El hermanastro

Lars Saabye Christensen · Capítulo 28 de 46

Páginas del PDF

El hermanastro

El ataúd

Fred l egó a casa con un ataúd. Era de noche. Yo no dormía del todo.

Me desperté al oírlo abajo en el patio arrastrar algo pesado por la nieve, y al instante me l amó por mi nombre en su habitual voz baja. Me levanté lo más sigilosamente que pude, pensando con pavor en la que Fred podría haber armado. Abrí la ventana y miré abajo. Al í estaba Fred, junto a las cuerdas de tender, tan cargadas de nieve que casi rozaban el suelo. Fred arrastraba un trineo y sobre el trineo había un ataúd, un ataúd blanco. Se detuvo junto a la entrada de servicio y miró hacia la ventana en la que yo estaba pasando frío. El vaho de su respiración flotaba como una nube gris alrededor de su cara. –¿Bajas a ayudarme o qué?

Me vestí deprisa y recorrí la casa de puntil as. Los demás estaban dormidos. Un chorro de aire me salió por el ojo de la cerradura de la puerta de mis padres. A mi madre no pude verla, estaba detrás de mi padre, que dormía boca abajo y parecía una bal ena muerta. Si se tumbara encima de mi madre, el a moriría al instante. Escuché la aguda respiración jadeante de la nariz torcida y obstruida de él. No podía ser verdad que Fred hubiera traído un ataúd. Seguramente yo me había equivocado al mirar. Pero con Fred casi todo era verdad. Hubiese preferido irme a dormir enseguida y al día siguiente hacer como si todo hubiera sido un sueño. Pero opté por entrar en el comedor y arropar mejor a Boletta con el edredón para que no se acatarrara. Mi padre se estaba haciendo cada vez más grande y Boletta se estaba encogiendo. Si siguiera así y viviera lo bastante, al final no quedaría nada de el a.

Tendría que ser una extraña manera de morir. Su cara me recordaba la cabeza de una momia de la que había visto una foto en National Geographic y que había estado aproximadamente dos mil años debajo de una pirámide. Le puse la mano con cuidado en la frente, pero no la besé. Ya había dejado de hacerlo, porque olía a aceite de hígado de bacalao. Tenía la frente arrugada como un monedero y sonreía dormida.

Sí, seguro que me había equivocado. Era imposible que Fred hubiera podido hacerse con un ataúd. Bajé corriendo por la escalera de servicio.

Fred estaba impaciente cuando l egué. Había encendido un cigarril o.

Tenía los dedos amaril entos. –¿Has tenido que darte un baño primero?

Yo miré el trineo con los ojos abiertos de par en par. No me había equivocado. Era un ataúd lo que había en él. –¿Qué es eso?, pregunté en voz muy baja. Fred apretó un dedo contra mi sien con dureza. –¿Tú qué crees? –¿Es un ataúd? –No, Barnum, es un bobsleigh para una persona.

Voy a entrenarme para los Juegos Olímpicos. ¿Eres idiota o qué, Barnum? –¿Cómo lo has conseguido, Fred? –Eso no es asunto tuyo.

Retiró el dedo de mi sien y me dio una calada. Era uno de esos cigarril os fuertes sin filtro que había dejado la Vieja, secos como el heno y seguramente elaborados en la época en que el rey Haakon pisó por primera vez tierra noruega. Me dio un ataque de tos. Fred me sacó la colil a de la boca y la lanzó a la nieve. Ni siquiera al í se apagó. Me dio unos golpes en la espalda. –¿Qué te parece, Barnum? ¿Despertamos a todo el bloque?

Tragué tabaco y levanté la vista. Las ventanas estaban oscuras. Todo el mundo estaría durmiendo sin imaginarse lo que sucedía a su alrededor. Y pensé que durante la mitad de la vida, o tal vez más, porque algunos duermen casi todo el domingo, no sabemos nada; la mitad de la vida estamos muertos en nuestra cama, y la otra mitad la empleamos para hacerla. Había olvidado cerrar nuestra ventana. Esa noche me acatarraría. Esa noche desaparecería. Fred me empujó hacia el trineo. –

¡Vamos! ¿Estás tonto o qué?

Vi el cigarril o arder como un ojo en la nieve y luego hundirse.

