El hermanastro
La Academia de baile
Por cierto, fue Boletta quien me inscribió en la Academia de baile. Entró en nuestro cuarto un miércoles a principios de septiembre; restos del verano colgaban de los árboles de Kirkeveien, cada vez más finos; pronto no habría nada que calentar, sólo ramas desnudas, cuando el otoño apagase la estufa y pasara su gran peine de hierro por la ciudad. Yo estaba haciendo los deberes de Salud e Higiene con gran esmero, escribía tan despacio en el cuaderno que incluso Fred habría podido leerlo si le hubiera dado la gana. ¿Dónde empieza la digestión? En la boca. Fred estaba fuera, vagando por ahí, como solía decir mi madre con un suspiro. «Fred está vagando por ahí también esta noche», decía, y entonces me imaginaba la sombra de Fred, inquieta, flacucha y caminando de lado a través de cal es y parques, por delante de los zaguanes y cruzando los puentes. Boletta se sentó en el borde de mi cama y me puso la mano en las rodil as. –Mañana empezarás en la Academia de Svae en Drammensveien, Barnum. Solté lo que tenía en la mano, el lápiz, el bolígrafo, la goma de borrar, la regla, la pintura, la canica y el papel secante, y me volví hacia el a. –¿Svae? –susurré–. ¿La Academia de baile? Boletta se rió y se inclinó sobre mí. –No te asustes.
No es el servicio militar. Pero yo había oído historias de Drammensveien, del último piso del edificio del Comercio, de la Svae, que medía casi dos metros, que estaba delgada como un violín y que obligaba a los chicos a bailar con el a, y no sólo eso, sino que además, con el fin de enseñarles a l evar la espalda recta, colocaba un LP de Eddie Calvert entre el a y el chico, y pobres de aquel os que fueran tan poco derechos que dejaran caer el disco al suelo. Pero no era eso lo que me daba miedo. Estaba acostumbrado a las señoras mayores. Yo temía a las chicas, a las chicas guapas y a los demás chicos. –¿De verdad tengo que ir, abuela? Boletta sacudió la cabeza como si no diera crédito a sus oídos.
–No pretenderás pasar por la vida sin saber bailar, ¿no? La rumba, el cha cha cha, ¡el tango! ¡Piensa en el tango, Barnum! ¡Piensa en lo que puedes
perderte! Pensé durante mucho rato, pero no en el tango, ni en el cha cha cha, ni en la rumba. Pensé en todo lo que me gustaría perderme, y en que de hecho uno se pierde la mayor parte de las cosas de la vida; era un consuelo, pobre, pero al fin y al cabo un consuelo. –¿Por qué no ha ido Fred a la Academia de baile?, pregunté. Boletta miró al techo y dejó escapar un suspiro. Se le había descolgado la piel del cuel o, y le colgaba como una torta fina y arrugada entre la barbil a y el pecho, completamente plano debajo de ese vestido de verano de flores que todavía l evaba. Pronto el otoño se lo quitaría y embalaría definitivamente el verano. –Con Fred es distinto, señaló. –¿Cómo distinto? –Fred no nació para bailar. Mañana a las seis, Barnum. Boletta estaba a punto de marcharse, pero la retuve; tenía el brazo delgado y duro. –¿Qué pasa, Barnum? El sol l enaba toda la ventana con una luz casi roja, ése era tal vez el mejor momento en nuestro cuarto, el cuarto de Fred y mío, cuando los últimos rayos se deslizaban por la colina, bajando por entre los bloques directamente hasta nosotros. No duraba mucho, sólo unos segundos, pero merecía la pena verlo. Enseguida las sombras se acomodaron a nuestro alrededor. –¿No es difícil aprender los pasos? –¿Los pasos? Boletta volvió a reírse, y su aliento me dio en la cara. ¿Se olía así cuando uno se hacía viejo? Era como abrir la puerta de una habitación en la que l evas mucho tiempo sin entrar. Seguramente había ya mucho polvo en los rincones de Boletta. Retrocedí un paso, como si ya hubiera empezado a bailar. No creo que el a se diera cuenta.
–No son los pasos lo que importa –dijo–. Lo que importa es saber l evar.
–¿Llevar? –Sí, l evar, Barnum. Sencil amente, agarrar a la mujer con amabilidad y firmeza, y l evarla. Las mujeres adoran a los hombres que saben l evarlas bien. Pero entre tanto tendrás que aflojar un poco, para que las mujeres crean que son el as las que te l evan. Ya lo irás entendiendo. –¿De verdad lo entenderé? –Sí, Barnum. Cuando te entre en el cuerpo. Y tus manos tienen que estar secas y firmes. Ya te dejaré polvos de talco. ¿Te imaginas una mano floja y sudada por la espalda, sobre las caderas, y cosas aún peores? Me estremecí y bajé la vista. –
¿Crees que alguien querrá bailar conmigo, abuela? El a me puso un dedo debajo de la barbil a y me levantó lentamente la cabeza. –¿Y por qué no iban a querer, Barnum? ¿Por qué no iban a hacer cola las mujeres para bailar contigo? La cara me pesaba ya mucho, pero Boletta la mantenía
levantada. Salía de sus ojos, o sería de su pelo, un olor fino y dulce, tendría que ser del pelo, recogido en un moño gris en la nuca. Era el único de sus olores que me gustaba, era como un postre. –Porque soy más bajo que el as, susurré. El a me soltó y miré por la ventana. Las farolas dibujaban estrechas sombras. Aún sentía sus dedos como un hoyo en la piel. –¡Qué tontería! ¿Crees que a las mujeres les importan unos centímetros más o menos? Tú agárralas con firmeza, Barnum, l évalas exactamente adonde tú quieras. Hay una cosa más que quiero decirte, prosiguió. Había empezado a soplar el viento, no lo veía, pero oía el murmul o de los árboles y del bosque, que se abría sobre la ciudad.
–¿El qué?, susurré. Boletta volvió a levantarme la cara. –No mires nunca al suelo. Míralas a los ojos, Barnum. Si no, no l egarás a ninguna parte con el as. La miré a los ojos, el a sonrió y me besó en la frente. –¡Mañana por la tarde a las seis en la Academia de baile de Svae, no lo olvides! ¡Y
límpiate las uñas antes!
Boletta dio unos pasos tambaleantes, giró unas cuantas veces y desapareció con una risa, como si la risa la hubiera sacado a bailar. Tal vez así era como se salía por la puerta del Polo Norte, pero seguro que no de la Academia de baile de Svae. Si alguien me sacara a mí a bailar sería el l anto, el l anto se inclinaría sobre mi cara y me cubriría con su pelo tieso. Guardé el libro de Salud e Higiene. Bastaba por ese día.
¿Cuántas veces hay que masticar la comida? Veintiséis veces. Hay que masticar la comida veintiséis veces, de lo contrario, se puede contraer una enfermedad gástrica, estreñimiento, inflamación de esófago y mandíbulas, hernia y joroba. No cené y me fui a la cama antes de las diez, aunque no tenía mucho sueño. En realidad odiaba ese obstinado momento antes de dormirse en que uno está acostado, y el tiempo se estira como una goma, igual que un paréntesis que se hincha como un globo azul hasta que estal a, un tenue ruido detrás de la frente, un chisporroteo en los ojos, como una bombil a que se funde en la oscuridad. Tenía demasiada corriente en la cabeza. Mis pensamientos seguían en marcha hasta bastante después de haberse ido la luz. «Míralas a los ojos», había dicho Boletta. Para eso tendría que ponerme zancos o echarme tanto hacia atrás que me rompería el cuel o. ¿Quién iba a querer bailar con una pulga como yo? Noté mi mano. Estaba húmeda,
casi blanda. ¿Quién iba a querer que una esponja la agarrara por la espalda? Tendría que tenderla para que se secara, cortarla y colgarla con una pinza en la cuerda, entre calzoncil os, cordones de zapatos y medias negras. Y mientras yacía en la estrecha cama pensando en lo peor, deseando estar vagando por ahí como Fred, porque el que vaga no puede tener mucho tiempo para pensar, oía la máquina de coser en el salón, la vieja Singer de mi madre. Me gustaba ese sonido, casi me tranquilizó del todo, remendaba las grietas de la oscuridad e hilvanaba silenciosamente los párpados a las mejil as, investigando las costuras de la noche. Así me dormí, soñando que caminaba por el mundo con una máquina de coser bajo el brazo; era uno de los sueños buenos, yo era el que remendaba el mundo, dormía, punto a punto, en un largo borde azul, y me desperté bruscamente cuando Fred volvió a casa, o bien él me despertó aposta, lo cierto es que de repente me desperté. Fred estaba sentado en el borde de su cama quitándose los zapatos sin desatarse los cordones, como hacía siempre, y había encendido la lámpara del techo.
–Mamá está metiendo el bajo de mis pantalones, dijo. Tiré del edredón.
–¿Ah, sí? –Sí, Barnum, mis pantalones grises de hace dos años. Los está metiendo por lo menos medio metro. Yo no me moví. Escuché. Ya no oía la máquina de coser. Sólo oía en la cabeza las relucientes tijeras que cortan y destrozan las costuras, que rajan el mundo. Fred se rió y se tumbó en la cama vestido. –Es el bajo más grande que he visto nunca.
