento en mi mejilla. Levantó una mano y, con suavidad, me pasó el pelo por encima de la oreja, y allí lo sostuvo un instante.
Entonces puse mi mano sobre la suya y se la aparté con firmeza.
Durante un momento pareció confuso. Entonces sonrió se dio la vuelta y arrastró otra mantequera hasta situarla debajo de la bomba. Volví dentro mientras él completaba su faena. Desde la ventana lo vi llevar rodando las mantequeras hacia su furgoneta. Vi cómo las subía trabajosamente antes de alejarse.
Después de que se marchara, me puse el abrigo y salí a los bosques.
Había hecho mis cálculos. Tal y como lo veía, y siguiendo el Almanaque del Viejo Moore, la Luna, o la «señora», tal y como la llamaba Mammy, saldría de nuevo del cascarón a las 4:32 de la madrugada, tres días después del viernes, y si no me equivocaba mi período debería haber terminado tres días antes de eso, lo que resultaba perfecto. Propicio, incluso. El único problema era que todo se desarrollaría demasiado cerca de la fecha del
embargo. Después de la Petición, y sin contar con el día mismo de la consideración, tendría solo tres días antes de que me echaran. Aquello significaba que solo tenía tres días para que se presentara una respuesta.
Me abrí paso entre los árboles, tomé atajos hacia la A47 y maldije los estúpidos zapatos de Judith que aún llevaba puestos. Un mirlo graznó alarmado y se alejó aleteando frente a mí, para intentar espantarme. Los bosques estaban sumidos en el embriagador impulso de la primavera y el follaje parecía lleno de trinos. Podía oír a los insectos atareados bajo las cortezas. Casi era posible ver cómo los exuberantes y frondosos helechos se hacían más altos a cada segundo que pasaba. Apoyé la espalda contra un grande y viejo roble y pregunté a Mammy, tendida en su cama del hospital, si mis cálculos eran correctos y si estaba haciendo lo adecuado.
Una brisa jugueteó con las crujientes ramas superiores de un roble. Las tórtolas arrullaban cerca durante sus apareamientos. Pude oír a un cuco en la espesura. Poco a poco, los sonidos del cuco y las palomas empezaron a alejarse. No tardó en desaparecer el canto de los pájaros. El sonido que había imaginado como la labor de los insectos también se detuvo, lo que me dejó solo el del viento contra los árboles y el pulso de las cosas que crecían en la tierra. Al final, incluso la brisa pareció desaparecer.
Los bosques quedaron silenciosos e inmóviles. Solo restaba el latido, el ritmo del creciente ciclo de la vida. Y entonces también él se calló de un modo natural. Escuché con atención y oí la voz de Mammy, que me hablaba.
Y me dijo:
—¿Pero qué haces así vestida?
—¿Pero qué haces así vestida? —Mammy estaba incorporada en la cama y comía uvas negras. Bill Myers estaba sentado a su lado. Vestía su uniforme, y su gorra descansaba sobre la mesilla.
—Buen Dios, Fern, no te había reconocido —dijo—. De haberme cruzado contigo en la calle, hubiera pasado de largo.
Me alegró ver a Mammy coherente, pero tenía sentimientos contradictorios respecto a la presencia de Bill. Había trastocado mis planes.
Había esperado incluso que Mammy me confundiera con una de las chicas.
Con una de las chicas que necesitaban ayuda. Había pensado que así respondería a algunas preguntas.
Pero me sentía algo confusa. No me acordaba del viaje a Leicester de aquella tarde. Recordaba que me había apoyado contra un roble en los bosques, y de repente me encontraba allí, en la sala doce, y no sabría decir cómo había llegado. Debía de haberme traído alguien, pero no lo recordaba.
Tampoco me sentía cansada, de modo que no podía haber caminado toda aquella distancia.
—¿Estás bien, Fern? —decía Bill—. Pareces un poco rara.
—Estoy bien.
—¿Te estás cuidando? —dijo Mammy—. ¿Comes adecuadamente?
Bill me cedió la silla junto a la cama. Recogió su gorra. Dijo que tenía asuntos que resolver en la comisaría de la calle Charles, pero que volvería para acercarme a casa.
—Pareces más delgada —dijo Mammy—. Ten, come unas uvas.
—¿Pero qué haces así vestida? —fue lo que dijo también Judith cuando llamé a su puerta aquella noche. Al principio pensé que no me iba a dejar entrar. Se tomó su tiempo para abrir la puerta, y eso que no escuchaba el sonido de la maldita aspiradora.
Cuando miré por encima de su hombro pude ver el porqué. Chas estaba sentado cómodamente en el sofá, viendo la televisión. Se había quitado las botas y se estaba limpiando las uñas de los pies con una navaja de bolsillo.
—Puedo volver en otro momento.
—No, entra.
Pasé y Chas levantó la mirada. Me guiñó un ojo y siguió trabajándose las uñas. Judith me condujo hacia la cocina, donde le hablé acerca de mis planes, mis cálculos, las fechas y todo lo demás.
—Bien por ti —dijo.