Agarramos cada uno un extremo del ataúd y lo subimos por la escalera de servicio. Tuvimos que pararnos a descansar en cada rel ano, sin decir nada para no despertar a nadie. Yo iba delante y Fred detrás. Arriba, en el tendedero del desván, el frío era seco y penetrante y me raspaba la cara, porque las estufas eléctricas estaban apagadas o estropeadas, debido a que muy poca gente usaba ya ese tendedero. El viento hacía crujir las paredes. Yo me mecía. Era como si todo se moviera, como en el mar, y yo también me movía. Me mecía. La lámpara del techo estaba rota, pero Fred había pensado incluso en eso y l evaba una linterna que

se metió en la boca para poder transportar el ataúd a la vez que iba iluminando. A mí nunca se me habría ocurrido algo así. Pero yo tampoco había l egado a casa con un ataúd en medio de la noche. En una cuerda sin tensar alguien había olvidado un par de calzoncil os largos completamente amaril os, que se desplegaban hacia el suelo como si tuvieran ganas de dar un salto y escapar para siempre. De repente, la luz estaba en otro sitio, en una telaraña, una l ave oxidada, una botel a vacía de aguardiente, un viejo periódico en el suelo hojeándose a sí mismo. Llevamos el ataúd hasta el trastero del fondo y al í lo dejamos con mucho cuidado. La luna colgaba de la claraboya. De los sacos vacíos de carbón subía un polvo negro por toda la pared. Había estado al í antes, pero de pronto me pareció que hacía mucho tiempo de aquel o y que ahora todo era diferente. Esa vez no había ido a romperme el brazo.

Sólo l evábamos un ataúd. A mi madre no le gustaba que subiéramos al desván. Fred escupió la linterna, la cogió al vuelo y me enfocó la cara.

Me hice sombra con la mano. –No pesaba tanto, susurré. Fred se rió. –

¿Acaso creías que había alguien dentro?

No contesté. Fred me tiró de repente la linterna, un arco amaril o atravesando la oscuridad, y a duras penas conseguí hacerme con el a.

Iluminé la puerta por si había algún intruso. Quería vaciar la oscuridad y l enarla de luz. Quería ver. –Aquí era donde mamá tendía la ropa, dijo Fred. En ese instante lo vi; el ave muerta yacía a la luz de la luna justo debajo de la claraboya, apenas quedaba nada de el a, sólo el esqueleto de un ala incrustado en el polvo negro, que parecía la huel a de un pie. Me acerqué más. También pude ver un ojo, una bola arrugada como una pasa. Fred me tomó del brazo y me echó hacia atrás. –Ilumíname, susurró.

Tuve que tomar la linterna con las dos manos para iluminar el ataúd. Fred levantó la tapa. Por dentro, el ataúd era rojo y estaba forrado con algo parecido a seda, que formaba pliegues en las paredes laterales.

También había un cojín, parecía casi cómodo. De repente sentí frío en la espalda, como una avalancha helada que me bajaba desde la nuca. Fred se volvió hacia mí sonriente. –Elegante, dijo.

A continuación se quitó la chaqueta y se tumbó en el ataúd.

Entrelazó las manos sobre el pecho y permaneció inmóvil con los ojos

abiertos de par en par. Me pareció que también él estaba cada vez más blanco y flacucho, como si se le hubieran desinflado las mejil as y su cara entera se derrumbara. Yo me aferré a la linterna y la sostuve lo más quieta que pude. Tal vez fuera sólo esa pálida luz y la luna descolorida lo que le hacía tener ese aspecto de muerto; los colores desaparecieron de sus ojos, y no se movía. –No jodas, Fred, susurré.

Entraba corriente por la claraboya. Había escarcha alrededor del marco. Pude oír la nieve, montoncitos de nieve dura que se despegaban y se deslizaban por el tejado. Me pregunté qué hora sería, cuánto tiempo habría pasado, pero no me atreví a mirar el reloj. La luna desapareció.

Mi sombra estaba a punto de fundirse con el resto de la oscuridad.

–Fred, por favor, Fred. Pero él permanecía tumbado con las manos entrelazadas y esa mirada rígida que daba la sensación de haberse vaciado, como si todo lo que veía ya no existiera, como si yo no existiera, ni tampoco la linterna, ni la luz que le l egaba. De repente no reconocía a Fred, era como si en el ataúd yaciera una persona completamente desconocida.