Seguro que bate el récord mundial de bajos.
Pensé en los deberes para el día siguiente. ¿Dónde empieza la digestión? En la boca. En la lengua. En los dedos que levantan el tenedor del plato, en la mano que trae la comida a casa. Pensé en Susanne, con la que no l egué a bailar, la que quizá nunca l egó a bailar con nadie. –
¿Estás dormido, Barnum? –No, susurré. –Entonces, di algo. Seguí cal ado un buen rato. Al final pregunté: –¿Dónde has estado? –En ninguna parte, contestó, y no dijo nada más en mucho tiempo. Creo que se estaba riendo. No me atreví a comprobarlo. No me atreví a apagar la luz. –¿Vas a empezar en la Academia de baile, Barnum? –No lo sé –
susurré–, tal vez. –¿No lo sabes? No seas tonto. –Boletta me ha apuntado. Fred se rió aún más. Era una risa que se metía dentro, que vaciaba de aire la habitación. –Puedo prestarte mis bombachos de
esquiar, Barnum. Estarías muy elegante. Zapatos de charol y bombachos. Llévate también los palos de esquí. –No hables así, Fred, por favor. –Y si las chicas intentan joderte, diles que los bombachos son míos. «Son los pantalones de mi hermano», diles. ¿Vale? –Por favor, Fred. Él permaneció cal ado un instante. –¿Estás l orando, Barnum? –No estoy l orando. –Que sí, que estás l orando. Puedo oírlo. Estás l orando, Barnum. –No l oro, dije. Fred se incorporó en la cama. –Lloras por todo. Eres un cagueta, Barnum. –¡No estoy l orando! –grité–. ¡No estoy l orando! Fred suspiró y se levantó. –¿Puedes contestarme a una cosa, Barnum? Si no te apetece ir a la Academia de baile, ¿por qué no dices que no y ya está? No contesté. Fred se acercó a la puerta y apagó la luz, pero en el instante de poner el dedo en el interruptor, se volvió hacia mí sacudiendo lentamente la cabeza. Parecía triste, no cabreado, sólo triste.
–No tengo ni puta idea de por qué te colecciono. Así lo dijo. Utilizó exactamente esas palabras: por qué te colecciono, como si yo fuera un sel o de correos, un autógrafo, un escudo de coche o una chapa de botel a. Volvió a acostarse y pronto noté que estaba dormido. Yo seguía despierto, pensando. Pensé en los pantalones, y me imaginé los pantalones de Fred con el bajo más grande del mundo, y la americana que me estaba demasiado larga, y en mí mismo dentro de esa ropa, con los zapatos de charol abajo y los rizos rubios arriba. El mismísimo Barnum de Fagerborg, la imagen era nítida y cegadora en mi cabeza, y las chicas también estaban al í, las chicas de los barrios de Skil ebekk, Skarpsno y Bygdöy, esas chicas que al principio me mirarían con gran curiosidad, preferiblemente con la boca abierta, y luego se volverían educadas y crueles y ocultarían la risa burlona tras finas manos l enas de anil os, hablando entre el as en un tono tan bajo que apenas podría oírlo: mira ese enano, no merece la pena, habría que arrodil arse para poder hablar con él. ., eso se dirían, y luego me darían la espalda como si fuera aire, un aire con el que ni siquiera merecía la pena mezclar su perfume, y probablemente tendría que bailar con la propia señora Svae, con un LP en la tripa, y mientras bailábamos se desharían las puntadas del bajo y se desenrol aría, cayendo sobre los zapatos y el suelo, y todas las parejas se detendrían en medio del baile para verme ir a gatas hacia la puerta arrastrando los pantalones, mientras gritaba que no eran míos, sino de Fred, mi hermanastro, «ese bobo que no sabe escribir, los
pantalones son suyos, él tiene la culpa», y cuando pensaba en eso, en todo eso a la vez, en una sola imagen rabiosa que pasaba revista ante mis ojos entre dos marcos negros, me volvió ese pinchazo que de vez en cuando me daba en la tripa y me hundía. Explica cómo la comida es empujada hacia abajo continuamente. Los intestinos tienen músculos que los hacen contraerse y expandirse. De esa manera la comida es empujada hacia abajo. Mi culo estaba haciendo sus deberes. Se desbordaba. Cerré los ojos en la oscuridad. Chorreaba. Si hubiera podido elegir, habría preferido estar muerto. El pijama se me pegaba a los muslos. Estaba caliente y blando. Fred se despertó. Oí sus ojos. Me quedé lo más quieto que pude. ¿Cuánto tiempo aguantaría así? ¿Cuántas máquinas de coser había en el mundo? ¿Y había otras tantas tijeras? La sombra de Fred se inquietó. –¿Qué has hecho ahora, Barnum? –Nada. –
¿Nada? ¿No has hecho nada? –Palabra de honor, Fred. –¿No piensas dormir? Si me quedaba quieto todo pasaría, sólo era cuestión de tiempo, el que aguanta gana o se muere de aburrimiento, era como un consuelo, podía quedarme en la cama y dejar que el tiempo pasara, los segundos trabajarían por mí, lo mismo que el viejo reloj. Si me quedaba así hasta morir, podría sacar un cajón l eno de papel higiénico y los minutos limpiarían por mí. Lo había decidido. Jamás volvería a levantarme.
Seguiría donde estaba y la cama sería mi tumba. Fred encendió la lámpara y me miró. –No puede ser verdad, dijo. –¿El qué, Fred? –No puede ser verdad, repitió. Un fluido marrón y aguado goteaba hasta el suelo; me había convertido en una cloaca, en un arroyo, era un wáter del que alguien había olvidado tirar de la cadena; me di por vencido, porque, ¿qué otra cosa podía hacer? –Ayúdame –susurré–. Ayúdame, Fred. Él permaneció un rato de pie tapándose la nariz con las dos manos. Luego abrió la ventana, se acercó a mi cama, y se quedó mirándome fijamente. –¿Qué vamos a hacer con esto, Barnum? Apenas podía mover la cabeza, pues todo estaba suelto dentro de mí. –No lo sé.
Ayúdame, Fred. Él se quedó pensando mucho rato. Ni siquiera el aire frío de la oscuridad de fuera era capaz de ocultar mi hedor. –¿Quieres que l ame a mamá? –Prefiero que no, susurré. –¿Voy a buscar a tu padre? Fred se echó a reír antes de que me diera tiempo a contestar. –
No, coño, no está en casa. ¿Dónde está tu padre, Barnum? Ése del pelo liso. –No lo sé –dije, también en voz baja–, trabajando, quizá. –Claro
que sí, trabajando. ¿Y dónde está el mío? ¿Quieres que l ame también al mío? –No lo sé, susurré. –¿Qué es lo que no sabes? –Dónde está tu padre. Fred sonrió. –Te equivocas, Barnum. No sabes quién es mi padre.
¿Cómo voy a l amarlo entonces? No contesté. Fred se inclinó sobre mí. –
Tendremos que poner orden aquí, dijo. –¿A qué te refieres con poner orden?, pregunté con cautela. Fred suspiró profundamente y retrocedió hacia la ventana. –A tirar la mierda y cambiar la ropa de la cama. Tal vez te tire a ti también. –¿Tú crees que mamá no se va a dar cuenta? –¿Si te tiro a ti? Me va a dar las gracias, Barnum. –No hables así, Fred. –Eres tan pequeño que nadie se daría cuenta. De que te he tirado, quiero decir.
Simplemente diré que te caíste en una cloaca y desapareciste. Creo que volví a echarme a l orar. Fred se acercó. –¿Tienes una idea mejor?, preguntó. Pero yo no tenía ninguna idea mejor. Me incorporé lentamente con el cuerpo rígido. Del pijama chorreaba un barniz oscuro. Fred se limitó a mirarme fijamente. Jamás olvidaría aquel o.
Luego se marchó, cerrando la puerta sigilosamente. Nadie podía ser tan sigiloso como Fred. Yo me quedé de pie junto a la cama. Tal vez Fred no volviera nunca. Sería típico de él dejarme al í hundido en mi propia mierda. Tenía frío. No l oré. Él volvió. Traía ropa de cama limpia y un gran trozo de papel recio de embalar. No pregunté. No había nada más que quisiera saber. Fred podía hacer lo que le diera la gana. Quitó la sábana y la funda del edredón, las dobló y envolvió todo en el papel.
Luego se volvió hacia mí. –Quítate el pijama. Me quité el pijama. Estaba desnudo. Tenía un poco de frío. Fred me escrutó con una sonrisa. –
¿Puedo preguntarte algo, Barnum? Asentí con la cabeza. –¿Es muy jodido ser tan pequeño? Miré al suelo. Tenía piel de gal ina. Me picaba, me escocía, y chorreaba. Y entonces contesté algo que no había pensado que diría: –Es un poco solitario. Fred levantó la vista y me miró a los ojos; no duró mucho, sólo un segundo, menos de un segundo, pero me miró a los ojos de repente, como si estuviera tan sorprendido como yo, y tal vez reconociera algo, algo de sí mismo, tal vez viera la sombra de lo oscuro también en mi mirada, tal vez viera que a pesar de todo éramos hermanastros. –¿Bailamos, Barnum? Fred me puso la mano en el hombro. Me encogí un poco. Él empezó a reírse en voz muy baja, casi sin sonido, muy cerca de mi cara, y me soltó igual de repente, ató el paquete con una cuerda, se lo puso bajo el brazo y volvió a desaparecer.
