El fin de mi vida
Capítulo 34
El bebercio ya estaba bastante avanzado cuando llegué a la posada Fox el lunes, a la hora del almuerzo. Habían dispuesto un pabellón para la cerveza sobre la hierba, detrás del estanque de los patos, y el buen tiempo había atraído a un montón de gente. El sol también estaba atareado, aunque cuando soplaba el viento hacía fresco. A pesar de todo, hasta el más pintado hubiera declarado aquel como un día perfecto para la Rebatiña de pastel de liebre y el Partido con Botellas de cada año.
Entré en el pabellón de la cerveza para buscar a Arthur. Me había dicho que estaría bebiendo en la posada Fox desde la mañana. Sin duda quería ponerse a tono para el partido, y en cualquier caso el desfile partía de allí para dirigirse a la iglesia de san Miguel. No pude verlo a él pero sí a Venables, que disfrutaba de una pinta de cerveza negra con un par de compinches. Los tres se giraron en mi dirección. Venables hizo algún comentario y todos rieron.
Preferí entrar en el pub para ver si encontraba a Arthur, y allí estaba, bebiendo cerveza espumosa con Bill Myers y otros hombres, en una barra atestada de jugadores y gaiteros de la banda. Se sabía que a Bill le gustaba mezclarse en el partido de botellas. A menudo, durante la confusión, se ajustaban algunas cuentas pendientes, y aunque Bill siempre se había portado bien conmigo sabía que era un bruto y un marrullero. Al contrario que Arthur, Bill procedía de un pueblo vecino, de modo que jugaba en el equipo de Medbourne. Tradicionalmente, solo se permitía a los hombres de Hallaton participar en su equipo, mientras que el de Medbourne incluía espadas de todos los pueblos circundantes.
Ya estaban bastante cocidos. Tanto Arthur como Bill gritaron al verme y me indicaron que me acercara a su mesa. Los dos llevaban jerséis de fútbol a rayas y botas industriales sucias; tenían los ojos húmedos y la cara rubicunda. Bill gritó a un amigo en la barra para que me trajera algo de beber. Dije que no, que solo había venido para ver la procesión del pastel, pero Bill insistió y Arthur le dijo que tomaba Babycham, de modo que eso me trajeron.
Los hombres estaban de ánimo bronco, de buen humor pero buscando claramente alguna excusa para liarla. Noté que una pinta de cerveza solo subía a los labios tres o cuatro veces antes de vaciarse, como si para aquellos tipos se tratara de una regla sagrada. Bromeaban, se provocaban, se ponían a cantar a la primera de cambio. Un hombre al que no había visto nunca me acarició el pelo y me pidió un beso.
—¡Apártate de ella o te las verás conmigo! —gritó Arthur, y todos rieron como si aquel fuera el comentario más gracioso de la historia de los comentarios graciosos. Arthur me guiñó un ojo—. ¿Qué tal ese pastel?
—Mi pastel va estupendamente. ¿Y tu botella?
—Aquí la tengo —dijo, y se agachó para levantar un pequeño barril de madera lleno de cerveza, que debía llevar durante la procesión. Al ver el barril, todos los hombres vitorearon y rompieron a cantar. Arthur me miró y se ruborizó. Estaba tan orgulloso de portar la «botella» aquel año... Se había ganado el derecho (tras la retirada de tal honor de un participante de mayor edad) al marcar un gol para Hallaton el año anterior. Había algo en aquella mezcla de orgullo y humildad que me dio ganas de ponerle una mano en el brazo. Lo que hice fue dar un sorbo a la burbujeante Babycham.
Cuando terminaron de cantar, Bill me avergonzó poniéndose en pie.
—¡Caballeros, entre nosotros tenemos un ruiseñor! Y un ruiseñor encantador, todo sea dicho. ¡Que nos cante una canción!
Aquel fue mi turno de sonrojarme. Agité las manos a modo de protesta y sacudí vigorosamente la cabeza, pero ya había nueve o diez hombres en pie coreando: «¡Canta una canción, canta una canción, aunque no dure un montón, canta una canción!»
Miré hacia la puerta. Arthur sabía lo que estaba pensado, porque dijo:
—Más te vale darles lo que quieren.
—No hay escapatoria, adorable jovencita —añadió Bill—. No hay escapatoria.