Por fin habló, en voz muy baja, y sin mirarme. –Ahora, pon la tapa, Barnum. Me eché hacia atrás. –No, dije. –Hazlo. Pon la tapa. –¿Por qué, Fred? No me obligues a hacerlo. –Haz lo que te digo, Barnum. Pon la tapa, y luego te vas a acostar y te cal as. Me volví a acercar al ataúd. –¿Te vas a quedar aquí?, susurré. –Pues sí, ésa es mi intención. –¿Y qué le digo a mamá si pregunta por ti? –Ya te lo he dicho. Te cal as. Trae la tapa, joder. –No quiero, Fred. –¿Quieres meterte tú, Barnum? –No, Fred. –

Puedo buscarte un ataúd de niño. No necesitas uno más grande.

Dejé la linterna en el suelo y tomé la tapa. Creo que l oriqueé un poco, pero cerré los ojos para que él no me viera. Lo odiaba. Por mí podía quedarse en el ataúd. Atornil aría la tapa con tanta fuerza que jamás podría salir. No diría a nadie dónde estaba escondido. Se moriría de hambre después de haberse muerto ya de sed, pero antes de todo se ahogaría, daba lo mismo, con tal que se muriera y nadie lo encontrara antes de que fuera demasiado tarde. ¿Y a quién se le ocurriría pensar que estaba al í? Conseguí colocar la tapa, me agaché por la linterna y en ese instante oí dos sonidos, uno correspondía a la risa de Fred, que se estaba riendo dentro del ataúd, y el otro era un débil crujido, y antes de que me

hubiera incorporado, la luz se me apagó en la mano y la oscuridad me envolvió, mientras Fred seguía riéndose, y eso es lo que recuerdo, la risa y la oscuridad en ese orden, pero con el paso del tiempo, al evocar esa noche en el tendedero del desván, el recuerdo de la risa y de la oscuridad se fundieron en uno solo, ya no eran dos acontecimientos ocurridos uno tras otro, la risa de Fred en el ataúd, y la linterna que se apagó, sino contemporáneos e imposibles de separar, y por esa razón no soy capaz de oír reírse a alguien sin sentir el peso de una enorme oscuridad que va creciendo en mis temblorosas manos.

Solté la linterna. Cayó al suelo con un estal ido. Hubo un rato de silencio también en el ataúd. –¿Qué ha sido eso, Barnum? –No queda más luz, susurré. –A mí me da lo mismo, dijo Fred desde dentro. –Sal, le supliqué. No veo nada. Fred suspiró y creo que dio un puñetazo en la tapa. –¡Vete Barnum! ¡Ya no te necesito!

Encontré la puerta. Fui a gatas a lo largo de la pared. Me pareció oír un ruido de alas, un ave, el batir de alas en la oscuridad, quizá fuera un murciélago, tal vez sólo la risa de Fred. Por fin l egué a la escalera, la luz subía desde abajo y fui corriendo hacia el a.

Todo el mundo estaba dormido. Me acosté vestido. No podía conciliar el sueño. Estaba despierto en el sueño de los demás. Todo estaba fuera de su sitio. Ojalá se hiciera pronto de día. Ojalá l egara el día con su reluciente goma de borrar y borrara la escritura de la noche. Y

Fred, que ni siquiera sabía deletrear la palabra ataúd. Fui de puntil as al salón, abrí el cajón del escritorio y saqué la carta de Wilhelm. Intenté leer algo, pero tampoco encontré sosiego en el a. La expedición naval está formada por el primer teniente de la Armada, G. Amdrup, el artil ero segundo Jacobsen, el herrero Nielsen, el piloto Löth, el licenciado Hartz, botánico y geólogo, el doctor Deichman, médico de a bordo además de naturalista, el licenciado Jensen, geólogo, el zoólogo y pintor Ditlevsen, además del ayudante Madsen del Parque Zoológico, cuyo cometido es capturar un buey almizclero y l evarlo a Copenhague.

Si hubiera podido elegir, me habría gustado ser el artil ero segundo, o tal vez Madsen, que iba en busca del buey almizclero. Pero puede que ninguno de el os volviera, tal vez todos se quedaran también al í, entre el

hielo y la nieve, en el gran silencio blanco que los atornil ó a una muerte eterna.

Boletta me estaba mirando, lo noté, sus pequeños ojos me picaban en la nuca. Dejé la carta en su sitio, cerré el cajón y me volví hacia el a.

