El hermanastro

Lars Saabye Christensen · Capítulo 20 de 46

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El hermanastro

La regla de Barnum

No digo cuánto mido. Lo pone en las fichas del médico escolar. Mi altura ha sido medida por el marco de la puerta de nuestro cuarto. Está escrita en mi pasaporte. Pero tengo los ojos azules, no marrones. Sólo heredé de mi padre la estatura. No crecí más. Hasta aquel día en que me maldijo el policía en la Pequeña Ciudad en presencia de toda mi clase, no me distinguía gran cosa del resto salvo por los rizos, que querían acariciar las señoras mayores en los quioscos y en los tranvías, pero desde ese momento empecé a retrasarme, me estanqué, y los demás crecían a mi alrededor, crecían y crecían como un bosque desbocado, mientras yo me quedaba abajo, en el fondo, entre el musgo y las agujas de las coníferas, atrapado para siempre en mis escasos centímetros.

Teniendo en cuenta que el crecimiento es mayor durante los primeros años de vida y que luego se frena hasta que sólo se crece una fracción de un centímetro al acercarse a los treinta, para luego comenzar a encoger, mis expectativas eran más bien pobres. Poco me consuela que el corazón siga creciendo hasta el último momento. Tampoco me consolaba mucho saber que al menos superaba la estatura mínima para poder enrolarse en el ejército romano unos 200 años antes de Cristo, que era 1,51. Incluso las chicas me pasaron, con sus piernas largas y sus cuel os rectos. Yo no merecía ni una mirada. Cuando alguna rara vez me miraban, miraban hacia abajo, directamente en vertical, y creo que les gustaba poder mirarme desde arriba, porque entonces yo tenía que mirarlas a el as hacia arriba. ¿Para qué sino para eso iban a emplear su repentina altura? A mí me han l amado champiñón, canica, pulga, piojo, enano, pigmeo, manopla, retrasado, deshol inador y paréntesis, como si mi propio nombre no fuera ya bastante pesado de l evar. Recuerdo una vez que iba del colegio a casa. Era el mes de octubre. Llovía, claro que l ovía. Por suerte no tenía que usar botas altas de l uvia, porque me l egaban más o menos hasta la ingle. Me negaba en redondo a l evar paraguas o gorro de hule. Sólo tenía un chubasquero corto y amaril o, lo

cual significaba que me mojaba. No me importaba. Notaba que los rizos, esos rizos que odiaba, pero de los que no podía librarme, se aplastaban colocándose alrededor de mi cabeza, tal y como debe colocarse el pelo. Me gustaba la l uvia. Siempre me ha gustado la l uvia.

El sol es un rol o. El sol te persigue. En la l uvia puedes descansar entre gota y gota. Di un lento paseo por el parque Urra. Solía detenerme junto a la iglesia e inclinarme sobre la barandil a para mirar el tranvía cuando pasaba por debajo. A veces me saludaba alguien que iba atrás, en la parte de fuera. Entonces yo también saludaba. Era un lugar bastante bueno para mirar hacia abajo, mirar hacia abajo a alguien, y saludarlo a la vez con la mano. Ese día no había ni un solo pasajero en la parte exterior del tranvía. Yo saludé de todos modos y pensé en todo lo que uno hace y nadie ve. Y cuando cerrabas los ojos, ¿cómo podías estar seguro de que no desaparecía todo al instante y volvía a crearse en el momento de abrirlos? ¿Era así como Dios había creado el mundo, parpadeando? ¿Y si Dios se cansara y cerrara los ojos de una vez por todas, o si empezara a aburrirse y se durmiese? Eso pensaba apoyado en la barandil a bajo la l uvia. Si Dios ya había decidido todo de antemano, ¿para qué molestarse entonces? En ese caso, nada importaría lo que se hiciera, las cosas saldrían como tenían que salir. Por cierto, Fred había empezado a ir a un colegio en el centro. Tal vez Dios tuviera algo que ver en eso también. Los profesores decían que Fred era tonto y que por eso tenía que estar en una clase especial en el colegio de chicos de la cal e Stenersen, en la línea F, pues eso, la línea F, apta para chicos que de una manera u otra se habían mostrado retrasados en la básica, y algunos decían que esos chicos tenían tan atrofiado el coco que ni siquiera encontraban el camino al colegio de chicas de la cal e Osterhaug, aunque se les diera brújula, mapa y se les acompañara medio camino. Podían decirse muchas cosas de Fred, pero tonto no era, y eso debería haberlo sabido al menos Dios. Pero había algo de las letras que no se le daba nada bien. Hablaba correctamente, pero sobre el papel se le mezclaba todo. A veces convertía su nombre en Ferd, y al principio todo el mundo se reía. Una vez escribió Branum en mi regalo. A mí me gustó mucho.

«Para Branum.» No me hubiera importado l amarme así. Fred podía l amarme Branum siempre que quisiera. Fue el mejor regalo que he recibido jamás, una auténtica máquina de escribir. Pero pronto se

acal aron las risas, sólo yo seguía riéndome, y cuando Fred escribía Ferd y leía Peer Gnyt de Bisen, en lugar de Peer Gynt, recibía un cachete de su tutor que podía oírse hasta en el cobertizo al otro lado del patio, y todos los que lo oían se l evaban la mano a la mejil a como queriendo atenuar el dolor ajeno. El colegio decidió que Fred era lo suficientemente tonto como para compartir clase en los bajos fondos de la cal e Stenersen con los idiotas de la ciudad, con los que ya tenían el sel o de retrasados, imposibles y sin esperanza. Lancé un escupitajo a los adoquines y entonces oí a alguien acercarse entre gota y gota, mucho antes de que el escupitajo aterrizara en el suelo. Abrí los ojos y me volví. Lo sabía. Era la pandil a de la ventana del séptimo, Aslak, Preben y Hámster. Sonreían de un modo siniestro, sus risas estaban l enas de dientes, y no podía dejar de pensar que si no hubiera cerrado los ojos, aquel o jamás habría sucedido.

Subió el volumen del sonido, el chirrido del tranvía en la curva cerrada detrás del colegio, los árboles que crujían en la l uvia, l antas de coches rozando el asfalto mojado, como largos suspiros por toda la ciudad, y el escupitajo, que aterrizó con un estampido en la cal e Holte.

–¿A dónde vas, chico? –A casa, susurré. –¿A casa? ¿Estás seguro? Asentí con la cabeza. –¿Completamente seguro? Volví a asentir con la cabeza. –

¿Quieres que te acompañemos?

