El hermanastro
La paloma
Encuentra abierta la puerta del desván. Todo está muy silencioso.
Boletta no oye las voces ni la música de la ciudad, de las cal es, ni el viento que siempre hace crujir las paredes como si todo el edificio se moviera un poco cada vez que sopla. –¿Vera?, grita. Nadie contesta.
Avanza por el pasil o al que dan todos los trasteros y se ajusta el chal.
Hay corriente, pero el viento es insonoro. Cae un polvo blanquecino de las vigas del techo. –¿Vera?, vuelve a gritar.
¿Por qué no contesta? Tal vez se haya escapado a Majorstuen.
Imposible. Boletta se ríe. Como si Vera se escapara alguna vez.
Seguramente se ha entregado a los sueños una vez más. Hoy tiene derecho a perderse en sueños. Hoy está permitido olvidar, y al día siguiente podrán recordar lo que quieran. Hoy pueden hacer de todo.
Boletta siente de repente frío. Ve un cochecito de niño l eno de leña tirado delante de el a.
Se detiene. –¿Vera? Ni siquiera arrul an las palomas. El silencio es doble. La puerta de nuestro tendedero vibra aún en las bisagras.
Entonces lo oye: un crujido constante parecido al tono del teléfono, como un enjambre de insectos que se acerca, pero al que resulta imposible ver. Nunca olvidará ese sonido. Boletta da un empujón al cochecito de niño para abrirse camino, recorre a toda prisa el último trecho, se para sin aliento delante de la puerta abierta y encuentra a su hija Vera; está en cuclil as junto a la cesta de la ropa. En el regazo tiene el vestido recién lavado que acaricia una y otra vez mientras canturrea por lo bajo, como si una nota torcida se le hubiera enganchado en el pecho.
Boletta se acerca lentamente a el a; Vera no levanta la mirada. Se observa fijamente las manos, que alisan la fina tela cada vez más deprisa. –¿Qué te pasa, Vera?
Pero Vera mira hacia otra parte sin dejar de acariciar el vestido azul.
Boletta se arrodil a frente a su hija y le pone bruscamente la mano en el
regazo para detenerla. Está a punto de enfadarse, podría haberle sacudido, pero el día no es apto para enfados ni regañinas. Intenta reírse. –La Vieja ha encontrado una botel a de málaga detrás de Hamsun y no quiere bebérsela hasta haberse puesto el vestido. ¿Vienes? Vera se vuelve lentamente hacia su madre y sonríe. Su rostro, sus labios, todo está torcido, tiene hinchada la mejil a izquierda y una herida en la sien, debajo del pelo. Pero lo peor son los ojos. Son claros y grandes y no miran a ninguna parte.
Boletta está a punto de gritar. –Pero mi amor, ¿qué ha pasado? Vera canturrea, Vera ladea la cabeza y canturrea. –¿Te has caído? ¿Te has caído por las escaleras? ¡Vera, hijita, di algo! Vera cierra los ojos y sonríe.
–Acuérdate de dejar salir a la paloma, dice.
Entonces Boletta nota que el vestido nuevo está mojado y pegajoso.
Retira la mano. Los dedos se le han puesto rojos de sangre. –¿La paloma?
¿Qué paloma?
Pero Vera no contesta. Vera, nuestra madre, tomó posesión del silencio y no volvió a hablar en ocho meses y trece días. «Acuérdate de dejar salir a la paloma», fue lo último que dijo. Y Boletta levanta la vista mientras la sangre le gotea de la mano. El sol que entraba por el tragaluz ha desaparecido ya hace rato. La sombra cae oblicuamente como una columna de polvo negro en la habitación. Y en la cuerda de tender, justo encima de el as, está posada, inmóvil, el ave gris.
Boletta sacude la mano. –¡Dios mío! ¿Qué es toda esta sangre? Vera se apoya en su madre, que la levanta con mucho cuidado y la l eva en brazos por el pasil o y las escaleras. El miedo ha fortalecido y enloquecido a Boletta, esa mujer de constitución menuda. Una de el as l ora, o tal vez las dos, y Vera se niega a soltar el vestido ensangrentado.
Las pinzas se le van cayendo del bolsil o del delantal a cada paso que da su madre, y quedan en el suelo tras el as. A Boletta no le importa, ya las recogerá cuando vuelva por la cesta de la ropa, que se queda donde está.
Y recuerdo aquel a ave que encontramos una noche Fred y yo al fondo del trastero, una paloma dura y disecada, como una momia emplumada, aquel a vez que Fred se compró un ataúd con el fin de entrenarse para morir, pero para eso aún falta mucho.
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