El hermanastro

Lars Saabye Christensen · Capítulo 11 de 46

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El hermanastro

El reloj

Y yo noto que alguien me pisa los talones, alguien me pisa los talones porque ésta todavía no es mi historia, aún no estoy presente en el a, no estoy en el meol o, y cuando l egue a el a, cuando esté dentro de la historia, lo más probable es que quede atrapado en los imanes de los detal es, como esa zapata de freno que soy, ese cordón de zapato que se rompe camino de la academia de baile, ese párroco al que saco la lengua justo delante de la iglesia de Majorstuen, una botel a vacía de refresco que tengo que entregar para que me devuelvan el dinero en el quiosco de Esther, esas cosas que algunos consideran insignificantes, meros descarrilamientos, rodeos, pero que sin embargo pueden ser ese vínculo misterioso y muerto que hace falta en cualquier historia, es decir, el silencio lateral. Es al í donde voy a escucharos a todos sin que vosotros me veáis. Es en ese silencio en el que oigo decir a la Vieja una y otra vez: Ahora podrá empezar la vida normal. Porque creen que todo es como debe ser. Creen que también Vera ha vuelto a la normalidad. Ha expulsado su sangre habitual y todo volverá a ser como antes. Las zapatil as rojas están colocadas en su sitio junto al diván. La bandera ondea en el Palacio. La luna cuelga de un gancho sobre Aker y el día vuelve a tener exactamente veinticuatro horas. Durante cinco años, la guerra ha dejado el tiempo fuera de juego. La guerra apresó al tiempo y lo fragmentó segundo por segundo, minuto por minuto. La guerra es presente. La guerra es vivir al día. La guerra consta de momentos y de migas. Ahora podrán recomponer el tiempo, darle cuerda, hacerlo andar. La Vieja compra más vino de málaga en el Monopolio. Boletta sigue leyendo el Manual de Telégrafos hasta que el dolor de cabeza se clava en el a como una palanca. En Telégrafos elude al director Egede, no se atreve a acercarse a la escalera que sube a la planta del gerente porque aún no le ha dicho si quiere el nuevo puesto. Vera se queda en la cama hasta tarde todos los días. Luego, se levanta sin alegría. Se mueve lentamente por el piso. Se pone jerseys grandes y chaquetas amplias,

aunque cada vez hace más calor. Dicen por ahí que será el verano más caluroso del siglo, y tiene sentido, es el verano que el pueblo se ha merecido. Apenas come, prefiere sentir su propia levedad, prefiere crecer hacia dentro y acercarse a su propia sombra. Desde la cocina ve que hay cortinas nuevas en casa de Rakel, son de color carmesí, pero aún no ha visto a nadie dentro. Abajo, en el patio, las cuerdas están l enas de ropa de invierno y sábanas, el portero Bang va por la gravil a arrancando las malas hierbas. El gato, a cuyo dueño nadie conoce, está tumbado en el rincón del sol, como un círculo de piel, hasta que Bang se percata de su presencia y lo espanta con un rastril o. Pero el animal se limita a estirarse perezosamente, levanta el rabo y orina en una maceta antes de desaparecer lentamente por la puerta que da a la cal e de Jonas Reins.

Los chicos de la casa ponen a punto sus bicicletas, reparan las l antas y miran de vez en cuando hacia la ventana de Vera, pero no hay nadie en el a. Vera observa todo. Llena su silencio con todo lo que ve, ese silencio empieza a enervar a Boletta; a veces está a punto de sacudir a su hija para sacarle alguna palabra, pero entonces la Vieja susurra: El que no dice nada tampoco miente. Una noche, Vera vuelve a morderse la herida de la lengua y nota cómo la boca se le l ena de sangre y se desborda, y moja los paños en esa sangre, su mentira desesperada, su esperanza, tan desesperada como esperar a Rakel. El tiempo ha estado preso. Ahora el tiempo ha sido puesto en libertad. Vera está junto a la ventana, y ve que los chicos l evan impermeables y que han crecido en el transcurso del verano, están casi irreconocibles y salen a la cal e montados en sus bicicletas sin mirar atrás.

Una mañana, justo antes de que Boletta fuera a Telégrafos a ver al gerente Egede y darle la respuesta, l amaron a la puerta. Vera lo oyó desde la cama y se despejó inmediatamente. Alguien l amaba a su puerta temprano por la mañana en el mes de septiembre de 1945. Por un instante estuvo segura, completamente segura, de que tendría que ser Rakel, que había vuelto por fin. Vera se levantó casi aterrada de felicidad, y miró a hurtadil as hacia la entrada. Boletta abrió la puerta de la cal e. No era Rakel, era un hombre calvo, Vera lo recordaba vagamente, un recuerdo distante y confuso de otros tiempos. El hombre vestía una gabardina larga, la l uvía aún le goteaba de los estrechos

hombros, y l evaba en una mano un pequeño maletín cuadrado con dos cerraduras resplandecientes a cada lado, y en la otra, un sombrero gris.

