Ensayos

Francis Bacon · Capítulo 7 de 62

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Ensayos

3 De la unidad de la religión

3

DE LA UNIDAD EN RELIGION

(1612)

Siendo la religión el principal lazo de la sociedad humana, resulta muy feliz cuando está acomodada dentro del verdadero lazo de la unidad. Las querellas y divisiones sobre religión fueron males desconocidos de los gentiles. La causa se debe a que la religión de los gentiles consistía más en ritos y ceremonias que en ninguna creencia constante; pues se puede imaginar qué clase de fe sería la suya cuando los principales doctores y padres de su iglesia eran los poetas. Pero el verdadero Dios tiene este atributo: que es un Dios celoso; y, por tanto, su culto y religión no soporta mixtura ni compañero. Por lo cual, diremos algunas palabras concernientes a la unidad de la Iglesia; cuál es son sus frutos; cuáles los límites; y cuáles los medios.

Los frutos de la unidad (junto al agrado de Dios que lo es todo) son dos: el uno para aquellos que están fuera de la Iglesia, el otro para los que están en ella. Para los primeros, es cierto que las herejías y los cismas son, de todos los demás, los mayores escándalos, desde luego, más que la corrupción de costumbres; porque, así como en el cuerpo viviente, una herida o solución de continuidad es peor que un humor corrupto, lo mismo ocurre en el espiritual; de tal modo que nada mantiene más a los hombres fuera de la Iglesia, o les conduce afuera de ella que la rotura de la unidad; y en consecuencia, siempre

que llegue la ocasión en que uno diga: Ecce in deserto[1] y otro diga: Ecce in

penetralibus[2]; que es, cuando algunos hombres buscan a Cristo en los conventículos de los heréticos y otros fuera de la Iglesia, esas voces sonarán continuamente en el oído de los hombres: Nolite exire, no salgáis. El doctor de los gentiles (cuya adecuada vocación le indujo a tener un cuidado especial con esos de fuera) dijo: “…si toda la Iglesia se juntare en uno, y todos hablan lenguas, y entran indoctos o infieles, ¿no dirán que estáis locos?” y, en verdad, es poco mejor: cuando los ateos y profanos oyen tantas opiniones religiosas tan discordantes y contrarias, eso les aparta de la Iglesia y hace que

“se sienten en silla de los escarnecedores[3]”. No es más que cosa leve atestiguar en materia tan grave, pero expresa bien su deformidad. Hay un maestro de la burla que en el catálogo de libros de una biblioteca imaginaria, pone este título de libro: La danza morisca de los heréticos, porque, la verdad, cada secta de ésos tiene una posición distinta o bajeza propia que no mueve sino a risa en los políticos depravados y mundanos que son aptos para despreciar las cosas santas.

En cuanto al fruto para aquellos que están dentro, es la paz, que contiene infinitas bendiciones; establece la fe; excita la caridad; la paz exterior de la iglesia destila en la paz de la conciencia, y cambia los escritos y las lecturas de controversias en tratados de mortificación y devoción.

Respecto a los límites de la unidad, su verdadera situación importa extraordinariamente. Parece que hay dos extremos; para ciertos fanáticos toda palabra de pacificación es odiosa. ¿Hay paz? Y Jehú le dijo: ¿Qué tienes tú

que ver con la paz? Vuélvete tras de mí[4]. La paz no es la cuestión, pero la sigue y es parte de ella. Contrariamente, algunos laodiceanos y tibios creen que pueden acomodar los puntos religiosos por procedimientos intermedios tomando parte de ambos y con ingeniosas reconciliaciones, como si pudiesen elegir entre Dios y el hombre. Tienen que evitarse estos dos extremos; lo que se hará si la unión de cristianos, ordenada por nuestro propio Salvador, se viera en las condiciones contrarias antes expuestas razonable y claramente: El que no está conmigo, está contra m{; y nuevamente: el que no está contra

nosotros, está con nosotros[5]; es decir, si los puntos fundamentales y sustanciales en religión fueran sinceramente discernidos y distinguidos de los puntos no meramente de fe, sino de opinión, mandato o buena intención. Esto es una cosa que muchos pueden considerar una materia trivial y ya conseguida, pero si estuviera conseguida al menos parcialmente, sería aceptada más generalmente.