De repente empezaron a repicar las campanas de la iglesia, por alguna razón repicaron las campanas de la iglesia. Tal vez alguien hubiera olvidado su propio entierro con la l uvia. Los pájaros abandonaron los tejados. Yo tiritaba de frío como un tulipán. Aslak, Preben y Hámster se acercaron, se inclinaron sobre mí, husmearon mi cara como perros locos, y tuve que volver a cerrar los ojos esperando a que me mordiesen, a que me mordiesen como perros, o a que el mundo se derrumbara y desapareciera en ese instante. Habría sido lo mejor. –

¿Qué os dije? La cara de este tío huele a coño. Abrí los ojos lentamente.

Ya no sonaban las campanas. El os se taparon la nariz y retrocedieron. –

La cara te huele a coño. ¡Qué asco! Aslak volvió a inclinarse sobre mí, estuvo a punto de darme un cabezazo, y retrocedió. –¿Estás seguro de que no es a pol a a lo que huele? –Seguro que a las dos cosas. La cara le huele a pol a y a coño.

Se quedaron mirándome. La barandil a se me estaba clavando en la espalda. Al cabo de un rato se miraron entre el os y susurraron algo. Eso era peor. Significaba que no se irían. Aslak se rió. –¿Y qué tienes en la cartera, coñito? ¿Limpiaboquil as o bragas para tus narices? No tenía mucho sentido contestar. Me arrancaron la cartera, la abrieron y la vaciaron por encima de la barandil a: el estuche, el cuaderno de geografía, la goma de borrar, medio bocadil o de salchichón, el libro de Salud e Higiene, la regla, todo flotaba en la l uvia y aterrizó en los adoquines de la cal e Holte, entre los relucientes raíles del tranvía.

Entonces volvieron a colgarme la cartera y cada uno de el os me dio una palmadita en la cabeza. –¿No dijiste que ibas a casa, gancho? Eché a andar. Gancho era una palabra que no había oído antes. El os me siguieron. No decían nada. Eso era casi lo peor. Simplemente me seguían y yo no podía sino continuar andando, cruzar la cal e Bogstad, pasar por delante del cine de Rosenborg, donde acababan de quitar el cartel de la vieja película, Days of Wine and Roses y aún no habían puesto el de la nueva, estaban entre dos sesiones, y el taquil ero se l evó a la ventanil a un montón de estropeadas fotografías de Jack Lemmon y Lee Remick. Estaban entre dos sesiones, yo caminaba en la oscuridad, con Aslak, Preben y Hámster pisándome los talones, y por dentro de la camisa colgaba una gota que se me pegaba en la parte inferior de la espalda como un sel o de correos. ¿Acaso no lo recuerdo? ¿Acaso no recuerdo el número de pasos que hay desde la iglesia de Uranienborg hasta el parque Sten una l uviosa tarde del mes de octubre, cuando alguien te persigue y tu hermano acaba de empezar en un colegio en la parte incorrecta de la ciudad? Hay 634 pasos. Echaba de menos a Fred.

Aquel o no habría sucedido si él no se hubiera hecho tanto lío con las letras y escrito mal su nombre. Y a pesar de todo, acudió. Fred salió del urinario de la cuesta. Llevaba un cigarril o en una mano y con la otra estaba abrochándose la bragueta, al í estaba él, mojado y flaco, con esa elegante chaqueta de piel de melocotón, oscurecida por la l uvia. Oí que los pasos se detenían detrás de mí. Fred se metió el cigarril o en la boca y aspiró profundamente hasta que la ceniza casi le quema el labio, luego escupió la colil a, que continuó ardiendo en la l uvia. No dijo nada. Se limitó a mirarme. Nadie dijo nada. Yo estaba en el centro. Luego levantó la mirada, y miró por encima de mi hombro más al á de mí, duró tal vez

un segundo, no más de un segundo, pero fue como si el tiempo se ensanchara en ese segundo, como una gota tenaz debajo de un grifo oxidado. Ahora todo podía pasar, yo me quedé quieto entre Fred y la pandil a de la ventana del séptimo, y entonces oí que dieron la vuelta y se marcharon, porque nadie era capaz de aguantar la mirada de Fred, había en sus ojos una oscura tranquilidad que nadie podía soportar, y Aslak, Preben y Hámster se arrastraron por la pared al otro lado de la cal e, como los perros que eran. Aslak se volvió cuando ya estaban lejos, y cerró el puño diciendo algo, pero eso fue todo. –¡Perros!, les grité.

Resulta curioso pensar que cuando empecé a leer las esquelas del periódico para ver cómo les iba a mis viejos conocidos, sentí una gran nostalgia la mañana en la que vi el nombre completo de Preben entre el as. Tenía sólo cuarenta y un años, y noté como una conmoción por dentro, una pesada nostalgia, aunque él sólo había sido una molestia y una peste. Aslak había escrito su necrológica, en la que elogiaba el sentido de la justicia de Preben, su lealtad y también su desarmante sentido del humor. Había hecho una buena carrera en el sector turístico, con el l amado turismo de aventura, y murió de un modo absurdo al saltar desde una roca en la parte interior del fiordo de Oslo. Aslak también tuvo palabras cariñosas para Pernil e, la mujer de Preben, y para su hija. El propio Aslak era asesor jurídico de la misma empresa, que quebró tras la muerte de Preben. Hámster, por su parte, había emprendido su muy particular viaje de aventuras hacia el interior de su propia cabeza, donde se perdió. No volvió del todo después del último chute. Alguna vez lo veía por la ciudad. Pedía dinero para comer. Yo solía cambiarme de acera. –¡Perros! –volví a gritar una vez más–. ¡Si supiérais!

Fred pisó la colil a en la hierba mojada y se acercó. –¿Todo va bien, Barnum? –Bueno. ¿Sabías que me seguían, Fred? –Sólo he venido a mear. Has tenido suerte, pequeño. Tragué saliva. Se me había estrechado la garganta. –Me vaciaron la cartera, susurré. –Podría haber sido peor, dijo Fred; al parecer, estaba empezando a aburrirse. Lo agarré del brazo.

–Dijeron que la cara me olía a coño. –¿Que te olía a coño? Tampoco es para l orar. ¿Vale? Asentí con un gesto. –No estarás l orando, Barnum.

Negué con la cabeza. –Porque si l oras, no me da la gana estar aquí

contigo. –No estoy l orando, Fred. –Bien, Barnum. Retiró el brazo. –

¿Qué habrías hecho si me hubieran dado una paliza? pregunté. –No te lo digo, Barnum, porque si te lo digo, no vas a poder dormir esta noche.

Me reí de buena gana y Fred se volvió y encendió otro cigarril o. Yo pensé que se estaba cabreando conmigo por reírme, y quise repararlo diciendo algo que tal vez le gustara. –Entonces a el os les habría olido la cara a coño –dije–. Después de lo que les hubieras hecho, quiero decir.