Cuando Vera vio el maletín ya no le cupo ninguna duda, sabía quién era, y por alguna razón se estremeció, siempre se estremecía cuando l egaba ese hombre.

Él levantó el maletín, como si supiera que era lo primero que reconocerían. –Espero que también me reconozca a mí –dijo–. ¡Porque yo la reconozco a usted como si hubiera estado aquí ayer! Desplegó una sonrisa por toda la cara e hizo una inclinación de cabeza. Boletta le dejó entrar. –Claro que lo reconozco. Excepto el pelo, claro. El hombre se pasó rápidamente la mano por la calva mientras la sonrisa desaparecía de su boca, que se convirtió en una hendidura torcida y tensa. –He estado preso en Grini, se limitó a decir.

Dejó caer el maletín al suelo. Boletta se sonrojó y colgó la gabardina.

El hombre echó una rápida mirada a su alrededor, sus ojos se movieron a gran velocidad de pared en pared, de puerta en puerta, como si con la mirada tomara nota de todo. Vera retrocedió. –¿Y aquí todo sigue en su sitio?, preguntó el hombre. Boletta lo acompañó dentro. –Sí, aquí todo está donde estaba. –Me alegra saberlo. Demasiada gente recurre hoy a los cambios. Cambian todo de sitio. ¿Y para qué? Una vez más su mirada repasó la habitación, hasta que se detuvo en el reloj ovalado del escritorio. Eran las diez y doce minutos. –No sé si hay dinero suficiente

–susurró Boletta–. Hemos perdido la cuenta. –¿Y quién no?

Necesitaremos el resto del otoño para volver a la normalidad. El hombre se volvió hacia Boletta. –Tomo leche en el café. ¿Lo recuerda? Boletta entrelazó las manos. –Claro que me acuerdo. Leche en el café. ¿También azúcar? –Bueno, si hay en la casa. Pero sólo tres cucharaditas, por favor.

De repente, la Vieja apareció en la puerta del comedor, ataviada con un camisón y sus zapatil as rojas. Se hizo sombra con la mano, como si hubiera mucho sol en el piso. –¿Hablas sola otra vez, Boletta? ¿O estás intentando hacer responder a Vera? Boletta se apresuró hacia el a. –

Arnesen está aquí, madre. Reconoces a Arnesen, ¿verdad?

El recién l egado era Arnesen, de la compañía de seguros La Abeja.

Habíamos asegurado con él nuestras vidas. Casi todas las familias de la finca lo habían hecho. Arnesen solía aparecer cada medio año, en otoño

y en primavera, siempre en la misma fecha, excepto cuando caía en domingo, en ese caso iba el lunes. Ahora hacía mucho tiempo que no venía, desde el mes de septiembre de 1941. Y también yo recuerdo el reloj ovalado que siempre iba bien. Cada mes, el último sábado de cada mes, Boletta o mi madre metían dinero en el cajón debajo de la esfera del reloj, como si fuera una hucha, lo que era un acto solemne. Fred y yo observábamos con las manos en la espalda y veíamos las monedas que se metían en la ranura mientras escuchábamos el estampido sonoro y agudo cuando se colocaban en su sitio, según las monedas que hubiera de antes, o los bil etes insonoros, que eran doblados con gran concentración para hacerlos lo más pequeños posible. El bil ete que más me gustaba era el de cinco coronas, su color azul, como el cielo en los bonitos días de verano, cuando no hay nada que temer, y sobre todo, el rostro del explorador Nansen. Aún no sabía contar hasta cien, y los bil etes de cien eran demasiado grandes y casi imposibles de meter en el cajón. Luego podía venir Arnesen a por la prima o el premio, como lo l amaban el os. Yo creía que era algo que nos podía tocar, que el dinero se convertiría en un premio, un regalo. Pero Arnesen nunca traía nada, al contrario, se limitaba a recoger el premio y marcharse. Al final recogió demasiado, metió los premios en su propio bolsil o oscuro, y lo perdió todo. Durante mucho tiempo pensé que era ese dinero que guardábamos al í el que hacía andar el reloj. Y que si poníamos demasiado, el reloj iría más deprisa, o que si nos olvidábamos de echar, el tiempo se retrasaría y al final se detendría del todo. ¡Ojalá hubiera sido así! Lo intenté una Nochebuena. Puse dos monedas de cinco øre de más, y sonó como una avalancha en el fondo del reloj. No sirvió de nada. Recuerdo que una vez, Fred vació todo el cajón con una horquil a, pero el tiempo no se detuvo.

