El hermanastro

Lars Saabye Christensen · Capítulo 5 de 46

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El hermanastro

El piso

Boletta, la madre de Vera, no era en absoluto una mujer religiosa, más bien todo lo contrario, estaba harta de milagros, pero ahora abrió la puerta del estrecho balcón que daba a la cal e Gørbitz, salió y disfrutó de l eno del momento: las campanas que doblaban al unísono por toda la ciudad, por los barrios de Majorstuen, Aker y Fagerborg, incluso se podían oír las de Sagene y Uranienborg, ese suave y a la vez salvaje sonido, l evado por la luz y el viento, brotando como un solo tono que de una vez por todas ensordecería el blanco y agudo eco de las alarmas aéreas. –¡Cierra la puerta! ¡Hay corriente! Boletta se volvió hacia la sala casi cegada. La oscuridad de dentro se hizo aún más intensa. Los muebles marrones parecían pesadas nubes que no se dejaban mover, clavadas por el insistente tic tac del reloj de la entrada. Por unos instantes tuvo que taparse los ojos. –¿Pretendes que nos acatarremos precisamente hoy, después de estar sanas durante toda la guerra? –No hace falta que me grites, madre.

Boletta cerró la puerta del balcón y vio a la Vieja junto a la librería.

Llevaba una combinación hasta los tobil os, y unas zapatil as de terciopelo rojo, y estaba sacando libros que a continuación metía en la estufa, mientras se hablaba rápida y testarudamente a sí misma. El sonido de las campanas se convirtió en un solo tono. Boletta se acercó con prudencia. –¿Qué estás haciendo, madre?

Pero la Vieja no contestó, o no oyó, y por eso no contestó. La Vieja estaba sorda de un oído y el otro tampoco le funcionaba del todo bien.

La lesión se le produjo cuando Filipstad estal ó en el mes de diciembre del 43. En ese momento la Vieja estaba dando vueltas al botón de la radio que se había negado a entregar a los ocupantes alegando que el a tenía nacionalidad danesa y que sólo pretendía escuchar programas de Copenhague. Sostuvo luego que las explosiones salieron del altavoz con gran fuerza, acompañadas por un desenfrenado conjunto americano de jazz, y que le reventaron el yunque del oído izquierdo y le desviaron el

estribo del otro. En el fondo, Boletta estaba convencida de que los oídos de su madre estaban en perfecto estado, pero quería reservarse el derecho de oír exactamente lo que quería oír. Ahora descubrió que eran las novelas de Knut Hamsun lo que la Vieja estaba sacando de los estantes y metiendo con gran brío en la estufa verde. –¿Qué estás haciendo?, volvió a gritar Boletta, agarrando a su madre del brazo. –

¡Estoy acabando con Hamsun! –¿Con Hamsun? ¡Pero si adoras a Hamsun! –¡Llevo cinco años sin leer nada de él! ¡Tendría que haber salido de esta casa hace mucho tiempo! –La Vieja se volvió hacia su hija agitando La bendición de la tierra lentamente delante de su cara–. ¡Y

sobre todo después de lo que escribió en el periódico! –¿Qué escribió?

La Vieja metió La bendición de la tierra en la estufa y fue a por la edición de la tarde del periódico Aftenposten del día anterior. Señaló con tanta fuerza la portada con el dedo índice que casi agujerea el papel.

–¡Ahora te diré palabra por palabra lo que ha escrito ese bicho!

Nosotros, sus partidarios más cercanos, inclinamos nuestras cabezas ante su muerte. –La Vieja levantó la cabeza–. ¿Te imaginas un momento peor para escribir la necrológica de Hitler? ¡O mejor dicho, nunca debería haberse escrito ninguna necrológica sobre él! ¡Más bien deberíamos bailar sobre su tumba!

