El hermanastro

Lars Saabye Christensen · Capítulo 42 de 46

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El hermanastro

Posos

Estoy solo cuando me despierto a la mañana siguiente. Sigo cumpliendo la promesa que le hice a mi madre por mi hermano. Hay una nota en la mesil a de noche. Vivian escribe que tiene una revisión médica y que podemos vernos delante de la iglesia. Son las diez y cuarto. El funeral es a la una. Veo que hay sol, una baja luz otoñal entre los árboles sin ramas.

Habría sido mejor con l uvia. Me levanto y me ducho. Vivian ha recogido casi todo del armario del baño. Sólo queda lo imprescindible: un champú, algo de perfume, una lima de uñas, crema para la piel, maquil aje, almizcle, un cepil o de pelo, media botel a de vodka y pasta de dientes, casi todo mío. Cierro el armario. Hace mucho que no me miro en el espejo. Ahora lo hago. El vapor se desvanece, como si alguien me quitara un velo de la cara. ¿Me he quedado estancado a los ojos de Fred como él a los míos? ¿También mi tiempo acabó aquel a mañana en la cocina de Kirkeveien en que me tocó y se marchó? ¿Es así como me ha recordado desde entonces, como Barnum, el hermano menor bajito? Al pensarlo, noto una carencia tan profunda que tengo que apoyar la frente en el espejo y tomar aliento. Ojalá pudiera decírselo: –Yo me las arreglé, Fred. ¿Y tú? Vuelvo a abrir el armario y miro la botel a. Está sin abrir. La botel a es una promesa aún no rota. Hoy quiero darle una alegría a mi madre. Pero no encuentro mi viejo traje, el traje de mi padre. Abro las cajas de cartón de la agencia de mudanzas. Tampoco está. Bajo al sótano. Nuestro trastero está al fondo, detrás del lavadero colectivo. La puerta no está ni siquiera cerrada con l ave. A veces entran a dormir los vagabundos del parque, al calor del armario de secar la ropa. Al í no hay nada que robar, sólo las cosas que Vivian pretende tirar o regalar a alguna institución benéfica, un par de esquís astil ados de madera, ropa pasada de moda hace mucho tiempo, los zapatos de plataforma, una lámpara de pie con pantal a a cuadros, botel as vacías. El traje está colgado dentro de una bolsa de plástico transparente. Llevo mucho tiempo sin usarlo. Lo bajo del gancho de la pared, y entonces descubro

algo: la maleta. Es la vieja maleta del director Mundus que mi padre l evaba al doblar la curva y que yo heredé, y luego presté a Fred cuando se escapó. Me la ha devuelto. La levanto. Sigue siendo igual de ligera pero está más usada. Tiene la correa partida. Tomo la maleta, como si ahora me tocara a mí marcharme. La abro. No hay ningún aplauso dentro. Está vacía. El forro se ha desprendido y cuelga en jirones arrugados. Ha sido un largo viaje. No lo entiendo. Dejo la maleta en el trastero y subo la escalera a toda prisa. Me he dejado la l ave dentro. Me quedo mirando fijamente la puerta. La placa está cubierta por una capa mate, como si nuestros nombres estuvieran grabados en niebla, casi invisibles. Lo sé. Él ha estado aquí. Tal vez haya dormido en el sótano.

Ha visto mi rostro. Ha visto el tiempo que ha transcurrido. Nos ha visto.

¿Por qué no se ha dado a conocer? ¿No se atrevió? De repente tengo otra sospecha que no me atrevo ni a terminar de formular, pero me resulta imposible detenerla, es como una locomotora dentro de mi cabeza.

¿Cuándo estuvo aquí? Oigo a alguien. Es la vecina. –Tú eres el que me roba el periódico, dice. Me desvisto. La vecina se apresura a meterse de nuevo en su casa. Me pongo el traje y tiro la ropa que l evaba al conducto de la basura. Voy a la iglesia de Majorstuen dando un rodeo por Blåsen. Al í me detengo. La fría luz hace que todo se acerque más.

Pienso: «¿Es ésta la última escena de El hombre nocturno?» Me enciendo un cigarril o y vomito. Al acercarme a la iglesia veo a mi madre y a Peder sentados en el banco debajo del reloj y de la hiedra roja. Se levantan en cuanto me ven. Mi madre está impaciente y nerviosa. Me besa en la mejil a, pero sospecho que sólo quiere averiguar si he bebido. Peder me rodea los hombros con el brazo. –Ese ático es impresionante, dice. Y

