El fin de mi vida
Capítulo 17
— Glup. Lo has hecho. Glup. —Judith, como ella misma había admitido, tenía más experiencia atrayendo a los hombres que desalentándolos. Ahora que había seguido su consejo, ahora que había mordido el anzuelo, ahora que me había acercado tan peligrosamente a la prostitución, tenía poco que ofrecerme aparte de aquellos ruidos cómicos.
—Deja de decir glup.
— Glup es lo que siento —me respondió—. Pero míralo de este modo:
¿qué es lo peor que puede suceder? Que te folle.
El tiempo se había puesto muy caluroso, y aquella noche nos sentamos en el montículo herboso del viejo castillo y contemplamos las pocas luces que resplandecían en la villa de Hallaton. El sol del día había calentado la tierra y pude olerlo, supe que nos esperaba un verano caluroso aunque aún estuviéramos a las puertas de la primavera. El montículo artificial había sido erigido sobre un otero desde el que era posible dominar los alrededores. Era un lugar de energías extrañas, un sitio cargado y misterioso acerca del cual tenía sentimientos ambivalentes. Levanté la mirada. Ya estaban apareciendo las estrellas de ese modo magnífico en el que no hay ninguna, parpadeas un segundo y surgen miles de repente.
—Mira que eres bruta, Judith —dije con tono neutro—. Y no quiero que me folle.
—Pero si dices que no tiene mala pinta. —Empezó a arrancar tallos de hierba.
—Pues ofrécete tú en mi lugar —le dije.
Simuló planteárselo durante unos momentos. Después, como si le estuviera ofreciendo cerveza desbravada, dijo:
—Nah.
Miré hacia el sur, hacia la colina a oscuras que llaman del Pastel de Liebre y las tierras que hay más allá, y empecé a pensar en si Arthur podría ser un buen partido. Primero, con un hombre siempre está la cuestión de su olor. Tienen que oler bien. No es necesariamente una cuestión de higiene.
Arthur siempre me había parecido bien aseado, y se arreglaba con pasión.
Chas el hippie, por el contrario, no siempre parecía muy limpio, pero su olor masculino tampoco ofendía las fosas nasales. Probablemente hubiera muchas mujeres que encontraran agradable aquel olor. Soy de la opinión de que para querer a alguien primero hay que consultárselo a la nariz.
Y después, aparte de su aspecto, está el asunto del chasis: si no sabe estar de pie, si se inclina demasiado hacia delante o hacia atrás, si se tuerce hacia un lado... Todas estas cosas pueden ser de lo más desalentadoras. Y
después viene, al menos para mí, el modo en que «suena» el hombre en cuestión.
¿Cómo se te mete su voz por el oído? Porque aunque Arthur oliera bien, no estoy segura de que me sonara tan bien. En su voz había un tono aflautado, una leve vibración. ¿Es posible llegar a relajarse en compañía de un hombre con trémolo, aunque sea leve? Y había otra cosa: al andar, los brazos le rozaban contra la chaqueta, produciendo un ruido que resultaba ser una distracción.
Me pregunté si no estaría siendo demasiado tiquismiquis. ¿Conseguiría alguien, en alguna parte, estar a la altura? No había nada que hacer. Cada vez que intentaba pensar en Arthur bajo la mejor luz posible, me descubría amontonando más y más objeciones sobre él. Y acababa de invitarlo, más o menos, a llevarse mi virginidad.
Entonces vi, viajando a una gran altitud, aparentemente entre las estrellas, lo que sabía que era un satélite.
—Mira —le dije a Judith—. Quizá sea un sputnik. Como el que llevó a Valentina Tereshkova.
—¿A quién?
Tuve que explicarle quién era Valentina. ¿No deberían saberlo todas las mujeres?
Judith entrecerró los ojos para ver mejor.
—¿Cómo puedes distinguir esa cosa?
—Sé dónde mirar. Aparece todas las noches, casi a la misma hora.
Puede que sea uno de esos con un perro muerto dentro.