La Vieja tuvo que acercarse más. –¿Arnesen? ¿Arnesen en persona?

Pues entonces sí que hemos vuelto a la normalidad. El hombre hizo una profunda inclinación de cabeza. –Proporcionamos seguridad a los días de diario y a los días festivos. Incluso la vida después de esta está en nuestra agenda. La Vieja resopló por las comisuras de los labios. –Eso debería usted dejarlo en manos de Dios, amigo. Su pequeño maletín no es lo suficientemente grande para la eternidad. Arnesen inspiró deprisa y

sacó un pañuelo con el monograma de la compañía de seguros, como si se rindiese y pidiera paz. Pero la Vieja se le acercó aún más y lo miró con los ojos entornados. –Dígame, ¿no le queda nada de pelo? –Ha estado preso en Grini, madre –se apresuró a decir Boletta–. ¡Cál ate!

Entonces Arnesen buscó esa l ave en forma de tubo a la que sólo él tenía acceso, y se puso de espaldas como un prestidigitador que no quiere revelar sus secretos. Miró por encima del hombro y se encontró de repente con la mirada de Vera en la sombra de la puerta. Sonrió.

Luego todos pudieron oír un chasquido; Arnesen sacó el cajón de debajo de la esfera del reloj, el dinero tintineaba. Nadie podía contar el dinero más deprisa que Arnesen, de La Abeja. Ni siquiera tenía que usar los dedos, contaba con los ojos, el ojo era su músculo más rápido, y al final metió el importe en una bolsita de piel con cremal era, como un estuche para plumas, la colocó en el maletín y por último cerró los dos lados en secreto, como si estuviera actuando en una función.

Boletta fue a la cocina a hacer café. Arnesen se enderezó. –

Tardaremos algún tiempo en que nos salgan las cuentas –dijo–. La guerra ha puesto casi todo patas arriba. La Vieja se encorvó en una sonrisa. –Cuanto más barata es una vida humana, más cara es la prima.

¿No es así? Arnesen no sonrió. –Lo que ocurre es más bien que algunas cosas son tan valiosas que no se pueden medir en coronas y øre, ¿no cree, Jebsen? La Vieja se agitó. –¡Tonterías! –dijo–. Usted siga contando su dinero, es lo que mejor se le da.

Arnesen estaba a punto de decir algo, pero optó por l evarse al salón el maletín, que jamás perdía de vista. Le servían café en todas las casas, como si la gente tuviera mala conciencia por algo, o quisiera causarle buena impresión. Tal vez pensaran que sus vidas estaban en manos de ese hombre. Arnesen pasó lentamente por delante de la librería y acarició con un dedo los lomos de piel mientras miraba a su alrededor, al diván, que estaba convertido en cama en el comedor, la copa de vino de málaga y el solitario. Su dedo se detuvo en un ancho hueco entre los libros donde se levantaba el polvo. Ahora sí sonrió. –Deberían haberle pegado un tiro, dijo. Y acto seguido se sentó en el mul ido sil ón, de espaldas al balcón. La Vieja se agachó sobre la mesa. –¿A quién deberían haber pegado un tiro? –A Hamsun, el traidor. –¿Se refiere al escritor? –

Al escritor y traidor. La Vieja se acomodó en el sofá. –Yo prefiero leer a Johannes W. Jensen, dijo.

Boletta l egó con la bandeja de café y una tableta de chocolate con leche. Arnesen se apresuró a coger un trozo, se lo metió en la boca y se puso cuatro cucharaditas de azúcar en la taza. La Vieja estaba a punto de marcharse del salón, pero Boletta la retuvo. –¿Cómo le fue en Grini?, preguntó. Arnesen cerró los ojos y tragó saliva. –Peor fue para mi esposa, que tuvo que esperar en la incertidumbre y en la angustia.

Arnesen volvió a ver con claridad y se aclaró la voz con más chocolate. –

Pero logró sobrevivir. Las mujeres son a veces más fuertes de lo que uno cree. La guerra al menos nos ha enseñado eso.

Echó un rápido vistazo por encima de la taza, Boletta le sirvió más café, y la Vieja suspiró aún más. –Esperar es un privilegio del que prescindimos gustosamente. Pero Arnesen ya no escuchaba. Durante un largo rato estuvo repasando con la vista toda la habitación, y de repente dijo: –Esto es más pequeño, ¿no? Boletta volvió a dejar la cafetera en la mesa. –¿Más pequeño que qué? –Que los pisos del otro lado del patio.