Creo haber oído sus pasos rápidos por la escalera de servicio. Fui de puntil as al baño y me duché haciendo el menor ruido posible. El agua marrón rebosaba en el desagüe; de pronto sentí náuseas, me entró miedo, intenté aplastarla, y por fin desapareció, corría por las tuberías hacia la cloaca por debajo de la oscura ciudad, y desembocaría en el fiordo junto al muel e de Fred Olsen, donde viven las gordas y resplandecientes anguilas en el apestoso fango del fondo. Escuché. Todo el mundo estaba dormido. No se oía ni un sonido, salvo el ruido del agua bajando por las tuberías. Saqué los polvos de talco del armario y me eché, una seca tormenta de nieve, luego me puse un poco de agua de colonia 4711 por la tripa, los muslos y el cuel o. Nadie había oído nada.
Me encontraba en medio de seres profundamente dormidos. Podía hacer lo que me diera la gana mientras los otros dormían. Tal vez yo sólo fuera aquel con quien soñaban los dormidos. Me volví hacia el espejo y vi mi cara, pálida y apenas visible, con los rizos colgándome como espirales pinchadas alrededor de la cabeza. Yo era real, pues un sueño no produce reflejo en el espejo. No encontré ningún pijama limpio, pero en el cajón junto al mío estaban las bragas de mi madre.
Opté por ponerme una. Era demasiado grande, aunque mi madre era más bien delgada. Me la estiré hasta el pecho, era fina y suave, tanto que apenas la notaba. Volví de puntil as a nuestro cuarto con la braga de mi madre y l eno de polvos talco y colonia 4711. Hice la cama con la ropa limpia y volví a acostarme. Me pregunté si sería capaz de ponerme enfermo para el día siguiente. Sólo quedaban unas horas. Estaba a punto de amanecer. Podría, por ejemplo, cortarme un dedo de la mano. Era una tradición familiar. Mi padre sólo tenía cinco dedos en total, porque lo que le quedaba de pulgar en la mano derecha difícilmente podía l amarse dedo, más bien era un trozo de carne arrugada. Podría cortarme el meñique. No me hacía mucha falta. Pensándolo bien, era totalmente superfluo. No se me ocurrió ni una sola cosa que no se pudiera hacer sin el dedo meñique. ¿Por qué no volvía Fred? Me levanté de nuevo y me acerqué a la ventana abierta. Al í me quedé, de pie, con la braga de mi madre. Me sentía raro, extraño, como si hubiera cambiado de cuerpo, y noté un movimiento en el estómago, pero esta vez era un movimiento diferente, tembloroso y oscuro. Tuve que apoyarme en el marco de la ventana. ¿Estaba Fred en la lavandería del sótano con la
sábana y la funda del edredón? Si me quedaba el tiempo suficiente junto a la ventana, tal vez me acatarrara. Con un poco de suerte, incluso podría pil ar una pulmonía. Me pregunté con qué soñaban las personas.
¿Habría alguien que soñara conmigo? Fred habría ido a los cubos de basura a tirar toda la mierda. Cerré la ventana y me puse su bata. Olía a polil a y sudor, e iba barriendo el suelo. Parecía un boxeador encuadrado en una categoría de peso equivocada. Era un peso mosca con una bata de un peso pesado. Y luego fui de puntil as al salón.
Intenté deslizarme como Fred, pues Fred se deslizaba y vagaba. La máquina de coser de mi madre estaba encima de la mesa. Los viejos pantalones de Fred colgaban del respaldo de la sil a. Les habían subido el bajo. Parecían pantalones cortos, pantalones cortos grises con raya. Metí el dedo meñique debajo de la aguja de la máquina de coser. Si la pusiera en marcha, podría hilvanarlo hasta destrozármelo. Entonces apareció mi madre. No la había oído. Me escondí la mano a la espalda. Mi madre sonrió y se ciñó el camisón. –¿Estás desvelado?, preguntó.
Miré hacia otro lado. –¿No puedes dormir? –He tenido que ir al baño. –No tienes nada que temer, Barnum. –No temo nada, sólo estoy un poco inquieto. –Claro que estás inquieto. ¿Quieres probarte ya los pantalones? Negué con la cabeza. Me pareció ver la sombra de Fred detrás de mi madre, al fondo del pasil o. Alguien tiró de la cadena en el piso de abajo; «pronto despertaremos a todo el bloque», pensé, tal vez mi corazón, que me temblaba en el pecho, despertaría a toda la ciudad y al resto del mundo. –Mañana te compraremos unos zapatos –dijo mi madre–, no puedes empezar en la Academia de baile sin zapatos nuevos,
¿sabes? –¿No puedo ponerme los de Fred? –Creo que te están un poco grandes. Incluso si te pones dos pares de calcetines. –Se me acercó más, y frunció el entrecejo–. ¿Has vuelto a echarte perfume, Barnum? Me ceñí más la bata. –Un poco, susurré. El a lanzó un profundo suspiro. –
¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No quiero que te pongas perfume.
¿Qué crees que dirán las chicas si hueles a perfume? No pude contestar a esa pregunta, porque no era capaz de pensar tan al á. Ni siquiera era capaz de imaginarme que el as pudieran acercarse tanto como para olerme, y si se acercaran, tendrían que agacharse; no, era imposible, era casi como pensar intensamente en el universo, y cuando lo hacía, el
pensamiento se desvanecía en un viento grande y azul, y cuando l egaba tan lejos que ya no existía, se desprendía y caía lentamente hacia el fondo de la cabeza sin aterrizar jamás. –Papá usa perfume, susurré. –Él usa loción para después del afeitado –se apresuró a objetar mi madre–. Y
a Fred no le gusta que te pongas su bata. –Perdón, dije. –¿Tienes frío? –
No mucho. Mi madre me pasó velozmente la mano por los rizos. Yo me escabul í. El a se rió. –Vuelve a la cama, Barnum. Pero lávate primero la cara. Fui al baño, metí la cabeza debajo del grifo y luego me acosté, no sin antes guardar la bata de Fred en su sitio en el armario. Oía a mi madre ir de habitación en habitación, como si estuviera buscando algo que hacía tiempo había olvidado, o tal vez sólo quisiera librarse de un desasosiego que la volvía insomne e irascible, y que ninguna máquina de coser del mundo sería capaz de hilvanar. Por fin sus pasos se detuvieron y entonces oí otra cosa, oí la risa de Fred; él ya estaba en la cama riéndose por lo bajo; no lo había oído l egar. En ese momento no supe decir qué era lo que me gustaba menos, si los pasos de mi madre o la risa de Fred cuando se reía como se estaba riendo en ese momento. –¿Qué pasa?, susurré. –Nada. –¿Qué has hecho con el pijama y la ropa de la cama? –No te preocupes por eso, Barnum. Está todo arreglado. De repente Fred dejó de reírse y se incorporó en la cama. –¿No me oyes? –
Sí, Fred, te oigo. –Dejas que te apunten en la Academia de baile, pero en realidad no tienes ninguna gana de ir. ¿No es así? –Sí, así es, susurré. –
Entonces, sólo puedes hacer una cosa, Barnum. Yo también me incorporé. –¿El qué, Fred? Dímelo, Fred, venga. –Arreglártelas para que te echen cuanto antes. –¿Y cómo se hace eso? Quiero decir, ¿cómo me las arreglo para que me echen? Fred se tapó la cara con las manos como si estuviera l orando o padeciera de algo, como la jaqueca que solía sufrir Boletta cuando había truenos y había bebido cerveza en el Polo Norte el día anterior. Yo no quería que Fred se volviera a poner peligroso. Opté por pensar en los deberes. ¿Con qué frecuencia conviene vaciar el intestino? Al menos una vez al día. ¿Qué debemos hacer para evitar el estreñimiento? Ejercicios corporales, comer pan integral, frutas, verduras, ser amable y limpio. –¿Qué tengo que hacer para que me echen?, volví a preguntar. Fred levantó la vista. –Primero tendrás que averiguar lo que hacen los demás. Y entonces, tú harás justo lo contrario. En realidad es bastante fácil. Fred ya había dicho lo suficiente,
volvió a tumbarse y me dio la espalda. Oí al repartidor de periódicos abajo en la cal e, su abultado l avero y el chirrido de las ruedas de su carro azul, que seguramente estaría l eno de malas noticias. En realidad era bastante fácil. Cuando los demás daban un paso adelante, yo debería dar uno hacia atrás, o tal vez dos, para estar seguro. Cuando a los chicos les tocara hacer una profunda inclinación de cabeza, yo haría una reverencia, como las chicas. Me sentía feliz pensando en el o, era un placer en la oscuridad, como si de repente me quitara un peso de encima y se soltara en mi cabeza el lastre de un universo entero. Fue como si se me concediera la libertad. Podría hacer lo que me diera la gana. Fred era listo. Cuando todos los demás se cambiaran de calzado en el vestuario, yo entraría directamente al suelo de parqué con las botas de l uvia cubiertas de barro, gusanos, hojas mojadas y excrementos de perro. Pero al pensar en calzado, sentí de nuevo un ligero movimiento en mis tripas y me encogí dentro de las bragas de mi madre, esforzándome por quedarme vacío de todo pensamiento. ¿Era posible quedarse sin pensamientos, apagar uno por uno esos pensamientos que arden dentro del cuerpo, de la misma manera que las luces de una ciudad se van extinguiendo en la noche? ¿Sería posible que me convirtiera por fin en una profunda quietud y un lento silencio? El repartidor de periódicos subió la escalera corriendo. No le oí bajar. Fred roncaba muy lejos, y cuando me desperté, con la l uvia golpeando la ventana, él ya no estaba.
