El hermanastro
El lunar
Jugaba con la idea. Era con lo que más jugaba. No tenía a nadie con quien jugar. Jugaba con la idea de catástrofes, accidentes, enfermedades, muertes y otras desgracias irreparables. Me lo pasaba muy bien. El que todo podía ser peor, mucho peor, era como un consuelo. Si, por ejemplo, nuestro piso se quemaba una Nochebuena –el abeto podía incendiarse con las velas y caer sobre los regalos–, yo era el único superviviente y me encontraban entre los restos carbonizados de mi madre, de Fred y de Boletta, y tenía que estar al menos tres meses en un pulmón artificial, mientras dieciocho médicos luchaban por salvarme la vida y lo que quedaba de mí. Todo sería diferente, ya lo creo. Entonces, a todos los que me habían atormentado les remordería tanto la conciencia que l egarían arrastrándose a pedirme perdón, y yo, en mi apenada magnanimidad, los perdonaría, y los periódicos estarían l enos de artículos sobre mi destino, se escribirían libros sobre mí, se harían películas, se pintarían cuadros, se montarían óperas, y, a fin de cuentas eso era lo único con lo que soñaba: con que todo fuera diferente, diferente a como era. Me veía a mí mismo andar por el mundo con la cara carbonizada envuelta en vendajes, solitario y sublime. Con eso soñaba. Porque la idea con la que jugaba se convertía en sueños y sólo soñaba cuando estaba despierto, nunca por las noches, no me atrevía, pero caminaba a solas durante horas soñando, hasta que tenía que sentarme en una piedra, tal vez en la parte más alta del parque Sten, a l orar, porque esos sueños que me l evaban al delirio me abrumaban.
Lloraba, sol ozaba, estaba conmocionado por la tremenda dramaturgia de mis sueños despiertos. Estaba atrapado por mí mismo. Estaba en lo más profundo de los sueños. Soñaba que enfermaba, que la muerte estaba al acecho y que mi enfermedad era incurable, dolorosa y muy lenta. Entonces acudían a mí todos los que querían pedirme perdón y ser mis amigos, pero era demasiado tarde porque estaba agonizando, y lo último que hacía era levantar la mano bendiciendo a todos los que
ahora estaban a mi lado. Pero no pasaba de ahí en mis sueños, en mis ideas. Eso me irritaba, pues no era capaz de imaginarme a mí mismo muerto, bueno sí, era capaz, pero no me producía ningún placer, ninguno en absoluto. El sueño de mí mismo muerto, metido en un modesto ataúd en el Crematorio del Oeste o en la iglesia de Majorstuen siempre era demasiado corto, no lo captaba, era como si concluyera por su cuenta, se quedaba en agua de borrajas antes de convertirse en algo de verdad. El sueño de mi propia muerte siempre era un fracaso. Era como si no fuera capaz de creérmelo del todo. En ese caso era mejor soñar con sufrimientos y accidentes de los cuales salía con vida con un grito, y que hacían que todo el mundo se congregara en torno a mí l enos de admiración y compasión. Soñaba que era yo, y no Fred, el que se encontraba en la acera cuando la Vieja fue atropel ada y perdió la vida, pero yo no salía ileso, acababa de intentar salvar a la Vieja en vano, arriesgando mi propia vida, y el que el a muriera empeoraba mi situación, porque yo hice todo lo que puede hacer un ser humano, pero a pesar de eso el a muere, y yo me derrumbo en el arroyo con una pierna destrozada y la sangre chorreándome de un profundo corte en la frente, por el que se ve un trozo de la parte anterior del cerebro como una estrecha tortil a. Sueño con ser yo por el que sienten compasión y el que recibe los honores, sí, los honores de haber arriesgado mi vida por otra, y por eso soy una persona muy noble, una persona auténtica. Pensaba:
«¿Puede ser malvado un pensamiento aunque se quede dentro de la cabeza, aunque permanezca en el interior del pensamiento, en el espacio del silencio, intacto, y jamás se realice?» Un día mis sueños se harían realidad. Sacaría los pensamientos de la oscuridad. Arrastraría el sueño hasta esa realidad que era demasiado pequeña, incluso para mí.
El a iba a la otra clase. Hacía mucho tiempo que le había echado el ojo. Estaba en el cobertizo, siempre de espaldas y siempre sola. Me parecía que era un ser solitario, tan solitario como yo. Daba vueltas alrededor de el a, pero el a no se acercaba. ¿Qué me estaba imaginando?
¿Que Barnum tenía una novia? Sí. Era insólito, pero era lo que me imaginaba, que tenía una novia, y tendría que ser aquel a que siempre estaba sola en el cobertizo de espaldas. Tenía el pelo rubio y corto, y un lunar en la mejil a izquierda, justo debajo del ojo. Me gustaba en
particular ese lunar, porque la hacía imperfecta y alcanzable, me infundía esperanza y valor; en realidad sería ese lunar el que al fin y al cabo me ataría a el a, el lunar era su marca, de la misma manera que mi estatura era la mía, mis insuficientes centímetros, tan patentes para todo el mundo.
Empecé a seguirla cuando se iba a casa después del colegio. Me mantenía a cierta distancia y el a no me veía. Yo corría de una esquina a otra. El a siempre iba sola. La cartera le pesaba mucho. Tenía que parar de vez en cuando a descansar. Quería ayudarla, podría haberle l evado la cartera, no me hubiera costado nada. Pero nunca lo hice. Me limitaba a permanecer quieto mirándola desde la sombra de un portal que el a ignoraba, y en el que el olor a comida salía por debajo de las puertas y bajaba por las escaleras l enándome de una náusea intensa y gris que me hacía vomitar debajo de los buzones, rebosantes de postales atrasadas con fotos en color de barcos y playas. Era el mes de septiembre. Cuando me incorporé, el a había desaparecido. Se l amaba Susanne. Ya sabía dónde vivía. Fui corriendo hasta su casa en la cal e Nobel y vi correrse las cortinas en una habitación del segundo piso.
Me quedé mucho tiempo mirando, pero no ocurrió nada. El a no volvió a salir. Luego regresé lentamente a casa soñando que me caía con un avión más o menos en el centro de África. Al í se ocupaba de mí una tribu de la que nadie había oído hablar y con la que pasé tres años.
