Ensayos
58 De las vicisitude de las cosas
58
DE LAS VICISITUDES DE LAS COSAS
(1625)
Dice Salomón: [1] Nada hay nuevo bajo el sol; así como Platón imaginaba que
todo conocimiento era sólo una remembranza[2], así Salomón pronunció su
sentencia: [3] ni de lo que sucederá habrá memoria; por donde se puede ver que el río Leteo corre tanto por encima como por debajo del suelo. Hay un astrólogo abstruso que dice que si no fuera por dos cosas que son constantes (una es que las estrellas fijas siempre están a la misma distancia unas de otras y nunca se aproximan juntas ni se alejan separadamente; la otra es que el movimiento diurno mantiene perpetuamente el tiempo), nadie dudaría un momento; cierto es que la materia es un flujo perpetuo y jamás se detiene. Las grandes mortajas que envuelven todas las cosas en el olvido son dos, diluvios y terremotos. En cuanto a los incendios y grandes sequías, no sólo despueblan sino destruyen. El carro de Faetón se fue sólo por un día; y los tres años de
sequía en los tiempos de Elías[4] fueron un caso aislado y la gente sobrevivió. En cuanto a los grandes incendios debidos a rayos, que ocurren con frecuencia en las Indias Occidentales, son poco extensos; pero en las otras dos destrucciones, por diluvio y terremoto, debe notarse, además, que el remanente de gente que sobrevive es, por lo general, ignorante y montañeses que no pueden dar cuenta de los tiempos pasados; así que el olvido es completo como si no hubiera quedado nadie. Si se considera con atención a las gentes de las Indias Occidentales, es muy probable que sean un pueblo más nuevo o más joven que los pueblos del viejo mundo; y es mucho más probable que la destrucción que haya habido allí anteriormente no haya sido por terremoto (como los sacerdotes egipcios dijeron a Solón referente a la isla
de Atlantis[5] que fue engullida por un terremoto), sino que fue asolada por un diluvio local, ya que los terremotos apenas se dan en aquellas partes; pero, en cambio, tienen ríos tan caudalosos que los ríos de Asia, África y Europa son
sólo arroyos junto a ellos[6]. Análogamente, sus Andes o montañas son mucho más altas que las nuestras; parece que en ellas se salvaron las generaciones supervivientes a aquel diluvio local. En cuanto a la observación que hace
Maquiavelo[7] de que el celo de las sectas contribuye mucho a que se extinga la memoria de las cosas, interpretando a Gregorio el Magno, pues éste hizo cuanto pudo para suprimir todas las antigüedades paganas, yo no veo que tal celo tenga gran efecto ni dure mucho; como se comprueba en la sucesión de Sabiniano, quien revivió las anteriores antigüedades.
Las vicisitudes o mutaciones en la esfera superior no son adecuadas para la materia del presente argumento. Pudiera ser, de acuerdo con el gran año de
Platón[8], si el mundo fuera a durar tanto, que tuvieran algún efecto no en renovar la situación de tales individuos (pues eso imaginan los que conciben que los cuerpos celestes tienen una influencia más vigorosa sobre las cosas de aquí abajo de la que en realidad tienen) sino en general. Aparte de eso, los cometas tienen poder sobre el total conjunto de las cosas; pero más bien se los contempla y se aguarda su paso que observarles con discernimiento en sus efectos, especialmente en sus efectos respectivos; es decir, qué clase de cometas por su magnitud, color, interpretación de sus rayos, situación en la región celeste o duración producen determinada clase de efectos.
Hay cierto hecho curioso que he oído y no he desechado hasta ver más adelante. Dicen que se observa en los Países Bajos (aunque no sé en qué parte) que cada treinta y cinco años, se repite Ta misma clase y sucesión de años y clima: como grandes heladas, tiempo húmedo, grandes sequías, inviernos cálidos, veranos poco calurosos y cosas análogas; y lo llaman el comienzo. Es una cosa que debo mencionar porque, al hacer comprobaciones en el pasado, encontré algunas coincidencias.
Pero dejemos esas cosas de la naturaleza y vengamos a los hombres. Las mayores vicisitudes de las cosas entre los hombres son las vicisitudes de las sectas y religiones; porque tales órbitas rigen mayormente los espíritus humanos. La religión verdadera está edificada sobre roca; las demás están arrojadas sobre las olas del tiempo. Por tanto, hablaremos de las causas de las sectas nuevas y daremos algunos consejos respecto a ellas, hasta el punto en que la flaqueza del juicio humano pueda dar estabilidad a tan grandes revoluciones.
Cuando la religión primitivamente aceptada se desgarra con discordias, cuando la santidad de los que profesan la religión decae y se cubre de escándalo y, al mismo tiempo, la época 'es estúpida, ignorante y bárbara se puede suponer que surgirá una nueva secta si, además, surge por entonces algún espíritu extravagante y extraño que se haga autor de ella; todas esas condiciones se dieron cuando Mahoma publicó su ley. Si una nueva secta careciera de las dos propiedades que diremos, no haya miedo, porque no se propagará. La primera es suplantar u oponerse a la autoridad establecida, porque nada es más popular que eso; la otra es dar licencia para los placeres y la vida voluptuosa. En cuanto a las herejías especulativas (como fueron, en los tiempos antiguos, la de los arríanos y en los actuales la de los arminianos), aunque obran poderosamente sobre las mentes, no producen grandes alteraciones en los Estados, salvo que se produzcan con ayuda de revueltas civiles. Hay tres modalidades en la implantación de una nueva secta; por el poder de señales y milagros; por la elocuencia y erudición de los discursos y la persuasión y por la espada. En cuanto al martirio lo incluyo entre los milagros, porque parecen exceder la fortaleza humana; y lo mismo puedo hacer con la superlativa y admirable santidad de vida. Seguramente no hay mejor forma de detener la iniciación de las nuevas sectas y de las herejías que la de reformar los abusos; arreglar las más pequeñas diferencias; actuar suavemente y no con persecuciones sanguinarias; y más bien apartar a los principales autores persuadiéndolos y anticipándose a ellos que enfureciéndolos con violencias y amarguras.
