El hermanastro

Lars Saabye Christensen · Capítulo 27 de 46

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El hermanastro

El laberinto

Una vez Peder me preguntó por lo primero que yo realmente recordaba de Fred. ¿Por dónde empezar? ¿Qué imagen elegir entre ese montón de recuerdos escondidos en una oscuridad que raramente me atrevía a abrir? Todas las imágenes se mezclaban y se fundían las unas con las otras, los años que las separaban se borraban cuando echaba la vista atrás, de manera que ya no aparecían por separado, pues los recuerdos son siempre impuros, montados en un orden desconocido, hechos sacados con doble exposición, imposibles de arrancar, con otra lógica, una cronología al revés, que es la huel a de la memoria, como las huel as de los pasos del niño en la película El resplandor, que veríamos juntos mucho tiempo después en el cine Saga. No me dejaban entrar, y tuve que enseñar el carné para acreditar mi edad, y Peder, que todavía era miedoso, pero sólo para las películas, me agarraba la mano a mí, que era miedoso para todo lo que no eran las películas, cada vez que los gemelos asesinados hacían acto de presencia en aquel baño de sangre. Peder podría haberme preguntado por lo primero que Fred recordaba de mí.

¿Qué pensó Fred al agacharse sobre el cochecito y ver a ese niño pequeño y silencioso que levantaba sus minúsculas manitas hacia él? Ése fue nuestro primer recuerdo, nuestra imagen común. ¿Cuando movió el cochecito para que me durmiera o para asustarme? ¿Fue al í donde empezamos? Peder levantó la copa y brindó. –No te acuerdas realmente, dijo. Bebí. –Odio la palabra realmente. Sabes que odio la palabra realmente. –De acuerdo –dijo Peder–. La borro. ¿Qué es lo primero que recuerdas de Fred? Y pienso: «No lo que me han contado otros, lo que ha sido añadido a mi memoria y narro a los demás como si hubiera estado presente cuando ocurrió, antes de mis tiempos, fuera de mis tiempos, en el asiento de atrás del taxi en el que nació, o en el arroyo de la esquina de Wergelandsveien, cuando la Vieja acababa de morir»; no, no es eso lo que recuerdo, lo primero que recuerdo de Fred es lo siguiente: tres pares de medias de nailon, el olor a vino de málaga, y

Boletta, que lee en voz alta y tranquila extractos de la carta de nuestro bisabuelo, A bordo del s/s Antarctic, 17.8.1900. ¡Cuántas veces la habrá leído! El papel se ha vuelto frágil de los dedos que con sumo cuidado la han hojeado, desgastado está el borde del sobre del que saca cuidadosamente esas hojas siempre con la misma solemnidad, como si cada vez se tratara de la primera. A veces se le quiebra la voz y entonces oímos l enarse de nuevo las copas y las migas que caen de las pastas secas, mientras las tres mujeres se toman un pequeño descanso. Fred y yo estamos sentados debajo de la mesa del comedor. Cuento seis rodil as, dos de el as, las de mi madre, con agujero, la Vieja se ha quitado las zapatil as, el dedo gordo se le sale de las finas medias de un pie, y Boletta marca el paso con el pie conforme va leyendo. Fred apenas tiene sitio, pero yo estoy cómodamente sentado apoyado en su espalda y noto que está caliente, estamos todo lo quietos que podemos, contenemos la respiración, no queremos perdernos nada. Por fin Boletta prosigue.

Hasta aquí hemos tenido un viaje enormemente satisfactorio, atracamos en la isla desierta Jan Mayen y estuvimos anclados al í dos días, mientras los científicos estaban en tierra. Ya antes de l egar, el sol estaba alto en el cielo a medianoche. Al poco de haber abandonado la isla entramos en el hielo y nos abrimos camino a través de él, pero como se iba espesando cada vez más, nos vimos obligados, después de dos días, a dar la vuelta y esquivarlo. Avanzamos hacia el norte abriéndonos camino en un hielo más o menos compacto. A veces, cuando hacía buen tiempo o cuando no podíamos atravesarlo, amarrábamos junto a un témpano de hielo con el fin de obtener una serie de temperaturas, es decir, investigar la temperatura del agua del mar a distintas profundidades, y también sondeábamos, tenemos aparatos de sondeo a bordo con los que podemos sondear a una profundidad de hasta 4.000 brazas. Lo más que hemos sondeado, si no recuerdo mal, es a 1.600 brazas. –Dios mío –

