El hermanastro

Lars Saabye Christensen · Capítulo 12 de 46

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El hermanastro

Blåsen

Una tarde del mes de enero del nuevo año, 1946, la Vieja está sentada en Blåsen, la parte más alta del parque Sten, contemplando la silenciosa ciudad. Le inspira tranquilidad estar al í, es su lugar. Observa el fiordo, gris y pesado bajo la helada niebla que deriva sobre la colina de Ekeberg.

Los abetos de Navidad se yerguen en los balcones con restos de adornos colgando de las ramas secas y marrones. La Vieja está triste y aterrada.

Vera sigue sin hablar, y ya no puede ocultar que l eva un hijo en sus entrañas. Es una insensatez que está a punto de l evarlas al borde de la demencia silenciosa. Boletta no duerme por las noches, incapaz de perdonarse el haber permitido que Vera subiera sola al tendedero. Y

Vera se coloca todos los días frente al espejo con la cabeza baja, sin soportar su propia mirada. Pronto necesitará dos espejos. ¿Quién penetró en el a el día de la alegría? La Vieja no lo sabe. Sólo sabe que el que lo hizo, el padre del niño, forzó su voluntad, reventó, destrozó, hundió a Vera en la oscuridad, y no merece sino un dolor aún mayor y una oscuridad aún más profunda. Pero muy dentro de el a repite:

«Tenemos que cuidar bien de ese niño.» Pues la Vieja sabe todo lo que hay que saber sobre el dolor y la pena. El dolor es su fuerza. Vive de la pena, es su tormenta, lo que la mueve. Eso es lo que desea enseñar a Vera, a l evar la pena como un triunfo, y el dolor como un ramo que ha de florecer cada noche. Oye pasos en la nieve y no necesita volverse para saber quién es. Piensa: no estoy triste ni aterrada. Soy sabia y vieja, pues,

¿quién podría serlo sino el a? Sabia, vieja y valiente. La Vieja sonríe cuando Vera se sienta a su lado, y espera un largo rato antes de hablar, las dos están cal adas, y soportan mutuamente el silencio de la otra.

–Supongo que no has venido aquí a hablar –dice por fin la Vieja–, pero puedes acudir a mí de todos modos. Vera apoya la cabeza en el hombro de su abuela. La Vieja tiembla un instante. Recuerda una vez que estuvieron rodando tres días enteros, en los que tomaron dieciocho escenas. El título de la película era La camarera y el húesped

desconocido, e incluso habían montado un estudio en el campo, a las afueras de Copenhague. Los ojos le ardían tras tantas horas bajo la penetrante luz, pero se sentía feliz porque sería un éxito, una gran sensación, todos lo sabían, todos estaban felices, desde el chico de la claqueta hasta el director, desde el pianista hasta el galán. Entonces oyeron un grito del fotógrafo, que a continuación se echó a l orar. El hombre se había olvidado de meter la película en la cámara. Era imposible. Aquel o no podía suceder, pero había sucedido. Todo había sido en vano. Cada mirada, cada movimiento, estaban olvidados, desaparecidos, como si nunca hubieran tenido lugar, como si todo lo que no se fijara en un rol o de película fuera una mentira, algo irreal, nada. El director se levantó de la sil a, volvió a sentarse y ocultó la cara entre las manos. Nadie se atrevía a decir nada, y la Vieja, que era joven entonces, la Joven, guapa y solicitada, fue la única que se atrevió a levantar la voz. –Volvamos a hacerlo, dijo. Pero no se pudo. No se pudo volver a hacer. Tuvieron que inventarse algo nuevo, un título nuevo, una historia nueva. Y todo lo que hacían, fuera lo que fuese, lo comparaban siempre con aquel o que jamás se filmó, y nunca quedaban satisfechos. Jamás superaron aquel o que no existía. «Fue el final», piensa la Vieja, temblando de nuevo. La mejor película no sólo fue muda, también invisible. Tiene ganas de contárselo a Vera, pero opta por decir otra cosa, porque tal vez ya se lo haya contado antes, y en realidad es una historia triste. –Sé lo que estás pensando, aunque no digas nada, Vera. Eso ocurre cuando se es duro de oído. No oigo más que pensamientos, sueños y corazones que laten.

La Vieja suspira, rodea a Vera con el brazo y le quita la nieve del pelo. –Alguien te hizo daño, mi pequeña Vera, el mayor daño que se nos puede hacer. Perdóname a mí y perdona a Boletta por no haber entendido tu silencio.

