El hermanastro

Lars Saabye Christensen · Capítulo 13 de 46

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El hermanastro

El nombre

Vera se ha despertado. La Vieja y Boletta están sentadas junto a su cama.

Detrás de el as hay un biombo. Vera ve sombras que se mueven lentamente al otro lado, oye voces que hablan bajo, y de repente el l anto de un niño. –¿Dónde está el niño?, pregunta. La Vieja le seca con cuidado la frente húmeda. –Lo están atendiendo, dice. Vera se incorpora. –¿Hay problemas? Algo va mal, ¿verdad? ¡Dímelo! La Vieja la empuja con cariño hacia la almohada. –Todo va perfectamente, mi pequeña Vera. El niño está sano y grita más fuerte que todos los demás.

¿No te acuerdas de cómo lo l amó el taxista? Vera la mira con una sonrisa fugaz. –Fred, susurra. –Y Fred te ha hecho hablar de nuevo, dice la Vieja, volviéndose hacia Boletta, que hasta aquel momento ha permanecido cal ada, pero que ahora toma la mano de su hija. –Hay algo que quieren saber, Vera. –Quiero verlo, madre. –Sí, pronto lo tendrás en tus brazos. Pero primero te harán una pregunta. Te preguntarán quién es el padre. Vera cierra los ojos. Una sacudida le recorre el rostro. –No lo sé, dice. –¿No lo viste? La Vieja se pone un dedo sobre los labios. –Tenemos que hablar más bajo. Hay demasiadas orejas.

Las sombras se han detenido junto al biombo. Vera l ora. –Vino por detrás –susurra–. Sólo le vi las manos. Boletta se acerca más. –Mucha gente se escondía en el desván durante aquel os días. ¿Te dijo algo? Vera niega con la cabeza. –No habló. Le faltaba un dedo. Vera opta por reírse.

–Le faltaba un dedo –repite–. ¡Le faltaba un dedo! Las sombras vacilan, tiemblan un instante antes de apartarse del biombo. Boletta se ve obligada a taparle la boca con la mano, y la Vieja agacha la cabeza. –

Perdónanos, Vera. Perdónanos.

Fred está en su cuna con los demás recién nacidos, alineados los niños de la paz, los hermosos, la estirpe dorada, que jamás conocerá la guerra, que se criará en ese bienestar que acabará por superarlos y amenazar su sentido común, y que durante algún tiempo darán la vuelta a esa sobreabundancia y buscarán en su lugar la naturaleza y la pobreza

artificial, para luego volver a recuperar lo perdido en una glotonería aún mayor en el buffet de la vida privada. Fred duerme intranquilo, como si ya tuviera pesadil as a la edad de dos días, y grita más que los demás bebés cuando está despierto, apretando los pequeños nudil os como bolas rojas. Nadie lo ha colocado junto al pecho de su madre, le dan leche caliente en biberón. Cuando chil a tanto que los demás niños intentan imitarlo, lo l evan a otro cuarto donde puede estar solo, y Fred se queda de repente en silencio, quieto, con los ojos abiertos y mirando fijamente, como si en ese momento empezara a investigar esa soledad a la que no escapa y que él mismo al final elegirá.

La siguiente vez que se mueve el biombo, tres hombres se acercan a la cama de Vera. Dos de el os son médicos, y el tercero l eva un traje oscuro y una carpeta bajo el brazo. Se colocan alrededor de el a. –Quiero ver a mi hijo –susurra Vera–, por favor. Uno de los médicos acerca una sil a a la cama y se sienta. –Tu madre dice que te violaron. Vera les da la espalda, pero el os la ven de todos modos. –No sabes quién es el padre del niño –dice el otro médico–, puede ser noruego o alemán, pero no lo sabes. El niño no tiene padre. Hablan lenta y amablemente. El hombre del traje oscuro saca una hoja. –El caso fue sobreseído por falta de pruebas. La supuesta violación no fue denunciada hasta cuatro meses después de los hechos. Los dos médicos cal an un instante. El que está sentado toma la mano de Vera. –¿Cómo te encuentras ahora?, pregunta.

–Quiero ver a Fred –susurra Vera–. ¿Puede traérmelo? El médico sonríe.

–¿Ya le has puesto nombre? Vera asiente con la cabeza. –Quiero hablar con el doctor Schultz, dice. –El doctor Schultz está en paradero desconocido. Desapareció tras un paseo en esquí. El médico le suelta la mano y levanta la vista. –La joven ha sufrido una profunda psicosis y l eva nueve meses sin hablar. Una enfermera empuja el biombo y, por un instante, Vera avista a la señora Arnesen sentada en la cama debajo de la ventana, con la espalda apoyada en un gran almohadón. Su bebé reposa en su pecho y el señor Arnesen se detiene de repente, l eva un ramo de flores en una mano y el sombrero en la otra, miran a Vera, toda la escena carece de sonido y movimiento, y luego el biombo vuelve a su lugar y las sombras se disuelven en la luz y se borran. –¿Por qué no me dejan tener a Fred en brazos?, sol oza Vera. El hombre de oscuro se ha

sentado. –Debes saber que todo lo que hacemos lo hacemos por tu bien, lo que significa el bien del niño, porque el bien del niño tiene que prevalecer sobre todo lo demás, ¿no es así? Vera asiente. El hombre deja una hoja junto al vaso de agua en la mesil a. –Hay muchos buenos hogares aquí en la ciudad y en el resto del país. Tal vez fuera lo mejor. –

¿Qué quiere decir?, susurra Vera. –Que lo mejor sería que el niño se enviara a otra parte del país.