Fred se encogió de hombros. Al parecer no estaba cabreado, sólo daba la espalda al viento para conseguir encender el cigarril o. –¿Dónde vaciaron tu cartera? –Junto a la iglesia, contesté. Fred volvió a mirarme.

–Quítate esa sonrisa de la cara antes de que te la quite yo. Pareces idiota.

Me pasé rápidamente el dorso de la mano por la boca. Fred me sopló humo a la cara y gimió. Estaba a punto de estal ar, podía verlo en sus ojos, esa oscura tranquilidad empezaba a moverse como aceite en el agua, tenía que decirle algo que lo pusiera contento. –¿Leemos la carta esta noche?, pregunté con mucha cautela. Fred miró hacia otro lado. –

Puedo leer en voz alta, si quieres, Fred, dije en voz aún más baja.

Entonces me puso la mano en el hombro, y fue tan sorprendente que casi l oré de felicidad, pero no creo que él lo oyera, pues me acompañó hasta la cal e Holte, y al í recogimos los tristes restos de mi cartera. El cuaderno de geografía se había desintegrado, hoja tras hoja desaparecieron flotando en la l uvia, Turquía, Egipto, Japón, América, las tierras polares, los continentes, nadaban en todas las direcciones.

Encontré las páginas del examen sobre Groenlandia, en el que me pusieron un sobresaliente. La letra casi había desaparecido, pero recordaba lo que había puesto. Los icebergs pueden l egar a tener hasta cien metros, pero las partes que quedan bajo el agua son nueve veces más grandes. El medio bocadil o ya era objeto de disputa de las urracas.

El estuche había sido arrol ado por el tranvía al menos tres veces. La regla se había roto y el libro de Salud e Higiene podía escribirse de nuevo. –Creo que yo también voy a vaciar mi cartera un día de estos, dijo Fred, y echó a andar hacia casa mientras yo corría detrás. Fred siempre iba delante y yo tenía que correr con mis pies planos para poder seguirle. –¿Qué tal el nuevo colegio?, pregunté. –Cojonudo. Todos los tontos en el mismo sitio. –Tú no eres uno de el os, Fred. –¿Uno de quiénes? –De los tontos, Fred. Tú no eres uno de el os. Se detuvo justo

delante del cine Rosenborg, junto a las vitrinas vacías donde pronto colgarían nuevas fotos de estrel as. Me miró fijamente, pero no dijo nada. Volví a sentir miedo. –¿Qué película crees que van a poner, Fred?

–Una a la que no te dejen entrar, contestó. El taquil ero estaba en el vestíbulo mirando por las puertas. Tal vez quería comprobar si seguía l oviendo, porque de repente abrió un paraguas y el montón de fotografías se le cayó al suelo. –¿De quiénes soy uno?, preguntó Fred. –

¿Qué has dicho? Fred se me acercó mucho. –¿De quiénes soy uno? No supe qué decir. De nuevo se le veía aquel o en los ojos, lo más oscuro. –

Puedo ayudarte con las letras, susurré. Fred me empujó contra las vitrinas con tanta fuerza que el vidrio tintineó. De repente estaba gritando. –¡No soy uno de nadie! ¿Lo entiendes? –Me pasó un dedo por la frente y luego por la mejil a–. ¡Joder, la cara te huele a coño! Luego se fue inclinado por la acera, como queriendo engañar a la l uvia, y en ese momento salió el taquil ero. –Pero por Dios –dijo–. ¿Es que quieres tirarme el cine? –No, claro que no, susurré. Quise marcharme, pero el taquil ero me retuvo. –¿Estás bien, chico?, preguntó. –Sí, gracias. Se inclinó hacia mí. –¿Quieres un bocadil o? –No, gracias. Pero él era tan bueno que me empujó dentro del vestíbulo, donde el linóleo era tan resbaladizo que estuve a punto de caerme por las escaleras; entonces el hombre me tomó del brazo y seguimos andando hasta que l egamos a un cuarto estrecho detrás de la sala de proyección, donde había una gran máquina que salía de un nicho de la pared, y en el suelo un montón de cajas redondas de metal con títulos en inglés. Days of Wine and Roses.

Hacía calor y no olía muy bien. Luego resultó que el hombre no sólo era el taquil ero, sino también el maquinista. Era él quien proyectaba la película, sin él la pantal a habría colgado en la oscuridad como una pesada y ancha cortina enrol able delante de una ventana al fondo de la noche. –Aquí vivo yo, dijo. Abrió un paquete que contenía su bocadil o.

–¿Qué prefieres? ¿Queso de gouda o salami? Yo no tenía hambre. Las señoras mayores me tocaban los rizos y los hombres preferían darme de comer. Resultaba bastante incómodo. –Salami, dije. Me dio una rebanada de pan con salami. Tuve que comérmela. Comimos los dos. –

¿Te pegó?, preguntó el maquinista. Negué con la cabeza. Seguimos comiendo. De repente me imaginé el cine como un barco, un barco de esos que cruzan el mar hasta América, y que el maquinista se encontraba

abajo en la sala de máquinas y que era el que hacía girar las hélices y bril ar las estrel as, y mientras pensaba eso se me ocurrió otra cosa, y no entendí cómo podía ser idea mía, era como si alguien la hubiese tenido antes y yo simplemente la hubiera heredado: pensé que las películas de cine mudo eran barcos de vela en el mismo mar y que el viento era la sala de máquinas sin una sola persona dentro. –¿Te molestan muchos?, preguntó. No entendí muy bien a qué se refería. –¿Cómo? Volvió a preguntar lo mismo. –¿Te molestan muchos por ser tan bajito? No contesté. Su intención era buena. Yo lo sabía. La mayoría tiene buenas intenciones y suelen ser los peores. Podría haberle contestado: «Sí, sobre todo me molestas tú.» Pero no dije nada. Me limité a mirar al suelo. Me puso la mano en la rodil a. –Hace años, los maquinistas de cine no podían medir más de cinco pies de alto –dijo–, porque si eran más altos no cabían en la máquina. ¡Habría sido un buen trabajo para ti! –Sí, susurré. Me acompañó fuera. Me fui corriendo tras Fred, pero él había desaparecido hacía tiempo. En la cuesta de Nora intenté contar cinco pies. Si se trataba de mis pies no era gran cosa, y me pregunté si un pie sería con o sin zapatos, porque si era con los que usan el número 48, se l egaría a un resultado muy diferente. Me paré en Kirkeveien. Los árboles se erguían negros y silenciosos. Esther estaba colgando las revistas con pequeñas pinzas en una cuerda en la ventanil a, como si quisiera secarlas. Me saludó con la mano y sacó algo parecido a un trozo de cande, que tal vez me daría si le dejaba acariciarme los rizos. Pero mis rizos habían desaparecido con la l uvia, al igual que los continentes del cuaderno de geografía, y me quedé quieto donde estaba, haciendo como que no la veía. El a ladeó la cabeza con una expresión muy triste; desde que yo había dejado de dar las gracias solía ponerse así. Se metió todo el trozo de cande en la boca, y el sonido de sus dientes machacando el azúcar marrón y cristalizado me hizo temblar. Me tapé los oídos.