susurra la Vieja–. ¡Qué valor! ¡1.600 brazas! –¡Cal a!, dice Fred en voz alta. Entonces se hace el silencio durante un buen rato. Y de repente Boletta lee, con voz clara y firme: –¡Supongo que no tengo que temer que esto l egue a la prensa, porque no quiero ni una palabra de todo esto en los periódicos! Se levanta el mantel y aparece la cara de mi madre que nos mira asombrada, pero creo que está fingiendo, porque seguro que todo el tiempo sabían que estábamos al í debajo. –¡Adivinad quién se ha

escondido debajo de la mesa!, susurra mi madre. La Vieja y Boletta también se agachan y miran, es como si sus cabezas colgaran boca abajo, yo me echo a reír, pero Fred sigue tan serio como antes. –Sigue –dice–.

Sigue. Mi madre suspira. –No, ya basta. Al niño no le viene bien. ¿Se refiere a mí o a Fred? ¿No nos conviene escuchar el resto, o no quiere que sigamos debajo de la mesa? Como quiera que fuera, aquel a noche no se leyó más. Boletta metió la carta en el sobre y la ató con un cordón azul para que no se perdiera ninguna hoja, y luego la guardó en el primer cajón del escritorio. Salimos a gatas de nuestro escondite debajo de la mesa, pero la cosa no acabó ahí, pues la Vieja ya se había puesto en marcha, como si los recuerdos se hubieran alborotado dentro de el a, empujando para salir. Me sentó en su regazo, y vi la mirada de Fred en el instante que la Vieja me rodeó con sus brazos y apoyé la cabeza en su pecho. Vi la envidia en sus ojos, y también algo más, desdén, no encuentro otras palabras, envidia y desdén, pero no se marchó, se sentó en el suelo en un rincón, porque sabíamos lo que estaba a punto de ocurrir. Boletta apagó todas las luces, corrió las cortinas y encendió velas. Mi madre se puso a freír trozos de manzana, el olor se mezcló rápidamente con la oscuridad, y la Vieja suspiró contenta. –Ya es la hora del crepúsculo –susurró–. ¿Qué queréis oír? –La carta, susurré. ¡La carta!

–No seas pesado, dijo Fred desde su rincón. Cuando la Vieja se disponía a contar, siempre empezaba por otra parte, como si quisiera entrar de lado en la historia, daba largos rodeos, prolongaba nuestras expectativas, hablaba de la pequeña ciudad de Köge, en la que nació, y sobre la cual también escribió Hans Christian Andersen. Hablaba de la raspa del bacalao, con la que se hacían tazas, azucareros y jarritas, y de los estatolitos del abadejo, con los que se hacían figuritas que se pegaban en pequeños estuches en los que se podía guardar objetos secretos. Yo comía trozos calientes de manzana adormilado, la oscuridad y la lentitud de la Vieja me daban sueño. Pero de repente el a estaba al í, en el trampolín del relato, lista para el gran salto. –Y entonces sucedió que un joven marinero cayó rendido a mis pies, dijo. Me desperté. –¿Cayó rendido a tus pies?, pregunté. Fred gruñó. La Vieja se reía entre dientes.

–Y yo caí rendida a los suyos, Barnum. Caímos los dos con tanta fuerza que se oyó hasta en Copenhague, bueno, en todo el país. –Mamá no exageres, dijo Boletta. La Vieja bebió un sorbito de málaga. –Dinamarca