Había un pequeño error en ese sueño. ¿Qué hacía yo en un avión sobrevolando África? Tendría que enterarme, porque si no, el sueño no era válido. Al final encontré la respuesta. Había ganado un concurso de ensayo en el colegio, e iba camino de Madagascar, donde se habían reunido alumnos de todo el mundo con el fin de escribir nuevos ensayos. Pero como ya he dicho, en el camino mi avión se cae, sobrevivo de un modo milagroso y se ocupa de mí esa tribu salvaje que nunca en su vida ha visto a un blanco, y vivo con el os durante tres años. En Noruega, cuando ya se ha perdido toda esperanza de encontrarme con vida, se celebra una misa funeral en mi honor en la iglesia de Majorstuen, y la iglesia está tan l ena que hay cola hasta el Monopolio de Vinos. Todo el mundo está al í, los compañeros de clase, los profesores, el colegio entero, Esther, la del quiosco, y no descarto la posibilidad de
que algún miembro de la casa real esté también presente, ya que iba a representar a Noruega en un concurso de ensayo en Madagascar cuando el avión se cayó. El pastor está sobrecogido por el dolor y su mala conciencia, y decide que a partir de entonces todos los que se l amen Barnum l evarán su nombre con orgul o, y Barnum se convierte en el nombre más popular en los años siguientes. Fred pronuncia el discurso en mi honor, lo ha escrito él mismo, y ni una sola letra está mal, porque me echa tanto de menos que ha dejado de ser disléxico, es capaz de ver con toda claridad, me recuerda como su hermanastro fiel y solitario, pero a sus ojos yo era su hermano de verdad, pues un hermano más de verdad que Barnum no existe en el mundo entero, y al lado de mis padres y Boletta está Susanne l orando amargamente, porque no hay ni siquiera un ataúd sobre el que se puedan poner flores y junto al que arrodil arse; pero bueno, que se queden ahí con su pena, así de sencil o, que se queden tristes mientras yo estoy tumbado en una choza de paja en lo más profundo de África viendo cómo el brujo, que tiene unos cien años, se inclina sobre mí con una flecha atravesándole la nariz. Se limita a hacer un gesto negativo con la cabeza y dice algo en una lengua que sólo él entiende. Así permanezco durante semanas y meses, bebo agua de l uvia y como riñones de mono cocidos, pero un día me dan a probar una sopa cocinada por el brujo de plantas que crecen debajo de la tierra y que por eso son difíciles de encontrar. Esa sopa, que es espesa y azul, y huele a meado de gato, obra milagros en mí, las heridas se me curan, recupero la memoria, y no sólo eso, sino que también crezco, lo noto a pesar de estar tumbado, pues mis pies están cada vez más lejos, pronto no puedo verlos, y cuando por fin me levanto soy más alto que todos, pero no puedo estar seguro, tal vez sea porque los nativos son aún más bajos que yo, tal vez sea sólo una ilusión óptica. Luego me encuentra un misionero que trae una maleta l ena de Biblias que regala a la tribu salvaje, y un tablero forrado de franela verde en el que pega figuras de Jesús y de su vida. Le pregunto por su estatura. –Dios quiso que midiera 1,74, contesta el misionero. Entonces sé que es verdad, porque soy más alto que él, el pobre misionero sólo me l ega al hombro. Debo de medir por lo menos 1,80. Y cuando el hombre recoge su franelograma y todas las figuras, me voy con él por la jungla, y el día que aterrizo en el aeropuerto de Oslo, tres meses más tarde, hay miles de personas en la
sala de l egadas, bueno, también hay gente esperándome en la pista de aterrizaje con banderas y grandes pancartas en las que puede leerse:
¡Bienvenido a casa, Barnum! Y delante de todos está Susanne, la del lunar, pero yo paso de largo ante el a y la multitud suspira profundamente al verme, al ver mis 1,80 centímetros, estoy irreconocible, pero en el corazón soy el mismo Barnum de antes, el viejo Barnum, porque tengo un corazón de oro. Los fotógrafos se pelean por sacarme fotos, y paso de largo ante Susanne, que intenta retenerme, pero me libro de el a y voy corriendo hacia Fred, que me da un fuerte abrazo porque ha estado inconsolable y aún más disléxico desde que pronunció el discurso conmemorativo, y ahora sol oza sobre mi hombro.
Estaba agotado y tuve que pararme a descansar junto a la fuente de la cal e Gyldenlöve. No tenía agua y el fondo estaba cubierto de hojas y castañas. Pero yo fui mi propia fuente. Me tocaba a mí sol ozar. Sol océ sobre mi hombro y el sueño se disolvió en lágrimas que caían sobre el asfalto resbaladizo, entre las lombrices que reptaban a toda prisa. No fui capaz de continuar. El sueño se detuvo en el momento en que Fred se me echó al cuel o y me abrazó. No me importaba la continuación. Era larga y aburrida. No me daba la gana soñarla. En realidad, la mejor parte del sueño había sido el funeral en mi memoria, cuando estoy tumbado en lo más profundo de África y el resto del mundo se encuentra en la iglesia de Majorstuen, en ese entierro sin ataúd. Volví a l orar un poco más. En ese instante alguien se inclinó sobre mí, acercándose casi hasta mi cara. –¿Estás triste?, preguntó una voz, y alguien me secó las lágrimas con un pañuelo que olía a albóndigas de pescado y jarabe. –¿Qué puede entristecer tanto a un chiquil o tan majo como tú? Abrí los ojos y vi una boca viejísima. El lápiz de labios había manchado los dientes incisivos, que parecían conchas de color rosa, y la lengua estaba arrugada como un caracol. Me eché hacia atrás. El a metió el pañuelo en el bolso y se echó conmigo hacia atrás. –¿Acaso te has caído y te has hecho daño? Negué con la cabeza. El a estaba tan cerca que pensé que iba a lamerme con su caracol, y yo no podía echarme más hacia atrás porque me caería dentro de la fuente. –Mi hermano ha muerto, dije. El a se detuvo, fue como si se le hincharan los ojos. –¿Ha muerto tu hermano? –Sí, sol océ y me
pasé el dorso de la mano por la mejil a. El a me puso un brazo en la cabeza y su voz se volvió muy dulce, la vieja lengua se desbordó. –¿Hace mucho que murió? –Ayer. –¿Tu hermano murió ayer? –Sí, ayer. Lo enterrarán pasado mañana. Noté cómo me emocionaba, más aún que en el sueño de África, al decir en voz alta que Fred había muerto, y no sólo pensarlo. Y la señora me creyó. Fue como si hubiera ocurrido de verdad, hasta yo me lo creí y escuché atentamente mis propias palabras, pronunciadas por mi propia boca. –Se ahogó –dije–. En el arroyo de Gaustad. Intenté salvarle, pero. . Me eché a l orar de verdad. Era incapaz de hablar. También l oró la mujer y me volvió a secar la cara. –Eres un buen chico, susurró. Y entonces me dio cinco coronas, me acarició los rizos, tomó el pañuelo y se alejó por entre las hojas amaril as. Entonces me ocurrió algo extraño. Cuando iba a darle las gracias, muchas gracias, me salieron de la boca otras letras. –¡Coño de caracol!, grité. La mujer se detuvo un instante, se volvió, y su cara se descompuso bajo los árboles negros. Corrí todo lo que pude hasta el parque de bomberos, y no me hubiera importado nada que en ese momento hubiese habido un incendio. Por mí podía quemarse la ciudad entera, primero el Palacio, con el rey envuelto en l amas en el balcón. Pero en el parque de bomberos los coches estaban parados y silenciosos, y los cascos colgaban de los ganchos. Las sirenas estaban en otra parte. Sólo en mi cabeza había un incendio, una hoguera en el paladar, y ese fuego no podría apagarlo ningún bombero del mundo. Corrí. Corrí compitiendo conmigo mismo y no me detuve hasta l egar a la cal e Bogstad. Me detuve delante de la perfumería de la esquina, donde dan la vuelta los raíles del tranvía y pude ver mi rostro en el espejo detrás del escaparate.
No me salía humo de las orejas, y mis rizos no estaban chamuscados.
Era más o menos como antes, sólo que con algo de color en las mejil as, y los ojos demasiado abiertos, como si hubieran visto ya de sobra. Pero l evaba cinco coronas en la mano. Entré en la tienda. Estaba l ena de mujeres que se volvieron a la vez, y las sonrisas irrumpieron en sus rostros rígidos, como si al verme se despertaran de un pesado sueño en lo más profundo del sueño de los olores, pues los olores eran como las hojas húmedas que se acumulan debajo de los árboles, y no sé muy bien por qué, pero de repente me imaginé un puercoespín dormido en el fondo de un montón de hojas muertas. «Ahora, alguien va a acariciarme
la cabeza», pensé, y no había terminado de pensarlo cuando la dependienta, que l evaba un vestido azul claro, me revolvió los rizos mientras se reía. –Coño de caracol, dije, y me mordí la lengua. Pero entonces el a se inclinó sobre mí sonriendo aún más y las mujeres de la perfumería se rieron a coro. –¡Habéis visto alguna vez un niño tan educado! Probablemente jamás lo habían visto, porque todas quisieron tocarme la cabeza por riguroso orden, y cuando por fin terminaron, la dependienta me preguntó qué quería, si buscaba una colonia 4711 para mi madre o tal vez un peine de hierro. –Quiero un anil o, susurré. La dependienta se inclinó hacia mí. –¿Qué has dicho, hijo? –Un anil o –
repetí–. Con una letra. Una sonrisa de complicidad se dibujó en su cara y me empujó hacia el fondo de la tienda, donde sacó un estrecho cajón l eno de anil os. –¿Y qué letras te interesan? Me hubiera interesado comprar todo el alfabeto para estar seguro, pero no tenía dinero suficiente. Si empezaba por la letra A no l egaría más que hasta la E, y no conocía a nadie con esa letra merecedor de un anil o regalado por mí, salvo Esther, la del quiosco. –La S, me apresuré a decir. El a sacó un anil o con la S. –¿Cómo se l ama tu novia? ¿Sigrid? Le dije que no. –
¿Solveig?, preguntó entonces el a. –No, contesté. El a ya estaba casi arrodil ada ante mí. –¡Se l ama Siri! Y entonces dije algo de lo que me sentí bastante satisfecho. –Silencio –dije–. S por silencio. La dependienta volvió a acariciarme el pelo y se levantó. –Eres un chico listo, dijo.