¿Dónde estaba Fred? Pasó lentamente por el otro lado un coche de la funeraria seguido sólo por un Volkswagen con una cruz gris en el techo que iba igual de lento, y tuve la extraña y no obstante clara sensación de que había visto eso antes, de que algo se estaba repitiendo no exactamente como lo recordaba, sino como una especie de variante: el coche de la funeraria, el chófer, el ataúd blanco en la parte de atrás, las cortinas de encaje en las ventanil as del coche. Me impresionó tanto que

tuve que apoyarme en el árbol negro junto al que me había detenido, porque en ese instante pensé que tal vez no era algo que había visto antes, sino que me recordaba a algo que pronto volvería a ver. Dentro del Volkswagen había un hombre que se reía apoyado en el volante. Tal vez la risa se parecía al l anto cuando no podía oírse. Ya habían pasado.

Me apreté la mano contra la cara y luego me olí los dedos. ¿Olía a coño?

Mi madre había hecho estofado de carne, pero yo no tenía mucha hambre y el a tampoco. Boletta no había vuelto desde que desapareció la noche anterior con guantes negros y sombrero con velo. En esos casos, todo el mundo sabía dónde iba. Iba al Polo Norte a enfriar su corazón en cerveza. Tenía que hacerlo cuando se le venía encima. Mi madre solía decirlo. Ahora se le ha venido encima otra vez. Fred tampoco había vuelto a casa y mi padre estaba de viaje. No sabíamos muy bien lo que significaba que estaba de viaje. Él casi nunca contaba nada de sus quehaceres. Sólo sabíamos que vendía cosas, y a veces aparecía con un montón de dinero, aunque no solía durar mucho. Apenas toqué la comida. Tampoco mi madre. Estábamos sentados en la cocina, cada uno ante su plato, cal ados. Ya era de noche. La hiedra crujía en las ventanas.

El reloj de la entrada hacía tic-tac. El silencio era una de las habilidades de mi madre. Podría haber sido campeona mundial de silencio de mujeres si hubiera existido esa modalidad. Fred podría haber ganado en la categoría de hombres. Creo que era ese silencio, que a menudo duraba varias semanas, lo que más inquietaba a mi padre. Había conseguido hacer reír a mi madre, pero eso era todo. De repente, el a cogió un puñado de estofado y lo lanzó contra la pared. Sonó más o menos como cuando un camión arrol a a un puercoespín. Luego permaneció sentada, mirando fijamente a un punto que no era yo ni los trozos de carne, que cayeron chorreando al suelo para formar un dibujo que me recordaba una fotografía que había visto de un oficial ruso hecho trizas por un tiro en la esquina de una cal e de Budapest, sólo que la de mi cocina era en color. En realidad había pensado preguntar a mi madre algo que l evaba mucho tiempo queriendo saber, pero no lo hice.

El a ya había tenido bastante, así que la dejé al í sentada mirando con una mirada más negra que un paraguas de cabal ero. Fui al baño a lavarme la cara. Me la lavé con lejía y polvos de fregar y la enjuagué con

yodo, y cuando me miré en el espejo parecía una naranja sanguina pelada por alguien con manoplas. Entré de puntil as en mi cuarto y me tapé con el edredón. La cara me olía a coño. El reloj que hacía tic-tac. El asfalto mojado en Kirkeveien. Mi madre que andaba por la casa, se detenía junto al teléfono, iba hasta el salón, volvía al teléfono, levantaba el auricular y volvía a colocarlo con un estal ido. Yo escuchaba. Yo era el pequeño oyente al que la cara le olía a coño. No l amó nadie. ¿A quién esperaba con más ansia? ¿A Fred, a mi padre o a Boletta? ¿O estaba esperando a alguien completamente distinto? ¿Todavía tenía esperanzas de que Rakel volviera? No lo sé. Yo escuchaba. Escuchaba los pasos de mi madre, que eran cada vez más pesados. Escuchaba el silencio de mi madre, que pronto hasta el a sería incapaz de soportar. De repente abrió la puerta y me miró. –¿Te has acostado ya? Me incorporé. Hubiera podido hacerle la pregunta, pero al final dije algo completamente diferente: –¿En qué clase de taxi nació Fred, mamá? El a suspiró y se apoyó en el marco de la puerta. –En un taxi, Barnum. –Sí, pero, ¿de qué marca? Mi madre esbozó una sonrisa. –No me acuerdo. En ese momento tenía otros asuntos de qué ocuparme. Volvió a cal arse. Era como si se hubiera cosido la boca, como si hubiera besado la máquina Singer a escondidas. Su hombro l egaba hasta mi última marca, que era la misma desde hacía tiempo. La marca de Fred estaba muy por encima.

–¿Por qué no he crecido más?, pregunté. Mi madre aflojó las líneas de los labios. –Aún no has dejado de crecer, Barnum. Bajé la vista. –Pues sí, creo que sí.

Mi madre cerró la puerta silenciosamente y yo abrí la cartera y saqué la regla rota. Intenté arreglarla con pegamento, pero aunque los trozos encajaban, era como si algo faltara por donde se había roto. La regla se había vuelto más pequeña que el a misma, ya no l enaba sus veinte centímetros, y yo pensé en el metro patrón que se encontraba en París en una cámara acorazada de latón, el mismísimo metro del metro, la madre de todos los metros, que no era ni más grande ni más pequeño, sino que l enaba su propia longitud con la precisión de su creador. Me estiré en la cama todo lo que pude, y decidí que a partir de ese momento haría mi propia medida, la regla de Barnum. Me gustaba el dulce olor a pegamento.

Alguien volvió a casa. No era Boletta. Me la imaginé sentada en una de las mesas marrones del Polo Norte bebiendo grandes vasos de cerveza en compañía de hombres curtidos que le cuentan historias que le hacen olvidar, mientras la cerveza se coloca como un sel o en su cabeza, sel ando ese recuerdo que se congeló dentro de el a al ver a su hija Vera, nuestra madre, en el tendedero aquel día del mes de mayo de 1945. Yo lo he visto. A través de las ventanas amaril entas del Polo Norte he visto a uno de los hombres quitar lentamente los guantes negros a Boletta.