entramos en la iglesia. Una pareja del Ejército de Salvación está sentada en la última fila. Veo al portero Bang y reconozco algunas caras del colegio, el secretario se ha sentado cerca de la salida, también está al í Bente Synt, mi mal augurio, pero ese día no puede ya ser peor. –Esto va bien, susurra mi madre. Me siento entre Vivian y Boletta en el primer banco. Se cierran las puertas. Boletta pone su mano frágil y l ena de manchas en mi regazo. –Gracias a Dios que no hay aquí ningún pastor, dice. Mi madre la hace cal ar. El organista toca. No conozco la letra del himno. Vivian mira fijamente hacia delante. Tiene la boca cerrada y las mejil as chupadas. Donde debería estar el ataúd hay una sil a, y encima

de el a, muchas coronas y ramos de flores. En una de las cintas de seda pone: «Gracias. Vivian y Barnum.» Mi madre se levanta y pronuncia unas palabras. No las capto del todo. Tengo constantemente esa locomotora dentro de la cabeza, no se detiene. Me inclino hacia Vivian.

–Esto es sólo la solución número dos, susurro. Noto que se inquieta. –

¿La solución número dos? ¿Qué quieres decir? –Lo mejor habría sido que lo hubieran encontrado muerto, ¿no? Mi madre me mira. Sonríe.

Está guapa con el vestido negro que no se había puesto desde que murió mi padre. Ha l egado mi turno. Voy a pronunciar unas palabras en memoria de Fred. Me coloco delante de las flores y de la sil a vacía, de espaldas a los congregados, no sé cuánto tiempo permanezco así, pero cuando me vuelvo, veo que la iglesia está completamente l ena, no queda ni un solo asiento libre. Y me recuerda de repente el estreno de Hambre. Ahora es Fred quien ha sido eliminado durante el montaje. Mi madre se ha sentado al lado de Vivian. Peder está detrás de el a. Oigo música, la locomotora de mi cabeza ha traído esa canción, es Morricone, de Érase una vez en América. Empiezo a hablar. –Siempre he soñado con que Fred volvería, exactamente como Robert de Niro en la estación de ferrocarril de Nueva York. Y cuando le preguntemos qué ha hecho durante todos estos años, él no va a contestar: «Me he acostado pronto», sino: «Os he estado viendo a todos.» Hago una pausa. Peder sonríe, él me comprende, se inclina hacia Vivian y le sopla en la nuca. Mi madre sigue a la expectativa, inclinada hacia delante, lista para detenerme en cualquier momento. Boletta la tiene sujeta por el brazo. Estando al í, junto a la sil a vacía, frente a todos esos rostros blancos y cal ados, me convierto de nuevo en el soñador, el soñador Barnum. Me imagino a mí mismo desaparecido, muerto; me he ahogado en los canales y mi cadáver flota en lentos remolinos hacia el fondo. Por fin consigo soñar mi propio entierro, es a mí a quien han venido a rememorar en la iglesia de Majorstuen, y puedo echar una última mirada a la gente que voy a abandonar, y sé que me habrán olvidado en cuanto salgan por la puerta al verano de Fagerborg. Esa imagen me resulta tan emotiva que los ojos se me anegan y tengo que secarme una lágrima. Mi l anto es contagioso.

El l anto es mi mensaje. Cuando me ven así, emocionado hasta el punto de l orar, también el os se echan a l orar, todos excepto Vivian y Peder.

Creo que Boletta se ha dormido, bendita sea, pero mi madre tiene el

pañuelo en la mano y me hace un gesto afirmativo con la cabeza varias veces, contenta, aprobadora, estoy cumpliendo lo que le había prometido por mi hermano. –Una noche, Fred trajo a casa un ataúd, digo en voz alta. Mi madre está de nuevo vigilante y Boletta se despierta.

Me toca a mí cerrar los ojos. Soy el soñador que sueña marcha atrás. –

Tal vez supiera lo que iba a venir después. Quizá fuera un flashforward, como se l ama en mi profesión. Porque hoy no tenemos aquí ningún ataúd, lo único que tenemos es un recuerdo, y ese recuerdo no es más que una imagen multiplicada por el tiempo. Peder levanta el pulgar. Mi madre está nerviosa. Tengo ganas de sentarme en la sil a de Fred, pero no lo hago. Y una vez más me parece ver a Fleming Brant: está junto a la pila bautismal, las manos le gotean, mueve la cabeza y camina por el pasil o central con el rastril o al hombro, tan despacio que no desaparece nunca. –El primer recuerdo que tengo de Fred es cuando nos escondíamos debajo de la mesa del salón a escuchar a nuestra bisabuela leer en voz alta la carta de nuestro bisabuelo. Aún la recuerdo de memoria: «Mientras estábamos en el hielo cazábamos a menudo focas y matamos a muchas. Había que pegarles el tiro cuando estaban tumbadas tomando el sol en el hielo. Cuando se meten debajo del agua son difíciles de capturar.» Tengo que hacer otra pausa. Bajo la mirada. Me encuentro en medio de ramos y coronas. Puedo terminar ya. No lo hago. Digo: –Cuando el cazador encuentra una huel a no la persigue, sino que la sigue hacia atrás, hasta el lugar de donde viene el animal. Mi madre está a punto de levantarse. Boletta la sujeta. Vivian mira hacia otro lado. Peder no me quita ojo. Reina el silencio en la iglesia de Majorstuen. Ahora soy yo quien rastril a la arena a lo largo de nuestras huel as. Elevo la voz. –Y las últimas palabras de Fred también se han tomado de esa carta, que es la historia de nuestra familia, la historia de la que partimos y a la que siempre volvemos, entre el hielo y la nieve.