—¿Qué?
—Los rusos han enviado perros y monos ahí arriba. Todos mueren, por supuesto. Pero siguen dando vueltas.
—¿Qué? ¿Con monos muertos dentro? —Con la boca abierta, Judith siguió comprobando el silencioso paso del satélite por el cielo.
Lamenté haberle contado aquello. Hay cosas que pueden alterar para siempre la vida de aquellos que las descubren. Cambié de tema.
—Cuando todo esto haya acabado, todo el asunto este de Arthur, quiero decir, estaré preparada para la Petición.
Judith apartó la mirada del cielo para escrutarme. Estaba a punto de decir algo, pero yo ya me había protegido con una mirada que advertía: «ni te atrevas».
Para Judith, como hubiera sido para Mammy, mi voluntad de realizar la Petición era una cuestión de fe. Era como si yo, a pesar de todas mis protestas en sentido contrario, viviera como ella, dentro de una creencia.
Pero no era así. Yo no creía. No del todo, en cualquier caso. No del modo en que ella, Mammy y los otros pocos reían.
Lo cierto es que me impulsaba la desesperación. Había perdido durante un tiempo la guía de Mammy, y ahora estaba a punto de perder mi hogar y mi modo de vida. ¿Y quién sabía qué más me aguardaba? Podía bien esconderme detrás de las expectativas de Mammy, o bien rechazarlo todo y comenzar un nuevo modo de vida en un lugar limpio y lleno de antisépticos y diplomas, donde la iluminación y la imaginación no tuvieran cabida.
Aunque mi cerebro volaba de uno de estos extremos al otro, mi corazón permanecía con Mammy; la ciega lealtad triunfaba poco a poco sobre la objeción racional.
De todos modos, aquello que empezaba a aceptar no era algo que pudiera tratarse a la ligera.
La Petición.
Necesitaría al menos un ayudante, posiblemente dos. En asuntos como estos es importante tener a alguien que, por así decirlo, te sostenga el abrigo. Para entonces, Judith ya era alguien en quien creía poder confiar.
La noche siguiente tenía otras cosas en las que mantener la cabeza ocupada: mi primera clase nocturna en el Colegio de comadronas. Salí algo antes de lo habitual, pues planeaba visitar a Mammy temprano y dejarla con tiempo suficiente para llegar a clase. Como parecía que nadie estaba dispuesto a llevarme, usé mi voluntad para detener un coche.
No es tan difícil como la gente piensa. A menudo practicaba desde detrás de mi pupitre, en la escuela, o en el autobús. Lo único que tienes que hacer es concentrarte en el cuello de alguien, y consigues que se gire para mirarte. Al final tiene que hacerlo. De un modo similar logré que un conductor se detuviera, y ya me estaba sentando cuando vi a Arthur con su motocicleta rugiente, a la hora habitual. Pasó de largo, pero pude ver su expresión de desilusión y angustia.
El conductor, un hombre de mediana edad que olía a fábrica de metal, me habló de lo defraudado que se sentía por no haber logrado un ascenso.
Quizá no le presté la suficiente atención, porque me dejó a las afueras de la ciudad y tuve que caminar el último kilómetro y medio. Era una fresca tarde primaveral, y el crepúsculo empezó a caer sobre la ciudad a medida que me aproximaba. Las luces comenzaban a encenderse por todas partes, y sentí un estremecimiento de emoción al ver que estaba tomando el control de una nueva vida. Cuando ya terminaba de recorrer la carretera de Londres vi una bandera que ondeaba feliz en su mástil, y un hombre tocó la bocina de su coche al pasar a mi lado.
—¿Has traído la ginebra? —preguntó Mammy.
—Sí, otra pinta. —Teníamos litros y litros. Mammy solía hacerla en la bañera. Después empleaba bayas de endrinas para disimular el horrible sabor.
—Ponla en ese jarrón. Nadie te verá. Y trae otra pinta mañana.
—¿Otra? ¿Tan rápido te la trasiegas?