Me puse en pie y los que habían estado vociferando volvieron a sentarse. Un tipo membrudo lo empeoró levantándome por la cintura, como si no pesara más que un alfiler, y colocándome sobre una mesa. Bill tenía razón, no había escapatoria. Sabía que tenía buena voz, pero la vergüenza me resultaba insoportable. Todo el local se calló para mí.
Me aclaré la garganta y justo en ese momento uno de los compinches de Venables entró en la sala. Al verme allí encima, se llevó la mano a la boca y soltó un desagradable eructo. Al instante, todos cuantos me rodeaban se pusieron en pie rugiendo su desaprobación, enseñándole los puños al hombre y agitando los brazos en el aire. De repente parecían una colonia de salvajes sumidos en un frenesí defensor. El amigo de Venables se puso como un tomate y tuvo la astucia de salir por piernas del bar. Con la misma velocidad, todos volvieron a sus asientos y guardaron silencio. Se me quedaron mirando, y durante un momento sentí miedo por la fragilísima naturaleza del interruptor que activaba tanto la alegría masculina como la violencia inmediata.
Pero, una vez restaurado el orden, Bill dijo:
—Vamos a ello, Fern.
Para entonces, los gaiteros y tamborileros de la marcha también se habían callado. Pensé que lo mejor sería una canción alegre, aunque estaba temblando. Sabía que con aquella vergüenza, con aquella sensación de estar expuesta ante todos, solo podía hacer una cosa, y era desviarla hacia otra parte. De modo que concentré mi mirada en Arthur y empecé a cantar. Les ofrecí la vieja The Brisk Young Butcher, y les encantó.
Cuando llegó a Leicester entró en una posada, y tras llamar al mozo pasó con gran zancada. Pidió el mejor licor, vividor tal como era y se fijó al instante en la adorable camarera.
Nueve estrofas y Arthur no apartó los ojos de mí en ningún momento, ni yo aparté los míos de él. Los hombres silbaron, patearon y pidieron otra canción, de modo que me arranqué con The Coal-Black Smith, que si lo
piensas es una canción un poco verde, y también a esa silbaron, aplaudieron y patearon, pero me bajé de la mesa y les dije que ya iban servidos.
Las cervezas caían una detrás de otra, y prácticamente me forzaron a tomar otra Babycham. El modo de Bill de burlarse de Arthur por haberme quedado mirándolo mientras cantaba fue enarcar las cejas, acercarse a él y cogerle la mejilla con sus dedos correosos. A Arthur no pareció importarle, al menos hasta la tercera vez que se lo hizo.
Supongo que entonces empecé a divagar, porque Bill notó que tenía expresión triste.
—Alégrate, Fern. Puede que no vaya a más.
—Oh, es ese Venables. Estaba antes en el pabellón de la cerveza riéndose de mí, para variar.
Bill se quedó pensativo. También reparé en que dos fortachones con camisetas de rugby a rayas rojas se interesaban ante la mención de Venables. Entonces Bill se encogió de hombros.
—Este año Medbourne anda algo corto de efectivos. ¿No es así, muchachos?
—No le vendría mal un tipo o dos más —admitió alguien.
Bill se levantó.
—Salgamos a reclutarlos en el pabellón de la cerveza. —Algunos de sus compañeros de bebercio vaciaron las jarras y salieron dando tumbos detrás de él. Le pregunté a Arthur si deberíamos seguirlos, pero uno de los hombres de camiseta a rayas me puso una mano amable en el brazo.
—No, querida. Tú y Arthur os quedáis un poco aquí, con nosotros.
—Muy bien —dijo Arthur—. Quédate un poco con los hombres de Hallaton.
Y uno de esos hombres se empeñó en invitarme a otra Babycham, y no aceptaba un «no» por respuesta. Aunque parecían unos brutos eran buena gente, y simularon estar interesados en mi canto y en cómo había aprendido aquellas canciones; pero no podía evitar la sensación de que me estaban reteniendo por algún motivo.
A la una y media empezaba la procesión. Todos los gaiteros y tamborileros de la banda vaciaron sus jarras y salieron a prepararse para el desfile, y los demás jugadores salieron también, dejando el bar
inquietantemente silencioso. No podía quedarme allí, de modo que salí para ver la parada, pero primero me pasé por el atestado pabellón de la cerveza.
