Ensayos

Francis Bacon · Capítulo 43 de 62

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39 De las costumbres y la educación

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DE LAS COSTUMBRES Y LA EDUCACIÓN (1612)

Los pensamientos de los hombres están muy de acuerdo con su inclinación; sus discursos y conversaciones lo están con su aprendizaje y opiniones infusas; pero, después, sus hechos son según se haya acostumbrado; y, por tanto, como observó acertadamente Maquiavelo (aunque en un ejemplo malintencionado), no hay que confiar en la fuerza de la naturaleza ni en la audacia de las palabras salvo que estén corroboradas por la costumbre. Su ejemplo es que, para llevar a cabo una conspiración desesperada, no se debe confiar en la fiereza de una naturaleza humana o en su resolución emprendedora, sino utilizar a quien anteriormente haya manchado de sangre sus manos; pero Maquiavelo nada sabía del fraile Clemente ni de Ravillac ni de Jaureguy ni de Baltasar Gerard; sin embargo, aún sigue sosteniéndose su norma de que ni la naturaleza ni el compromiso de las palabras son tan fuertes como la costumbre. Sólo la superstición está hoy día tan avanzada que los hombres que ya han manchado una vez sus manos con sangre son tan firmes como carniceros por derecho propio; y una decisión tomada por votación es equivalente a la costumbre incluso en asuntos de sangre. En otras cosas, el predominio de la costumbre es visible en todas partes hasta donde pueda producir asombro oír a los hombres profesar, protestar, comprometerse, pronunciar grandes palabras y luego hacer exactamente, lo que hacían antes, como si fueran estatuas o máquinas movidas sólo por las ruedas de la costumbre. También vemos lo que es el reino o tiranía de la costumbre.

Los indostánicos (quiero decir la secta de sus hombres sabios) se echan tranquilamente sobre una pila de leña y se sacrifican en el fuego; también las viudas se esfuerzan por ser quemadas con el cadáver de su marido. A los chiquillos de Esparta, en los tiempos antiguos, se acostumbraba flagelarlos ante el altar de Diana sin que ellos sintieran temor alguno. Recuerdo que, en los comienzos de la época de la reina Isabel de Inglaterra, un rebelde irlandés condenado pidió al verdugo que le ahorcasen con cuerda de mimbre y no con soga de cabestro, porque así se había hecho con los anteriores rebeldes. Hay monjes en Rusia que, como penitencia, se sientan durante toda una noche dentro de una vasija con agua hasta que el agua se hiela. Muchos ejemplos se pueden poner de la fuerza de la costumbre tanto espiritual como corporal; por lo tanto, puesto que la costumbre es la principal legisladora de la vida humana, que los hombres se consagren, por todos los medios, a adquirir buenas costumbres. Ciertamente, la costumbre es más perfecta cuando comienza en los primeros años; lo que podemos llamar educación es, en efecto, una costumbre temprana. Así vemos que en el lenguaje, la lengua es más dócil a todas las expresiones y sonidos, las articulaciones más ligeras para todas las proezas de actividad y los movimientos durante la juventud que después; pues es cierto que los aprendizajes tardíos no acaban de habituarse bien, salvo en algunas mentes que no han soportado fijarse sino mantenerse abiertas y dispuestas a recibir continuas enmiendas, lo cual es extraordinariamente raro. Pero si la fuerza de la costumbre, simple y separada, es grande, la fuerza de la costumbre copulada, combinada y asociada es mucho mayor; porque el ejemplo enseña, la compañía conforta, la emulación apresura, la gloria eleva; por eso en tales circunstancias la fuerza de la costumbre está en su máximo influjo. En verdad, la enorme cantidad de virtudes de la naturaleza humana descansa en las sociedades bien ordenadas y disciplinadas; porque las repúblicas y los buenos gobiernos fomentan el desarrollo de la virtud mas no mejoran mucho la simiente; pero lo triste es que los medios más eficaces se aplican ahora a los fines menos deseables.