La Vieja agarró el último trozo de chocolate antes de que a Arnesen le diera tiempo de hacerlo él. –Puede que aquel os sean más grandes –dijo el a–. Pero hay más sol aquí arriba. –No estoy tan seguro, pues nuestro balcón da al sur. La Vieja y Boletta se inclinaron hacia él al mismo tiempo. –¿Nuestro balcón? Arnesen sonrió y agitó el brazo como un director de orquesta. –Me he quedado con el piso que hace esquina con la cal e Jonas Rein, donde vivía esa pobre familia judía.

La Vieja se levantó. El pelo se le cayó a los hombros. –¿Está diciendo que somos vecinos? El hombre levantó la taza con dos dedos y buscó más azúcar con la vista. –En realidad íbamos a habernos mudado antes del verano. Pero mi esposa quiere tenerlo todo arreglado antes. Ya saben cómo son esas cosas, ¿verdad? Arnesen encontró el azucarero, se puso otras dos cucharadas de azúcar en el café, frunció los labios y bebió lentamente. La Vieja se quedó de pie. Estaba temblando. –No –dijo muy alto–. No sabemos cómo son esas cosas. ¿Cómo son? El hombre dejó la taza en la mesa sin un sonido, y se puso a hablar en un tono confidencial y bajo por encima del mantel. –El piano, cucharas de postre, tabla de planchar. Y cuna. Esas cosas que crean un hogar. Pues mi mujer está

esperando nuestro primer hijo después de todos estos años. –¿Quiere que vaya por más azúcar?, preguntó la Vieja. Arnesen la miró. –No, gracias. Creo que está bien.

Boletta tuvo que agarrarse a la mesa. –¿Es seguro ya que no vuelven?

–¿Quiénes? –La familia Steiner. Rakel, la hija. Arnesen se estremeció, como si la cucharil a le hubiera dado un calambre. La dejó caer al plato.

Luego se echó hacia atrás con un aire casi ofendido. –Naturalmente. Se quedaron al í. Es algo que todo el mundo sabe. Por desgracia, no hay nadie a quien pagar el importe del seguro.

La Vieja miró más al á de Arnesen, que seguía sentado en el sil ón con una sonrisa triste. Entonces vio a Vera. La muchacha estaba de repente en la puerta del dormitorio mirándolos fijamente, y en el instante en el que la Vieja la descubrió, se tapó la cara con las manos; le chorreaba sangre por los dedos, se desplomó y entonces también se volvieron Boletta y Arnesen, que vieron a Vera y la sangre que le chorreaba de la boca. Arnesen tiró la taza y el azucarero. Boletta se levantó de un salto y fue hacia su hija, y por segunda vez desde que l egó la paz, la Vieja tuvo que l amar al doctor Schultz de Bislet. Arnesen se limitó a permanecer de pie junto al sil ón sin apartar la vista de Vera, del camisón, de la piel casi transparente, de la sangre que le chorreaba de la boca; ahora ya tenía algo que mantener en secreto sobre sus visitas a las casas, pero si alguien insistiera mucho, tal vez revelara un par de cositas, como que Vera yacía en el suelo retorciéndose en espasmos y delirando entre vómitos de sangre. Y aquel os que lo escucharan, tal vez el portero Bang, enseguida se le acercarían y le preguntarían: «¿Y qué decía la chica? ¿Mencionó algún nombre?» Entonces Arnesen podría hacerse el importante y exponer sus mentiras, o cal ar hasta que ni él ni su público aguantaran más. Yo lo oí una vez, muchos años más tarde, un día que volví temprano del colegio y tomé el atajo por el lavadero del sótano. El portero Bang estaba junto a las secadoras contando cuentos a las mujeres de la finca, porque él ya había hecho suyas las historias, había cambiado las mentiras a moneda nueva. «La sangre le salía como espuma por la boca –susurró–, como una espuma roja, y daba puñetazos como si fuera un animal salvaje.» «Pero ¿qué decía? –querían

saber las mujeres–. ¿No mencionó ningún nombre?» A esa pregunta el portero no tenía respuesta.

La Vieja colgó el teléfono. –El doctor Schultz viene enseguida, dijo.

Boletta l oraba y Vera yacía inmóvil en sus brazos. –¡Se le ha producido una úlcera de estómago de comer tan poco! Llevo mucho tiempo diciéndolo. ¡Que tiene que comer! La Vieja se volvió hacia Arnesen. –

Hemos acabado con usted por esta vez. Déle recuerdos a su esposa. Pero Arnesen hubiera preferido quedarse, no quería perderse aquel o.