Divisé a Bill Myers y a algunos de sus compañeros junto a Venables. Bill le pasaba un brazo por los hombros y estaban contándose chistes; era evidente que disfrutaban de su mutua compañía. Me sentí dolida por la volubilidad de Bill. Venables, que reía a carcajadas, tenía la cara roja.
—¡Una más antes de irnos! —gritó Bill.
—¡No, estoy que me caigo! —oí protestar a Venables.
Pero uno de los colegas de Bill ya traía más cerveza del bar del pabellón. Vi entonces cómo derramaba deliberadamente parte de una jarra y la rellenaba con un enorme chorro de vodka procedente de una petaca.
Después se escondió la petaca en el bolsillo y pasó la cerveza mezclada a Venables. Todos levantaron sus jarras y comenzaron alguna especie de canto alcohólico, que terminaban tragándose la cerveza entera al mismo tiempo. Venables incluido.
Los dejé con sus juegos masculinos y salí a la calle frente a la posada Fox. La procesión estaba dispuesta y lista para salir, y allí, a la cabeza, se encontraba el guardián de la madriguera con su capa verde y su bastón. Tras él, gloria de las glorias, iban dos mujeres jóvenes del pueblo con el gran pastel entre ellas. ¡Mi pastel! Mi pastel de liebre.
Detrás del pastel marchaban los portadores de las tres «botellas», entre ellos Arthur; y tras ellos una turba de dignatarios locales, jugadores diversos y miembros del comité, entre ellos Peggy Myers, la dulce anciana con la espalda retorcida y William. Este no dejaba de comprobar su reloj de cadena y parecía molesto con todo. Me vio y me mostró el más leve indicio de sonrisa que supuse que podía permitirse. Solo había visto aquella media sonrisa una vez, cuando sugirió que debíamos «hacer algo de humo»: la atrocidad del cementerio, que me había valido la simpatía general, había sido idea suya.
A una orden del director, los miembros de la banda se pusieron derechos y atentos, con las baquetas a un pelo del parche de sus tambores, las gaitas preparadas. Los tres portadores de las botellas sostuvieron sus barriles en alto con una mano y el guardián de la madriguera agitó su bastón en el aire.
La banda atacó con estruendo y la procesión se puso en marcha. Se me pusieron todos los pelos de punta.
Contemplé cómo la procesión bajaba la colina hacia la iglesia de san Miguel. Los jugadores rezagados salían a toda prisa del pabellón de la cerveza para alcanzar la cola de la comitiva; entre ellos estaban Bill Myers y Venables. Bill y uno de sus compañeros animaban (u obligaban) a Venables a que se uniera a la procesión. Lo tenían cogido de los brazos, como si lo sujetaran para que no se cayera. Era evidente que estaba muy, muy borracho. Lo oí protestar con tono bien humorado porque no estaba vestido para jugar, pero Bill y los demás reían y le decían que ni hablar, que no había problemas. Nadie parecía reparar en que Venables era un recluta rezagado e involuntario.
Seguí a la procesión hasta San Miguel, donde se detuvo frente a la verja de hierro de la fachada este de la vieja iglesia. Allí estaba el vicario, esperando para realizar su función. Yo había oído que aquello no le gustaba.
Había expresado claramente su opinión, y repetidas veces, acerca de lo que consideraba un ritual primitivo. Pero, como tantos vicarios antes que él, sabía de las advertencias del siglo XVIII, y como tantos otros antes que él se vio obligado a mancharse las manos.
Pues su labor era la de trinchar el pastel de liebre y ofrecérselo a la gente de la rebatiña. A aquellas alturas ya había cientos de personas de toda la región (ya que se unían turistas y curiosos de todas partes) empujando mientras el vicario partía el pastel. Y entonces, como era tradición, le quitaron los trozos de las manos y empezaron a arrojarlos.