Así están Vera y la Vieja en la parte más alta del parque Sten, sentadas y abrazadas contemplando la ciudad, esa ciudad en la que también yo voy a perderme, aunque es estrecha, las colinas la comprimen, y la cubre un cielo más pequeño que la tapa de una caja de zapatos. –¿Te he hablado del Hombre Nocturno? Venía aquí con los cabal os moribundos y los enterraba. Estamos sentadas sobre una

montaña de cabal os muertos, Vera. Pero nadie sabe qué hacía durante el día. Algunos decían que dormía junto a los cabal os muertos. Y al final desapareció del todo.

Ahora es la Vieja la que tiene que apoyarse en el hombro de Vera. –

Hay demasiados hombres nocturnos en nuestra familia, susurra.

Vuelven a casa cuando hace mucho frío para seguir sentadas. La Vieja deja su chal a Vera. Cuando cruzan Pilestredet, más abajo del café Bayern, donde siguen aún en pie los deformes barracones de los alemanes, convertidos ahora en guardería, se encuentran con Arnesen y su mujer, que está de los mismos meses que Vera. Lleva un ancho abrigo de piel y escudriña a la joven con una ligera sonrisa, mientras Arnesen saluda con el sombrero. –Veo que el estado de buena esperanza ya no puede ocultarse, dice. La Vieja lo mira a los ojos. –¡Buen hombre, nosotras no tenemos nada que ocultar! ¡Adiós!

Y agarra a Vera del brazo y se la l eva consigo. Arnesen vuelve a ponerse el sombrero. –Pronto iré a vaciar el reloj –grita tras el as–. Y

recuerden que si van a quedarse con el niño, hay que aumentar la prima.

Pero la Vieja sigue andando con la espalda erguida, y agarra firmemente a Vera. –No te vuelvas –susurra–. No vamos a dar ese gusto a Arnesen y a su mujer, que es tan repulsiva como él.

Se da cuenta de que Vera se ha puesto pálida, le tiemblan los labios y le cuesta subir la escalera. Toma aliento, y ya en el recibidor se desploma en el suelo con un grito. Boletta aparece al instante. –Dios mío –

susurra–, ¿se ha enfriado? La Vieja se arrodil a junto a Vera. –No –dice pausadamente–. Vera está a punto de dar a luz.

¿Y cómo puedo yo, el estéril que está al margen de todo eso, describir el dolor, la ira y el amor del alumbramiento? Han comenzado las repentinas contracciones del gran músculo de la matriz. Se revienta la parte de abajo del cuel o del útero, formando un túnel para el feto, que l eva treinta y ocho semanas en esa cálida cavidad en una membrana de agua, en otras palabras, se trata de un feto impaciente y desconsiderado que se abre camino a la fuerza por la pelvis. Los dolores aumentan, tiran los bordes de la pared abdominal y el diafragma, ha l egado la hora, el niño está cavando su salida al mundo. Boletta va a

buscar un taxi, y entre el a y la Vieja bajan a Vera en brazos y la colocan en el asiento de atrás. El conductor, un joven de uniforme y gorra recién pulida, las mira espantado. La Vieja grita:

–¡Al hospital de Ul evål, señor! ¡A la Maternidad! ¡Ahora mismo!

Y él conduce a más velocidad de la permitida por Kirkeveien, mientras Vera emite gemidos, ruidos y estertores, y el sudor le chorrea por la cara. De repente se detiene en el a todo sonido, y se hunde en el asiento. La Vieja le levanta con cuidado el vestido, y ve asomar la cabeza del niño, una cabeza arrugada y babosa que ya toma aliento para lanzar un grito, y sigue el resto del cuerpo; es un niño, acompañado por la placenta, un charco de sangre, membranas y mucosidades. El taxista frena en seco y el niño se queda berreando en el asiento entre los muslos de Vera, vivo e iracundo. Así l egó mi hermano, mi hermanastro, al mundo, en un taxi, en el cruce entre Kirkeveien y Ul evålsveien. Y las primeras palabras de Vera, sentada con los ojos cerrados, son estas extrañas palabras: –¿Cuántos dedos tiene? Boletta mira a la Vieja, que se inclina sobre el niño chil ón y le cuenta los dedos de las manos. –Tiene diez dedos preciosos, susurra tranquilamente.

Vera abre los ojos y sonríe. El taxista se inclina sobre el volante sin pensar en los asientos de cuero manchados de sangre, vísceras y mucosidades, porque no hay tiempo para pensar en esas cosas cuando un ser humano acaba de l egar al mundo en tu coche, lo que hace es ponerse a contar, cuenta los meses y las semanas, y l ega al mes de mayo de 1945. –A éste no pueden ponerle otro nombre que Fred1, dice por fin.

Fred solía expresarlo así: «Me bautizó un taxista en un cruce entre dos cal es. Me bautizó un jodido taxista en un jodido cruce de cal es.» Y

creo que le gustaba contarlo, porque siempre sonreía a continuación, pasándose la mano por la cara como si se sonrojara, aunque sólo yo estaba presente cuando lo contaba.

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