Me imaginé que sería un gran día, tal vez uno de los más grandes de mi vida. Mi madre entreabrió la puerta. –Tienes que darte prisa, Barnum. Si no, vas a l egar tarde.
Me reí por lo bajo. Llegar tarde. También podría l egar tarde. Nada más fácil que eso. Podría l egar tarde a la Academia de baile. Había un sinfín de cosas que podía inventarme, y mientras pensaba eso, pues me había quedado claro que era imposible quedarse vacío de pensamientos, l egué a la conclusión de que había tantas cosas malas que hacer en este mundo como buenas, y que puede que incluso hubiera más malas que buenas, porque cuando me ponía a pensar en las cosas malas que uno podía hacer, me volvía muy creativo, siempre se abrían nuevas posibilidades, y esa mañana estaba tan en forma que incluso logré resolver un problema de aritmética sin vomitar. El problema era así: Si
se multiplica todo lo bueno que uno puede hacer por aproximadamente tres, se obtiene el número de todo lo malo que uno puede elegir. Anoté ese problema en el dorso de mi cuaderno de Salud e Higiene para que no se me olvidara, y lo l amé la ecuación de Barnum. Entonces se abrió la puerta y mi madre miró dentro. Me escondí detrás de la cartera. –
Hola, ¿qué estás haciendo? –Estoy repasando los deberes. ¿Qué iba a hacer si no? –Bien, pero date prisa. Y recuerda que has de ponerte calcetines limpios.
Mi madre desapareció, y los hilos de mi tripa empezaron a enredarse. Tuve que concentrarme en algo completamente distinto para no pensar en secreción pancreática, mucosas y jugos gástricos, y me concentré intensamente en mi cabeza, en todos los cables que conectan los pensamientos entre sí, como en Telégrafos, donde antes trabajaba Boletta, en el cerebro, en el cerebelo, en la masa encefálica, en la médula, y al final pensé en lo que más me gustaba: en la médula estirada, que tal vez pudiera estirarse aún más, y que un día, o una noche, tal vez mejor una noche, podría crecer hacia abajo y empujarme a mí hacia arriba, pero me entró un mareo tan grande que tuve que sentarme un rato en la cama, porque resulta bastante agotador pensar en tus propios pensamientos, sería algo así como si todas las telefonistas l amaran a su propio número de teléfono y al final recibieran la señal de ocupado más grande del mundo, o sólo oyeran sus propias voces gritar en círculo, y de todo esto emergió una imagen repentinamente revelada, como si hubiera pensado en eso todo el tiempo: el norteamericano Walter, que dio seis vueltas alrededor del mundo y del país, y que aterrizó con dos minutos de retraso tras un viaje de 256.000 kilómetros, con un suspiro, al este de las islas Midway. Tal vez pensara, mientras flotaba en su estrecha cápsula, viendo cómo la Tierra se alejaba como una moneda azul en un pozo negro, que en aquel momento él era el único ser del mundo que no estaba en casa.
Pero cuando mi madre l amó a la puerta por tercera vez y estuvo a punto de entrar en la habitación, me decidí. Empezaría ya a entrenarme a hacer lo contrario, y por esa razón no me puse calcetines limpios, sino los sucios, fui al baño, me lavé la cara y las axilas, pero no me cepil é los dientes. Ya estaba en marcha. Fred debería haberme visto. A partir de
ahora todo sería diferente. «A partir de ahora todo será diferente», dije de puntil as frente al espejo, viendo los rizos rebrotar como si fueran muel es.
Mi madre estaba esperando en la cocina; su mirada era impaciente, pero sus labios sonreían, en su cara había como un choque, tenía la piel l ena de huel as de frenos. Me senté junto a la mesa pequeña. Boletta estaba leyendo el diario Aftenposten, y emergía cada vez que pasaba de página. No sé si el as notaron alguna diferencia. Daba lo mismo, porque yo sí notaba la diferencia dentro de mí, aunque por fuera todo siguiera igual. No era el mismo que el día anterior. Las palabras de Fred me habían convertido en otro. Yo era al revés. –No, muchas gracias, dije cuando mi madre me puso delante la dulce y oscura mermelada de grosel a negra. El a puso los ojos en blanco como para ahuyentar la impaciencia, y aún los puso más al verme cortar un trozo del queso danés que l evaba al í más o menos desde la muerte de la Vieja, y que olía tan mal que necesitaba un frigorífico para él solo. Fred dijo una vez que estaba de buen humor, aunque no sé exactamente por qué, que se podía pasear el queso de la Vieja por el parque Sten, pero atado con una cuerda para que no se escapara. Me estuve riendo varios días de aquel o.
Y entonces di un gran mordisco, la masa cerebral tembló y los intestinos estuvieron a punto de tener un cortocircuito. Pero no me di por vencido. Después de ese mordisco seguramente olería tan mal que no me dejarían entrar en el edificio de la Academia de baile. Incluso me echaran tal vez de la ciudad y del país. Habría sido una alegría para mí.
Mastiqué bien y fue como si todo el queso de Dinamarca creciera debajo del paladar, y la campanil a me colgara como un péndulo de morcil a meciéndose en saliva. Todo se volvía cada vez más penetrante, pegajoso y lento: la mirada de mi madre, los dedos de Boletta pasando las hojas del periódico, la l uvia que se deslizaba por la ventana. Intenté recordar los deberes mientras mi boca se movía a cámara lenta, y me pregunté cuándo empezaría a andar al revés. ¿Por qué no debemos beber con comida en la boca? Porque si lo hacemos, la comida no se mezcla como debe con la saliva. ¿Por qué no debemos reírnos o hablar con comida en la boca? Porque si lo hacemos, la comida sube a la nariz o baja a la laringe. No tenía nada de qué reírme ni nada que decir. El queso me
había dejado mudo. Boletta soltó el periódico y miró a mi madre. –¿Por fin empieza a gustarle a Barnum el viejo danés? Asentí con la cabeza varias veces, aunque se estaba dirigiendo a mi madre, y en su cara seguía habiendo un choque, su mirada no me creía, pero sus labios seguían sonriendo. Boletta se volvió hacia mí. –A las chicas les gusta que los hombres emitan olores fuertes. Olores fuertes y una mirada firme. Pero no exageres, Barnum. Mi madre se rió. –¡Y si no espabila, tendré que escribir una nota a la señorita Haraldsen diciendo que l ega tarde debido a un queso danés! –Se l ama la Hueso, indiqué.
Pero mi madre no tuvo que escribir ninguna nota. En el libro de Salud e Higiene no ponía nada de que no se pudiera caminar con comida en la boca, ni incluso correr. Así la cartera, y estaba en la cal e antes de que a nadie le diera tiempo a acercarse a la ventana y tirarme el gorro de l uvia. Esther estaba abriendo el quiosco, tenía las manos l enas de revistas, y sin embargo saludaba con la mano, y todo el mundo le devolvía el saludo, por eso yo no la saludé, sino que me metí las manos en los bolsil os y proseguí mi camino con la espalda encorvada y la boca l ena de queso. Yo era un pelícano al revés, con comida suficiente en el pico para el resto del año. Pensé que si seguía así podía ser que me echaran también del mundo, no sólo de la Academia de baile y del país, sino del resto del mundo, y de esa forma, la mayoría de los problemas se solucionarían de una vez por todas, pero antes de haber concluido ese pensamiento, me cegó la pared blanca de la iglesia, casi tuve que taparme los ojos, me cegaron las gotas; me detuve junto a la iglesia, tiré el queso a una alcantaril a y luego saqué la lengua todo lo que pude para que la l uvia la lavara. Alguien me estaba observando; en la escalera que subía a la ancha puerta había un hombre parado bajo un paraguas observándome. Su cara era blanca tras la l uvia, también sus dedos, sonreía con todos los dientes y l evaba un cuel o, un cuel o blanco que casi se fundía con la barbil a blanca; de repente se me ocurrió que todo en esa persona de pie en el tercer peldaño de la iglesia de Majorstuen era negro o blanco, la cara, el paraguas, las manos, el cuel o, los dientes, era el pastor que no quiso bautizarnos ni a Fred ni a mí. –Qué chico tan majo –dijo, bajando un escalón, como para ver mejor–. ¿Cómo te l amas? En el reloj que había sobre su cabeza, en la alta pared pintada de
cal en la que una parra silvestre se posaba como finos cables incandescentes, eran ya las ocho y media. Faltaba poco para que l egara tarde. El pastor se inclinó sobre la barandil a y se puso a hablar más alto, aunque lo oía perfectamente. –¿Me estás sacando la lengua? El paraguas le temblaba en la mano, a punto de volverse del revés y convertirse en una copa en la que se podría recoger la l uvia. Ya no sonreía. Los dientes estaban escondidos detrás de los estrechos labios. –¿Estás sacándome la lengua, chico? Cerró el paraguas y ya se había mojado cuando me señaló con él. Gritó en la l uvia. –¡Mete esa lengua de una vez! Pero no fui capaz de meterla de nuevo en la boca. Al contrario, salió aún más. No sabía que mi lengua fuera tan larga. Incluso pude ver mi propia lengua, era una extraña experiencia de la que habría podido prescindir. –Me l amo Barnum –dije, de la manera más clara que pude y con la lengua a remolque–. ¡Barnum! ¿Lo recuerdas? El pastor tuvo que agarrarse a la barandil a. –Claro que te conozco. ¡A ti y a ese pobre hermano tuyo! Le dediqué una amplia sonrisa y me acerqué otro paso. –Qué te jodan, dije, y corrí todo lo que pude hacia Valkyrien. No conseguí colocar la lengua en su sitio hasta la plaza del Oeste. Al í tuve que sentarme a descansar en un banco. ¡Le había sacado la lengua al pastor! ¡Le había sacado la lengua en toda su longitud al pastor de la iglesia de Majorstuen! ¡Le había echado una maldición! ¡Que te jodan, pastor! Fred tendría que haberme visto. No habría dado crédito a sus ojos. Pero era verdad, y yo se lo diría. Después de aquel o, no serviría de mucho l egar tarde al colegio. Pronto no sería posible ser más al revés de lo que ya era. Incluso Dios me habría descubierto ya. Por eso corrí el último trecho y l egué justo a la formación cuando estaba sonando el timbre, y en ese momento hubo un relámpago y no me dio tiempo a contar hasta más de cuatro antes de que los truenos retumbaran en el patio de recreo, haciendo temblar los chapiteles de las iglesias. Empecé a inquietarme.