«Coño de caracol», pensé, pero no salió ni un sonido de mis pensamientos. S por silencio. No me olvidaría de eso.
Envolvió el anil o en algodón y papel de regalo, puse las cinco coronas en el mostrador y el a me devolvió tres coronas y sesenta öre. Si todo me salía como debía, con ese dinero podría invitar a salir a Susanne, podríamos ir al café Studenten y pedir un batido de frambuesa, o ir al quiosco de Esther, comprar cande y regaliz, l evárnoslo al parque Sten y comérnoslo al í en paz y tranquilidad, o mejor podríamos ir hasta el arroyo de Gaustad y sentarnos en una manta en la oril a, porque al í nadie nos encontraría. Esta vez no di las gracias. Sólo lo pensé; «gracias», pensé, y l evé el regalo con mucho cuidado a casa. Mi madre y Boletta ya habían comido, y mi madre me preguntó que dónde había estado. –En ninguna parte –contesté–. Además, no tengo hambre. Fui a mi
habitación y guardé el paquete con el anil o en el estuche, debajo de la goma de borrar, el sacapuntas y la regla. De repente, Fred estaba detrás de mí. –¿Qué estás haciendo?, preguntó. Me encogí sobre el estuche. –
Nada, susurré. –¿Nada? Fred se reía. Ojalá no se hubiera reído. –Es verdad, dije. Fred me puso las manos en los hombros. –Nada no existe, de modo que estás mintiendo. –Por favor –supliqué–. No miento. Pero Fred no se dejó suplicar. Se agachó, me arrancó el estuche y abrió la cremal era, como si no hubiera sabido desde el principio que el anil o estaba al í. Sostuvo el bril ante paquete entre los dedos. –¿Y esto qué es, Barnum? ¿Nada? Bajé la vista. –Un anil o, susurré. Fred sonrió. Se sentó en la cama y abrió el paquete. Estaba a punto de echarme a l orar, pero no l oré. ¡Si él supiera lo que había soñado, que había tenido que pronunciar el discurso en mi honor junto a una tumba vacía cuando yo estaba desaparecido! –S –dijo Fred–. ¿Quién es? –Una chica de la otra clase. –¿El anil o es para el a? Asentí con la cabeza. Fred se quedó un rato cal ado. Yo tampoco dije nada, pero me preguntaba qué haría él a continuación, si tiraría el anil o al wáter, se lo tragaría o tal vez rompería la letra. Pero no hizo nada de eso, sino que volvió a envolver el anil o exactamente como estaba, y me lo devolvió. –Bien, Barnum, dijo. No me atreví a decir nada. Volví a meter con mucho cuidado el paquete en el estuche. Fred se colocó de espaldas a mí, junto a la ventana. Ya era de noche. Se oía un largo y mojado murmul o cuando pasaba el autobús, y las farolas colgaban inquietas en el viento. –¿Te gusta mucho?, preguntó Fred en voz baja. Sentí frío. –Sí, susurré. –¿Y qué es lo que más te gusta de el a? –Tiene un lunar en la cara, dije. Fred se volvió hacia mí. –
¿Quieres un buen consejo, Barnum? –Sí, contesté. Se acercó más. –No le digas que lo que más te gusta es el lunar. Fred me acarició los rizos, creo que era la primera vez que lo hacía. Luego se marchó sin decir más.
Aquel a noche tuve un nuevo sueño, aunque dormido. Llevaba mucho tiempo viajando. Había viajado solo hacia dentro del frío y de la oscuridad, en busca de Wilhelm, mi bisabuelo. Anduve varios días, tal vez fueran meses, porque al í el tiempo no se dejaba medir en días y horas, sin hal ar nada. De repente encontré una caja junto a una piedra y tuve que cavar para sacarla. Recuerdo muy bien aquel a caja. Era negra y tenía dos cerraduras relucientes, ya oxidadas, una a cada lado de la tapa
abol ada. Conseguí abrirla y dentro había una polvorienta botel a de vino de málaga, tres latas de sardinas y cuatro kilos de betún para zapatos. Me senté en la piedra, me bebí el vino dulce, me comí las sardinas, brindé por el rey y unté mis zapatos de betún. Luego me dormí y al despertar del sueño del sueño, con el mismo frío, estaba rodeado de osos polares. Maté a dos de el os con un rifle que de repente tenía entre las manos, y los demás desaparecieron. Seguí andando, pero no vi ninguna señal de vida. Los zapatos me pesaban y se pegaban a la nieve.
Pronto morí. Era curioso. Morí y, sin embargo, el sueño continuaba. Me hundí en el hielo y al í me quedé, en el fondo del frío, en un ataúd de hielo silencioso. Y cuando hubieron pasado tantos años como los que hace desde que Wilhelm desapareció entre el hielo y la nieve en Groenlandia, o tal vez sólo hiciera una semana, pues no se podía uno fiar del tiempo, me encontraron. Cortaron el bloque de hielo en el que estaba y me l evaron de vuelta a Noruega. Al í me expusieron en el pabel ón de música de la cal e Karl Johan: Barnum convertido en un trozo de hielo, bien conservado, en mi transparente ataúd de hielo. Pero entonces sale el sol, el hielo empieza a derretirse, gotea y chorrea, los espectadores están exultantes y yo me pudro en el instante en el que me despierto agarrado al pequeño estuche con el anil o.
Llovía en todos los recreos y el a estaba sola en el cobertizo. Esperé junto a la fuente. El a no me vio. El lunar parecía una oscura gota que se había detenido en su mejil a. La última clase era la de gimnasia. Me senté en los vestuarios y oí a los demás correr en círculo por la sala.
Luego se hizo el silencio, y apareció en la puerta el Macho Cabrío. Me recordó el sueño, porque era como si también el Macho Cabrío se hubiera derretido y estuviera a punto de pudrirse. Sus enormes músculos le bajaban chorreando por el cuerpo como olas de grasa clara.
Cuando se duchaba con nosotros, utilizaba tres grifos a la vez y ni aun así se mojaba los pies. –¿No vas a cambiarte?, preguntó. –No me encuentro muy bien, susurré. –¿Qué te pasa hoy? –Estoy resfriado –dije en voz aún más baja–. Anoche se me olvidó cerrar la ventana y mi cama se ha l enado de agua. El Macho Cabrío suspiró profundamente. –
Bueno, bueno. Pero no te vayas hasta que suene el timbre. Volvió donde estaban los demás chicos, y tocó el silbato. Oí las risas. Oí las cuerdas
que se bajaban. Oí los aparatos que se arrastraban por el suelo y a algunos chicos dando volteretas laterales de pared a pared. Yo estaba sentado en el banco entre los chubasqueros. Los vestuarios son lugares solitarios. Todos se parecen entre sí. El mismo olor. La misma historia.