no es muy grande, y esas cosas se oyen, dijo. –Sigue, susurré. Y la Vieja prosiguió: –Era cuando a mí me l amaban la Joven, cuando el mundo aún estaba en el siglo pasado. Pero nuestra felicidad sería breve. En el mes de junio de 1900, él se enroló en el velero Antarctic, que iba rumbo a Groenlandia. Y él, que se l amaba Wilhelm y es vuestro bisabuelo, nunca volvió conmigo, sino que se quedó al í arriba en el gran hielo. La Vieja se cal ó. Podía oír su corazón detrás del vestido; latía lentamente y con dureza, haciendo que sus manos temblaran. Estuve a punto de echarme a l orar. –No lo dejes ahora, susurré. La Vieja me acarició los rizos. –Tal vez la historia no empieza hasta ahora, Barnum, porque un año más tarde, cuando la pequeña Boletta ya había nacido, recibí la visita de un señor de la naviera; me traía una carta que habían encontrado en el anorak de Wilhelm el día que desapareció. Es la carta que está en el cajón. La Vieja tuvo que descansar un instante. Comió un trozo de manzana caliente. Esperamos. A lo lejos, se oía a la señora Arnesen tocar al piano la misma melodía de siempre. –Sigue –susurré–.

¡Sigue! –No seas pesado, dijo Fred. La Vieja prosiguió: –Cuando leí la carta, fue como si mi Wilhelm me estuviera hablando. Estaba desaparecido, pero me hablaba. Fue muy extraño. Podía oír su voz en las palabras, en la tinta seca, en la letra con la que tanto se había esmerado en el frío. Y no podía dejar de pensar que si se hubiera puesto aquel anorak tal vez habría sobrevivido. Boletta suspiró. –Entonces puede que también la carta hubiera desaparecido, dijo. Meditamos un instante sobre el o. Fred se levantó pero volvió a sentarse enseguida. Era ese olor a manzana frita en la oscuridad lo que nos tenía encandilados. Era la piel que nos crujía en la boca, dulce y tersa. La Vieja se limpió la nariz. –Y

luego me metí en el mundo del cine –susurró–, porque decían que era la muchacha más bel a de Dinamarca. Yo levanté la cabeza y la miré.

Colgaba como una arruga encima de mí. –¿Qué significa bel a?, pregunté. –Bonita, aclaró la Vieja. La miré aún más de cerca. –Entonces te mintieron, dije. La Vieja se reía y me empujó hasta la cama. Fred estaba muy enfadado porque tuvo que acostarse a la misma hora que yo, pero por alguna extraña razón no se negó. Nos quedamos despiertos en la oscuridad. –No deberías haber dicho eso, dijo. Me asusté. Había hecho algo que a Fred no le había gustado. –¿El qué? –Que mintieron. –

No quise decirlo, Fred. –Pero lo dijiste. No lo digas más. Me golpeé la

cabeza contra la almohada y l oré. –¿Quieres que te lea algo?, susurré.

Fred tiró un trozo de manzana al suelo. –¿Leer el qué, pequeñajo? Me pensé la respuesta. –Si vamos por la carta, podré leerte el resto. Fred permaneció cal ado un buen rato. –Nadie puede tocar esa carta –dijo al final–. Sólo Boletta y la Vieja. Y mamá. Volvió a cal arse. Yo tampoco tenía nada más que decir. –Además, no sabes leer, añadió. Me incorporé en la cama. –Sí que sé. –No, dijo Fred. –Sí que sé leer. –No –repitió Fred–. Eres demasiado pequeño. Me volví a tumbar, a punto de l orar. –

A b c, susurré. –¿Qué dices? –A b c d e f g, dije. Ahora fue Fred quien se incorporó. –¡Qué coño estás diciendo!, gritó. –H i j k l m n o p –dije tan deprisa como pude–. ¡Estoy leyendo! ¡Q r s t! Fred saltó de la cama y vino hacia mí, yo no sabía qué pretendía ni qué estaba a punto de hacer, sólo vi un puño y me hundí en el edredón con la esperanza de que no me encontrara en la oscuridad. Pero de repente se detuvo justo delante de la ventana. Al í se quedó de pie. Tras un largo rato me atreví a asomarme y vi que Fred tenía asido un lápiz con las dos manos, se agachó y trazó una enorme raya en el suelo, en medio de los dos. Y cada vez que mi madre la hacía desaparecer fregándola, Fred la pintaba de nuevo. Al final se dio por vencida y dejó esa raya que dividía la habitación en dos. ¿Es esa noche u otra en la que mi padre, Arnold Nilsen, trae a casa una lavadora? Da lo mismo. La trae esa noche. Por eso Fred no vuelve a acostarse, sino que permanece donde está, escuchando. Se oye un tremendo ruido procedente de la escalera. Mi padre sube una lavadora a la espalda y despierta a todo el bloque. No importa. Puede hacer todo el ruido que quiera, porque l ega a casa con una lavadora. Mi madre no da crédito a sus ojos, tiene que agarrar la mano de Boletta y ya tiene cogida la de la Vieja. Mi padre resopla como un alce y su cara está colorada, pero le quedan fuerzas para sonreír. –