Tal vez le hubiera pisado los pies a Dios. ¿Acaso Dios era susceptible?
Las chicas gritaron y los chicos se rieron, y de repente, justo detrás de mí estaban mis torturadores, no me da la gana nombrarlos por sus nombres, pero eran los mismos que la vez anterior. Oí decir a uno de el os antes de que sonara otro trueno: –Esto se está poniendo peligroso.
Creo que nos hace falta un pararrayos. Y otro de los chicos también dijo algo, era como si hubiesen ensayado las frases o las hubieran anotado
para la ocasión, y supe lo que iban a decir, podría haberlo dicho yo mismo antes que el os, pero opté por contar para mis adentros los segundos hasta los truenos, y sólo l egué hasta tres. –Tal vez nos sirva Barnum. De pararrayos, quiero decir. Y aunque estaba de espaldas a el os podía imaginármelos haciéndose gestos y riéndose como si hubieran tenido la mejor idea desde la vez que me usaron de trineo en la cuesta del Campesino. Les dejé hacerse gestos y reírse, y luego me levantaron con cartera y todo, y así avanzamos hacia la puerta de la entrada B, rodeados de rayos y chispazos. Dios estaba cabreado y yo estaba eléctrico. Los rizos se me levantaron como rígidos tirabuzones, y justo en ese momento l egó el Macho Cabrío, intentando ensordecer a Dios con su flauta. No tuvo mucho éxito, así que en lugar de eso nos tiró al suelo, los truenos estaban ya algo más lejos, pues logré contar hasta nueve, mi pelo se bajó y se me colocó de nuevo sobre la cabeza. Debía de ser algo parecido a hacerse la permanente, y de pronto me entraron ganas de decir algo. Dios es un mal peluquero, quise gritar en voz alta, pero dije otra cosa: –Fue idea mía, confesé. El Macho Cabrío se inclinó sobre mí, las cejas se le juntaban sobre el puente de la nariz como un seto negro en la cara, agarró a Aslak, Preben y Hámster con sus enormes manos, y el colegio entero formó un círculo en torno de nosotros, oliendo sangre. –¿Qué has dicho, Barnum? –Que fue idea mía que me levantasen. Tras un breve pero intenso momento de reflexión, el Macho Cabrío los soltó, sacudiéndose la l uvia de las cejas y mirándome aún más de cerca. –¡Con los rayos no se juega, Barnum! ¡Hay que respetar las fuerzas de la naturaleza! ¡Y ahora, entrad en el aula ya! –Muchas gracias, dije haciendo una profunda reverencia. Luego me apresuré a subir la escalera y el resto de la jornada estuve sentado lo más quieto que pude en mi pupitre, el primero en la fila del centro, excepto en la clase de educación física, durante la que me permitían hacer mi propia gimnasia, en eso el Macho Cabrío era bastante majo, me había dejado por imposible, ni siquiera me obligaba a cambiarme de ropa. A veces daba una voltereta lateral, pero tan despacio que no me hacía falta ducharme después, porque ya no iba a la ducha, lo digo así de claro, desde aquel día que me tomaron por las piernas, me las separaron como si fuera un pol o, y me hicieron cosas con el jabón. Pero en realidad ya no había muchos que me torturaran. Ya no quedaba gran cosa de mí por torturar.
No me importaba hacer de pararrayos y ser transportado a la sil ita de la reina bajo la l uvia, si se presentaba la ocasión. A veces alguno hacía intentos de importunarme cuando me disponía a beber de la fuente, por ejemplo, y me tenía que poner de puntil as o izarme por el borde con el fin de l egar al chorro; entonces algún paleto, aprovechando la ocasión para hacerse el gracioso a mi costa, me l enaba de agua los pantalones, me l evaba a la alcantaril a a darme un chapuzón o me gritaba insultos que acababa de aprender: pulga, manopla, mono, mango. No me importaba. Todo me rebotaba. Estaba por encima de esas cosas. Ojalá se ahogaran lenta y dolorosamente en su propia risa ridícula para luego sumergirse en un l anto sin fondo con piedras de afilar atadas al cuel o y los pies metidos en bloques de hormigón. Pero lo peor de todo era cuando algunas de las chicas me defendían diciendo que estaba muy mal comportarse así conmigo, y que por qué no eran un poco más maduros y no tan ridículos e infantiles que necesitaban meterse con Barnum sólo porque era bajo, había que sentir pena por él, que recibió tan pocos centímetros de regalo cuando la altura se paseó por el mundo repartiendo sus medidas entre los seres humanos. Cuando las chicas decían eso, yo era capaz de odiarlas durante semanas, incluso meses, y ese odio era como un motor dentro de mi cuerpo, una especie de dinamo gigantesca que golpeaba las cubiertas de los sueños y encendía una luz negra dentro de mí, un sol al revés que irradiaba oscuridad. Me imaginaba que así debía de ser el dolor de la Vieja, un motor para su añoranza. Entonces yo crecía, en aquel odio me hacía más grande que yo mismo, y casi entendía lo que quería decir Fred cuando aseguraba que era malo, malo en el fondo de su ser. Tampoco volví nunca a beber de la fuente. Y Dios se fue tranquilizando conforme avanzaba ese día en que yo iba a empezar en la Academia de baile haciendo todo al revés. Los truenos se alejaron tronando a otra ciudad, y las nubes pasaron, mostrando el cielo su mejor cara. Azul y más que azul. Pero la tranquilidad de Dios no duró mucho, Dios era impaciente. La última clase de ese día era Salud e Higiene con la señorita Hueso. Ese apodo se lo pusieron mucho antes de nuestra época, pues l evó al colegio un fémur de verdad para enseñárselo a sus alumnos. Corrían rumores sobre que se trataba del fémur de su padre, que lo había guardado como un último recuerdo suyo. Resultaba asqueroso pensar en el o, y algunos
incluso opinaban que había envenenado a su padre con el único fin de conseguir su fémur. A los alumnos no les gustaba acercarse demasiado a la señorita Hueso. Olía a medicinas, y faltaba del colegio a intervalos regulares, por lo visto había carecido de sol y nutrientes en su infancia y padecía de raquitismo, tal vez por eso había asesinado a su padre y luego le había robado el fémur. Cuando la señorita Hueso faltaba más de dos días, nos ponían un suplente. Ese día era el tercero que estaba enferma.
Ya me lo temía. La suplente entró en el aula a toda prisa, como si le hiciera ilusión. Parecía muy sana; «sentaos», dijo, y mientras nos sentábamos, el a sonreía de oreja a oreja, lo que me puso muy nervioso, porque sé que de esa clase de sonrisas no se puede esperar nada bueno.