El que l egó era Fred. Se reía. Mi madre le gritó. Fred sólo se reía. Y

el a se echó a l orar y algo cayó al suelo y se rompió. No quise oírlo. Yo dormía. Dormía en mi regla. Fred se acostó enseguida. Su respiración era rápida. Mi madre l oraba en el rincón del cuarto del fondo. Los trozos rotos en el comedor. ¿Cuánto puedes adentrarte en el sueño antes de que sea demasiado tarde para dar la vuelta? –Boletta está bailando –

susurró Fred–. Boletta está bailando en el Polo Norte. Me desperté. –

¿Tenemos que ir a por el a? Fred no contestó. De repente no me acordé de lo que le había preguntado. ¿Quién puede levantar el velo de la abuela? ¿Era eso lo que había preguntado? ¿Quién es el padre de Fred?

Oí a mi madre ponerse el abrigo, y luego sus pasos bajando rápidamente por la escalera. Iba a buscar a Boletta. Era de noche. Miré a Fred. No se había quitado los zapatos, como si quisiera estar listo para huir en cualquier momento. –Ahora lo sé, susurré. –¿El qué? –Eres uno de nosotros. –¡Cál ate la boca! Me cal é la boca. La habitación y mis dedos olían a pegamento. Estaba mareado. Me entraron ganas de ponerme de pie en el alféizar. Los zapatos de Fred bril aban en la oscuridad. Si hubiera un incendio, él podría salir corriendo. –¿Leemos algo de la carta?, pregunté. Fred no contestó. Creo que me dio la espalda. No necesitaba encender la lámpara. Me la sabía de memoria. Tomé aliento.

–Os envío a todos un cariñoso saludo desde esta tierra del sol de medianoche, además de una breve narración de cómo ha ido hasta ahora la expedición, ya que supongo que puede interesaros saber lo que estamos haciendo aquí arriba entre el hielo y la nieve.

Entre el hielo y la nieve. No podía remediarlo, sentía escalofríos cada vez, se me hacía un nudo en la garganta y notaba esa suave sacudida del buen l anto, de la buena pena. –¿Me estás escuchando, Fred?, susurré.

No salió ningún sonido de su cama. Cerré los ojos y me imaginé el barco entre el hielo y la nieve. –Hablemos primero del barco. Es un barco de madera, construido con gran fuerza y solidez, y cubierto de hielo. –

Cál ate, dijo Fred. –En un principio fue construido para cazar bal enas y se l amaba Cabo Norte. –¡Cál ate, mosquito! –Leo así de lento porque es en danés, susurré. Algo estal ó contra la pared encima de mi cabeza. Era un zapato. La sombra de Fred zascandileaba a lo largo de la pared. –

¿Sabes por qué te dijeron que la cara te huele a coño? –No, Fred. –¿Te lo digo? –No, Fred. –Porque a las chicas les l egas sólo hasta el coño. ¿Eres tonto o qué?

La sombra de Fred se tranquilizó. Dejé su zapato en el suelo. Aquel a noche no logré volver a conciliar el sueño. En lugar de dormir, soñé con Tom Thumb, el enano americano que nunca sobrepasó los 83

centímetros, pesaba 24 kilos cuando más gordo estaba, fue exhibido por toda América en el siglo pasado y luego l egó a Europa, conoció a la reina Victoria y se perdió entre sus abundantes faldas. Cuando él comía nunca había jarras en la mesa, pues se temía que pudiera ahogarse en el as. Se decía de Tom Thumb que Dios vetó su futuro cuando sólo tenía dos años y que por eso no creció más. Eso soñé. Tal vez Dios estaba cabreado o se había hartado. Una vez, en la Edad Media, unos rabinos judíos intentaron demostrar que la tal a media en el momento de la creación era de unos 50 metros, pero que luego había ido reduciéndose.

En 1718, el francés Henrión retomó el asunto e hizo una tabla matemática que demostraba cómo los seres humanos habían ido menguando en el transcurso de los tiempos. Según sus mediciones, Adán medía 40 metros, y Eva 38. Pero el deterioro ya había comenzado.

Noé sólo medía 33 metros y medio, Abraham 9, Moisés creció hasta los 4,22 metros, Hércules hasta los 3, y Alejandro Magno hasta 1,92, pero entonces Dios empezó a inquietarse y tuvo que enviar a Jesús a la Tierra con el fin de pararlo todo, y el propio Jesús no medía más que 1,62, lo cual se puede comprobar por las marcas de la cruz.

Sueño con que Dios se haya olvidado de mí.

Y me desperté sin haber dormido. Los zapatos de Fred habían desaparecido. Me levanté y me coloqué junto al marco de la puerta.

Quería ver si había crecido durante la noche, pero me había detenido,

me había detenido para siempre, y desde entonces prefiero concentrarme en mantener la tal a que tengo y no encogerme como Boletta, cuando vuelve a casa del Polo Norte, encorvada como la luna sobre la iglesia de Majorstuen en el mes de octubre. Empecé a cuidarme los rizos porque me hacían parecer más alto, y fui el primero en Fagerborg en l evar un peinado afro, que para más inri era rubio. A mí me resultaba natural, parecía un caniche blanco, pero tengo que decir que ese peinado no me duró mucho. En el invierno l evaba un enorme gorro de piel de oso, como los grandes rusos en el exilio, que encontré entre las cosas de la Vieja. Incluso he intentado pasar hambre para crecer más, y tampoco he desestimado los tacones de corcho o las dobles suelas. Cuando se puso de moda la pobreza podía usar botas gordísimas todo el año, por no mencionar los zapatos de plataforma, con el os viví quizá mi mejor época, pero no quiero anticipar los acontecimientos, todo l egará a su debido tiempo, lo menciono sólo para montar mi vida en una imagen tan imposible como necesaria: coño y zapatos de plataforma. Y en realidad resulta curioso que me sintiera más alto en esos años solitarios, en la época de la elefantiasis, teniendo en cuenta que casi todos los demás también usaban zapatos de plataforma. Yo seguía midiendo exactamente el mismo número de centímetros menos que el os. Pero era como si me encontrara por encima de la mínima.

Mantenía la cabeza por encima del agua y estaba más bien solo, porque aquel os a los que conocía y amaba se habían marchado del país. Daba rodeos y andaba por las cal es traseras sobre mis tambaleantes y relucientes zapatos. Mayor fue la caída cuando los zapatos de plataforma fueron echados al vertedero de la risa, colocados en lo más profundo de la oscuridad del armario, guardados para fiestas de disfraces y colectas.