Tengo que pasarme el dorso de la mano por la mejil a y hacer una pausa.

Me da tiempo a pensar que la vida, en su mayor parte, consiste en esperar, esperar a alguien, esperar algo diferente. Nos hemos reunido aquí con el fin de dejar de esperar. Leo en voz alta las palabras que estaban en el bolsil o de Fred: –«Tú preguntas, pero yo no sé nada de la muerte, porque sólo conozco la vida; sólo puedo decir lo que creo: o la muerte es el fin de la vida, o sólo la transición a otro modo de vivir. Y en

ambos casos no hay nada que temer.» Me vuelvo hacia mi madre. Ha juntado las manos. Y en voz baja pronuncio la última frase, la que Fred quizá olvidara, puede que nadie la haya oído, a mí me parece la línea más bonita de la carta, las palabras del sabio Odark, recalcitrantes y l enas de amor, las palabras que el joven Wilhelm hizo suyas al escribirlas en la carta a su amada, sin saber que iban a ser el final de su historia, y hago esas palabras de todos: –«¡Y, sin embargo, me resisto a morir ahora, que me parece tan hermoso vivir!» Mi madre se levanta y cuelga en la sil a la vieja chaqueta de Fred, la chaqueta de piel de melocotón; es como si él acabara de estar sentado al í, en una clase, y lo hubiesen expulsado al pasil o o hubiera salido a mear. Y en ese instante comprendo también que la espera ha mermado el juicio de mi madre.

¿Cómo va a soportar ahora esa vacía añoranza, esa chaqueta que ya no sienta bien a nadie? Quiere que vuelva al banco. –Basta ya, Barnum –

susurra–. Lo has hecho muy bien. Pero yo me quedo al í, de pie junto a la sil a de Fred; no he acabado, y ese silencio que sólo está fuera de mí, se hace más grande y profundo. Fred nunca me ha parecido más vivo que en ese momento. –El tiempo nos gasta una broma, digo en voz alta, tal vez gritando. Y bajo la voz. Mi madre se ha detenido. –El tiempo tiene muchos espacios –susurro–. Y todo puede suceder al mismo tiempo, en todos los espacios, en este momento. –Me siento en la sil a de Fred–.

Fred me enseñó a no dar nunca las gracias. Pero hoy hago una excepción. Hoy digo muchas gracias, porque Vivian por fin va a tener un hijo. Peder se endereza y abre la boca, pero en lugar de decir algo, se ríe, y oigo la risa sorprendida de Peder l enar la iglesia de Majorstuen.

Voy hacia Vivian y la beso sin que el a pueda hacer nada por evitarlo.

Luego estamos en la entrada. Los últimos en salir nos saludan en silencio. Vivian me mira furiosa, pero también está aliviada porque pronto no va a poder ocultarlo. –Tenemos que celebrarlo, dice mi madre, a punto de l orar. Pues sí, ahora podemos celebrar y guardar luto, una habitación está tapizada de negro, y la otra l ena de sol, pero no sabemos en cuál de las dos habita la alegría. –Sólo voy a buscar una cosa, susurro. Cruzo Kirkeveien y me meto en el quiosco. En el armario de los refrescos he escondido dos botel as: el aguardiente oscuro es para olvidar y el claro, para recordar por qué bebes. No vuelvo con los demás.

Pueden esperar todo lo que quieran. Me meto las botel as en el bolsil o,

trepo la verja y salgo por detrás. Voy a la pensión Coch. Tienen una habitación libre, la 502, en el último piso, la vieja habitación de mi padre. Pido la l ave y subo corriendo por la escalera. Las cortinas están echadas. La bombil a crepita cuando enciendo la lámpara del techo. –

¡Fred! –grito–. ¡Fred! ¡Sé que estás aquí! Todo está en silencio, sólo se oye el crepitar de la bombil a, como si la luz estuviera a punto de apagarse. Vuelvo a gritar su nombre. –¡Fred! ¡Sal, cobarde! ¡Sé que estás aquí! Tiro una sil a. Abro un armario y oigo las perchas caer sobre mí, grito. –¡Cabrón de mierda! ¡No vas a poder esconderte! Hay alguien en el pasil o pidiéndome que baje la voz. Cierro la puerta y empiezo a beber.

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