Recogió el azúcar que había derramado, dejó la taza en su sitio y secó el mantel con su pañuelo. Lo hizo todo lentamente, tomándose tiempo.

Incluso quiso ayudar a l evar a Vera al dormitorio. –Hice un cursil o de sanidad en el servicio militar, dijo. Entonces la Vieja señaló con determinación hacia la entrada y la puerta de la cal e. –Veo que su abrigo sigue ahí colgado. Póngaselo cuando se vaya.

Pero primero Arnesen tuvo que volver a contar el dinero. Abrió el maletín y comprobó el importe, moneda por moneda, bil ete por bil ete.

Y cuando la Vieja salió del dormitorio, Vera yacía en la cama, y Boletta seguía l orando, ya hacía mucho que debería haber estado en el trabajo.

Arnesen seguía en la entrada, con el abrigo en el brazo, retorciendo el sombrero como un volante entre los dedos. –¿La pobre chica está mejor?, susurró. –Está dormida. Adiós. Arnesen miraba por encima de la Vieja. –¿Le dan a menudo estos ataques? –Vera l eva varias semanas con una pulmonía. He dicho ya adiós. Arnesen apenas esbozó una sonrisa. –¿Pulmonía? A veces la compañía desea ver un certificado médico antes de decidir el importe de la póliza. La Vieja abrió la puerta de par en par. –Ya hemos l amado al médico. Por tercera vez le digo adiós y muy buenas.

Arnesen hizo una inclinación de cabeza, tomó el maletín y salió con pocas ganas al descansil o, donde se quedó abotonándose el abrigo. La Vieja estaba a punto de cerrar la puerta, pero de repente cambió de opinión y le agarró del brazo. –¿Y cómo puede estar tan seguro de que los Steiner no volverán nunca? –¡Porque están muertos! Ya lo he dicho.

¿No leen ustedes los periódicos? De nada sirve que el piso se quede vacío, ¿no? La Vieja lo soltó y él se puso a buscar algo en los bolsil os.

Era un recorte, una fotografía. –Mire esto –dijo–. Lo he sacado de la revista sueca Veckojournalen. Son la señora Steiner y su hija Rakel, ¿no?

La Vieja le quitó la fotografía y se la acercó a los ojos. Eran el as. Una gran pena y una ira igual de grande la invadieron. Eran Rakel y su madre. La madre agonizando, tal vez muerta ya, en los huesos, vestida de harapos, la piel tensa sobre el cráneo, los ojos demasiado grandes mirando fijamente a la cámara, a Dios o al verdugo, y Rakel, tomada de la mano de su madre, casi desnuda, los hombros picudos y salientes, que se agarra, l ora y grita, la boca es una herida en su cara, en la cara de la joven que ya es vieja, sin edad, más al á del tiempo, también el a cerca de la muerte, una niña mutilada, así es esa foto: la moribunda que se aferra a la moribunda. Y debajo pone en sueco: El temido campo de Ravensbrück. Con el tiempo, los campos de concentración se l enaron de tal manera, que ya no había trajes de presidiario. Ése es todo el texto que puede leerse. La Vieja tiene que apoyarse en la pared. –¿Y l eva usted esa foto en el bolsil o? –dijo en voz baja–. Debería avergonzarse. –Vi que eran el as –murmuró Arnesen–, y la recorté. ¿Puede devolvérmela? –No

–contestó la Vieja–. Esta foto la guardo yo mientras tú vivas en su piso.

Arnesen se puso el sombrero y retrocedió. La Vieja lo dejó pasar. –

Espero que todos volvamos a dormir bien alguna vez, dijo el a.

En ese momento oyeron al doctor Schultz en el portal, sus pesados pasos, la mano en la barandil a. Arnesen echó una rápida mirada a la Vieja. –Gracias, pero duermo perfectamente, excepto cuando mi esposa tiene insomnio. Bajó la escalera deprisa y al cruzarse con el doctor Schultz, que estaba más flaco que nunca, y sobrio esta vez, Arnesen le dio su tarjeta de visita. El doctor Schultz vaciló un instante, leyó la tarjeta y movió la cabeza con un gesto negativo. Arnesen se había parado en el descansil o siguiente, con el sombrero en la mano y sonreía de nuevo: –¡Llámeme cuando usted quiera, doctor! –No voy a querer nunca. Afortunadamente, no tengo nada que desee asegurar. El doctor Schultz se metió la tarjeta de visita en el bolsil o y subió los últimos peldaños hasta donde estaba la Vieja esperando impaciente. La mujer tiró de él para meterlo en la casa y cerró la puerta tras el os. –Vera está en el dormitorio. ¡Vamos, vamos! ¡No hace falta que se descalce!