Estaba acostada en el diván, sonriendo. Dijo algo muy extraño. –

¿Cuántos años tienes por fin?, preguntó. Le dije mi edad, aunque estaba seguro de que ya la sabía. Boletta sonrió con todas sus arrugas. –Dentro de siete años tendrás la misma edad que mi padre. Me acerqué a el a. –

¿Qué has dicho, abuela? –Nunca lo conocí. Si me encontrara con él ahora, yo tendría tres veces su edad. Una espantosa anciana que se encuentra con su joven y hermoso padre. Imagínatelo. –¿Llevas mucho tiempo haciendo esos cálculos?, susurré. Boletta me tomó la mano. –

Hago esos cálculos cada día, Barnum. Me mantienen sana. Me soltó la mano y fui hacia la puerta. Oí que se incorporaba. Tal vez iba a añadir un nuevo día a sus matemáticas. –¿Cómo está tu nuevo amigo?, preguntó Boletta. Me volví. –¿Peder? Muy bien. Voy a verlo esta noche.

Quiero decir mañana. U hoy. Boletta sonrió de nuevo, pero esta vez su sonrisa era triste, la boca no era más que un pliegue en la cara arrugada.

–Tendrás que cuidar de Fred, susurró. –¿Yo? Yo no puedo cuidar de Fred, dije. –Sí, también tendrás que cuidar de Fred, ahora que tienes otros amigos. –Él no me necesita, grité. –Sí, es ahora cuando más te necesita, porque a Fred no le resulta fácil hacer amigos.

Fui corriendo hasta mi cuarto. Estaba casi enfadado, pero no me atreví a subir al desván de nuevo. Me quedé sentado junto a la ventana hasta que apareció la primera luz como una estrecha franja en el cielo, entre la pálida luna y la ciudad. Fred no bajó. Me fui antes de que los demás se hubieran levantado, antes de desayunar, ni siquiera Esther había tenido tiempo de abrir su quiosco y tendría que quitar al menos una tonelada de nieve antes de poder hacerlo. Le quité casi toda con una pala que encontré en el portal de al lado, así al menos una persona se alegraría ese día. Sentía ilusión y miedo a la vez. Me hacía ilusión pensar en la nieve que l egaba, pero tenía miedo de las bolas. Me hacía ilusión pensar que iba a ver a Peder, pero tenía miedo cuando pensaba en lo que podía ocurrir. Lo que sólo había intuido como una sospecha, una sensación, apareció de repente con toda claridad en mi mente: que las

alegrías han de ser pagadas con miedo y que la risa es la voz de la oscuridad. Fred estaba en el fondo de mí, pero, ¿cómo podía yo, el pequeño Barnum, cuidar de él? Era Fred, era él quien tenía que cuidar de mí.

Lo primero que recibí al entrar en el patio del colegio fue una bola de nieve en la cara. No era muy dura, pero sí muy mojada, fue como si se derritiera en el instante de alcanzarme y me bajó chorreando por dentro de la camisa. Me limité a castañetear los dientes y a reírme. Y no sirve de nada contar más, excepto que en el último cambio de clase me tocó a mí tirar. Apunté a la ventana abierta de la clase de cocina. Fue un tiro bastante bueno. Oí caerse sartenes y cacerolas. En la clase siguiente, el director fue de aula en aula con el fin de encontrar al culpable.

Levanté voluntariamente el brazo y tuve que quedarme castigado tres cuartos de hora al acabar las clases. En realidad no me importaba.

Además, tuve que escribir treinta veces con mi mejor letra: No debes tirar bolas de nieve. Cuando lo hube terminado, empecé una nueva hoja en la que escribí veinte veces: No debes meterte en un ataúd antes de haberte muerto. Luego se acabó el tiempo y pude marcharme a casa. No había nadie en el parque esperando a hundirme en el gran montón de nieve detrás de la iglesia. Esa era la ventaja de quedarse castigado en el colegio. Pero no me fui a casa. Bajé a la esquina de Bygdöy Al é con Drammensveien, me coloqué debajo del árbol y me puse a esperar a Peder. Aún colgaban algunas hojas de las ramas. El invierno había l egado de repente. El otoño no había tenido tiempo de terminar sus tareas. Cuando echaba la cabeza hacia atrás y miraba la enorme copa, las hojas parecían nenúfares rojos flotando en una laguna blanca que estaba cayendo hacia mí. Así estuve al menos una hora. Por fin alguien me tiró del anorak. Era Peder. –¡Joder! ¡Pareces el hijo del Abominable Hombre de las Nieves!, gritó. Continuó tirándome de la ropa. –¿Llevas mucho tiempo aquí? –Un rato –contesté–. Me equivoqué de hora. Peder se apoyó en el tronco. –La nieve es una cosa muy tonta, dijo. –¿Por qué? –

¿Por qué? Dame una buena razón para que nieve. Me quedé pensando. –

Se puede usar para esquiar, sugerí. Peder me miró con cara de asco. –

¿Esquiar? ¿Tú esquías mucho, Barnum? –No mucho, me apresuré a contestar. –Eso, no tienes pinta de esquiar demasiado. Te diré algo.