En los vestuarios quedan colgados las penas y los dolores, como prendas olvidadas que nadie quiere volver a recoger. Los triunfos se l evan al patio de recreo, a la cal e. La derrotas se dejan dentro. Una de las duchas goteaba. Si contaba hasta quinientas gotas, sonaría el timbre. Conté hasta cuatrocientas treinta. No podía esperar más, pues se me había ocurrido una idea y tenía prisa. Fui corriendo hasta la tienda Plesner en Grensen, donde mi madre solía comprarme plantil as y tacones de corcho. Era la única tienda de la ciudad que tenía esqueletos en el escaparate, sobre todo de pies y codos. Entré, y la señora de detrás del mostrador, que l evaba bata blanca y zuecos y parecía más bien una enfermera, me reconoció enseguida, pero esta vez no iba a comprar nada para corregir mi baja estatura. Le pedí un cabestril o. –¿Un cabestril o?, repitió. –Sí –dije–. Mi hermano se ha hecho un esguince en un brazo. –¿Ah, sí? ¿Cómo se lo hizo? –Dio una voltereta lateral en el salón y no tenía suficiente espacio. Me miró un buen rato. Luego fue a la trastienda y volvió con una percha l ena de cabestril os. Debería ser un cabestril o con letra, una gran B por báculo y por Barnum, pero eso sería pedir demasiado. Estaba de muy buen humor. Ahora elevaría el sueño a la luz, la idea iba a convertirse en acción, se volvería real. Elegí un cabestril o verde. Con ese color, la lesión parecería aún más grave. Pero luego cambié de idea, porque el verde se confundía con el jersey que l evaba, por eso escogí uno blanco, el blanco era enfermo, el blanco igualaba a sufrimientos como la nieve y el hielo, el blanco podía ser visto por todo el mundo. Pagué tres coronas y diez öre, y me quedaban cincuenta öre. No era gran cosa, apenas daría para dos bolsitas de refresco congelado, y septiembre no era la época ideal para bolsas de refresco congelado, pero en lugar de eso podríamos sentarnos en su habitación y yo podría abrazarla con el brazo sano. La señora de Plesner quería envolver el cabestril o, pero yo lo tomé y me apresuré a salir de la tienda. Me metí en el primer portal que encontré, con la intención de atarme el cabestril o, pero primero tenía que averiguar cuál de los dos brazos me había fracturado. No había pensado en el o. Me reí de mí
mismo. Lo había planeado todo hasta el último detal e, y me había olvidado del brazo. Elegí el derecho. Era el peor. Tras muchos esfuerzos conseguí hacer un nudo, me colgué el cabestril o alrededor del cuel o y coloqué en él el brazo derecho. Se había fracturado de la manera más dramática. Gemí. Bajé la cal e Karl Johan. Andaba despacio y tenía que descansar a menudo, porque me dolía mucho. La gente iba y venía, encorvada en la l uvia bajo paraguas negros. No me veían. Eso me irritó.
Podían haberme visto, podían haber sentido un poco de compasión, podían haberme preguntado si necesitaba ayuda para cruzar la cal e o si quería que me l evaran la cartera un rato. Yo habría contestado que no, pero me hubiera gustado que me preguntaran. Estaban cargando los bancos del parque Studenterlunden en un camión para l evárselos. No había más que otoño. Los árboles se sacudían las hojas. Di un rodeo porque tenía que entrenarme con el cabestril o. Me detuve en la plaza del Ayuntamiento. Estaba l egando un tren de la estación del oeste y la locomotora arrastraba los vagones de mercancías; eran por lo menos veintitrés, y cuando hubo pasado el último, pude ver hasta los astil eros de Aker. Justo en ese instante un barco enorme estaba saliendo muy despacio del dique, un casco alto y negro desapareció flotando silenciosamente a través de la l uvia hasta el agua negra. Fue muy bonito, porque también eran así mis sueños; iba a botarlos, iba a navegar.
Fui derecho a la cal e Nobel. Las cortinas del segundo piso estaban echadas. Eran las cuatro menos veinte. El a habría vuelto ya del colegio.
Saqué el anil o del estuche, me lo metí en el bolsil o, dejé la cartera debajo de la escalera, subí los dos pisos y l amé a la puerta. Tardaron mucho en abrir. Por fin salió la madre. Me miró desde arriba. –Hola, dijo. –¿Está Susanne en casa?, pregunté. –Sí, está, contestó la madre sin moverse. No se me ocurrió nada más que decir. Opté por apoyarme en el marco de la puerta, cerrar los ojos y gemir un poco. –¿Cómo te l amas?, preguntó la madre. –Barnum, susurré. –¿Barnum? –Sí. ¿Podría decir a Susanne que Barnum está aquí? La madre se acercó y se agachó. –
¿Qué te has hecho en el brazo, Barnum?, preguntó. Abrí los ojos. –Me lo he fracturado, gemí. La madre me dejó entrar en el recibidor y me dijo que esperase al í. Tenía cara de preocupación. Las arrugas formaban un nudo en medio del rostro. Fue hacia dentro. Esperé. Olía a jabón y a
agua oxigenada, más o menos como en la sala de espera del médico del colegio. Vi un piano en el salón, pero con la tapa bajada. No había flores ni plantas. Encima de una consola vi un par de gafas que miraba fijamente a la pared. Me imaginaba que la madre volvería a por mí, pero fue Susanne la que salió al recibidor. Me miró asombrada. El lunar le bril aba debajo del ojo. Tuve que apoyarme en una sil a. Se me escapó un suspiro. Estuve a punto de caerme. –Barnum, dijo. Nada más. Nunca la había oído hablar. Su voz era seca y baja. Me enderecé. La madre estaba en el salón, luego desapareció. –Sí, susurré, y me di cuenta de que tal vez no supiera quién era yo, porque el a nunca me había visto, sólo yo a el a. Y si sabía quién era yo, sería sólo porque habría oído rumores sobre ese retrasado imposible de la otra clase, rumores sobre el chico más bajo de la ciudad, ese que sólo l egaba al coño de las chicas y la risa que le seguía por donde pasara. Empecé a desanimarme. –Voy a la otra clase, dije. –Ya lo sé. ¿Y qué haces aquí? Parecía más impaciente que sorprendida. Había un charco de barro en torno a mis zapatos. El brazo me dolía. –Me he roto el brazo, dije. No le causó gran impresión. No me puso la mano suavemente en el cabestril o preguntando cuánto me dolía. No me besó en la mejil a para consolarme y aliviar el dolor. –
¿Cómo sabías dónde vivo? –preguntó–. ¿Me has seguido? Asentí con la cabeza. –Sí, dije. Se hizo el silencio y una sonrisa se dibujó lentamente en su cara, era como si sus labios fueran demasiado pequeños para una sonrisa entera, pero a mí me bastó, esa pequeña sonrisa fue más que suficiente. –¿Cómo te rompiste el brazo?, preguntó. Tuve que volver a cerrar los ojos. –En la clase de gimnasia, dije. Me arrepentí enseguida, porque era una mentira que fácilmente podría ser cuestionada y descubierta. Pero ya no podía cambiar. –Aterricé mal al saltar el potro –
proseguí–. Los huesos del codo se me salieron. Se oía a alguien que estaba manipulando unas l aves fuera, en la escalera, y Susanne se volvió hacia la puerta, que al poco rato se abrió, y entró su padre. –No veo nada –dijo–. Me he dejado las gafas. ¿Dónde están? La madre apareció al instante y le dio las gafas que estaban en la consola mirando a la pared, y él se las puso. Respiró aliviado, tiró de Susanne y la besó en la frente. –
¿Cómo está mi niña?, susurró, y el a se libró de sus brazos. –Éste es Barnum, se apresuró a decir la madre y él se volvió hacia mí mirándome con los ojos entornados. –¿Barnum? Buenas tardes, Barnum. ¿Te has
roto el brazo? Pero no tuve tiempo de responder. –Se lo rompió al saltar el potro, se me adelantó Susanne. –Vaya. Déjame tocarlo. –¡No!, grité. El padre se rió. –Tranquilo, chico, soy médico. Tocó el cabestril o. –¿Por qué no tienes escayola?, preguntó. Me volví hacia Susanne. –Me gusta tu lunar, dije en voz alta. El padre soltó mi brazo. Susanne intentó conservar la sonrisa, pero sus labios no aguantaron, su boca se deshizo como barro, y de pronto, el a y su lunar me parecieron horribles. –Creo que debes marcharte, dijo la madre. No recuerdo más hasta que estuve abajo en la cal e. Llevaba la cartera a la espalda y el anil o en el bolsil o.