Fui el último en usar zapatos de plataforma en Oslo, y cuando me detengo a pensarlo, me doy cuenta de que ese momento entre dos modas durante el que reina la confusión fue mi verdadero apogeo; entonces me hice con el poder y me quedé erguido sobre mis tacones altos mientras los demás estaban a punto de bajar a sus viejas sandalias.

Pero no duró mucho. Abdiqué. Caí. El rey de los zapatos de plataforma fue destronado y soñé que Dios se despertaría una mañana, hal aría esos sesenta centímetros que había olvidado regalar a los humanos y sentenciaría: treinta de esos centímetros pertenecen a la regla de

Barnum. Una vez, mi padre me dio una palmada en la espalda y dijo que la tal a no era lo más importante, estando tan bien dotados por la naturaleza como estábamos nosotros, el médico de tierra firme lo había dicho durante su minucioso examen del cuerpo nilseniano.

«Pregúntaselo a tu madre», sugirió mi padre. No lo hice. Durante algún tiempo me pregunté si sería posible añadir un poco de esqueleto mediante una operación. Había leído en la revista Al ers que en América lo hacían. Habían estirado a un noruego-americano de Fargo seis centímetros, fijándole con pernos una nueva articulación entre las rótulas y las caderas. Pero después de la operación no podía dar largos paseos, y entonces, ¿de qué sirve? Por cierto, murió de un ataque al corazón; se agachó para atarse los cordones de los zapatos y cayó fulminado al suelo, lo ponía en el siguiente número de la revista. ¡Cómo se reía Fred de mí cuando le daba por ahí! Una vez me l evó a hombros por toda Kirkeveien, y luego cruzó Majorstuen hasta el cine Colosseum.

Yo le dejé hacerlo. Pero de repente me bajó al suelo y dijo:

«¿Cambiamos, Barnum?» Sentí miedo porque no sabía qué era lo que quería cambiar, y antes de que me diera tiempo a preguntárselo, había desaparecido. Cuando alguien quería hacerse el gracioso, decía que apenas me l egaba a la cabeza. Y después se tronchaban de risa. O decían que la cara me olía a coño. Yo casi nunca me reía. Por cierto, un día me encontré a James Bond, pero tampoco él pudo ayudarme. En realidad me encontré a Sean Connery, que es su verdadero nombre, en el estanco de Frognerveien, donde solía ir a comprar la revista erótica Cocktail.

Todo el mundo sabía que estaba debajo del mostrador, junto a Weekendsex y Pinup. Por supuesto, no podía comprar esa revista en las cercanías de Fagerborg, sino que tenía que irme lo más lejos posible.

Estuve esperando en la acera casi una hora hasta que me atreví a entrar.

Me creía solo en la tienda, pero al í estaba James Bond, y su aspecto tampoco era bueno. Tenía un pelo fino de color zanahoria que l evaría tres meses sin peinar. Acababa de comprarse un puro y estaba intentando encenderlo. Estuve a punto de salir corriendo, porque pensaba que tenía alucinaciones y me dio mucho miedo. Pero era él, el mismísimo Sean Connery, en la tienda de Frognerveien, Oslo, Noruega, el Mundo, el Universo. Y la señora de detrás del mostrador, que seguramente no lo había reconocido, se inclinó sobre las chocolatinas y

me preguntó qué quería. Yo era incapaz de apartar la vista de James Bond. Por fin había conseguido encender el puro. Me sonrió. También tenía los dientes estropeados. La señora volvió a preguntarme. Fui incapaz de pronunciar palabra. Sólo recuerdo que me sentía muy decepcionado de que James Bond fuera tan poca cosa. Estuvo a punto de acariciarme los rizos. Entonces salí disparado de la tienda y volví a casa corriendo. Por la noche, cuando nos habíamos acostado, se lo conté a Fred. –Hoy he visto a James Bond, susurré. Fred se volvió. –¿Has ido al cine? –No, lo vi en Frognerveien. Su voz parecía irritada. –¿Viste a James Bond en Frognerveien?, preguntó. Asentí con la cabeza. –Tenía poco pelo y los dientes estropeados, dije. Fred estuvo un rato sin decir nada. –

No has visto a James Bond en Frognerveien, dijo por fin. –¡Sí! ¡En el estanco! –¿Qué hacías al í? Bajé la vista. –Fui a comprar Cocktail, susurré. Fred se echó a reír y volvió a tumbarse en la cama. –Buenas noches, Barnum. No hagas demasiado ruido. –Es verdad, dije. –¿Qué es verdad? –Que al í estaba James Bond. ¡O Sean Connery!, Fred se levantó, se había cabreado de verdad. –¡Cál ate, estúpido enano! –¡Lo vi! –grité–.

¡Vi a James Bond! Fred dio un paso hacia mí y me pegó en la cara. Me caí sobre la almohada y me quedé tumbado. Con la nariz chorreando coágulos de sangre pensé que nadie me cree cuando digo la verdad, pero todo el mundo me cree cuando miento. Y ya puestos, no me importa mencionar a Humphrey Bogart, Toulouse Lautrec, James Cagney, Edvard Grieg, que era tan bajo que tenía que sentarse sobre las partituras completas de Beethoven cuando tocaba el piano, y Mickey Rooney, sobre todo Mickey Rooney, ese mosquito desaliñado que sin embargo ha estado casado cinco veces con las mujeres más guapas del mundo. Estamos emparentados, gritamos, ¡somos los bajos y estamos más cerca del arroyo! Entonces Peder me pone la mano en el hombro y me tranquiliza, mientras las mujeres se miran en silencio y los hombres salen a la terraza. –No incluyas a Grieg la próxima vez, susurra. Y

cuando me apoyo por casualidad en el marco de alguna puerta esperando a alguien, aburrido o nervioso, sin pensarlo me pongo la mano plana sobre la cabeza y me doy rápidamente la vuelta para ver si he crecido. Pero no hay ninguna marca en ese marco, ninguna incisión por la que poder guiarme, y opto por cerrar la puerta y volverme.

¿Cuánto tiempo dura un sueño? ¿Quién sabe decir el alfabeto hacia atrás

en sueños? Corto mi vida, nuestra vida, en trocitos. He entrado a la fuerza en la sala de montaje con unas tijeras de plata, y luego, con mis pequeñas manos pego los trozos con pegamento por otro orden.

Perdóname si tengo que mentir, porque la mentira no es más que aquel o que se añade para que las superficies de la rotura encajen en la regla de la narración. Y veo que lo que cuento siempre se hace más corto que lo que hemos vivido. De esa manera vuelvo a aquel a mañana en que me coloqué en la abertura de la puerta, todavía con la cara dolorida, para ver si la noche había dado sus frutos. Los zapatos de Fred habían desaparecido. Reinaba el silencio. Las primeras palabras de la carta de mi bisabuelo reposaban silenciosas en mi boca. Os envío un cariñoso saludo. Esto no es un flashback. Sólo eres tú, que estás dentro de una habitación que conoces vagamente. Oyes l orar a alguien en voz baja a tu espalda, y cuando te das la vuelta ves un niño, y ese niño eres tú.