Caen aproximadamente mil milímetros de precipitaciones en Oslo al año, y yo tengo que quitar alrededor de cincuenta en forma de nieve del jardín. Si no, mi madre no puede salir. Peder sacó un paraguas que tenía escondido debajo de la trenca y lo abrió. Permanecimos un rato en silencio, al abrigo de la nieve. –¿Qué quieres decir?, pregunté por fin. –

¿Crees que mi madre es capaz de quitar la nieve? Mi padre es demasiado vago. Pero al menos me pagan un sueldo semanal por el o. Eso es lo único favorable que puedo decir de la nieve. Cobro diez coronas por milímetro. –Has dicho que no tengo pinta de esquiar demasiado –

susurré–. ¿Qué has querido decir con eso? Peder se echó a reír. –¿Te parece acaso que yo tengo pinta de esquiador de fondo? Negué con la cabeza. –En absoluto, dije. –¡Tú tampoco! Los dos nos echamos a reír.

Ni Peder ni yo l egaríamos a realizar grandes hazañas en las pistas de esquí. Estaba claro que no estábamos hechos para eso. Nosotros dejaríamos nuestras huel as en pistas muy diferentes. Entonces se me ocurrió algo. –Quizá sí tenga una buena razón, dije. –¿Cuál es? –Tu madre puede pintarla. La nieve, quiero decir. Peder lanzó un suspiro. –

También el a dijo eso. Creo que le gustas. Pero yo digo una cosa. Peder cal ó bajo el paraguas negro. –¿El qué?, quise saber. –Tendría que ser posible pintar la nieve sin que yo tuviera que quitarla.

Después de que Peder hubiera dicho eso, no dijimos mucho más.

Nos dio en que pensar. Seguíamos escondidos detrás del árbol rojo para que nadie nos viera. Era la primera vez que yo esperaba a alguien con alguien. La Academia de baile empezaría en un cuarto de hora y los primeros habían entrado ya en el edificio del Comercio, como si creyeran que alguien los sacaría a bailar sólo por l egar temprano. –El a no vendrá, dije por fin. –Claro que vendrá –dijo Peder tranquilamente–.

¿Apostamos algo? –¿Cuánto? –¿Cuánto tienes? Busqué en el bolsil o. –

Dos coronas y veinte öre. –De acuerdo, entonces apostamos dos coronas y veinte öre. –Hecho, dije. Peder me dio una palmada en el hombro. –

¡Acabas de perder dos coronas y veinte öre! Efectivamente, Vivian bajaba por Bygdöy Al é, corriendo a través de la nieve, con un enorme gorro rojo de lana en la cabeza. Vino hacia nosotros. Tenía la cara mojada, se pasó rápidamente la mano por la frente y se colocó debajo del paraguas. El espacio empezaba a escasear. Nos soplamos los unos a

los otros. –Barnum creía que no vendrías, dijo Peder. Vivian me miró. –

He venido, dijo. –Tal vez Barnum esté acostumbrado a las decepciones, prosiguió Peder. –Tal vez, contestó Vivian quitándose el gorro. –¿Tú has dicho algo en tu casa?, pregunté, para cambiar de tema. El a negó con la cabeza y de su pelo cayeron gotas que formaron un círculo resplandeciente a su alrededor. –Ojos que no ven, corazón que no siente

–dijo Peder–. En otras palabras, los ignorantes son felices. En ese momento l egó el resto de la Academia de baile con sus ropas oscuras y con sus bolsas que contenían zapatos demasiado estrechos; parecía que iban de entierro, o que estaban entrando al matadero donde pronto recibirían el golpe mortal en la frente para luego ser colgados en ganchos hasta que su carne se pusiera tierna, mientras la Svae tocaba Heidenröslein una y otra vez hasta desol arlos a todos con una lima para las uñas. No sólo formaban un tétrico grupo, también parecían bastante tontos. Nos echamos a reír. Señalamos y nos reímos. Estábamos juntos.

Éramos nosotros contra el os, los tontos, y les l evábamos ventaja. Y tal vez fuera la primera vez, justo en ese lugar, debajo del paraguas negro detrás del árbol rojo, que yo sintiera esa sensación de pertenecer fuera de la familia, incluso fuera de mí mismo, ese modo de pertenecer que borra la inquietud de las entrañas y que te proporciona un lugar en el que estar. La sentí de un modo intenso y claro con Peder y Vivian esa noche.