Mammy rió entre dientes.
—La estoy vendiendo.
Miré a la sala. Dos ancianas de pelo blanco y cara empolvada me hicieron una señal levantando los pulgares. Junto a la cama había un jarrón rojo con tres rosas de plástico de largo tallo. No había enfermeras a la vista, de modo que hice lo que me pidieron y vacié dentro la ginebra de endrinas que había conseguido colar. Después volví a colocar las rosas de plástico.
—Esas chicas la llevan a la sala de los hombres por mí. Ten. —Me puso en la mano un billete de una libra y algunos chelines, el beneficio de su tráfico ilegal, y me pregunté si sabía lo de la casa.
Pero Mammy estaba muy cansada. No parecía estar atendiendo cuando le hablé de las payasadas de los hippies de la granja Croker. No dije nada de las setas y de la amonita fuera de temporada, porque aquello la perturbaría.
No pareció objetar cuando me marché algunos minutos antes del fin del horario oficial de visitas.
Incluida yo, la clase estaba compuesta por nueve mujeres, y yo me encontraba entre las más jóvenes. Atraídas por la explosión de la natalidad, algunas de aquellas señoras regresaban a la profesión después de una larga ausencia, aunque se les hizo sentir que ellas tenían más que aprender incluso que el resto de nosotras. La clase la impartía la señora Marlene Mitchell, una señora sería y mayor que se presentaba vestida con su uniforme de enfermera, y que explicaba las cosas como un santo de escayola colocado sobre el estrado que había en el frente de la clase. La señora Marlene Mitchell era bien consciente de su ventaja de altura. Me vi transportada de inmediato a la encogida timidez de mis años escolares.
Afortunadamente, era fácil permanecer invisible, incluso en un aula tan pequeña. A la señora Mitchell le gustaba hablar y que no la interrumpieran por nada. Y como yo era capaz de atender en silencio hasta la muerte, todo funcionaba exactamente como a mí me gustaba. No tardé en comprobar que no me costaría mucho aguantar dos trimestres ejercitando los oídos, y luego recoger mi diploma en silencio y seguir practicando la partería sin abandonar los preceptos bien probados de Mammy.
MMM, como pronto empezamos a llamarla, [2] se dirigió a nosotras desde el frente del aula. Recuerdo un jarrón de narcisos que había sobre una mesa, a un lado del aula, debajo de una ventana abierta al aire de la noche primaveral. MMM tenía una dentadura espectacular, peor aún que la de Greta, y era una lástima porque uno de sus incisivos era del color del chocolate. Recuerdo que pensé: imagínate que te encuentras con eso nada más salir del útero. Lo primero que ves en este mundo. Un pensamiento cruel, indigno, hubiera dicho Mammy, e intenté que se me fuera de la cabeza, aunque era incapaz de evitarlo.
Nos hablaba de pie, en una posición rígida, con las manos juntas frente a ella. Solo abandonaba esta postura en contadas ocasiones, cuando se quitaba las gruesas gafas negras de la nariz para inspeccionar el reloj que llevaba, unido a una cadena, en el bolsillo del pecho de su uniforme azul almidonado. Aquellos momentos suponían la única ruptura en su monólogo, y solo entonces alguien (nunca yo) podía interrumpirla.
—¿Puedo hacer una pregunta? —dijo la señora inquieta que tenía al lado, a la que durante una de estas pausas empezamos a llamar Cotorra.
MMM no dijo exactamente que sí, pero hizo un pequeño gesto con la mano abierta, como si quisiera indicar: «la clase es suya, pero sea breve, por favor».
—Ha dicho usted que durante el curso íbamos a hablar acerca de fórmulas. Bueno, pues tengo que decir que a mí no me gustan las fórmulas.
¿Dónde nos deja esto a aquellas que no las seguimos? —Cotorra era una mujer robusta, con un rostro amable y frescachón. Miró alrededor de la clase buscando apoyo; la mayoría mantuvo la cabeza gacha.