Se produjo un rugido de alegría y la multitud se lanzó hacia delante. El vicario se tambaleó cuando la gente empezó a quitarle el pastel para arrojárselo a los demás: hojaldre, salsa, carne y patata, todo. Las porciones acababan en la cara y el pelo de los presentes. Todos levantaban las manos, y cuando conseguían atrapar un trozo volante de pastel, chillaban y se lo metían a presión en la boca. Los de las filas delanteras volvieron a zarandear al vicario hasta casi derribarlo, mientras imploraban y estiraban la mano para que les diera más pastel. Con un mal humor apenas contenido, el apesadumbrado vicario obedecía y repartía. La gente comía. Después se daban la vuelta para pedir más, empujando a quien tuvieran delante.
Arrojaban más porciones sobre los de atrás. Y mientras veía los trozos de pastel surcando el aire de un lado para otro, susurré:
—¡Vuela a ellos, Mammy! ¡Vuela hacia la gente!
Estaba hecho.
Después de la rebatiña del pastel de liebre venía el partido con botellas.
Parte de la procesión dejaba atrás la escena de la rebatiña y subía la herbosa colina del Pastel de Liebre, donde los jugadores se congregaban. El presidente del partido arrojaba una de las «botellas» al aire. Lo repetía dos veces. Cuando el barril tocaba la hierba por tercera vez, los hombres se arrojaban sobre él en una furiosa confusión. Aquel era un juego con pocos iguales. Las líneas de meta estaban representadas por sendos riachuelos en cada uno de los extremos del gran campo, que tenía más de un kilómetro de longitud. Entre ambas corrientes había colinas, setos, zanjas anegadas, calles y vallas de alambre de espino. No había reglas. Los servicios sanitarios de la brigada de ambulancias de St. John, que por su parte ya formaban parte de la tradición anual, esperaban cerca para atender los inevitables cortes, fracturas y demás heridas.
Contemplé cómo la turba se esforzaba, gruñía y pugnaba trabada en combate, sin conseguir ganar ni un palmo de barro para ninguno de los equipos. Había dos clases de jugadores: los locos que se lanzaban al centro de la refriega, arriesgando cada uno de sus miembros, y los que escaramuceaban desde la periferia. Desde una distancia segura vi volar puños y, al final, el barril avanzó un poco (menos de un metro) colina abajo.
Sin embargo, aquella ventaja se perdió a los pocos instantes.
Chas, Luke y el hombre de las gafas de sol estaban allí. Se habían apuntado a la batalla, pero permanecían en la resguardada periferia. De hecho, parecían estar totalmente colocados. Por turnos hacían breves y nerviosos avances hacia la mêlée, agitando un brazo hacia un barril o un enemigo imaginarios, antes de romper a reír como hienas y retirarse para descansar y fumarse otro porro. A pesar de todo, parecían estar disfrutando.
También vi a Venables, aún borracho y aún protestando, llevado hacia el mismo epicentro de la hecatombe por Bill y uno de los hombres con la
camiseta roja a rayas. Vi brevemente la cara de Arthur, que buscaba aire desesperadamente. Entonces la batalla los engulló a todos. Me di la vuelta y regresé al pueblo. Aquello solo se podía soportar hasta cierto punto.
No tardé en enterarme de que Venables había resultado herido en el partido. No tenía ni idea de cómo había sucedido. De los cincuenta jugadores o más que formaban el núcleo del combate, tampoco nadie parecía tenerlo muy claro. Aquellas cosas sucedían por accidente. Podía imaginarme a un Bill Myers que, al tratar de asegurar su presa sobre la botella, fallaba por poco y terminaba partiendo sin querer la nariz de Venables con el codo. Deseaba que fuera Arthur el que, al tratar de avanzar entre la refriega, había subido inadvertidamente la rodilla hasta la mandíbula de la Anguila de Norfolk, dislocándosela. Supongo que uno o dos de esos gigantones a rayas rojas, que más tarde descubrí que eran hermanos de Jane Louth, fueron los que, en un lance del juego, habían empujado el brazo de Venables con tanta fuerza hacia atrás que le habían roto un hueso. ¿Quién sabe cómo había terminado perdiendo tantos dientes?
No tenía sentido darle demasiadas vueltas, y los mayores, gallardos comentaristas del partido, observaron que nunca es recomendable lanzarse al partido anual con botellas demasiado afectado por el alcohol.
Todo el mundo sabía que el que se apuntaba lo hacía bajo su propia responsabilidad. Y lo que es más, señalaban los observadores más avezados y experimentados, nadie había pretendido nunca que aquel fuera un deporte para señoritas.
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