Todo en vano. No me atrevía a mirar hacia arriba, a la ventana del segundo piso. Estaba acabado. La historia de Barnum había acabado. Lo único que podía hacer era ir a acostarme. Seguía l oviendo. Crucé el parque Frogner. Me arranqué el cabestril o y se lo di a un indigente que tiritaba sentado bajo un arbusto. Así la gente podría compadecerse de él y no de mí. Al l egar a casa, me fui directamente a mi cuarto a acostarme, tal como había decidido. Al poco rato mi madre apareció en la puerta. –Estoy enfermo –susurré–. Vete. –¿Enfermo? ¿De qué, Barnum? –Sólo enfermo. Es contagioso. No podré ir mañana al colegio.
Mi madre suspiró. –Ni falta que hace. Las vacaciones de otoño empiezan mañana. Volvió a suspirar mientras cerraba la puerta, y entendí que de nuevo Boletta se había ido al Polo Norte a beber cerveza.
Me quedé en la cama. Los tiempos de los sueños ya habían pasado.
Había soñado mi último sueño. Me tapé la cabeza con el edredón y l oré. Me habían botado y me hundí en las oscuras aguas. El casco no aguantó. Los remaches del hierro reventaron y me fui al fondo. ¿Cómo había podido decir lo del lunar? ¿Cómo pude fingir que me había fracturado el brazo? ¿Por qué no mejor haberme hecho el mudo? ¡En ese caso podría haberme limitado a darle el anil o sin pronunciar palabra, y la letra habría hablado por mí! Ahora no había podido dárselo y para todo era demasiado tarde.
Mi madre me trajo la cena. No la toqué. El a me tomó la temperatura y volvió a salir de la habitación. Luego l egó Fred. Se acostó y estuvo escuchando durante un rato. No dije nada. Olía a tabaco y a cerveza. –¿No te da la gana contárselo a tu hermano? –susurró–. ¿O sólo eres hermanastro? –¿El qué, Fred?, gemí. –Cómo te fue con el anil o,
claro. Reflexioné un rato. –No conseguí dárselo, dije en voz baja. Fred se incorporó en la cama. –¿Quieres decir que no te atreviste? Te rajaste,
¿eh? ¡Como un jodido cagado! –¡No! –grité–. ¡Estuve en su casa! Fred se hundió en la almohada de nuevo y miró al techo durante un buen rato.
–Le mencionaste el lunar, ¿verdad? Me escondí todo lo que pude bajo el edredón. –Sí, susurré. Oí a alguien cantar en la cal e. Era Boletta.
Cantaba canciones de las que la gente ya se había cansado hacía tiempo.
Mi madre se apresuró a bajar a por el a antes de que algún vecino se quejara, y el portero Bang se despertase. Luego, la noche se volvió más tranquila, pero mi corazón no. –Te dije que no mencionaras el lunar –
susurró Fred–. ¿Ya no me escuchas? –Sí, Fred, te escucho. –Piensa en todas las cosas sobre las que podrías haberle dicho algo, Barnum. Los ojos. La boca. El pelo. Las orejas. Esas cosas son las que les gusta oír a las chicas. –¿La nariz también?, pregunté con mucha cautela. –Sí, la nariz también. Y el cuel o, las manos, los pies. Pero espera un poco con el culo y las tetas, Barnum, hasta que no haya moros en la costa. –Esperaré, susurré. Pude ver que Fred sacudía la cabeza en la oscuridad. –¿Es guapa?, preguntó. –Sí –contesté–. La más guapa que he visto nunca. –Y
tú vas entonces, y le dices algo del lunar. . Tendrás que arreglarlo, Barnum. Si no, la has cagado.
Creo que Fred se durmió. Fue la mejor conversación que habíamos tenido jamás. Me entraron ganas de pasarme a su cama y acostarme a su lado. Por suerte, no lo hice. Me quedé pensando en todo lo que tenía que reparar. Era un pensamiento confortador. Y me imaginé aquel barco que salía lentamente de los astil eros de Aker para hundirse en el agua oscura. Pero no era demasiado tarde. El barco podría ser levantado y arrastrado de vuelta al dique, repararse y volver a ser botado. Eso pensé. Mi cama era mi dique. Al í estuve acostado el resto de las vacaciones de otoño, mientras los demás arrancaban patatas en las granjas de sus primos segundos en Nittedal o quitaban hojas secas en las blancas casas de verano a lo largo del fiordo. Me preguntaba qué estaría haciendo Susanne, y en esos casos la temperatura subía hasta tal punto en el termómetro, que mi madre estaba a punto de pedir un taxi para ir a Urgencias. Pero yo resistía. Y al l egar el lunes me di de alta, me levanté y me fui al colegio con el anil o en el bolsil o.
No la vi en el primer cambio de clase, pero vi otra cosa. Sus compañeras estaban l orando en el cobertizo. En la clase siguiente no conseguí seguir lo que se decía. Algo iba mal. La Hueso estaba aún más pálida que de costumbre y me preguntó qué había hecho durante las vacaciones que nos daban para recoger las patatas. Las risas se propagaron y Ratón sólo alcanzó a decir que sí, que a Barnum le habían confundido con una patata, antes de que la Hueso le diera un golpe con el puntero en la nuca, y él se tragara media lengua y nevara tiza sobre ese repentino silencio. Tampoco vi a Susanne en el recreo. El cobertizo se encontraba vacío. Las demás chicas ya no estaban al í.
Preben se hal aba junto a la fuente con Hámster y Aslak mirándome fijamente. El conserje había abierto la l ave del agua. Di un gran rodeo para no pasar por delante del aula de primero y me metí corriendo por la puerta trasera, pasé por la cantina y seguí hasta el tercer piso. Reinaba un silencio total. Todos estaban en el recreo. A alguien se le había caído una rebanada de pan con salchichón y la había dejado en el suelo. Los percheros sobresalían vacíos de las paredes como una fila de relucientes signos de interrogación. El anil o seguía en mi bolsil o. Algo iba mal, muy mal. Anduve lentamente por el pasil o. La puerta de la clase de Susanne estaba abierta. Me detuve y miré con cautela dentro. Las chicas estaban sentadas, cal adas, en un círculo en torno a un pupitre en el que había una vela blanca encendida. Algunas l oraban sin sonido. En la pizarra habían escrito con letras grandes: Susanne, te echamos de menos. Me retiré. Me deslicé por debajo de las perchas. Entonces apareció la Hueso y me di de bruces con el a. Me puso una mano en el hombro. –¿Qué estás haciendo tú aquí?, preguntó. Por alguna extraña razón no parecía enfadada. Decidí decirle la verdad. Ya no tenía nada más que perder. –Sólo quería darle algo a Susanne, susurré. El a levantó la mano y me acarició la mejil a. Sus dedos estaban fríos. Se agachó. –
Susanne ya no está aquí, dijo en voz baja. –¿Ha cambiado de colegio?, pregunté. La Hueso se retorció las manos hasta que le crujieron las uñas, y era verdad lo que se decía de el a, que olía a medicinas viejas, como si su cara fuera una farmacia clausurada. –Me temo que Susanne ha muerto, susurró. «Me temo que Susanne ha muerto –dije dentro de mí–, que Susanne ha muerto, que ha muerto, que ha muerto.» –Creo
que no puede ser, dije. La Hueso esbozó una sonrisa y me tomó la mano. Quería que me la soltara. –Susanne murió durante las vacaciones de otoño, Barnum. Retiré el brazo. –¿Cómo murió? –Tenía una terrible enfermedad. Cáncer. La Hueso se me acercó aún más y susurró: –El lunar era maligno. –Tengo que irme –dije–. Pronto sonará el timbre. Me alejé por el pasil o. Rocé las perchas con el dedo. Y pensé: «Ahora Susanne no podrá chivarse. Estoy a salvo. Ahora no podrá contar a nadie que me presenté en su casa con el brazo en cabestril o diciendo que me lo había fracturado.» Y también pensé que eso era lo más cruel que había pensado jamás. –¿Qué ibas a darle?, preguntó La Hueso. Me detuve y me volví. El a estaba delante de la clase y algunas de las chicas echaron un vistazo al pasil o, con caras pálidas y cal adas. Tomé el trozo de pan del suelo y me lo comí lentamente. Y lo que dije a continuación fue en realidad lo más cruel de todo lo que había pensado: –Nada.