Antes de responder, la señora Marlene Mitchell comprobó la lista de nombres.
—Señora Carter, está aquí con nostras esta noche para aprender que a lo largo de los últimos quince años se han producido algunos cambios.
Cambios importantes. Me temo que no es una cuestión de lo que a usted le guste o no, es una cuestión de práctica sanitaria. Esta es una expresión que irán usted escuchando cada vez más a lo largo de las próximas semanas:
«práctica sanitaria».
—Entonces, ¿voy a tener que contarles a las mujeres cosas en las que no creo ni yo? —dijo Cotorra jovial, cruzándose de brazos.
MMM no era jovial.
—Esto lo discutiremos a fondo con el tiempo. Mientras tanto, se ha comprometido usted a venir aquí para aprender lo que es mejor para las madres. Este es el objetivo de estas clases. No usted. Ni yo. Las madres. —
Y cuando dijo aquel «madres» marcó cada sílaba con el dedo índice, dando golpecitos al aire frente a ella. Satisfecha, se quitó las gafas y consultó de nuevo el reloj—. Bueno, estamos mal de tiempo, de modo que vamos a pasar a lo que se espera de ustedes.
MMM regresó a su monólogo. Cotorra se volvió hacia mí y echó los ojos hacia arriba.
Cuando salí del edificio del Colegio de comadronas vi a Cotorra aposentando su culo gordo en el asiento de una bicicleta. Me llamó.
—Pues anda que habrá cambiado ella en quince años, ¿eh? Es que no se calla. Qué mujer más pesada. Tú quédate con nosotras, las cluecas, y te irá fenomenal. ¡Nos vemos la semana que viene!
Y con esto se fue, pedaleando de forma inestable antes de que yo tuviera la oportunidad de pronunciar una sola palabra.
Pero en aquel momento me sentía demasiado desbordada como para preocuparme por la opinión de Cotorra acerca de nuestra profesora. Había acudido allí preparada para escuchar con atención, para confrontar cuanto se dijera con lo que ya sabía y con lo que Mammy me había enseñado.
Sentía que el aprender cosas nuevas me devolvería a la senda de la vida. Y
aunque no encajara bien en la escuela, aquella noche comprendí lo desesperada que estaba por adquirir nuevos conocimientos, y de qué modo el aprender con Mammy renovaba mi mundo constantemente. Me parecía que el aprendizaje refrescaba las raíces de la vida. O quizá fuera como pelar la capa exterior de una cebolla, solo para encontrar otra más brillante debajo, y debajo de esta una dorada o iridiscente. Y mientras pensaba en estas cosas vi que la ciudad misma se había hecho crecer una nueva piel de oscuridad iluminada por el neón y la luz eléctrica de sodio, y empecé a caminar abrazada a mi libro de ejercicios. No tuve problemas en conseguir que alguien me llevara, y apenas reparé en el conductor o en su relato, tan
ensimismada estaba con la perspectiva de aprender. Me sentía preparada para cualquier cosa.
—No puedo seguir con esto —le dije a Judith.
—¡Quédate quieta! ¿Cómo esperas que te arregle el pelo si no dejas de moverte? Y deja en paz esas horquillas, que no las necesitas.
—¿Pero por qué tengo que hacer nada con el pelo? ¡Creía que la idea era desanimarlo! ¡Aay! —Me parecía que Judith estaba siendo deliberadamente violenta con el cepillo. Me estaba haciendo una raya en el medio de la cabeza, cuando de toda la vida yo me la había hecho a un lado, y parecía que para ello me tuviera que desollar la cabellera.
—Antes de desanimarse tiene que encontrar algo digno de conquistar.
¿Pero cuánto hace que no te cepillas esta selva? Pareces una bruja demente.