En cuanto a los malos, siempre sabes dónde están. Los buenos pueden inventarse cualquier cosa. Dijo cómo se l amaba y escribió su nombre en la pizarra, pero lo he olvidado hace mucho, es más, no sé si alguna vez lo recordé. Creo que voy a l amarla Sanguijuela. La Sanguijuela era la suplente de la Hueso. Así es el mundo. Se paseaba entre las filas de pupitres hablando de la higiene en el siglo pasado, como si eso tuviera algo que ver con nosotros, y decía que comiendo arándanos mejoraba la vista, y no sólo eso, también habló de agua fría y caliente, de caries, del desayuno escolar, calcio, pies planos, jorobas y malas posturas, y aunque no me atrevía a volverme, pude ver que Hansen y Ratón ya habían cargado las reglas con bolas de papel y queso marrón, pero entonces la Sanguijuela fue a su mesa, abrió el libro de Salud e Higiene, se hizo sombra con la mano y mirando a la clase señaló a Ratón. –¿Cómo te l amas? Era de esa clase de profesores que tenían que preguntar a todo el mundo su nombre antes de dejarle decir algo. Sentía la tripa pesada como un saco de arena mojada. –Halvor, contestó Ratón. –¿Puedes decirme qué es el bazo, Halvor? Ratón se lo pensó mucho rato. –Un patinador de velocidad norteamericano, dijo. La cara de la Sanguijuela se encogió ligeramente, intentó reírse y señaló a Hansen. Me acordé de algo: si todos contestaban incorrectamente, yo podía dar la respuesta correcta. No me había olvidado de lo que Fred había dicho. –Y tú,
¿cómo te l amas? –Hans –contestó Hansen–. Pero si quieres puedes l amarme Hansen. –Estupendo. ¿Puedes decirme qué es el bazo? Hansen hizo como si estuviera reflexionando, pero no era así. Estaba dormido.
Hansen nunca había reflexionado, pero tardó lo suyo, nadie sabía estirar
el tiempo como Hansen, una vez lo estiró durante una clase entera. La Sanguijuela comenzó a impacientarse, su sonrisa vibraba sobre sus labios, como cables de acero. –¿Qué dices, Hans? Hansen recobró el conocimiento y la Sanguijuela se inclinó hacia delante como si estuviera siendo testigo de un genio a punto de dar el golpe. –El bazo es –dijo Hansen despacio–, el bazo es una melodía que toca Finn Eriksen con su trompeta en el programa radiofónico de peticiones del oyente. La Sanguijuela, la Sanguijuela suplente se hundió detrás de su mesa, y entonces, claro, su mirada se topó conmigo, con quién si no. Ya sabía lo que me esperaba. –¿Y cómo te l amas tú? La voz cambió cuando me habló a mí, atravesándosele en la boca. En la clase se hizo el silencio. Los demás estaban disfrutando. Eso fue lo más cerca que l egamos de un punto culminante, exceptuando la última clase antes de las vacaciones de verano. –Barnum, respondí. –¿Qué has dicho? –Barnum, repetí. La Sanguijuela empezó a bombear sangre en su cara. –Mientras yo esté de suplente, emplearemos nuestros nombres auténticos. Dime cómo te l amas antes de que me enfade. –Mi nombre es Barnum, dije. La Sanguijuela abrió un cajón, sacó un cuaderno, dio un golpe con él en la mesa, y metió la cara entre las tapas. De repente se suavizó desde la frente hasta abajo, me miró más de cerca y habló con mayor suavidad aún. Eso es lo que digo. Los buenos son dudosos porque no paran nunca. –¿Barnum? ¿Podrías tú, Barnum, decirnos en qué parte del cuerpo se encuentra el bazo, Barnum? Era casi un récord. Un suplente de manualidades que tuvimos el año anterior consiguió decir Barnum cinco veces en una frase al pasarme un cepil o de carpintero. Hice como si nada. –El bazo –dije– nos ayuda a limpiar la sangre. Además, en el bazo es donde nos da el flato. La Sanguijuela aplaudió con mucho entusiasmo. Podría habérselo ahorrado. –Correctísimo, Barnum.
¿Puedes subir aquí, Barnum? Permanecí sentado. –¿Por qué?, susurré. –
Porque sabes mucho, Barnum. –No puedo –aduje–. Tengo flato. Pero la Sanguijuela se rió y escribió bazo con letras grandes en la pizarra. –
¡Barnum! ¡Ven aquí, Barnum! Me deslicé del pupitre y fui hasta su mesa.
La Sanguijuela me miró, y yo sabía que le estaban entrando ganas de acariciarme los rizos. No lo hizo. En lugar de eso, se puso el brazo a la espalda. Tuve la sensación de que todo iría fatal. Yo ya no era al revés.
Estaba del revés. En ese momento debería partir un puntero en dos, tirar
la tiza o volcar un tintero. Eso le habría gustado a Fred. Pero me quedé al í de pie sin hacer nada. Todos los de la clase se inclinaron sobre los pupitres con la mirada clavada en mí, algunos con la boca abierta, como si lo peor ya hubiera ocurrido. Me mareé. Dios había trazado un plan y yo formaba parte de él. –¿Dónde se encuentra el bazo?, preguntó la Sanguijuela. –A la izquierda –susurré–, junto al diafragma. La mano de la Sanguijuela volvió a aparecer y la puso sobre mi cabeza. Cayó en la tentación. No pudo contenerse. –¡Muy bien, Barnum! El bazo se encuentra justo debajo del diafragma. ¿Nos lo puedes mostrar, Barnum?
Incliné el cuel o. –¿Mostrar el qué? –Mostrarnos dónde se encuentra el bazo, Barnum. –Debajo del diafragma, repetí. –Sí, sí, Barnum, ya nos lo has dicho. Ahora tienes que enseñárnoslo. Me señalé el lado izquierdo. –
Aquí, susurré. Pero a la Sanguijuela no había quien la parase. Me agarró del jersey y empezó a tirar. –Enséñanoslo bien, Barnum. Y me di por vencido. Me levanté el jersey y la camisa. En ese instante, un suspiro recorrió el aula, un respingo, e incluso la Sanguijuela perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en la mesa. Eché un vistazo a mi bazo. Era la braga de mi madre. Era la fina braga rosa de mi madre. El encaje colgaba sobre mis caderas como un cinturón retorcido. Volví a bajarme la camisa y el jersey pero era demasiado tarde. Ya lo habían visto. Todos habían visto que l evaba la ancha braga de mi madre debajo de los pantalones, y nadie olvidaría jamás dónde estaba el bazo. En ese momento sonó el timbre. Fui lentamente hacia mi pupitre mientras el resto de la clase salía disparado del aula. No me apresuré. Si dejas pasar el tiempo, poco a poco todo se olvida, se ignora, se liquida. El tiempo fue la gran goma de borrar que pasó sobre mi vida. Fue mi único consuelo. Fue un consuelo pobre. Salí el penúltimo. La Sanguijuela seguía borrando la pizarra. La esponja estaba seca y dura. Se volvió hacia mí, triste y extrañada, ahora le tocaba a el a ser diferente, al revés. Las letras caían en forma de polvo blanco sobre sus dedos. No dijo nada. –Adiós, dije yo.
Cuando salí al patio, vi que toda la clase estaba esperando junto a los raíles del tranvía. Frené en seco y me fui corriendo hacia la otra entrada.
Al í estaba mi madre. Como si no hubiera sido suficiente, mi madre estaba al í, saludándome con la mano. Yo ya oía las risas en cada esquina de la ciudad, a lo largo de cada cal e, por encima de val as y a través de
zaguanes. Oía las risas en los canalones, en las alcantaril as y en las cloacas. La pasé de largo. El a me siguió. –Hola, Barnum. ¡Soy yo!
¿Acaso no lo sabía? ¿Acaso no sabría muy pronto todo el colegio que la madre de Barnum estaba esperando a Barnum, y que Barnum iba por ahí l evando puesta su braga? Mi madre se rió. –Vamos a comprarte zapatos, dijo poniéndome una mano en el hombro. Caminamos sobre hojas secas por detrás de la iglesia. –¿Tenemos que hacerlo?, susurré. –
Claro que tenemos que hacerlo. ¿No pensarás pisarles a las chicas los dedos de los pies? Mi madre se volvió a reír, estaba de buen humor, probablemente porque mi padre estaba en la plaza Valkyrien esperándonos. Llevaba un abrigo largo de color tostado que le estaba tan estrecho que a duras penas podía abrochárselo por la cintura. –Toca –
dijo, poniendo mi mano sobre su brazo–. Más arriba –musitó. Llevé la mano hasta su codo–. Hacia dentro –me indicó. Deslicé los dedos sobre el botón de arriba–. Un poco más abajo, susurró. Hice como me decía, entonces noté algo abultado en su bolsil o interior, y mi padre sonrió. –
Pelo de camel o –dijo, y sacó su abultada cartera–. ¡Ahora vamos a comprarte zapatos de baile! Y nos fuimos, yo en el medio, como una familia, a la zapatería Valkyrien. Haré la narración lo más breve posible, pues comprarme zapatos, y encima zapatos para bailar, no fue una tarea fácil. Lo que ocurre es que nací de pie. Tuvieron que meter dentro de mi madre unas enormes tenazas y retorcerme los brazos hacia abajo para que mi cabeza cupiera y no se enredara en el cordón umbilical. De ahí mis pes valgus. Por poco no acabo teniendo pes varus, y por el o debería estar agradecido, pero los pes valgus tampoco son una menudencia. Las plantas de nuestros pies se adaptan en todo momento al suelo sobre el que caminamos. Por eso se nos oye cuando nos acercamos. Nunca logramos escapar de nuestros pies. Mi padre fue el primero en entrar en la zapatería Valkyrien. –¡Zapatos para este señorito!, gritó, tan alto que todo el mundo pudo oírlo. El dependiente apareció inmediatamente, y no quitaba ojo a la abultada cartera de mi padre, mientras yo tuve que sentarme en una sil a baja y quitarme los zapatos viejos. Mi madre se puso la mano debajo de la nariz y sacudió la cabeza durante bastante rato. Los calcetines estaban doblados alrededor de los dedos de los pies, húmedos y exhalando sudor como una pesada nube. Mi padre se rió y dio al dependiente un anticipo de cinco coronas. Me probé diecinueve
pares. Tuve que pasar diecinueve veces por delante de un espejo colocado oblicuamente en el suelo. Tuve que dar diecinueve pasos de baile. Pero de nada sirvió. Los zapatos me estaban demasiado apretados, demasiado grandes, demasiado estrechos o demasiado anchos. Pensé en André, que se l evó veinte kilos de betún en el globo y pese a todo se cayó. Al cabo de poco rato, todas las personas que había en la zapatería Valkyrien, tanto los clientes como los empleados, estaban pendientes de mis pies, incluso había gente en la cal e que miraba por el escaparate a ese Barnum de pies planos, sus pies se habían convertido en el centro de atención del barrio de Valkyrien. El dependiente sudaba y respiraba hondo. Mi padre le dio otras cinco coronas. Entonces se presentó con su nombre completo y dijo: –No es el pie el que debe ajustarse al zapato.