Luego, bajé corriendo por las escaleras hasta los servicios, me arrodil é y vomité hasta que me había vaciado de todo lo que tenía guardado dentro. A continuación eché el anil o a la taza y tiré de la cadena. Pero al instante me arrepentí. Por fortuna, el wáter estaba bastante obstruido, l evaba así mucho tiempo. Metí la mano hasta donde pude en el agua marrón, rebusqué entre una masa blanda y papel, y al final lo encontré.
Sequé el anil o como pude con la chaqueta y volví a metérmelo en el bolsil o. S por Susanne. S por Silencio.
Sonó el timbre. Me fui a casa. No había nadie. Tomé la l ave del desván y subí de puntil as. Era una mala persona. Lo sabía. Era una mala persona, lo único grande en mí era la maldad. Estaba en el tendedero entre las cuerdas bajas, y la claraboya goteaba. El viento hacía temblar el charco que se había formado en el suelo. Mis pensamientos eran un círculo negro que rotaba detrás de mis ojos. ¿Cómo podía el a haber muerto si su padre era médico? Lo único que conseguía ver era su lunar, que se extendía por su cara y crecía hasta cubrirle todo el cuerpo. Luego me tranquilicé un poco. Me sentía frío y vacío. Me acerqué a la carbonera y escondí el anil o en un agujero oxidado. Entonces encontré otra cosa. Debajo de un saco había una botel a. En la etiqueta ponía Eau de Vie y estaba medio l ena. Desenrosqué el tapón y bebí. Me escocieron los dientes, pero después una risa me subió a la cabeza. Era una risa que
me gustaba. Di unos tragos más y volví a dejar la botel a debajo del saco.
Mi cabeza estaba l ena de una buena risa. Trepé por la escalera hasta la claraboya, la abrí todo lo que pude, apenas podía sostenerla, y miré la ciudad. Se movía. No quería estarse quieta. Las veletas despegaron y se convirtieron en una ondulada bandada de pájaros a lo largo del fiordo.
Pero cuando mis ojos se posaron en el Cementerio del Oeste, los oscuros árboles estaban en su sitio, como espadas bajo el cielo gris, una fila de personas vestidas de negro l evaban un ataúd entre las piedras y se detenían en un lugar donde la tierra estaba abierta como una herida recién producida. Me quité la chaqueta, saqué el brazo derecho por el borde, tomé aliento y dejé caer la claraboya. Oí un crujido y en ese mismo instante cesó la risa en mi cabeza. Perdí el equilibrio, pero me quedé colgando del marco antes de arrastrar conmigo vidrio y listones, caerme de la escalera, rodar por las cuerdas de tender y alcanzar el suelo con el codo primero.
Con un ojo medio abierto vi a Boletta agachada junto al depósito de carbón rebuscando en el saco. Por fin encontró la botel a. Dio un trago.
No lo soñaba. Era verdad. Llevaba un rato insconciente, no sabía cuánto, pero la oscuridad ya se iba posando sobre los trozos de vidrio de la claraboya rota. Chorreaba sangre del brazo, que yacía torcido junto a mi cuerpo. La piel se había desgarrado en una larga herida y algo blanco bril aba al fondo de la carne. Volví a desmayarme. Entonces Boletta se volvió, dio un grito y oí la botel a que se le cayó de las manos y el grito que se acercaba a mí. Luego me bajó en brazos por la escalera, no paraba de hablarse a sí misma, a todo el mundo, a Dios. –Voy a prender fuego ese desván. Eso es lo que voy a hacer. ¡Para que se lo coman las l amas!
Me desperté en una cama de Urgencias. Mi madre estaba sentada junto a mí acariciándome el pelo. Creo que había l orado. Me habían cosido ya el brazo izquierdo. Luego me metieron en otra sala donde me lo escayolaron. Intenté levantarlo, pero me resultaba demasiado pesado.
–¿Cómo hemos l egado aquí?, pregunté. Mi madre sonrió y me besó en la frente. –Vinimos en taxi, Barnum. ¿No lo recuerdas? Negué con la cabeza. –No –dije–, qué pena. Pero a la mañana siguiente pude volver a casa en taxi con el brazo en cabestril o, un cabestril o blanco. Y
lentamente recuperé la memoria. Con toda claridad apareció aquel o
que quería olvidar. Ya no tenía que disimular. Me había convertido en el que era. Mi madre y Boletta tuvieron que ayudarme a subir la escalera.
Bebí chocolate caliente, me tomé una pastil a redonda, me reí un poco y me dormí. La siguiente vez que me desperté, Fred estaba junto a la ventana con las manos en los bolsil os. –Hola, pequeño –dijo–. ¿Te has caído? En ese momento mi madre entró en la habitación, y dijo que tenía que ir al colegio. Intenté negarme, pero de nada sirvió. Mi madre me ayudó con el cabestril o y me lo fijó al hombro con un imperdible; Boletta me había preparado un paquete de rebanadas de pan con huevos y arenques, pero yo me sentía hueco y l eno. Y así salí a lo que l amaría mi segunda vida, la vida después de Susanne. Me fui con el bajo sol de otoño, casi blanco, por Kirkeveien. Esther se asomó por la ventanil a de su quiosco y me dio una bolsa de cande. No tuve que comprar bil ete en el tranvía. Una señora se levantó y me dejó su asiento. El conductor me ayudó a bajar luego. Eso era lo que había deseado, con eso había soñado, pero en ese momento no me proporcionó ningún placer, y tampoco ninguna pena de la que alegrarme.
Era el único en el patio. El timbre ya había sonado. Subí las escaleras despacio. Oía el eco de mis propios pasos mucho tiempo después, a veces me parecía oírlo antes de bajar el pie. Por fin me detuve delante de la puerta de mi clase. Había silencio total. Resultaba tenebroso. Mi brazo colgaba pesado en el cabestril o. Llamé a la puerta. El silencio siguió aún un rato. Luego oí la voz de la Hueso: –¡Adelante! Abrí la puerta. Todos los chicos estaban de pie junto a sus pupitres mirándome, y en la pizarra ponía con grandes letras: ¡Te hemos echado de menos, Barnum! Me entraron ganas de darme la vuelta, pero la Hueso me arrastró hasta su mesa, donde había un roscón que las chicas de la otra clase habían hecho en clase de cocina, y tuve que comerme el primer trozo, que tenía un baño gris y espeso de azúcar y pasas duras, mientras la Hueso me quitaba la cartera y me ayudaba a sentarme. ¡Te hemos echado de menos, Barnum! Mastiqué sin cesar, pero no logré tragar el roscón.
Cuando no quedaba más en la bandeja, la Hueso colgó una lámina en color que mostraba el interior de un brazo, y me señaló. –Ahora puedes contarnos lo que te pasó, Barnum. Pero no me apetecía. Tenía la boca l ena de roscón y mentiras. La Hueso se limitó a sonreír y a señalar la
lámina. –De acuerdo, Barnum –dijo–. Los brazos son nuestras herramientas de trabajo más importantes. Cuando estamos de pie, la punta del dedo medio nos l ega aproximadamente hasta la mitad del muslo. El brazo derecho suele ser medio centímetro más largo que el izquierdo, porque es el que más usamos. –De repente se interrumpió a sí misma–. ¿De qué os reís ahora?, preguntó en voz alta, porque toda la clase, excepto yo, estaba doblada sobre sus pupitres tronchada de risa.