Había acudido a casa de Judith justo después de que ella terminara las clases. Quería «prepararme» para mi noche con Arthur. Ella tenía una bañera con grifos apropiados, mucho más lujosa que mi bañera de cinc, que había que llenar con cacerolas hervidas en el horno. Me sumergí en el agua mientras escuchaba el sonido del obsesivo aspirado de Judith en la planta baja. Pero después del baño ella quería «endulzarme», como si fuera un lechón en salsa de miel para una cena de gala. Se había traído el lápiz de labios, la máscara de pestañas, los polvos y todas esas cosas que convierten a una mujer en un payaso pintarrajeado, y no podía soportarlo.
—¡No quiero estar demasiado atractiva para él!
—¡Deja de hacerte la presumida, chiquilla! ¡Pero a ver qué te crees que eres!
—¡Aaau! ¡Deja de darme tirones! ¡No somos unas rameras, Judith! ¡No estamos tan desesperadas!
A modo de réplica, y de forma bastante deliberada, Judith pasó el cepillo con auténtica fuerza por un nudo del pelo. Grité, me giré y le di una bofetada. Ella dejó caer el cepillo y se llevó una mano a la mejilla. Le había dejado una clara marca de cinco dedos rojos. Ya se estaban desvaneciendo cuando la furia le hizo enrojecer. Fue ella entonces la que levantó la mano y me devolvió la bofetada, y con el doble de fuerza. Ahora era mi turno de
taparme la cara. Traté de devolverle el golpe, pero dio un salto hacia atrás para escapar de mi alcance y casi me caí de rodillas.
Después nos vimos superadas por el ridículo espectáculo que representábamos y empezamos a carcajearnos al mismo tiempo. Judith recogió el cepillo y se puso otra vez a arreglarme el pelo, esta vez con suavidad.
—Puta —dije en voz baja.
—Zorra —respondió ella.
—Pendón.
—Guarra.
Levanté la mano para detener el cepillado.
—Judith, todo esto me da miedo.
—Mira, ratoncita, todo va a salir bien. Después de lo que le vamos a dar, tendrá suerte de encontrársela dentro de los pantalones, así que ni hablemos de metértela. Le va a desaparecer.
—Pero..., ¿y si no funciona?
—Si eso sucede, y no va a suceder, haces que se corra con la mano. ¿De verdad que no lo has hecho nunca?
Sacudí la cabeza.
—Todas las chicas deberían saberlo. Si te ves presionada, utiliza la mano. Salvo que sea un cerdo. La mayoría de los hombres lo que quiere es correrse, y no les importa demasiado el cómo. Usa la mano, o la boca si se pone demasiado caliente.
—¿Qué?
—Que se la chupes. Estará tan ocupado retorciéndose que no querrá ponerla en ninguna otra parte, te lo digo yo. Conozco a los hombres.
¡Me sentí horrorizada!
—¿Pero no sabrá a pis?
—No, a no ser que te mee encima. ¿Es que no sabes nada de chicos?
—¡No! —aullé. La idea de chupar una de aquellas cosas me daba arcadas.
—Venga —dijo Judith—. No llegará a tanto. Y ahora gira la cabeza.
¿No me vas a dejar ni siquiera ponerte un poquito de maquillaje?
La ansiedad me estaba mareando. No era simplemente aprensión, ni el tener mariposas en el estómago. Me estaba poniendo fatal de verdad.
Vomité en cuanto acabé de maquillarme. Después Judith volvió a limpiarme y me hizo cerrar los ojos. Me llevó cuidadosamente hacia el espejo de su tocador.
—Abre —me dijo.
Abrí los ojos y una extraña cabaretera de music hall me devolvió la mirada. Lo más asombroso de todo no era la pequeña cantidad de polvos que había permitido que Judith me aplicara en las mejillas, ni la línea negra que enfatizaba el blanco de los ojos, ni el toque de sombra que atraía la atención hacia los párpados, ni el delicado pintalabios rosa que engordaba mi boca. Era la raya blanca que me separaba la cabeza por la mitad. Me dividía en dos. Giré la cara para poder verme solo el perfil. ¿No podía ser aquella mujer otra persona?, pensé.
—Estás fantástica —dijo Judith—. Vamos. Todavía tenemos muchísimo que hacer.
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