En ese momento alguien empuja de nuevo el biombo, ahora con tanta fuerza que se vuelca y cae al suelo. Es la Vieja la que está al í, presa de agitación. Dice con voz ronca: –¡En nuestra casa somos tres mujeres que sumamos en total ciento trece años, y cuidaremos bien del niño de Vera! ¿Entendido? Da la vuelta a la cama, toma la hoja de la mesil a y la rompe en pedazos hasta que no queda ninguna letra que leer. –Y ahora,

¿puede por fin el niño conocer a su madre?

Lo l evan esa misma tarde. Se queda quieto al pecho de Vera. Fred espera. ¿Puedo decirlo así? ¿Puedo decir que Fred espera, que está en un lugar caliente y cómodo, en el círculo del corazón y que espera? Pues sí, así lo digo. Fred espera. «No le gusto», piensa Vera de repente, y oye ese silencio que va de cama en cama cuando dos días después sale con él en brazos para irse a casa. Percibe las miradas que la siguen por el pasil o, el silencioso rumor que se expande, puertas que se abren lentamente y vuelven a cerrarse. Nieva y todo es silencio. Vera guarda cama durante tres semanas, hasta que deja de sangrar. Fred espera. A la Vieja y a Boletta les extraña que el niño no l ore más. Se quedan despiertas por las noches a causa del silencio del niño. Por las mañanas oyen un piano al otro lado del patio, les recuerda a Mozart. Y una mañana, cuando la nieve se derrite y corre por los arroyos a lo largo de las cal es, y gotean los canalones, Vera sale a dar un paseo a Fred en el cochecito. Él la mira fijamente, con esa oscura tranquilidad a la que Vera está empezando a acostumbrarse. Cuando el sol le da en la cara, el niño se vuelve hacia el otro lado, cierra los ojos, y no vuelve a abrirlos hasta que l ega otra vez la sombra. De repente Vera descubre a la señora Arnesen, que está doblando la esquina con su cochecito. Se muestran inseguras, pero se detienen. Están orgul osas y no dicen gran cosa. Miran hacia delante.

Bajan la vista. Vera quiere ser amable. –Tocas muy bien el piano, dice.

La señora Arnesen sonríe y arropa a su niño con el edredón. –Él siempre se duerme antes de que yo acabe. Se ríen. Son dos madres, no temen a nada, están juntas, antes de ser arrancadas de esa frágil amistad, de ese breve encuentro. –¿Las molesto?, pregunta la señora Arnesen de repente.

Vera se vuelve. El portero Bang está junto a la verja observándolas.

Tiene un gato muerto en las manos. Lo tira a la basura y entra en el patio. –¿Cómo?, pregunta Vera. La señora Arnesen vacila. –Tal vez las moleste con mi música. Vera levanta la vista. –No, y creo que a Fred también le gusta. Ya no l ora. La señora Arnesen vuelve a sonreír. –¿Ya has elegido nombre para él?, pregunta. –Sí, así parece. ¿Cómo se va a l amar el tuyo? –Como el padre de mi marido. Vamos a bautizarlo el sábado que viene.

Al día siguiente, Vera está sentada en el despacho del párroco de la iglesia de Majorstuen. Se l ama Sunde y tiene cerca de cincuenta años.

Su frente parece un escudo. Se coloca las gafas y hojea un documento tomándose mucho tiempo. El crucifijo que cuelga detrás de él está torcido y es como si la gran Biblia de tapas negras absorbiera toda la luz, concentrándola en un punto oscuro y ardiente en medio de la mesa. Por fin la mira. –¿A que resulta hermoso escucharlas?, pregunta. Vera escucha. No oye nada. –¿El qué?, susurra. –¿No las oyes? Vera aguza de nuevo el oído, pero sigue sin saber a qué se refiere el párroco, y opta por no decir nada. El párroco se inclina hacia el a. –Las campanas de la iglesia –dice–. ¿No es hermoso escuchar las auténticas campanas después de cinco años de irreligiosidad? –Sí, susurra Vera, pero no las oye, hay silencio absoluto. El párroco espera un rato. La mira. –Tienes que escuchar dentro de ti –dice al final–, dentro de ti, Vera. ¿O también hay silencio ahí dentro? Vera baja la vista y el párroco vuelve a hojear los documentos. Me reconforta saber que más tarde yo tendría la oportunidad de sacarle la lengua y l amarle párroco del diablo. Vera oye los latidos de su corazón, son como pesados estampidos que le producen sacudidas en los dedos. –¿Quién es el padre?, pregunta el párroco de repente. –En los papeles pone todo lo que sucedió, contesta Vera. –No hace falta que me digas lo que pone. Puedo leerlo yo. El párroco se levanta, da la vuelta a la mesa y se detiene tras el a. –Déjame preguntarte una cosa, Vera. ¿Has hecho algo de lo que te arrepientas? El a niega con

la cabeza. –¿Has tenido alguna relación con los hombres del enemigo?