Eché un vistazo al salón. Boletta estaba durmiendo en el diván y las cortinas estaban echadas. De su boca salía un pequeño sonido cada vez que inspiraba. Los guantes negros se le habían caído al suelo. No quise despertarla. Me acerqué a el a, le levanté el velo con mucho cuidado y la besé en la frente. Cuando me iba a mi cuarto descubrí a mi madre. –Eso ha estado muy bien, Barnum, dijo. Mi madre l evaba un delantal azul atado muy fuerte a la cintura y pude ver lo delgada que estaba. Tenía un trapo gris en la mano, un trapo que olía a agrio y que estaba l eno de restos de estofado y otras sobras. De repente sentí náuseas. Me acordé de un domingo en que mi padre se quejó del filete, por lo visto estaba demasiado hecho o demasiado poco hecho, y entonces el a echó un trapo como aquel en la sartén y luego se lo sirvió con salsa y todo. Pero lo peor de todo fue que mi padre se lo comió, no sé exactamente cómo logró hacerlo, pero lo partió en trozos pequeños y se lo comió, y nadie volvió a ver aquel trapo. «Vuestra madre es como la isla de Röst –solía decir mi padre–. Ningún meteorólogo puede prever el tiempo que va a tener al día siguiente.» –Está dormida, dije en voz baja. Mi madre esbozó una sonrisa cansada. –No se despertará hasta que se le haya quitado. Así era. Lo que se le venía encima a Boletta también tenía que quitarse. Me hubiera gustado saber qué era eso que se le venía encima. –

Ya es hora de que vayas a la Academia de baile, dijo mi madre de

repente. –Ah, no. –¿Ah, no? Claro que sí. ¡No te arrepentirás! Dejó caer al suelo el trapo podrido, me agarró por el pijama y me l evó por todo el salón, pasando por el sofá, y girando repentinamente al l egar a la estufa de leña. Estuvo a punto de tirar una lámpara y se echó a reír, olía a fregadero y a perfume, y yo notaba sus puntiagudos huesos debajo del delantal. Intenté librarme, pero entonces me miró más de cerca y le di la oportunidad de pensar en otra cosa. –¿Qué te has hecho?, preguntó. –

¿Que qué me he hecho? Nada. –Estás rojo e hinchado. –Tengo que ir al colegio, susurré. –¿Con esa cara? –Me tocó la mejil a–. ¿No tendrás paperas? No, ya pasaste las paperas, gracias a Dios. A ver si tienes algún sarpul ido, Barnum. Me escabul í. –No estoy enfermo. Sólo me he lavado. Mi madre se rió de nuevo. –Sí, se nota. Y te has lavado muy bien. ¿Has usado lejía? –No, jabón de fregar, polvos de fregar y yodo. La cara me huele a coño. Mi madre soltó el pijama, le temblaba la boca, como si un golpe inesperado la hubiera sacudido. –¿Qué has dicho, Barnum?

En ese instante mi padre volvió a casa. Lo vi detrás de mi madre, entró en el recibidor, cerró la puerta con el codo y en ese instante, en ese segundo, cuando él pensaba que nadie lo veía, un viernes por la mañana del mes de octubre, mientras dejaba la maleta resplandeciente en el suelo, colgaba su sombrero en la percha que había entre los apliques, metía el paraguas en el paragüero, se quitaba el impermeable y los zapatos con un suspiro, se arrancaba la liga, se rascaba la pierna blanca y se apoyaba contra la pared, todo el o en una sola toma, sin un solo corte, pude ver su cuel o encogido, su espalda encorvada, la americana que le quedaba demasiado estrecha, a punto de reventar, el pañuelo en el bolsil o de la chaqueta con sus iniciales, A.N., las gotas de sudor de su frente, la mano que lentamente saca ese pañuelo, que ya no está limpio del todo, y lo pasa por la frente ancha y arqueada, pero el sudor está como pegado, como si fuera moho, él frota una y otra vez, desesperado, furioso, se da un puñetazo en la frente como si fuera a servirle de algo, y entonces se vuelve mi madre, pero el a no ha visto nada de todo eso, de lo que yo he visto, el regreso a casa de mi padre; yo toso, él se endereza de repente con el pañuelo en la mano, y sonríe, sonríe en ese mismo instante, abre los brazos y así viene hacia nosotros, como si el momento

anterior, en el que estaba apoyado contra la pared dándose un puñetazo en la frente, sólo fuera una ilusión óptica, una alucinación. –No te esperaba hasta mañana, dijo mi madre. –Yo tampoco. ¡Por eso vengo ahora! Él dobló el pañuelo y lo hizo desaparecer sin que yo pudiera ver por dónde, se echó a reír y besó a mi madre en ambas mejil as. Estaba aún más gordo. Engordaba en cada viaje. La piel le colgaba sobre el cuel o de la camisa como nata montada en una taza desbordada. Había desistido ya del cinturón y sólo usaba tirantes. Incluso las rodil as las tenía gordas. Pronto sería igual de ancho que de alto. Por fin soltó a mi madre y se volvió hacia mí con los ojos entornados. –¿Qué le ha pasado a tu cara, Barnum? ¿Fred ha intentado deletrearla? Volvió a reírse ruidosamente. Mi madre se estremeció. –Está acatarrado –dijo–; nada más. Por eso no ha ido al colegio, se apresuró a añadir.

Pero mi padre ya había descubierto a Boletta. Estaba encogida en el diván, y aún no se le había quitado lo que se le venía encima. –Vaya –

dijo mi padre, riéndose entre dientes–. Lit de parade. Mi madre lo tomó del brazo. –Cal a, no hables así. –¿Qué significa?, pregunté. Mi padre tuvo que recurrir una vez más al pañuelo para secarse la frente. –¿Lit de parade? Es francés y no significa ni más ni menos que resaca. ¿Le ponemos una copa de aguardiente encima para ver si sigue viva? Mi madre le tiró con fuerza de la chaqueta, que estaba completamente arrugada por la espalda, y se había aflojado el botón del centro. –¿Por qué vienes antes de lo previsto?, preguntó de nuevo. Mi padre inspiró profundamente y levantó la mano destrozada. Intentó sonreír. –

¿Quieres que vuelva a marcharme?, preguntó. El a suspiró. –Sólo es una pregunta, Arnold. De repente mi padre perdió el control. No podía más.