¡Es el zapato el que ha de ajustarse al pie! ¡Viva la horma torcida!
Tuvimos que acompañarlo al almacén, que se encontraba detrás de la tienda. Al í había zapatos apilados hasta el techo. En mi vida había visto tantos zapatos. Por mucho que caminara, nadie sería capaz de gastar todos esos zapatos en el transcurso de una vida. Pensar eso me resultaba agradable y triste a la vez. El dependiente se subió a una escalera y bajó con un par de zapatos negros en los que muy solemnemente metió mis pies. Ni siquiera tuvo que usar el calzador, entraron como unos guantes suaves y amplios. –Este par de zapatos perteneció a Oscar Mathisen –
susurró–. Los l evó en el banquete que se celebró tras su victoria en el campeonato de patinaje de velocidad en 1916. Pero no son baratos. Mi madre miró a mi padre. Mi padre me miró a mí. –¿Qué tal te están?, preguntó. –Como un guante, contesté. Mi padre sonrió y fue con el dependiente a un rincón donde se pusieron de acuerdo en el precio.
Cuando por fin salimos de la zapatería Valkyrien a la l uvia que ya había cesado y que flotaba a lo largo de los raíles del tranvía, con los zapatos del mismísimo Oscar Mathisen en una caja, y yo creía que había pasado lo peor, excepto la propia Academia de baile, la culminación de lo que sería mi obra, mi padre levantó un brazo y gritó: –¡Y ahora, a Plesner!
Tomamos un taxi. Me dejaron sentarme delante, y mientras oía a mi padre hablar en susurros a mi madre, y esa risa que lo recorría a golpes cuando estaba de buen humor, me acordé de Susanne, y mi cuerpo se quedó hueco, y ese hueco, mi interior tan hueco, se l enó de más y más preocupación. Y ocurrió lo que me temía: detrás del mostrador de la
tienda Plesner se encontraba la misma dependienta que la vez anterior.
Al vernos me dio la mano. –¿Cómo está tu hermano?, preguntó. –Muy bien, me apresuré a contestar. –¡Cuánto me alegra oírlo! –Se enderezó y dio la mano a mi madre–. Es un buen chico, dijo. En ese momento comprendí que las mentiras siempre acaban volviéndose contra ti, las mentiras y los sueños vuelven, te encuentras con el os en la puerta disfrazados de cuidados, consuelo y verdad, porque el mundo no es lo bastante grande como para esconder en él un secreto. La mentira camina sobre zancos. El sueño se mueve iracundo mientras duermes. Mi madre me miró extrañada. Yo miré preocupado a mi padre, que por suerte ya había encontrado las plantil as más caras de todas, hechas a mano, cepil adas y barnizadas, una joya para el pie, y pudimos volver a casa. También tomamos un taxi, y otra vez me senté delante. –¿Tienes hambre?, preguntó mi padre. –No, contesté. –¿Pero estás l eno? –
Tampoco. Mi padre se desabrochó el abrigo. –Bien, bien. Pues has de estar nivelado cuando vayas a bailar. ¿Te he contado alguna vez lo que le pasó a Halvorsen de Halden? –Sí –repuse–. Der Rote Teufel. –Exacto.
Estaba desnivelado, se cayó y se mató. –Estás asustando a Barnum, dijo mi madre. Él se reía. –¿Estoy asustando a Barnum? –No, dije. Mi padre se inclinó entre los asientos, a punto de molestar al taxista. –Bailar es como estar en el trapecio, Barnum. Te lanzas de abrazo en abrazo. Hay que procurar no caerse entre las bel as señoritas y romperse el cuel o. Mi madre suspiró y mi padre se echó hacia atrás abrazado a el a. –Hoy empiezas en la segunda escuela más importante, dijo. –¿Y cuál es la más importante de todas?, pregunté. –La más importante es la escuela de la vida, Barnum. El colegio va en tercer lugar. Esfuerzo, baile y matemáticas. ¡Ése es el orden del ser humano!
Me estuve duchando hasta agotar el agua caliente, metí la braga en el cajón, me unté medio cuerpo de desodorante y cuando me miré en el espejo del recibidor, con los viejos pantalones de Fred, la americana, y los zapatos de Oscar Mathisen –resultaba extraño que un campeón del mundo de patinaje de velocidad sobre hielo tuviera un pie tan pequeño–, mi madre se puso detrás de mí y me peinó con movimientos lentos, casi perezosos. Nos miramos en el espejo. Oí a mi padre, que estaba tumbado en el diván, roncando como una rueda. Boletta se había
ido al Polo Norte a brindar por mí con cerveza negra y Fred estaba fuera, vagando entre las farolas. La sonrisa de mi madre era de las de preocupación. –Estás muy bien, Barnum. –¿De verdad? –Sí, todo lo bien que puedes estar. –Sí, todo lo bien que puedes estar, repetí. Se me ocurrió que era una frase muy lapidaria. Todo lo bien que podía estar, mejor no podía l egar a estar; había alcanzado mi tope y ese tope estaba por debajo de la media. Mi madre me metió el peine en el bolsil o y me dijo al oído: –¿Qué has estado diciendo de Fred en Plesner, Barnum? –
Nada. –Algo has dicho, porque la dependienta nos preguntó que cómo estaba. Reflexioné. Pensé en la orden de Fred, que yo era al revés, que yo tenía que ser una persona al revés. Yo mentía, pero podía ser verdad. –
Sólo dije que nació en un jodido taxi. Pero no hay que sentir pena por él por eso, coño. Mi madre me soltó. Eso le habría gustado a Fred.
Empezaba a recobrar la forma. –¿Qué estás diciendo?, susurró mi madre. –Que lo bautizó un jodido taxista. ¿Crees que no sé que por eso está tan mal del coco? Mi madre me dio una bofetada en la mejil a, e igual de rápido me acarició el cuel o de la camisa, como si los dos movimientos fueran uno, la bofetada y la caricia, la caricia como una prolongación de la bofetada, y descubrí que el reloj detrás de el a se había parado, porque hacía mucho tiempo que nadie metía dinero en el cajón, y las manecil as colgaban en las seis y media como dos finas alas muertas. Mi padre se levantó lentamente del diván del comedor, con la grasa saliéndosele por entre los botones de la camisa, apenas podía estar sentado, la tripa era un obstáculo para cualquier movimiento que hiciera. Levantó el brazo y me dijo adiós, como si estuviera a punto de subir a bordo del barco Bergensfjord para pelar patatas navegando hasta América, y desaparecer para siempre. Ojalá fuera así. –Suerte, Barnum –
dijo mi padre–. ¡Y saluda a las chicas de mi parte! «No, no lo haré, gordo de mierda», grité sin emitir sonido ninguno. Luego mi madre besó la mejil a que acababa de abofetear y dejó que me fuera. Caminando por Kirkeveien me pregunté cómo de despacio se podría andar antes de quedarse inmóvil. Si la luz de estrel as que se apagaron hace ocho mil ones de años aún no nos había l egado, tenía que ser posible tardar unas cuantas semanas en l egar a la Academia de baile. Me pareció ver a Fred sentado a la sombra de los escalones de la iglesia con una colil a encendida entre los labios y esa oscuridad reluciente en los ojos. Me
detuve y levanté la mano, no sabía si podía verme, pero tal vez estuviera sonriendo, porque no era del todo improbable que ya le hubieran l egado los rumores sobre todo lo que yo había hecho al revés ese día.
Incluso había provocado al mismo Dios. Esos pensamientos me animaron de tal manera que me fui corriendo para no l egar tarde a que me echaran de la Academia de baile, pero cuando estaba a punto de cruzar la plaza de Riddervold, de repente alguien me agarró y me metió entre los arbustos detrás de la estatua de Welhaven. Preben, Aslak y Hámster estaban encima de mí, aplastándome contra las hojas muertas.