Luego sólo quedaron la nieve y todas las huel as en el a entre las farolas de Drammensveien, y oímos la música que salía de las ventanas del último piso, el ritmo y los pasos que se dispersaron sobre ese parqué que nosotros habíamos abandonado para siempre.

No volvimos a decir nada en un rato. Nos limitamos a mirarnos y sonreír. No había nada que temer. Podíamos trepar hasta la copa del árbol y quedarnos al í sentados el resto de la velada si queríamos. Peder cerró el paraguas. Ya no nevaba. –Vamos a ver a mi viejo, dijo. Echó a andar y nosotros lo seguimos. Se dirigía hacia Vika. No resultaba muy agradable andar. Las máquinas quitanieves no habían limpiado las cal es y la nieve estaba marrón. Pero no tenía miedo. Estábamos juntos. Vivian estaba a punto de tomarme la mano, nunca nadie me había asido antes la mano, excepto los miembros de mi familia. Por fin Peder se detuvo delante de una tienda en Huitfeldtgate. Encima del escaparate, protegido

por rejas, ponía en letras muy grandes: Sel os Miil - Compraventa. Peder sacó un enorme manojo de l aves y abrió. Entramos y él cerró la puerta de nuevo. No había nadie. Peder encendió una lámpara del techo que daba una luz fuerte y blanca. En mi vida había visto tantos sel os. Una vitrina estaba l ena de viejas cartas. Olía a pegamento y a tabaco, y a otra cosa desconocida para mí, tal vez un vapor especial que se empleaba para quitar los sel os de los sobres sin romperlos. –Huele a caucho –dijo Peder–. Te acostumbras con el tiempo. Vivian miró a su alrededor con curiosidad. –¿Se puede vivir de vender sel os?, preguntó. –Claro que sí –

contesté–. Un sel o de Mauricio cuesta 21.734 coronas. Peder sonrió y nos empujó hacia la trastienda. Al í había un sofá, un frigorífico y una mesa en la que se veían unos extraños instrumentos relucientes, lupas y microscopios, parecía la mesa de un cirujano. Peder sacó una botel a de cerveza y otra de coca-cola del frigorífico y las abrió con unas pinzas.

Luego echó cerveza y coca-cola en un vaso, dio un sorbo y nos lo pasó.

Sabía a agrio y dulce a la vez. Me empezó a zumbar un oído. Nos sentamos en el sofá. Vivian en el centro. –¿Te dejan estar aquí?, preguntó el a. Peder echó más cerveza en la coca-cola. –Mi padre dice que un día tendré que encargarme de toda esta mierda. ¡Soy yo quien cuenta los dientes de los sel os! Se rió ruidosamente y sacó un sel o del fondo de un cajón que tuvo que abrir con dos l aves. –Lo que más me gusta de los sel os –dijo– es que los que tienen algún defecto son los más valiosos. Nos enseñó el sel o que había sacado, y Vivian y yo pudimos tenerlo en la mano por turno. Era un sel o sueco amaril o, con pinta de haber sido enviado hacía mucho tiempo. –Tres chelines de 1855 –

susurró Peder–. En realidad debería haber sido verde. El rey de Rumanía compró uno como este por cinco mil libras en 1938 sólo porque era verde y no amaril o. Volvió a meter el sel o en el cajón y se dirigió hacia nosotros, pero fue en Vivian en quien clavó la mirada. –Yo estoy gordo

–dijo–. Y Barnum es corto de estatura. ¿A ti qué te pasa, Vivian? Yo apenas me atrevía a respirar. Se hizo un silencio tan largo que pensé que Peder lo había estropeado todo. Pero por fin Vivian levantó la cabeza, sonrió y dijo: –Yo nací en un accidente.