–¿Quieres que te diga por qué vuelvo un día antes?, preguntó casi gritando. El a contestó que sí y quiso tranquilizarlo, pero ya era demasiado tarde. –¡Porque el coche ya no quiere andar! ¡No aguantó el viaje a Italia! Mi padre se sentó. –¿Está estropeado?, preguntó mi madre con cautela. –¡Está en un desguace en Klöfta! ¡Me dieron dos coronas y media por él! –Volvió a levantarse–. Al menos podemos afirmar que ese maldito viaje fue una empresa deficitaria, susurró. ¡Porque a Fleming Brant no pudimos sacarle gran cosa! Los ojos de mi madre se estrecharon. –¿Para eso querías ir a Italia? ¿Para ver si él tenía dinero? –

¡Sí, joder! ¡Podría haber sido el rey de Bel agio! ¡Y resultó ser un miserable conserje que pasaba el rastril o por la arena! Se hizo el silencio. Mi padre l evaba el pañuelo como una bandera blanca y descolorida en la mano. Tenía que decir algo más. Se secó el cuel o, y muy dentro de toda esa grasa y sudor había una sonrisa, algunos decían incluso que yo había heredado la sonrisa de mi padre, y que debía estar agradecido por el o. Aunque resultara cada vez más difícil encontrar en él aquel a sonrisa, todavía podía ver que era una sonrisa que funcionaba, que nos l enaba de expectativas, que volvía a mi madre tolerante y comprensiva, y a él bel o e irresistible, como si esa sonrisa lo sacara del peso del cuerpo y lo elevase por encima de los obstáculos banales de lo cotidiano. Se convertía en el chico que quiso vender viento. –Adivinad en qué pensaba en el tren viniendo hacia aquí, sentado solo en el triste compartimiento, dijo mi padre. Era imposible para nosotros adivinarlo, porque los pensamientos de mi padre daban tantos rodeos que no solían l egar, solían perderse por el camino entre malas compañías. Cruzó los brazos. Apenas logró encontrarles sitio. Esperaba. Esperaba redobles de tambor y fanfarrias. Se estaba esperando a sí mismo. –¡Dilo, papá!

¡Dinos en qué estabas pensando! –Quieto, Barnum. Quieto. ¡Todo en su momento! Permaneció sin moverse aún algún tiempo. Mi madre me asió de la mano. Por fin él fue a la entrada y tomó su maleta. La colocó con cuidado sobre la mesa del comedor y nos pusimos cada uno a un lado para ver.

Mi padre frotó los guantes el uno contra el otro. –¡Aparte de pensar en vosotros, algo que hago constantemente, claro está, y eso deberíais saberlo, pensé en la Olimpiada! Me sentía olímpico y pensaba en la Olimpiada de Tokio y entonces me dije: «¡Es hora de ponerse en forma!»

Y en ese instante decidí empezar una nueva vida. Por eso me detuve en el estadio de Bislet e hice un pequeño intercambio con el encargado. Él recibió un disco dedicado del cantante Jens Book-Jensen. Y yo, damas y cabal eros, yo recibí nada menos que esto.

Abrió la maleta, pero se agachó sobre el a para que no pudiéramos ver lo que había dentro. Luego sacó un disco redondo, ligeramente más abultado en la parte central, que parecía un reseco excremento de vaca que podría haber logrado en un campo de la provincia de Östfold. Lo

sostuvo ante nuestros ojos. Nosotros no dijimos nada. Mi madre apartó la vista. La mirada de mi padre comenzó a vagar. –¡Pero decid algo! –

¿Qué es eso?, preguntó mi madre en voz baja. Y ahora él se rió muy alto por tercera vez desde que l egó a casa aquel a mañana. –¡Pero mi querida esposa ignorante! ¿Qué harías sin mí, el que trajo ilustración y amor a tu hogar? ¡Di a tu madre qué es lo que tengo entre las manos, Barnum! –

Un disco, susurré. –¡Bien, Barnum! ¡Esto es nada menos que un disco!

Mi madre respiró. –¿Un disco? ¿Eso es todo lo que traes a casa? A él le salió una arruga que le atravesaba la ancha frente como un surco destinado a gotas de sudor. Pero la sonrisa aún seguía al í como pegada, en mi padre todo requería mucho tiempo, su cuerpo era más lento que su pensamiento, por eso podía ocurrir que siguiera sonriendo cuando estaba enfadado, o al revés, que diera cachetes estando de buen humor.

Miró a mi madre durante un buen rato. –¿Todo? –dijo riéndose–. ¡El disco es la medal a del hombre civilizado! ¡Es lo primero que lanzó el hombre sin intención de alcanzar a alguien para matarlo! Y con eso se quitó la americana, se puso el disco plano en la mano destrozada, dobló las rodil as y empezó a dar vueltas por la alfombra. –¡Tamara Press! –

gimió–. ¡Tamara Press! Mi madre se tapó la cara con las manos y gritó, y yo tuve que sentarme porque no habría conseguido mantenerme en pie.

Me tronchaba de risa, mi padre parecía un elefante enloquecido sobre una pata buscando su trompa, y entonces se despertó Boletta. Se levantó del diván, sopló el velo para quitárselo y señaló a mi padre. –¿Qué está haciendo este hombre? –¡Está lanzando un disco! –¡En mi casa no se lanza nada! ¡Me oyes! Fue como si frenara, los movimientos eran cada vez más lentos y por fin quedó de pie oscilando, con el sudor chorreándole de los lóbulos de las orejas como si se hubiera producido una fuga en su cabeza. –Tienes razón, mi pequeña Boletta. El lanzamiento de disco es un deporte para el aire libre. Esperaremos a la primavera. Metió el disco en un cajón del escritorio. Luego nos rodeó con los brazos, logró incluso levantar a Boletta, y nos acercó más a él. –

Qué bueno es volver a casa con vosotros –dijo–. ¡Dios mío, qué bueno es volver a casa con vosotros!

Así de junta estuvo la familia aquel viernes del mes de octubre. Fue entonces cuando mi padre me susurró algo que sólo yo oí: –Difunde

rumores y siembra la duda, Barnum. –¿Por qué?, pregunté. –Porque de todos modos nadie va a creerte –contestó riéndose–. Y, además, Barnum, la verdad es aburrida. En ese instante vi, en la sombra entre la puerta y el escritorio, la mirada de Fred, los ojos de Fred. Sonreía y tuve ganas de tenderle la mano. Pero él hizo un gesto negativo con la cabeza, cerró los ojos y se sumergió en la oscuridad. Y pensé: «Ahora no existimos. Ahora también nosotros hemos desaparecido.»

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