Una vez más, el doctor Schultz exigió quedarse a solas con Vera mientras la examinaba. La Vieja y Boletta esperaron en el salón. No dijeron nada. Escucharon. Había un gran silencio, como si la mudez de Vera también hubiera impregnado los muebles, las paredes, las lámparas, las alfombras, los cuadros, confiriéndoles un color más oscuro y un olor más profundo. Entraba corriente por debajo de la puerta del balcón, un frío temblor alrededor de los pies. El viento aterró de tal manera los árboles de Kirkeveien, que perdieron todas sus hojas. Hacía ya tiempo que el primer verano de la paz había quedado hundido bajo hojas secas. Dinamarca ganó a la selección noruega por 2-1 en Copenhague. Las bombas habían caído ya sobre Hiroshima y la sombra del ser humano estaba atornil ada a la tierra para siempre. El doctor Schultz no acababa nunca con Vera.

La Vieja se levantó impaciente. –¡Tengo frío! Digas lo que digas:

¡tengo frío! Boletta tenía las manos entrelazadas. –No he dicho absolutamente nada, señaló. –¡Y, sin embargo, tengo frío! ¿Se habrá dormido el doctor ahí dentro? ¡Voy a ver! Boletta la retuvo. –Déjalo en paz. –Entonces encenderé la estufa. ¡Esta noche quiero un málaga caliente, y le serviré otro a Vera con quina! Boletta la soltó. –Sí, madre, hazlo. Enciende la estufa.

La Vieja encendió una ceril a, que dejó caer a la trampil a, y abrió el tiro. Pronto notaron el calor que subía de la estufa, la mujer puso las manos en la plancha verde y rugosa y suspiró. –Ya no quiero el seguro de Arnesen. Está decidido. –No digas tonterías –dijo Boletta–. Entonces también se l evará el reloj. –Aunque lo hiciera. ¡Es que no me gusta, así de simple! Ahora le tocó suspirar a Boletta. –Te has convertido en una cascarrabias. Eso es lo que eres. ¡Una cascarrabias! La Vieja pataleó. –No es verdad. No lo soy. ¡Sólo digo que no soporto a Arnesen! –Y tampoco soportas al doctor Schultz. ¡Eres una mal educada con todo el mundo!

La Vieja susurró por encima del hombro. –¿Pero qué está haciendo ese idiota? Estaba sobrio cuando entró, ¿no? Boletta se había enfadado y no quería renunciar. –¡Tampoco soportas al portero Bang! La Vieja soltó una carcajada junto a la estufa. –¿Qué deporte practicaba ese Bang cuando era joven? –¡Triple salto! –¡Con esa figura tan ridícula! Ahora has vuelto a tener jaquecas y debes dejar la boca en paz. –¡Ya no te gusta

nadie!, gritó Boletta. –No es verdad. –Entonces, dime una persona que te guste. ¡Si es que te acuerdas de cuál es su nombre! –Con mucho gusto.

¡Me gusta Johannes W. Jensen!

La Vieja se interrumpió a sí misma con un pequeño grito, y se l evó las manos calientes hacia el pecho, como si se hubiera quemado los dedos en la estufa. Boletta se levantó bruscamente. –¿Qué pasa, madre?

La Vieja señaló el pequeño ventanuco l eno de hol ín de la estufa por el que se veían las l amas, altas y doradas. –Acabamos de quemar a Hamsun –susurró–. Ahí se está quemando Hamsun.

Y en ese instante el doctor Schultz salió silencioso del dormitorio.

Cerró la puerta tras él, se reunió con las dos mujeres en el salón y dejó su maletín cuidadosamente en el suelo. Así permaneció un rato, mirándose los chanclos. Uno de el os no estaba limpio, o tal vez hubiera pisado algo en el camino, un charco.

Por fin el doctor Schultz levantó la vista. Hablaba en voz baja y con gran detal e. –Vera ha vuelto a perder mucha sangre. La Vieja se le acercó un paso más, respiraba con dificultad. –Eso también lo sabemos nosotras. ¡Pero esta vez sangraba por la boca! El doctor Schultz asintió con la cabeza. –Sí, al parecer se ha mordido la lengua. Boletta se encogió en el sil ón y sonrió. –¿Que se ha mordido la lengua? ¿Entonces no tiene una úlcera de estómago? –No, no. No es en absoluto una úlcera.

Perdonen, pero, ¿no hace mucho calor aquí? La frente del doctor Schultz estaba resplandeciente y metió un dedo por el arrugado cuel o de la camisa para ventilarse. La Vieja se acercó más. –Sí –dijo–, hace calor, porque estamos quemando las obras completas de Hamsun. –¿Qué ha dicho usted? –¡Y ahora haga el favor de decirnos algo sobre el estado de Vera!