Durante todo el camino a casa fui pensando en lo que había dicho Vivian de que había nacido en un accidente. Tanto pensé en el o que me

olvidé de pensar en lo que yo debería decir. ¿Éramos más valiosos por tener algún defecto? Mi madre estaba en el recibidor y mi padre estaba sentado en un sil ón del salón, muerto de sueño. A Boletta no la vi por ninguna parte, lo cual significaría que aquel o se le había venido encima otra vez y se había ido al Polo Norte. –¿Has tenido que quedarte castigado en el colegio?, preguntó mi madre, con la boca temblorosa. –

Sí, contesté. –¡Al menos no mientes! ¡Ya es algo! ¡El director ha l amado y nos lo ha contado, ¿sabes?! ¡Cómo pudiste! Mi padre se levantó del sil ón, lo que le costó bastante tiempo y esfuerzo. –Bueno, bueno –dijo él–. ¿Tiraste una bola de nieve por la ventana, Barnum? –Sí, contesté en voz muy baja. –Eso promete. ¡En primavera nos pondremos con el disco, y lo bueno del disco es que así también aprenderás a agarrar mejor a las chicas! –¡Déjalo!, gritó mi madre. Mi padre se rió, disponiéndose a sentarse de nuevo. Mi madre me tiró de la chaqueta. –

¿Y has ido a la Academia de baile con esta ropa? Yo miré hacia otro lado.

–Sólo bailamos el cha cha cha, dije. Mi madre lanzó un hondo suspiro y se retorció las manos. –¿Y dónde está Fred? ¿Lo has visto? –Está metido en un ataúd en el tendedero del desván, contesté. Los brazos de mi madre se quedaron colgando en el aire. Mi padre se quedó de pie, de repente muy despierto y con la cara blanca. –¿Qué has dicho? –Nada.

Tenía la garganta completamente seca. La lengua se me pegaba. Mi padre se me acercó más. –¿Nada? ¿No has dicho nada? –No recuerdo lo que he dicho, susurré. Él se detuvo delante de mí, le temblaba todo el cuerpo. –¡Has dicho que Fred está en un ataúd en el tendedero del desván! Bajé la vista. –Sí, creo que eso he dicho.

Ninguno pensábamos que mi padre podía subir por las escaleras tan deprisa. Mi madre se apresuró tras él, alcanzándolo a duras penas. Yo iba a la cola. Quería ver qué pasaba. Esto es lo que vi: mi padre se ha detenido en el tendedero, justo debajo de la claraboya. El ataúd está en el suelo. Mi madre se tapa la cara con las manos y grita sin que salga de el a sonido alguno. Pero lo más extraño es que mi padre no mira el ataúd, sino las cuerdas, las pinzas, los restos del ave muerta, los sacos de carbón vacíos, y respira con tanta dificultad que levanta el polvo. Se queda mirando todo como si hubiera olvidado por qué ha subido al í.

Entonces el propio Fred levanta la tapa del ataúd y se incorpora. Resulta

insólito. Al í está sentado en el ataúd, bostezando, pálido entre los pliegues de seda. Clava sus ojos en mí. Yo me coloco en la sombra detrás de mi madre, que sigue tapándose la cara con las manos. –No le hagas nada, susurra. Y mi padre se vuelve hacia el a como entristecido, como pidiendo perdón. Y ahora ocurre lo más extraño de todo. Mi padre se agacha y abraza a Fred, y sin soltarlo, le acaricia la espalda. Incluso mi madre se ve obligada a mirar, porque mi padre no pega a Fred, sino que lo abraza, y veo un instante la mirada de Fred por encima del hombro de mi padre, confusa y aterrada, y uno de el os está l orando; no es Fred, sino mi padre, Arnold Nilsen, el que l ora.

Bajé corriendo a casa y me acosté. Los demás bajaron al cabo de un rato, hablando lentamente y en voz baja. Me tapé los oídos. No quería saber de qué estaban hablando. Pero no oí la voz de Fred. Tal vez me pegaría por haberles dicho dónde estaba escondido, y sería probablemente una paliza doble, ya que mi padre no le había dado ninguna. Lo mejor sería que Fred recibiera su paliza de una vez por todas. Yo estaba temiendo la que se me venía encima, y no podía dormir. Me sentía tan confuso y aterrado como Fred. Él l egó cuando todos se habían acostado. Se sentó junto a mi cama. Yo no dije nada, sólo esperaba. Él no hacía nada, sólo estar al í sentado. Al final no aguanté más. –Perdóname, susurré. Fred no dijo nada tampoco entonces. Su sombra era sostenida por un gran silencio. Tenía algo en las manos. No pude ver lo que era. Por fin dijo algo. Suspiró. –Creo que soy malo, dijo. Ojalá no hubiera dicho nada. –No eres malo, susurré.