Yo casi me alegré, porque ahora todo era como solía ser. La Hueso bajó de la tarima con el puntero en alto. Tragué el último trozo de roscón y la Hueso se volvió hacia mí y bajó el puntero. –¿Has dicho algo, Barnum?
Yo no había dicho nada, al menos nada que hubiera oído, y empecé a temer que palabras prohibidas se me hubieran escapado, coño de huesos. Todo el mundo me miraba, tenía que decir algo, e hice una pregunta, porque una pregunta no puede ser una mentira, ¿no? –
¿Quieres firmarme la escayola?, pregunté. La Hueso vaciló un instante, como desorientada. Por fin fue por su pluma, volvió hacia mí y escribió lentamente, con pequeñas letras temblorosas en el yeso: Profesora K.
Haraldsen, y entonces sonó el timbre.
En el recreo, toda la clase se puso en cola para firmarme en el brazo.
También se acercaron las chicas de la otra clase, pronto todo el colegio había firmado en el yeso, y al final le tocó a Preben. Los demás chicos estaban en un corro riéndose por lo bajo, porque en el patio de recreo todo el mundo sabe todo, todo lo que se dice se cuenta a otros, al í no hay secretos, al í corren los rumores. Pronto no cabrían más nombres. –
¿Sabes por qué el brazo derecho es más largo? –preguntó Preben. Y se contestó a sí mismo–: Porque es con el que te haces las pajas. Firmó junto al nombre de la Hueso. –Así que ahora tu brazo izquierdo será igual de largo, dijo y se colocó junto a los demás en un círculo de risas.
Se reían sin cesar. También yo me eché a reír. –No si me las haces tú, dije. Se hizo el silencio. Me miraron de reojo. Se acercaron. El patio entero nos miraba. Pero ahora no podían darme una paliza. El os lo sabían. Yo lo sabía. Yo había solicitado una paliza aplazada.
Cuando l egué a casa, Fred seguía junto a la ventana con las manos en los bolsil os. Me senté en la cama. –¿Papá no ha l egado aún?, pregunté. Fred se volvió. –¿Quién? –Papá –repetí–. ¿Está de viaje? –¿De
quién estás hablando, Barnum? De nuevo apareció en su mirada aquel a oscuridad que vibraba en el fondo de sus ojos. –Arnold, susurré. –¿Te refieres a Arnold Nilsen? ¿Ese gordo estúpido con el pelo liso? ¿Ese que se pasa por aquí de vez en cuando a comerse nuestra comida y fol arse a nuestra vieja? Me volví hacia el otro lado y asentí con la cabeza. Fred volvió a mirar por la ventana. Se encogió de hombros, su cabeza se hundió. –Ni idea. Conseguí sacar la bolsa de cande y la dejé en la mesa.
Fred no se movió. –Sírvete, dije con cautela. Al cabo de un rato dijo: –
Muchas gracias. No sabía si debía reírme, me entraron ganas de reírme, pero Fred no tocó el cande, por eso no me reí. –Muchas gracias, repitió.
–Sírvete, dije otra vez. La bolsa marrón seguía sobre la mesa. –¿Tú me ayudarías si alguien me diera una paliza, Fred? Él volvió a encogerse de hombros. –No si te la merecieras. La paliza, quiero decir. Por cierto, ahí l ega. –¿Quién? –¿Quién? Ese gordo estúpido que se come nuestra comida y se fol a a nuestra vieja. Estuve a punto de echarme a l orar. –
No digas esas cosas, Fred. –¿Esther te ha regalado el cande? Pero antes de poder contestarle, mi padre entró aparatosamente por la puerta y me levantó por los aires, estuvo a punto de machacarme la escayola. –¡Chico loco! –gritó–. ¿Estabas jugando al circo ahí arriba bajo el cielo, o qué? –
Me soltó y se volvió bruscamente hacia Fred–. ¿Fuiste tú quien l evó a Barnum al desván? Fred se limitó a mirar fijamente por la ventana. –
Mírame cuando te hablo, dijo mi padre, poniéndole la mano sana en el hombro. Un temblor recorrió el cuerpo de Fred. –Aparta esos dedos –
susurró–. Ahora mismo. Mi padre vaciló un instante, luego dejó caer la mano y se volvió hacia mí. –Sólo quería contemplar la ciudad desde la claraboya –expliqué–. Y me caí. Fred no estaba conmigo. Mi padre sonrió, se secó la cara con el pañuelo y repasó con el dedo todos los nombres de mi escayola. –¡Vaya! ¡Tienes muchos amigos, Barnum! ¡Más de los que yo he tenido nunca! Fred se rió entre dientes junto a la ventana. Mi padre sacó del bolsil o de la chaqueta cinco plumas, eligió al final la más gorda, quitó el capuchón y escribió por todo el codo. Que te mejores. Saludos de tu padre. –¿Dónde has estado?, pregunté. Enroscó el capuchón de la pluma y se la metió en el bolsil o del pecho. –¿Que dónde he estado? He estado trabajando, Barnum. ¿Cómo si no íbamos a tener comida en la mesa? Fred volvió a reírse. Mi padre apretó el puño, pero inmediatamente volvió a aflojar los dedos. –Bueno, ahora voy a
sorprender a vuestra madre, dijo, entrelazando las manos y yendo hacia la puerta. –¿No has traído nada?, pregunté. Él se detuvo en seco y su cara grande y lisa pareció descomponerse antes de que lograra recomponerla en una sonrisa. –¿Si he traído algo? ¡Pero si tuve que dejar todo lo que tenía entre manos para volver a casa a verte, Barnum! Luego desapareció por la puerta, dejando tras él un olor dulzón a perfume, gomina y caramelos. Fred y yo permanecimos cal ados durante un buen rato. –Tal vez haya estado aquí abajo en el café Valka bebiendo cerveza todo este tiempo –dijo Fred por fin–. Tiene la cara más gorda. Fred se sentó en su cama. Parecía cansado. –Firma tú también en la escayola, le dije. –¿Por qué? –Porque todo el mundo ha firmado. –¿Todo el mundo? Déjame verlo. Se me acercó y empezó a leer los nombres. Tardó lo suyo. Yo esperaba. –No veo que Cliff Richard haya firmado, dijo, levantando la vista. Yo no sabía si l orar o reír. Nunca sabía qué hacer cuando Fred me miraba de esa forma. –No, dije en voz baja. –¿Y el rey Olaf? ¿Ha firmado? –Claro que no, susurré. –¿Pero no dijiste que había firmado todo el mundo? –Quería decir todo el mundo en el colegio, Fred. Volvió a inclinarse sobre la escayola y esta vez tardó aún más. Por fin me soltó el brazo. –Tampoco ha firmado S, dijo. Yo no sabía que dolería tanto.
Me dolió tanto que casi me alegré. Fred levantó la vista, y es probable que viera un cambio en mi cara, porque la oscuridad de sus ojos desapareció flotando como aceite. –Ha muerto, susurré. Fred reflexionó.
–Si alguien pretende darte una paliza, tú dale con la escayola en la cara.
¿Vale? ¿Vale, Barnum? Asentí con la cabeza. Me tranquilicé. Incluso me atreví a insistir. –Venga, firma –repetí–, por favor. Y Fred fue por la pluma. Resultaba extraño verlo con la pluma en la mano, era como si no encajara entre sus dedos. Él era capaz de sostener casi todo sin vacilar, cuchil o, destornil ador, martil o, sierra, pelota de tenis, piedras, peine, espada, cualquier cosa, pero ahora le temblaba la mano. Volvió a sentarse junto a mí, encorvó la espalda y empezó a escribir en el último sitio vacío de la escayola. Lo hizo despacio. Le puse la mano con mucho cuidado en el cuel o, estaba caliente e inquieto. Pude oír su respiración y el corazón que le latía detrás de la fina camisa. Luego se sacudió para librarse de mí y la oscuridad volvió a sus ojos. Había escrito Ferd. –No importa, dije en voz baja. –Que te jodan, dijo Fred. –No importa, repetí.