Aquí l ego –anuncia–. ¡Hazme sitio! Y l eva la lavadora directamente al cuarto de baño. La deja en el suelo y se sienta en la bañera a secarse el sudor y tranquilizar su corazón desbocado. Mi madre va a buscarle una cerveza, es medianoche y aún no podemos creérnoslo. Se bebe toda la botel a de un trago y nosotros no dejamos de mirarlo con los ojos abiertos como platos. –¡Ya se acabaron los tiempos de que las mujeres os agotéis con la colada! –dice al final, mirando por turno a mi madre, a Boletta y a la Vieja–. ¡Porque he traído el progreso a casa! Se levanta de

la bañera como el rey Sol. –¿Dónde la has conseguido?, pregunta mi madre. La mirada de mi padre se torna impaciente, se percibe una pequeña tirantez en el rabil o de su ojo, una sombra en su sonrisa. Pero esa noche es demasiado buena para enfadarse. Opta por abrazar a mi madre y besarla con tanta fuerza que el a tiene que apartarlo de un empujón. –Con un mínimo esfuerzo, contesta mi padre riéndose. Y se pone a atornil ar y a ensamblar, profiriendo más maldiciones que nunca porque sólo puede hacerlo con una mano; mi madre me tapa los oídos y Boletta mantiene alejadas las orejas de Fred. La Vieja se limita a suspirar y a sacudir la cabeza de tanto progreso que cabe en el estrecho cuarto de baño. Pero una vez más mi padre se levanta triunfante. Por fin se ilumina un botón en la tapa y él lo señala con la mano sana. –Al girar el interruptor se consigue nada menos que lavar, escurrir y vaciar, por el orden que acabo de mencionar. De paso, también puedo decir que la lavadora tiene regulador, bomba automática, pulsador en la pared lateral y un tambor de acero inoxidable. Hay un largo silencio. Nos hemos quedado mudos de admiración y mi padre disfruta cada segundo. Nos tiene a todos embobados. Como por arte de magia, saca un paquete de detergente Blenda. –¡No os quedéis ahí alelados!

¡Traedme lo más sucio que tengáis! ¿Qué íbamos a l evarle? ¿Debíamos empezar por las cortinas, la ropa de cama, los calcetines, los trapos, los pantalones o tal vez todos los pañuelos? Nos quedamos parados, muy juntos, en el cuarto de baño. Ni siquiera Fred se mueve del sitio y mi padre se ríe cordialmente de tanta falta de inteligencia y tanta parálisis de acción; es la risa indulgente, la risa paciente y confiada en una noche generosa. –Entonces tendré que pediros que traigáis lo mejor que tengáis, susurra. Mi madre sale un momento y vuelve con sus medias de nailon. Boletta está a punto de protestar, pero mi padre aniquila su resistencia con otra sonrisa. –Lavamos lana, seda y otras prendas delicadas en agua templada en un minuto, dice en voz baja. Y suelta las medias, una por una, en la lavadora, cierra la tapa, echa los polvos en un pequeño cajón, abre el grifo y pone los dedos en el interruptor. Nos acercamos más. Mi padre gira el interruptor. Al instante escuchamos un sonido, un suave zumbido que va aumentando lentamente, la máquina empieza a temblar, a trepidar, un motor enfurecido que no se mueve del sitio. Mi madre está pálida, Boletta no se atreve a levantar la cabeza y la