Fred se inclinó sobre la cama. –¿Cómo puedes saberlo tú? Tuve que pensar. Hubiera preferido una paliza. –Nunca has hecho nada malo, dije por fin. –¿Que no? Fred había hecho bastantes cosas malas, había enviado mi pijama por correo al portero Bang, había dejado de hablar durante casi dos años, se había metido en un ataúd en el tendedero, y eso sólo era una parte de todo lo malo que había hecho, pero si Dios existía, ¿no haría la vista gorda con cosas así? ¿No tendría una clase de registro en el que anotar esa clase de fechorías? –Nunca has hecho nada realmente malo, dije. Fred desvió la mirada. –Aún no, susurró. Yo también susurré: –¿Cómo que aún no? ¿Es que tienes pensado hacer algo, Fred?

Un coche bajó por Kirkeveien, y la luz de sus faros se deslizó por nuestro cuarto. Entonces vi lo que tenía en las manos. Era el disco. No contestó, sino que permaneció sentado, con el disco sobre las rodil as, acariciándolo. Sonreía. –Disco júnior –susurró–. Kilo y medio. Y no dijo nada más. Dejó el disco en el alféizar de la ventana y se metió en la cama. Yo lo l evé al salón de nuevo. Pesaba lo suyo. Me alegré de que no fuera un disco sénior. ¿Qué se traía Fred entre manos? Me sentía inquieto. Saqué la carta y me la l evé al cuarto, encendí la lamparita sobre la cama y leí en voz alta. No sé si Fred lo oía o si ya se había dormido. Pero de todos modos leí la carta entera, desde el principio hasta el final, hasta esa última frase, la más bonita de todas, y conseguí hacerlo sin l orar en ningún punto. Fue la última vez que leímos la carta.

No se supo de ningún ataúd perdido en Oslo en esa época. Mi padre le quitó las asas doradas con un destornil ador, sacó la seda y con el resto hizo astil as que metió en la estufa de leña al l egar diciembre y empezar a notarse corriente por debajo de la puerta del balcón. Ardía muy bien, pero a mí no me gustaba mucho ese calor, me hacía sudar y tener frío a la vez, así que solía irme cuando mi padre hacía fuego con el ataúd en el que había estado Fred. Y una noche de esas en que todos estamos un poco raros con ese calor intenso y febril de la estufa, e incluso mi padre ha salido a refrescarse, Boletta abre violentamente la puerta de nuestro cuarto, y nos señala con un dedo tembloroso, casi sin poder hablar. No sabía que podía enfadarse de esa manera, nunca la había visto así, la buena de Boletta era como un muel e tenso que se había aflojado. –¿Dónde está la carta? –pregunta en voz baja–. ¿Dónde está la carta? Es a Fred a quien mira fijamente, porque también él está en casa, tumbado en su cama, encogiéndose de hombros. –Ni idea. ¿Sabes tú algo, Barnum? Boletta se vuelve hacia mí. –¿No está en el cajón?, pregunto. –¡No, no está en el cajón! –Quizá te la has l evado al Polo Norte, digo. Boletta levanta su frágil mano. –¿Ya te estás burlando de mí tú también, Barnum? –No, abuela. Yo la dejé en su sitio la última vez que la leí. Boletta se lanza de nuevo sobre Fred. –¡Si has tocado esa carta has profanado a muertos y vivos! ¡Me oyes, Fred! Fred se levanta. –¡No la he tocado! –grita–. ¡No he tocado esa jodida carta, coño! ¿Por qué siempre tengo que ser yo el culpable de todo?

Mi madre acude y sujeta a Boletta. Luego revuelven el piso, pero no encuentran la carta. –La habrás perdido tú, dice mi madre. Boletta ya no sabe qué creer y por eso se cree casi todo. Se acuesta en el diván, confusa e infeliz. Yo me siento junto a el a para consolarla. –No importa –digo–.

Me la sé de memoria. Boletta abre los ojos. –¿De memoria? Contesto que sí y le seco la frente. Y empiezo a leerle la carta, sin hojas y sin letras, le leo la carta entera. Pero cuando acabo, o cuando he pronunciado las últimas palabras, sin añadir ni quitar nada, ni siquiera una coma, Boletta me toma la mano, se incorpora lentamente y susurra: –No será lo mismo, Barnum. No, no será lo mismo.

No dije nada más. Y así permanecimos sentados en el diván del comedor en el mes de diciembre, mientras el calor de la estufa nos l egaba a ráfagas ardientes, y desde entonces nunca he podido pensar en esa carta, escrita en la tierra del sol de medianoche, entre nieves y hielos, sin a la vez acordarme del ataúd que ahora arde y nos adormece y roba los sueños.

OceanofPDF.com