–¡Sólo queremos ver lo que l evas debajo del pantalón, retaco! Yo intenté defenderme a base de golpes, pero no sirvió de nada, el os se reían aún más. –Qué pena que tu hermano no esté aquí, ¿verdad? –¿No vas a l amarlo? ¿O es que lo han encerrado? Me quitaron los pantalones de Fred y supongo que se l evaron una desilusión, ya que no encontraron ninguna braga con encajes, sino unos calzoncil os blancos con abertura para la picha y todo. –Has ido a casa a quitarte las bragas,
¿eh?, berreó Hámster. –No sé de lo que estás hablando, contesté.
Empezaron a darme patadas, pero sólo unas pocas y sin mucha alegría, nada más que unos vacilantes puntapiés en la tripa. En realidad fue lo mejor que podía haberme sucedido. Ahora podría decir que todos los que creían que l evaba bragas tenían alucinaciones, que habían sido hechizados por la suplente Sanguijuela. Tal vez incluso podrían golpearme lo suficiente para que tuviera que acudir a Urgencias, dejándome incapacitado para bailar en un futuro inmediato. –
Muchísimas gracias, cocos de coño, dije, abrochándome los pantalones.
Preben, Aslak y Hámster se miraron, sacudieron la cabeza, me enterraron en las hojas muertas y desaparecieron en dirección al parque Urra. Permanecí tumbado un instante, meditando. El mundo era un lugar extraño. Una cosa l eva a otra, pero nada está relacionado entre sí.
Explica la diferencia que hay entre músculo voluntario y músculo involuntario. Voluntario: está fijado a los huesos. Involuntario: trabaja independientemente de nuestra voluntad. Entonces el corazón ha de ser un músculo involuntario, y las manos y los pies están dirigidos por la voluntad, aunque también hagan cosas que nunca habían pensado hacer. Me levanté de la húmeda tumba, me vacié los bolsil os de hojas y gusanos y seguí el camino más recto hasta la Academia de baile de Svae.
El aire del ascensor estaba tan cargado de perfume y gomina, que a duras penas logró subir hasta el final. Permanecí de espaldas al espejo conteniendo la respiración. En el vestuario colgaban las trencas en fila.
Algunos incluso usaban chanclos. Desde otra sala me l egó una voz seca, pero no capté las palabras. Me quité el abrigo y fui de puntil as hacia donde se oía la voz, pero nadie puede pasar inadvertido en la Academia de baile la primera tarde de clase. La Svae se encontraba junto a una mesa sobre la que había un tocadiscos. Dejó de hablar en cuanto me vio, lo cual fue enseguida. No parecía un violín, sino un asta de bandera envuelta en una sábana negra. Los chicos estaban sentados en sil as duras a lo largo de una pared, como reos condenados a muerte, y las chicas en la pared de enfrente, con caras solitarias y maquil adas, como óleos en el espejo detrás de el as, y nadie se miraba porque todos me miraban a mí. –Bien –dijo la Svae en voz alta–, por fin l ega el último.
¿Cómo te l amas? No veía a nadie conocido. Hice una inclinación de cabeza. –Nilsen, dije en voz alta. Una risa recorrió la sala de sil a en sil a, una risa que se detuvo de repente cuando la Svae levantó el brazo. –
Siéntate –ordenó–. Y que sea la última vez que l egas tarde, Nilsen.
Estaba a punto de gustarme. No me preguntó por mi nombre de pila.
Me l amó Nilsen. –De acuerdo, Svae, dije y me senté en la sil a libre que había junto a la salida. Svae inspiró profundamente y se colocó en medio de la sala, entre las dos filas. Estaba muy claro que iba a soltarnos un discurso, por mí podía hablar todo el tiempo que quisiera. –En la sociedad culta –empezó–, el baile es la expresión de un ambiente alegre, una forma social en torno a la cual se reúne sobre todo la juventud. El baile anima el alma, refuerza el cuerpo y proporciona al bailarín equilibrio, una hermosa postura y un buen dominio de los miembros.
La Svae se paseaba lentamente por delante de las chicas, mientras los chicos agachaban la cabeza sin atreverse a levantar la mirada, porque el que en ese momento se echara a reír, estaría acabado en la Academia de baile de Svae, de eso no cabía duda. Me pregunté si debía echarme a reír ruidosamente para acabar con todo aquel o de una vez por todas, pero antes de que me diera tiempo a hacerlo, la Svae se volvió de repente hacia mí con el dedo índice levantado como un gancho torcido en el que podía colgar nuestros cuerpos, como si hubiera oído la risa antes de que hubiese salido de nuestras bocas. Dijo muy alto: –¡Pero en la fascinante
naturaleza del baile también están sus peligros! ¡Me refiero a la exageración! Por tanto, debéis recordar esto: una velada de baile debe empezar con modalidades de baile tranquilas y acabar de la misma manera. Siempre debe haber un intervalo de una hora entre la ingesta de alimentos y el comienzo del baile. Tras un baile cansado, uno debe andar un poco hasta que el corazón se tranquilice, y la actividad de la piel se haya asentado. Si uno tiene calor tras haber bailado, no debe acercarse a una ventana abierta o exponerse a corrientes, sino echarse una prenda ligera sobre los hombros, sobre todo si el traje es escotado.
Se volvió hacia las chicas escrutando sus vestidos. Algunas intentaron esconder sus hombros desnudos, que de repente se volvieron flacos y transparentes, como pequeñas alas puntiagudas. Nunca me había imaginado que el baile estuviera relacionado con tantos peligros. Boletta no había mencionado nada de eso. Pero la Svae no acabó ahí: –Conviene l evar vestidos de una tela ligera, vestidos que no se ajusten demasiado al cuel o, aunque tampoco resulta carente de peligro, repito, carente de peligro, l evar vestidos tan escotados como los que lamentablemente ahora se ven. La Svae se cal ó unos instantes para permitir que sus palabras penetrasen en nosotros. Y penetraron, las chicas se echaron a temblar, y el a se colocó en medio de la sala. –También debo advertiros con gran énfasis, que cuanto más se alarga en la noche el baile, más se reduce su provecho, y l ega un límite, un límite nefasto, en que el baile pasa a ser exactamente lo contrario, es decir, algo extremadamente perjudicial. La mayoría de los chicos y chicas estaban ya al borde del derrumbamiento. La Svae se puso a dar palmas. Sonó como cuando se cierran dos bloques de piedra. –¡Pero todo esto lo sabéis de antes! Ahora los chicos deben elegir, con tranquilidad y dignidad, una compañera de baile, y empezaremos por las posturas y movimientos de manos más elementales. ¡Adelante! Ahora se libraría la batal a. Ése era el cruel momento de la verdad. Se hizo el silencio, las chicas miraban fijamente al suelo y los chicos estaban listos para el ataque, congelados de miedo y sudor, y del repentino frío de los sueños. El mundo estaba expectante.
Yo concentré todos mis pensamientos, todas mis fuerzas, en el último y decisivo acto al revés. Entonces los chicos se levantaron y se lanzaron a atravesar la sala. En algunos casos, varios habían elegido a la misma chica, y esas chicas, las más guapas, las mejores, disfrutaron cada
instante de la lucha, sonriendo cuando incipientes peleas tenían lugar delante de sus sil as. Pero la Svae intervenía antes de que la cosa fuera a más. Pronto la mayoría había encontrado a su compañera. Había más chicas que chicos, y las que se quedaron sentadas solas y abandonadas, las menos guapas, las feas, las gordas y las tontas, bajaron aún más la cabeza, de vergüenza y desesperación, ciñéndose los vestidos como si eso pudiera ayudarlas; no, nada podía ayudarlas, eran heridas abiertas, eran las rechazadas muertas, las primeras en caer en la sangrienta batal a de la Academia de baile. Yo me reconocí en el as.
En ese momento avisté a un tío que se movía lentamente entre las parejas, camino de una de las chicas sobrantes. Daba la impresión de cierta firmeza, pero a la vez parecía perezoso, tal vez porque era regordete y arrastraba los pies porque no le daba la gana levantarlos. Su americana estaba arrugada y l evaba la raya en medio. La chica hacia la que se dirigía se enderezó, y vi que era guapa a pesar de todo, de una manera frágil, como si estuviera a punto de desmoronarse. O tal vez es como la veo ahora con los recuerdos obsoletos y las imágenes retocadas en el líquido de la distancia. Aún la veo, esa hermosa rechazada que levanta la mirada y nos ve a los dos, al chico que está delante de el a, y a mí, que me estoy acercando. Pero no fue a el a a quien me acerqué corriendo. En lugar de a el a, saqué a bailar al chico que estaba a punto de inclinarse ante el a, y el chico lento y regordete se volvió asombrado hacia mí y apretó los ojos. –¿Qué?, susurró. –¿Quieres bailar?, repetí, agarrándolo y l evándolo hasta la pista. –Suéltame, gritó. Pero no lo solté. Lo tenía bien agarrado y di unos pasos. –¡Suéltame, asqueroso enano!, gritó. La chica sentada junto a la pared se había levantado. Y de pronto se hizo el silencio y todo el mundo nos miraba. Entonces culminé mi obra al revés. Me estiré y lo besé en la mejil a. Él me pegó en el ojo. Y justo en ese instante noté el gancho de la Svae en la nuca, y su voz que penetraba como un clavo en mi oreja. –¡Fuera de aquí! ¡Fuera de mi pista de baile, y no se te ocurra aparecer jamás por aquí!
Así fue como conocí a Peder. Así fue como conocí a Vivian. Así fue como nos conocimos.
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