Vieja sigue suspirando: esto no es el progreso, es la locura que se ha apoderado de la casa. Por un instante mi padre se pone un poco nervioso, su sonrisa cuelga de un hilo muy fino, y se tumba sobre la lavadora para mantenerla quieta, hay que procurar que no vuelque, aquí hay fuerzas que nos superan, una máquina como ésta puede propulsar el barco costero de Svolver a Bergen, ida y vuelta, antes de que se haya l egado al enjuague. Yo estoy detrás de Fred, que l ora de tanto reírse, y mi padre está a punto de darle una bofetada, pero de repente la máquina se tranquiliza, sube vapor por la tapa, se para y mi padre mira satisfecho su reloj y cuenta los últimos segundos del minuto. Entonces abre la tapa, levanta los tres pares de medias y los deja colgando de su mano destrozada. Bril an, y no sólo eso, incluso las carreras de las rodil as han desaparecido, lo juro, están enteras y limpias y huelen a dulce, parecen nuevas, son mucho mejor que nuevas, y mi madre, Boletta y la Vieja se ponen esas medias resucitadas y se dan un paseo por el piso sobre sus piernas recién lavadas. Mi padre nos l eva a Fred y a mí a un lado. –Ya habéis visto cómo hay que hacerlo, susurra. Es una noche que ninguno de nosotros va a olvidar. Y con eso se quita la camisa y la mete en la lavadora, también quiere nuestros pijamas, pero mi madre nos envía de nuevo a la cama. No nos dormimos, estamos acostados escuchando el canto de la lavadora, y cuando se ha hecho el silencio y l ega la mañana, vamos de puntil as al cuarto de baño, donde está colgada la camisa blanca de mi padre. Nos agachamos. Fred acaricia la pequeña placa de debajo del interruptor y yo estoy sentado muy cerca de él, lo más cerca que me atrevo. Fred está muy serio, aprieta los dientes y mueve el dedo lentamente de letra en letra. –l a v a d o r a, deletrea, muy despacio, diciendo cada letra en voz alta. Lo que pone en la placa no es lavadora, sino Evalet. Fred se vuelve hacia mí y sonríe. Yo también sonrío, pero no digo nada, porque son muy pocas las veces que él me mira así de sonriente, es como si se sintiera orgul oso y avergonzado a la vez. No le digo que Evalet es la marca de la lavadora y no lavadora. Nos quedamos sentados en el suelo frío del baño, debajo de la camisa de mi padre, y Fred pasa una y otra vez los dedos por las letras. –Lavadora, susurra.

Pienso en todas las pequeñas etiquetas que mi madre cosía en nuestra ropa, presil as para que nadie se equivocara de prenda en la clase

de gimnasia, en la piscina del parque Vigeland, en la Academia de baile o en la consulta del dentista. Cuando tuvimos lavadora, eso se convirtió casi en una obsesión. Todas nuestras prendas tenían nombre, las camisas, los jerseys, los calcetines, la chaqueta de piel de melocotón, los bombachos, los gorros, las manoplas, hasta en los calzoncil os nos puso presil as: Fred Nilsen, Barnum Nilsen. Nuestra ropa jamás se perdería.

Pero es ahora, con el paso del tiempo, cuando pienso en el laberinto, en el niño de El resplandor, que huye por entre los altos setos cubiertos de nieve, y en Peder, que me toma la mano en el cine Saga, a pesar de que tenemos treinta años, pero seguimos siendo asustadizos, cada uno a su manera. Y en el fondo del oído, donde crece el nervio auditivo, también hay un laberinto. Está l eno de un líquido transparente y algo espeso, el nivelador acústico, parecido a uno de esos caracoles que se encuentran en el borde del agua en el verano y que sirve de anzuelo para pescar. También debería haber un laberinto en el ojo, en el fondo del ojo, pero el ojo no es más que lágrimas y músculos, y veo a Fred pasando el dedo lentamente por el polvo de debajo de la mesa del comedor, por la carta, más al á de las medias de nailon, atravesando la raya de nuestro cuarto para l egar hasta la lavadora. –Jamás deberías haber dicho eso, Barnum. Me asusto mucho al oírlo. –¿El qué? ¿Qué es lo que jamás debería haber dicho? –Que mintieron a la Vieja, responde Fred.

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