Sobre eso sólo puedo dar este consejo de acuerdo con mi modesto ejemplo. Los hombres deben huir de dividir la Iglesia de Dios con dos clases de controversias; una es cuando la materia del punto controvertido es demasiado pequeña y ligera, no merecedora de aclaramiento y discusiones sobre él encendida sólo por la contradicción; porque, según indica uno de los Padres, la túnica de Cristo, en verdad que no tenía costura, pero el ropaje de la Iglesia era de diversos colores; después de lo cual dijo: In veste varietas sit,

scissura non sit[6], son dos cosas, unidad y uniformidad; la otra es cuando la materia del punto controvertido es grande, pero se llega a una sutilidad y oscuridad supergrande, de tal modo que se convierte en algo más ingenioso que esencial. El hombre que sea de juicio y entendimiento oirá algunas veces discutir a los ignorantes y comprenderá para sus adentros que esos que discuten así significan una cosa y, sin embargo, nunca estarían de acuerdo entre ellos mismos; y si acontece llegar a ese distanciamiento de juicio que hay entre un hombre y otro, ¿no pensaremos que Dios está sobre todos, que conoce los corazones, que no discierne que los hombres frágiles, en algunas de sus contradicciones, pretenden la misma cosa y acepta a ambos? La naturaleza de tales controversias está excelentemente expresada por San Pablo en la admonición y precepto que dio respecto a eso: Devita profanas vocum

novitates, et oppositiones falsi nominis scientiae[7]. Los hombres crean oposiciones que no lo son, y las ponen en nuevos términos tan fijos, por cuanto el significado tiene que regir al término, como el término efectivamente rige al significado. Hay también dos paces o unidades falsas; la una es cuando la paz no se basa sino en una ignorancia embrollada; pues todos los colores concuerdan en la oscuridad; la otra es cuando se agrega a una admisión directa de contrarios en puntos fundamentales; pues la verdad y la falsedad en tales cosas son como el hierro y el barro en los pies de la estatua de Nabucodonosor: pueden separarse pero no podrán unirse.

Respecto a los medios de conseguir la unidad, los hombres deben percatarse de que, en la consecución o fortalecimiento de la unidad religiosa, no deshacen o desfiguran las leyes de la caridad y de la sociedad humana. Hay dos espadas entre los cristianos, la espiritual y la temporal, y las dos tienen su debido oficio y lugar en el mantenimiento de la religión; pero no deberíamos tomar la tercera espada, que es la de los mahometanos, o desearla; es decir, propagar la religión mediante guerras o, con persecuciones sanguinarias, forzar las conciencias; a excepción de los casos de escándalo manifiesto, blasfemia q entrometimiento activo contra el Estado; mucho menos alimentar sediciones, autorizar conspiraciones y rebeliones, poner la espada en manos de la gente y cosas análogas que tiendan a la subversión de todo gobierno que es la ordenanza de Dios; porque eso es lanzar la primera norma contra la segunda y de ese modo considerar a los hombres como cristianos mientras olvidamos que son hombres. El poeta Lucrecio, cuando considera el acto de Agamenón, que pudo soportar el sacrificio de su propia hija, exclama:

Tantum religio potuit suadere malorum[8]. ¿Qué hubiera dicho si hubiese

sabido de la matanza en Francia y la traición de la pólvora en Inglaterra[9]?. Se habría sentido siete veces más epicúreo y ateo de lo que era; ya que la espada temporal debe ser desenvainada con gran precaución en los casos religiosos así es que resulta monstruoso ponerla en manos de la gente común; dejádsela a los anabaptistas y otras furias. Es gran blasfemia cuando el demonio dice: Subiré y seré semejante al Altísimo; pero es mayor blasfemia suplantar a Dios y hacerle decir: descenderé y seré semejante al príncipe de las tinieblas; y qué es mejor ¿hacer que la causa de la religión descienda a los actos crueles y execrables de asesinar, hacer matanzas de gente y subvertir estados y gobiernos? Seguramente eso es hacer descender al Espíritu Santo, en vez de en forma de paloma, en forma de buitre o de cuervo; o izar en el barco de una iglesia cristiana la bandera de un barco de piratas y asesinos; por tanto, es muy necesario que la Iglesia con doctrina y mandatos, los príncipes con su espada, y todos los aprendizajes, tanto cristianos como morales y con su caduceo de Mercurio, maldecir y enviar al infierno para la eternidad aquellos hechos y opiniones que tienden a apoyar eso mismo como se ha hecho ya en buena parte. Seguramente, en consejos concernientes a religión, debería anteponerse aquel consejo del apóstol: Ira hominis non implet

justiciam Dei[10]; y fue una notable observación de un padre prudente, y no menos sinceramente confesada, que quienes propugnan persuasivamente la presión de conciencia, generalmente están interesados en aquello por fines particulares.