Vera contiene la respiración. Luego el a también se levanta. –Sí, he hecho algo de lo que me arrepiento, susurra. El párroco espera. Espera el resto, espera su confesión, espera con una sonrisa. –Me arrepiento de haber venido aquí, dice Vera yendo hacia la puerta. El párroco la sigue, pálido y furioso. –Me dices que la criatura ya tiene nombre. Pero, ¿sabes lo que realmente significa Fred? Vera se detiene un instante. –Significa el nombre de mi hijo, contesta. El párroco vuelve a esbozar una sonrisa. –

Significa poderoso –susurra–. ¿No te parece algo inadecuado?

Vera está en la cal e. No recuerda cómo ha l egado al í. Esther la saluda con la mano desde el quiosco. Vera se olvida de devolverle el saludo. Corre hacia casa. Se para en el patio. Huele a podrido, es el gato muerto que todavía está al í, en el cuarto de la basura. Vera apresura el paso y ve a la señora Arnesen tendiendo ropa, manteles para el bautizo, un vestido, una camisa blanca. El cochecito del niño está a la sombra del gran abedul. Todo está verde y silencioso. En ese momento entran dos hombres por la puerta de la cal e. Uno l eva uniforme y el otro un largo abrigo negro, a pesar del calor. Primero se acercan a Vera, y por un instante piensa que vienen de la comisaría de Majorstuen y que han encontrado al malhechor, al hombre que la atacó, y le asusta tanto como le asombra que en ese momento, que en su opinión es el momento de la verdad, no sabe si se siente aliviada, o más asustada aún, porque ahora esa mala sombra que se le acercó por detrás, esa sombra de sólo nueve dedos, tendrá un nombre, y de repente Vera no sabe si quiere que sea así, si quiere oír su nombre y ver su rostro. Pero no es con Vera con quien quieren hablar; están buscando a la señora Arnesen, pero no hay nadie en el piso y pensaban que tal vez estuviera en el patio. Los hombres están serios, casi cortantes, y Vera piensa que traen malas noticias, un mensaje nefasto, y se vuelve hacia la señora Arnesen, que está debajo de las cuerdas de tender ignorando aún lo que va a suceder.

–Es el a, dice Vera señalándola. Los dos hombres van hacia la señora Arnesen. Vera ve que le dan la mano. La cara de la señora Arnesen se muestra primero asombrada, casi expectante, luego se ríe, una risa alta y repentina, más parecida a un grito, y a continuación su rostro se queda totalmente quieto, delgado y frágil como una hoja seca, y ese misterio,

inconcebible e imposible, el que su marido, el agente de seguros Gotfred Arnesen haya sido encontrado muerto lejos de los caminos conocidos en Nordmarka, entre Myl a y Kikut, sólo con una tarjeta de visita en el bolsil o del anorak, tarjeta que se ha conservado mucho mejor que ese pobre cuerpo, ahora que la primavera y las noches templadas han derretido la nieve que durante meses ha conservado la forma humana de la carne, ese misterio hace descender una oscuridad tan compacta sobre la señora Arnesen, que sólo volverá a ver la luz alguna rara vez, y en esos casos sólo en forma de sombras vagas, como fragmentos de recuerdos de otros tiempos. No vuelve en sí cuando l ega del trabajo el señor Arnesen, su marido, el padre de su hijo, vivo y como si nada hubiera ocurrido, y con su presencia aclara ese escandaloso malentendido, que tal vez esté más cerca de la comedia que de la tragedia. La oscuridad ya no la abandona. Las horas de viuda temporal sueldan esa oscuridad a su mente. No puede ser reparada ni iluminada. Era el esqueleto del doctor Schultz, vestido con un anorak y anchos pantalones bombachos, el hombre que se abrió camino hasta la muerte con la tarjeta de otro hombre en el bolsil o. Y por la noche ese mismo día todos los vecinos oyen que la señora Arnesen se sienta al piano, pero la pulsación carece de vigor y de variación, toca la misma melodía una y otra vez, en un monótono círculo sin fin, y Fred grita más fuerte que nunca. Más tarde resultó que el doctor Schultz había dejado en su testamento pequeños objetos a sus pacientes. A nosotros nos tocó El Libro de Medicina para los Hogares Noruegos, por M. S. Greve, director del Hospital General, en el que bajo la entrada cinismo, por ejemplo, ponía lo siguiente: «El descuido es, en todo lo que a la salud (higiene personal) se refiere, muy peligroso. Puede tener consecuencias muy graves y de gran alcance.»

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