Ensayos

Francis Bacon · Capítulo 57 de 62

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53 De la alabanza

53

DE LA ALABANZA

(1612)

Las alabanzas son el reflejo de la virtud; pero es el cristal o el cuerpo el que produce el reflejo. Si procede de la gente común, generalmente es falso y sin valor y más bien acompaña a las personas vanas que a las virtuosas; porque la gente común no comprende muchas virtudes excelentes. Las virtudes menores la incitan a las alabanzas, las medianas le producen asombro o admiración, pero las virtudes más elevadas carecen de sentido para ella o no las percibe en

absoluto; pero la ostentación y [1] species virtutibus símiles la satisfacen más. En verdad que la fama es como un río en el que flotan las cosas' ligeras e hinchadas y se hunden las cosas pesadas y densas; pero si coinciden personas de calidad y buen juicio, entonces es (como dicen las Escrituras) nomen

bonum instar unguenti fragrantis[2], llena el ambiente en derredor y no se irá fácilmente; pues el olor de los ungüentos es más duradero que el de las flores. Hay tantos motivos falsos de alabanza que se puede, en justicia, mantener sospecha. Muchas alabanzas proceden meramente de la adulación; y si es un adulador corriente, tendrá ciertas alabanzas comunes que pueda aplicar a cualquier persona; si es un adulador astuto, seguirá al archiadulador, que es la propia conciencia del individuo con la que cada cual piensa lo mejor de sí mismo, y por donde el adulador podrá sujetarle al máximo. Pero si fuera un adulador descarado, buscará aquello en que la persona es más consciente de ser defectuosa y por lo que se sienta más abochornada para adularla alabando

eso precisamente con lo que, a la fuerza, [3] spreta conscientia. Algunas alabanzas proceden de los buenos deseos y los cumplimientos, que es una forma de civilidad debida a los reyes y grandes personajes, laudando

praecipere[4], cuando, al decir a los hombres lo que son, se les hace ver lo que debieran ser; algunas personas son alabadas maliciosamente para dañarlas provocando la envidia y los celos hacia ellas; Pessimum genus inimicorum

laudantium[5]; de tal modo que había un proverbio entre los griegos que decía: a quien alaben para su daño debiera salirle un grano en la nariz; y nosotros decimos que debiera salirle una ampolla en la lengua a quien dice una mentira; cierto es que la alabanza moderada, dicha con oportunidad, y que no sea vulgar, es lo mejor. Salomón dice: Al que a voces alaba al amigo

de madrugada, por maldición se le cuenta[6]. Ensalzar demasiado a una persona o una cosa, provoca la contradicción y acarrea envidia y desprecio. El que una persona se alabe no puede ser conveniente, salvo en raras ocasiones; pero alabar el oficio propio o la profesión puede hacerse con gracia y con cierta magnanimidad. Los cardenales de Roma, que eran teólogos, frailes y escolásticos, tenían una frase de notable desprecio y desdén hacia los trabajos civiles; porque llamaban a todas las profesiones temporales de milicia, embajadas, judicaturas y otros empleos, sbirrerie, que es, subalguacilazgo, como si fuesen asuntos para subalguaciles y corchetes; aunque muchas veces esos subalguaciles hacen mayor bien que sus elevadas especulaciones.

Cuando San Pablo se jactaba, solía intercalar: [7] Hablo como un loco, pero

hablando de su vocación decía: [8] haré honor a mi ministerio.