El doctor Schultz se volvió hacia Boletta. –A Vera no le pasa nada, nada. Excepto. . quiero decir. . Cal ó de repente y volvió a bajar la vista a aquel os ridículos chanclos. La Vieja estaba de puntil as. –¿Excepto qué, joven? ¡Por Dios, hable ya de una vez!

El doctor Schultz, ese joven de cerca de sesenta años, se enderezó todo lo que pudo. –¿Cómo se lo digo?, empezó a decir despacio, vacilante. La Vieja estaba a punto de abalanzarse sobre él. –¡Pues yo se lo

diré! ¡Nos lo va a decir tal y como es, y deje ya de vacilar y tartamudear como un colegial! El doctor Schultz se pasó la mano por debajo de la nariz, donde colgaba la gota que no se dejaba retirar. –¿No saben ustedes nada?

Entonces la Vieja hizo algo de lo que se hablaría durante mucho tiempo en Kirkeveien, tal vez todavía haya gente que hable de el o, cuando también recuerdan el gran grito de Boletta, ese grito que hizo caerse las pinturas de las paredes, las tejas de los tejados y descolgarse las lámparas de araña desde el barrio de Fagerborg hasta el de Adamstuen, no me extrañaría. Pero lo que sí me extraña es que alguien se enterara, porque no creo que el doctor Schultz se lo contara a nadie, al contrario, se cal aría o mentiría. Y desde luego no fue ninguno de nosotros.

Además, el doctor Schultz murió al poco tiempo. Cuando cuajaron las primeras nieves en el mes de noviembre, él decidió dar el famoso paseo en esquí hasta Myl a, y nunca regresó. Unos excursionistas lo encontraron la primavera siguiente, lejos de las pistas, entre Sandtungen y Kikut. Seguía agarrado a los bastones de los esquís, pero la gota debajo de su nariz por fin se había desprendido, estaba posada como una perla mate en su boca putrefacta, y en sus bolsil os no había ni siquiera una cartera, sólo la tarjeta de un señor que vendía seguros de vida, razón por la que la policía al principio pensó que era Gotfred Arnesen, agente de la compañía de seguros La Abeja, el que yacía al í en su último abrazo al bastón. Se armó algo de revuelo cuando dos policías fueron a ver a su mujer para decirle que desgraciadamente habían encontrado muerto a su marido en Nordmarka. Fue el a quien casi se muere, incluso cuando se aclaró el malentendido al volver Arnesen a casa a la hora de siempre después del trabajo, impaciente por ver a su hijo de tres meses. Después de aquel o, el a nunca volvió a ser la misma, el falso mensaje le dejó una cicatriz en el alma tan grande que no se atrevía a abrir la puerta cuando alguien l amaba, siempre iba vestida de negro y al final acabó por no permitir que su marido, Gotfred Arnesen, abandonara la casa.

Pero no era de eso de lo que iba a hablar aquí y ahora me estoy anticipando, se trata de uno de mis propios flashforward. Lo que ocurrió ese día fue lo siguiente: la Vieja le dio una bofetada al doctor Schultz, así de sencil o, le pegó duramente con la palma de la mano en la

cara. –¡Puede decirnos ya lo que le pasa! El doctor Schultz se agachó y pasó el dedo por el chanclo sucio. Luego se enderezó, la gota le colgaba como un péndulo debajo de la nariz, y su mejil a estaba ardiendo. –Tal vez yo haya salvado su vida –susurró–. Hoy Hipócrates estará orgul oso de mí. –¿Qué está diciendo usted?, gritó la Vieja.

El doctor Schultz tragó saliva y se aclaró la voz.

–Vera está embarazada, dijo.

Boletta iba ya camino del dormitorio, pero la Vieja la detuvo y volvió a dirigirse al doctor Schultz con gran suavidad: –Apreciado doctor Schultz. Cuéntenos algo nuevo. Sabemos perfectamente que Vera está embarazada. Queremos saber si el a y el niño van bien. El médico respiró aliviado. –Todo parece estar perfectamente. –¿El a ha dicho algo?

El doctor Schultz negó con la cabeza. –Aún no. Hay que darle tiempo.

Por cierto, ¿me permiten que les haga una pregunta? La Vieja asintió, a la vez que tuvo que sujetar a Boletta. –¿Quién es el afortunado padre? –

Murió en mayo –se apresuró a contestar la Vieja–. Se iban a haber casado en esa época.

El doctor Schultz miró hacia otro lado mientras se pasaba un dedo por la mejil a.