Metió el periódico en la estufa y volvió a ocuparse de la librería, presa de una tremenda ira. Su pelo, largo y canoso, la rodeaba como un abanico, y profería fuertes maldiciones por cada libro que tiraba de las obras completas de Hamsun. Me hubiera gustado ver a la Vieja, nuestra bisabuela, aquel 8 de mayo de 1945 borrando todas las huel as del sordo Premio Nobel de nuestro salón de Kirkeveien. Pero de repente, cuando estaba a punto de meter en la estufa el último tomo de la trilogía sobre Augusto, El juego de la vida, se detuvo, y con la primera edición del libro en la mano, se inclinó sobre la librería y sacó algo que había permanecido oculto detrás de las novelas del traidor, un vino de málaga sin abrir del año 1936. La Vieja levantó con mucho cuidado la botel a y por un instante se olvidó de Hamsun y su obra. Boletta se acercó a su madre para ver lo que había encontrado. –Y yo que la había buscado por todas partes –suspiró la Vieja–: en la cesta de la ropa sucia, en el armario de los fusibles, en la cisterna. ¡Y resulta, Dios me valga, que está aquí,

justo detrás del lomo torcido de Augusto! –Besó la botel a y se volvió de nuevo hacia la estantería–. Gracias por la compañía, Knut. ¡Aquí se separan nuestros caminos!

Para asegurarse, echó un vistazo detrás de Herman Bang y Johannes W. Jensen, por si también al í encontraba alguna botel a, pero no fue así, ni tampoco había nada detrás de las obras completas de Ibsen. La Vieja iba camino de la cocina y Boletta la retuvo. –¿La escondiste tú ahí?, preguntó. La Vieja la miró con los ojos muy abiertos. –¿Yo? ¡De ser así la hubiera encontrado y me la habría bebido antes de que Hitler invadiera Polonia! Serías tú la que la esconderías. Boletta se inclinó hacia el oído sano de su madre. –No habrás escondido más cosas, ¿no?

Pero la Vieja no se enteró de la pregunta y empezó a desenroscar el tapón con sus dedos torcidos y arrugados, mientras Boletta sostenía la botel a. Así estuvieron un buen rato. De repente, la Vieja se detuvo y se miró alarmada, como si hasta entonces no se hubiera dado cuenta de que no estaba vestida. Le quitó la botel a a Boletta y estaba casi ofendida consigo misma. –¡No se bebe un málaga del 36 en combinación! ¿Dónde está Vera? ¡Quiero mi vestido ahora mismo!

Boletta se volvió de repente hacia el reloj ovalado que estaba sobre el escritorio de la entrada, el reloj mágico de la compañía de seguros La Abeja. El primer sábado de cada mes metíamos la prima del seguro en el reloj, y por eso, cuando era pequeño creía que era el dinero el que hacía transcurrir el tiempo. Boletta se acercó más. No podía ser tan tarde. No le cuadraba. Vera tendría que haber bajado hacía mucho con la ropa. El reloj iría adelantado, tal vez no hubiera soportado los acontecimientos de los últimos días y simplemente se hubiera saltado unas horas cuando pusieron en libertad a los presos políticos de Grini, y el general Rediess cerró la puerta tras de sí en la primera planta de Skaugum, se metió la pistola tan dentro de la boca como pudo y apretó el gatil o. Boletta escuchó a duras penas el estampido de la rueda dentada de los segundos, y las monedas que seguían tintineando en el cajoncito que había bajo la esfera del reloj.

Miró su reloj de pulsera. Marcaba la misma hora. –Voy a subir a ver qué está haciendo. –Sí, hazlo. Mientras tanto, iré templando las copas.

Boletta se paró y miró a su madre. –¡No toques la botel a hasta que yo

baje! La Vieja se limitó a sonreír. –Me hace mucha ilusión volver a ver al rey Haakon. ¿Cuándo crees que vendrá? Boletta se acercó a la otra oreja de su madre. –¡No te atrevas a tocarla! ¡No hasta que Vera y yo bajemos!

La Vieja besó a Boletta en la mejil a y se estremeció. –Creo que voy a encender la estufa. La guerra ha enfriado las paredes.

Boletta suspiró, se echó un chal por los hombros y empezó a subir las empinadas escaleras.

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