Los cambios y vicisitudes en las guerras son muchos, pero, principalmente, en tres cosas: en lugares o escenarios de la guerra, en las armas, y en la forma de conducir la guerra. Las guerras, en los tiempos antiguos, parecían más moverse de Oriente a Occidente; pues los persas, asirios, árabes y tártaros (que fueron los invasores) eran todos pueblos orientales. Cierto es que los galos eran occidentales, pero de ellos sólo hemos leído dos incursiones: una a la Galacia y la otra a Roma; pero Este y Oeste no tienen puntos fijos en el firmamento; y tampoco tienen las guerras, tanto del Este como del Oeste, ninguna certeza para su observación; pero el Norte y el Sur son fijos y pocas veces o nunca se ha visto que los más alejados pueblos meridionales hayan invadido a los septentrionales, sino al contrario; por lo cual queda manifiesto que la ruta septentrional del inundo es por naturaleza la región más belicosa, debiéndose eso a las estrellas de aquel hemisferio o a los grandes continentes que hay al norte; ya que la parte sur, que se sepa, es casi toda mar; o (lo que es más aparente) que el frío de la parte norte, que es lo que es, sin ayuda ni disciplina, ha hecho que los cuerpos sean más esforzados y el coraje más ardoroso.
En el resquebrajamiento y conmoción de un gran Estado e imperio puede estarse seguro que habrá guerras; porque los grandes imperios, mientras se mantienen, enervan y destruyen las fuerzas de los nativos a quienes han sometido, descansando sobre sus propias fuerzas de protección; y luego, cuando caen, todo se destruye y todo se convierte en botín. Eso ocurrió en la decadencia del imperio romano y, análogamente, en el imperio germano, después de Carlomagno, cada cual se llevó lo que pudo, y no otra cosa le ocurriría a España si cayera. Los grandes acrecentamientos y uniones de reinos también promueven guerras; porque cuando un Estado crece hasta hacerse superpoderoso es como una gran crecida de agua que podrá asegurarse que se desbordará, como se ha visto en los Estados de Roma, Turquía, España y otros. Considérese que cuando el mundo tiene el menor número de pueblos bárbaros, por lo común, no hay matrimonios ni nacimientos, salvo que se tengan medios de vida (como pasa casi en todas partes, excepto en Tartaria) y no hay peligro de inundaciones de gente; pero cuando hay multitud de gente, la cual continuará generando sin prever los medios de vida y sustento, es necesario que una o dos veces en cada época descargue una parte de su población sobre otras naciones; lo cual solían hacer echándolo a suerte, los antiguos pueblos septentrionales, y así designaban qué parte se quedaría en la patria y qué otra tendría que salir a buscar fortuna. Cuando un pueblo guerrero se ablanda y afemina puede estar seguro de que tendrá guerras, pues, por lo general, tales Estados se han hecho ricos en la época de su degeneración; y así incitan a que les invadan y su decadencia en valor anima a provocarles guerra.
En cuanto a las armas, apenas se pueden dar reglas sobre ellas ni hacer observaciones; sin embargo, se ve que también tienen cambios y vicisitudes; cierto es que la pólvora fue conocida en la ciudad de Oxidraces, en la India, y fue lo que los macedonios llamaron trueno y rayo, y magia; y es bien sabido que el uso de la pólvora se conocía en China desde hace más de dos mil años. Las condiciones de las armas y sus perfeccionamientos son: primera, asentar lejos el golpe porque eso aleja el peligro, como se ve en la artillería y los mosquetes; segunda, la fuerza del impacto en el que, análogamente, la artillería excede a todos los demás arietes e invenciones antiguas; la tercera es la comodidad de su utilización, pues sirve en todo tiempo, su transporte puede ser ligero y manejable, y ventajas análogas.
En cuanto a la forma de conducir la guerra: al principio, se confiaba extremadamente en el número; análogamente, las guerras descansaban principalmente en la fuerza y el valor señalándose días para las batallas en campos acotados y desarrollándolas como un torneo; y eran más ignorantes para disponer y desarrollar las batallas. Después de superar el criterio de confiar en el número, más bien eficaz que cuantioso, superaron las ventajas del lugar, ingeniando ardides y cosas semejantes y se hicieron más hábiles en la disposición de las batallas.
En la juventud de un Estado, las armas deben estar en pleno florecimiento; en la edad madura de un Estado, debe prevalecer la cultura, y luego, ambas juntas durante algún tiempo; en la edad declinante de un Estado, prevalecerán las artes mecánicas y el comercio. La cultura tiene su infancia cuando está al comienzo y es casi aniñada; luego tiene su juventud cuando es exuberante y juvenil; luego viene la fuerza de los años cuando adquiere solidez y concentración; y, finalmente, su ancianidad cuando se seca y agota. Pero no es conveniente contemplar demasiado las vueltas de estas ruedas de las vicisitudes, pues si no, sentiremos vértigos; en cuanto a la historia de ellas, no es más que un círculo de cuentos y, por tanto, no apropiada para este escrito.
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