–Lamento mi indiscreción. Soy médico, no sacerdote. Hipócrates estará descontento conmigo. Pégueme otra vez si lo desea.

Entonces la Vieja posó su mano levemente sobre la de él y le dio un pequeño apretón. El doctor Schultz tomó su maletín negro y se marchó.

Jamás volvieron a verlo. Sólo oyeron a los chicos del portal hacer sonar los timbres de sus bicicletas y reírse cuando el médico salió a la cal e.

Boletta miró fijamente a la Vieja, que aún la tenía agarrada del brazo. No sabía si gritar o l orar. –¿Tú lo sabías? –susurró–. ¿Sabías que está embarazada? La Vieja sacudió el brazo para soltarse. –No íbamos a decir al doctor Schultz que no lo sabíamos, ¿no? La mentira es más rápida que la verdad.

Fueron a ver a Vera, que estaba acostada en la cama mirando el techo, mirando el cristal angular de la lámpara de araña, con los ojos cerrados. Boletta se arrodil ó junto a su hija. –Cuéntanoslo –suplicó–.

Cuéntanos lo que ocurrió en el desván.

Pero Vera no dijo nada. Resistió en su silencio. La Vieja fue por la botel a de vino de málaga y tuvo que usar las dos manos para echarse la última copa. –A este niño tendremos que cuidarlo muy bien, dijo en voz baja.

Y esa misma tarde, la Vieja baja a la Comisaría de Majorstuen. Tiene que esperar tres cuartos de hora antes de que la reciba un joven policía sentado detrás de una máquina de escribir. –Vengo a denunciar una violación, dice el a. El policía levanta la vista, incapaz de ocultar una pequeña sonrisa debajo de un bigote fino y rubio. –¡Joven, mi nieta ha sido violada! ¿No estará burlándose de mí, uniformado y todo?

El policía se sonroja y pone una hoja en la máquina de escribir. –De ninguna manera, señora. ¿Cuándo se supone que ocurrió? La violación, quiero decir. –El ocho de mayo, contesta la Vieja. El policía aparta las manos del teclado y vuelve a mirarla. –¿El ocho de mayo? De eso hace casi cuatro meses. –No hace falta que me lo diga –dice la Vieja–. ¿Puede iniciar la investigación ya?

Y el policía escribe lentamente nombre, dirección, fecha e índole del delito, en una hoja que luego deja en la parte de más abajo de un montón de denuncias que se han ido amontonando. La Vieja compra una botel a de málaga en el Monopolio y pide quina en la farmacia, porque resulta una infusión que sirve contra la pena, la resaca y el tiempo de espera. Nunca antes le ha parecido Kirkeveien más empinado bajo sus pies. Permanece un instante abajo en el patio. Mira a los chicos que están jugando a cara o cruz junto al portal. Sus caras son blandas e inacabadas, se agachan junto a la puerta, y se oyen sus risas y el ruido de las monedas. Entonces la descubren, como si la mirada de la Vieja pesara demasiado para sus estrechos hombros, se levantan, cal ados y serios, y se vuelven hacia el a. «No –piensa la mujer–, estos son inocentes, aún no son lo suficientemente adultos para una maldad como esa, aún no son más que niños buscando sus propios rostros.» La Vieja sonríe y saca una moneda que les tira, y la seriedad de los chicos se disuelve en júbilo y risas mientras levantan los brazos al aire dándose empujones amistosos. –¡Dé recuerdos a Vera!, gritan.

En ese momento sale el portero Bang con una caja de herramientas debajo del brazo. Recoge la moneda que cae sobre el peldaño a sus pies.

Los chicos cal an y se quedan mustios. –¿Qué pasa aquí? ¡Queda terminantemente prohibido jugar en el patio! «No –piensa la Vieja–, éste tampoco»; el portero Bang es omnipotente en su gran simplicidad y su pie cojo habría revelado el delito inmediatamente. –¡Devúelveles el dinero!, dice.

Por la noche la Vieja no consigue dormir. Entra en el dormitorio a despertar a Boletta, que sigue despierta cuidando de Vera. Vera es la única que duerme. –Mucha clase de gente pasó por aquí en esos días, susurra la Vieja. Boletta se levanta. –¿Qué quieres decir? –Por el desván.

Toda clase de gente se ocultaba arriba en esos días de mayo. Boletta esconde la cara tras las manos. –¡Esperemos que fuera un soldado! –dice la Vieja, todavía más bajo–. Un soldado noruego incapaz de controlar la guerra que l evaba por dentro. –Dios mío –gime Boletta–. ¿Cómo pudimos dejarla subir al í sola? La Vieja se sienta en el borde de la cama.

–Dios no nos ha sido de gran ayuda hasta ahora, dice.

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