Fred repasó con la pluma las letras revueltas una y otra vez hasta que la
punta se rompió y la tinta flotó por el brazo, cubriendo todos los nombres con manchas azules, que iban creciendo como sombras en un dibujo enfurecido. Se levantó y lanzó la pluma rota contra la pared. –
¡Seguro que lo hiciste aposta!, gritó. –¿El qué?, susurré. –Que te rompiste el brazo aposta. ¡Lo hiciste para que todo el mundo sintiera pena por ti! ¡Joder! ¡Eres una mierda! –Sí, contesté. Fred se cal ó de repente. Me miró desde arriba, casi extrañado. –¿Qué has dicho? –He dicho que sí. Lo hice aposta. Fred me dio una bofetada. Me caí en la cama. Luego posó la mano tranquila y suavemente en mi mejil a. –
¿Cómo voy a poder cuidar de ti si haces esas cosas? Se apresuró a meter la mano en el bolsil o, a punto de decir algo más, pero no le salió. Optó por tomar la bolsa de cande y abrir la puerta violentamente. Al í estaba mi madre entre mi padre y Boletta, con un gran roscón en una bandeja.
Fred los apartó hacia un lado y no volvimos a verlo hasta el lunes siguiente, y eso que sólo estábamos a viernes.
Mucho tiempo después, cuando ya me habían quitado la escayola hacía días, tenía el brazo flaco y gris y cosido con una costura azul y arrugada, había empezado a ir a la Academia de baile y había conocido a Peder y a Vivian, Fred quiso que fuera con él al Cementerio del Oeste.
Yo no tenía muchas ganas, los cementerios no me gustaban, me quitaban el sueño y el apetito, pero Fred había robado dos tulipanes del macizo de flores del portero Bang, y quería que fuera con él porque tenía algo que decirme, así que no me quedó más remedio. Incluso me prestó su chaqueta de piel de melocotón y me hubiera gustado que alguien me viese con el a, por ejemplo, Vivian. Pero no nos encontramos con nadie. Primero creí que íbamos a la tumba de la Vieja, pero cuando l egamos al cementerio, a ese feísimo y precioso cementerio, pues era el mes de mayo y los árboles rebosaban de verdor, él fue directamente hacia la otra punta, a ese rincón intransitable y descuidado en la parte más lejana de la bocacal e de los muertos. Fred dejó las flores junto a una raquítica e inclinada cruz blanca de madera.
Incluso yo tuve que agacharme para poder leer el nombre. K. Schultz.
1885-1945. –¿Quién es?, pregunté. –Mi médico, contestó Fred. Volví a mirar la tumba. No me encontraba a gusto. Quería irme a casa. –
Siéntate, dijo Fred. Nos sentamos en la escasa hierba amaril a. Fred miró
a su alrededor. Era un lugar triste. –Los buenos se pudren primero, dijo.
Yo estaba muy quieto. –¿Qué? –Los buenos se pudren primero, repitió y era casi como si sonriera. Se echó hacia atrás y yo hice lo mismo.
Miramos el cielo, que se movía lentamente en la luz. –K. me salvó la vida, dijo Fred. Yo apenas me atrevía a respirar. –¿En qué sentido?, susurré. –En realidad yo no debería haber nacido, contestó Fred. Yo yacía quieto junto a él, en la hierba tiesa del Cementerio del Oeste. El viento se movía por los árboles. El sol flotaba. Una hormiga subía por una paja, un avión salió del cielo. Intenté imaginarme que Fred no existía, que sólo estaba yo, que era hijo único, pero no lo conseguí. Mis sueños se habían secado, como si también el os hubieran estado escayolados y ahora colgaran flacos e inútiles. Resultaba imposible imaginarse el mundo sin Fred, aunque muchas veces hubiera deseado librarme de él para siempre. –¿Qué?, dije. –No debería haber nacido, repitió. Esperé a que continuara, pero en el fondo quería que se cal ara.
–Me forzaron a entrar en nuestra madre –dijo en voz baja–. Deberían haberme quitado de en medio. Deberían haberla excavado y haberme tirado a la basura. Pero nuestra madre no dijo nada hasta que fue demasiado tarde, y el doctor Schultz estaba tan borracho que no me descubrió. –¿Cómo lo sabes?, susurré. Fred sonrió. –He escuchado en el patio, en el desván. Hay historias por todas partes, Barnum. Pero nadie es capaz de decirme quién es mi padre. Ese que forzó a nuestra madre.
Ese que se abrió camino dentro de el a y la destrozó. Fred hablaba de un modo muy raro. Nunca le había oído hablar así. Era como si hubiera aprendido una nueva lengua o la hubiese inventado. Arrancó una paja, se la metió en la boca y se volvió hacia mí. –Lo mejor sería que estuviera muerto, ¿verdad? ¿Verdad, Barnum?
Permanecimos en la hierba un buen rato sin decir nada. Tenía frío.
Ojalá Fred no me hubiera contado aquel o. Había muchas cosas que no quería oír. Luego se levantó, se quitó la tierra y la hierba de la camisa y miró un instante los dos tulipanes y esa pobre tumba que nadie visitaba y que pronto estaría cubierta de hierbajos y olvidada para siempre.
Recuerdo que pensé: «¿Puede una persona desaparecer sin dejar huel a?»
–Pronto no habrá sitio para más, dije. –¿Sitio para quién? –Para los muertos. Fred se encogió de hombros. –Al menos para uno más, sí, dijo.
Se encendió un cigarril o y aceleró el paso. Intenté seguirlo, pero no pude. Me abandonó en el Cementerio del Oeste, su figura negra y flaca desapareció detrás de los árboles junto al parque Frogner, y yo me quedé sin aliento en el estrecho camino de gravil a, en medio del suave olor a tabaco, entre piedras de mármol, altas y relucientes, y ramos exuberantes. Y pensé algo más, aunque casi no me quedaba sitio en la cabeza: «También hay diferencias entre los muertos.» Entonces vi la tumba de Susanne. Su nombre estaba grabado en la piedra negra, así como su fecha de nacimiento y el día que murió. Nuestra amada, ponía.
Amada y ya perdida. Amada y ya perdida. De repente comprendí que Fred me había l evado al í, a la tumba de Susanne, sólo que antes había dado un rodeo. Y sentí un enorme cariño por él; es más, en ese momento le amaba profundamente y sin reservas. Y l oré de verdad por él, por mi medio hermano. Volví al doctor Schultz, tomé uno de los dos tulipanes y lo puse en la lápida de Susanne. Me pregunté si debería ir a buscar el anil o, pero no lo hice. Podía quedarse donde estaba. Luego lo olvidé, incluso me olvidé de mí mismo, pues tenía muchas otras cosas en que pensar. Pero cuando Vivian estaba embarazada de Thomas, y se fue a vivir al desván de Kirkeveien, que transformaron en áticos cuando la ciudad comenzó a rebosar de dinero, yo me senté una noche debajo de la claraboya a beber sin alegría, pero con determinación y terquedad, con el fin de acelerar el olvido, y me acordé de repente de ese anil o que seguramente estaría dentro de la pared, tapado con cemento, y me produjo una especie de alegría recordarlo, un anil o con la letra S, la primera letra del nombre de una chica que nunca recibió ese regalo que había comprado para el a. La nieve caía sobre la ventana inclinada. Y
pensé, mientras bebía para alegrarme y para deprimirme: «Sí que dejamos huel as. Llevamos tras de nosotros una estela que nunca se cierra del todo, una grieta en ese tiempo que con tanto esfuerzo dejamos atrás.»
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