Pude ver que se sentía incómoda con mi presencia allí.
—Ya hablaremos en otro momento —le dije—. Antes estuvo en mi casa.
—¿Él? —dijo, con un tono demasiado despreocupado.
—Se me insinuó.
Judith se dio la vuelta y llenó la tetera en el grifo.
—¿Vas a querer té?
Hay algo raro en él. No creo que sea un buen hombre.
—¿Por qué? ¿Porque se te insinuó?
—No, no es eso.
—¿Quién quiere hombres buenos? —dijo Judith—. Los hombres buenos son un aburrimiento.
Debí haberme ido entonces. Quería irme. Pero me quedé y bebí té con ellos. Me senté en el salón con el televisor encendido. Pensé que si me quedaba lo suficiente podría pillar algún episodio de Outer Limits. Judith y yo charlamos, pero sin un verdadero compromiso con lo que decíamos.
Chas apenas nos dirigía la palabra. Yo era consciente de que estaba escuchando todo cuanto yo decía. Salvo cuando entré por la puerta, en ningún otro momento me miró a los ojos. Pero sabía que también me estaba mirando. Me miraba constantemente.
Me levanté de repente y me puse el abrigo sin decir una sola palabra.
Abrí la puerta de la calle.
—Nos vemos —dije, y cerré la puerta ante sus caras de pasmo.
Cuando llamé a la puerta de la casita de William, respondió al instante.
Prácticamente no me saludó, solo asomó el labio inferior.
—Creía que vendrías antes —me dijo—. Te ha enviado Mammy, ¿no?
Llevaba una bufanda, aunque estuviera dentro de casa.
Incomprensiblemente retomó una partida de Paciencia, como si no hubieran pasado ni cinco minutos desde la última vez que nos viéramos. Su casita tenía un aire alicaído. El lugar necesitaba desesperadamente una limpieza a fondo.
—¿Quieres que venga de vez en cuando a limpiar un poco, William?
Sin levantar la vista de las cartas, me volvió a enseñar el labio inferior.
—Todo el mundo quiere limpiarme un poco la casa. Esa Judith quiere traerse su maldito aspirador. ¿Qué es lo que os pasa a vosotras, chicas?
—Bueno, la verdad es que por ganas no es. Mammy mencionó que podría hacerlo. Se preocupaba por ti, y solo me estaba ofreciendo.
—Pues no lo hagas.
Saqué una silla de debajo de la mesa y me senté.
—Estoy lista para la Petición.
—Ya lo sé.
—¿Ya lo sabes?
—Sí, ya lo sé. Y no creo que debas.
—¿Por qué dices eso?
Dejó de girar cartas y me miró directamente.
—Porque no estás empeñada.
—¿Empeñada? ¿Qué significa eso?
—Significa que no lo crees. Sabes que no lo crees, y no hay nada que discutir. Opinas que es una bobada, y me parece bien. Nadie se molestará en persuadirte. Ni siquiera Mammy.
—¡No todo! —protesté—. ¡Creo que algunas cosas son ciertas!
—Pero el resultado final es que no eres lo bastante fuerte... —y se dio unos golpecitos con el dedo en la sien— aquí arriba.
Reanudó su partida de cartas.
—Voy a hacerlo —insistí.
—Eso también lo sé. Vas a hacerlo. Contra mi consejo.
—¿Tienes algún otro consejo que darme?
—Vacía tu mente. No fuerces. ¡Espera como una maldita comadrona, ja!
Eso es.
—¿Pero cómo voy a saber lo que tengo que pedir?
William dejó escapar el aire entre los dientes.
—Lo que tienes que pedir... —musitó, pero siguió concentrado en sus cartas.
Esperé un rato, pero no respondió a mi pregunta. No veía que aquel anciano me fuera a ofrecer nada útil o valioso, de modo que me levanté para marcharme.
—¿Cómo sabré que he visto al mío? —pregunté, casi como salva de despedida.
—Lo sabrás. Puedo verlo. Todo el mundo puede verlo.
—¿Eh?
Depositó un naipe en la mesa y asomó su labio inferior, gomoso y húmedo. Después me miró con ojos reumáticos. Con una dolorosa lentitud levantó los puños apretados hacia los lados de la cabeza y extendió los índices hacia fuera, como si se tratara de dos largas orejas. Hizo que sus dedos se movieran un poco, y la piel bajo mi cuello erguido enrojeció.
Dejó caer las manos sobre la mesa y regresó a sus cartas.
Salí.
Volví a casa y preparé la tarta. La tarta nupcial de Emily Protheroe. El verter todo aquel amor en la mezcla, el hornear con tan buena voluntad, me dejó agotada. Trabajé hasta bien entrada la noche y acabé exhausta. Pero hice un buen trabajo. Le susurré a la tarta. Solo yo sabía cuánto amor había puesto en su preparación. Solo yo. Por la mañana envié a un chico con un mensaje, y Emily y su madre se acercaron para recogerla. Quedaron encantadas. Me pagaron bien. Porque lo había conseguido.
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