Epidemiocracia

Javier Padilla · Capítulo 6 de 21

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Epidemiocracia

03. Lo extractivo como sustrato: globalización y ecosistemas

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Lo extractivo como sustrato: globalización y

ecosistemas

 

La manera en la que el ser humano interacciona con la naturaleza es el resultado de multitud de factores estructurales que la determinan. La organización del modelo económico, las formas de explotación ganadera o los viajes internacionales por turismo o trabajo esbozan un sistema globalizado en el que las fronteras funcionan como factor de libertad de bienes pero limitador de derechos.

En relación con las epidemias, la forma en la que se relaciona el ser humano con los ecosistemas, qué evolución ha tenido la ganadería en las últimas décadas y cómo se ha vinculado esto con la aparición de nuevas zoonosis o de qué manera actúa la movilidad de personas como catalizador de la transmisión de enfermedades son aspectos fundamentales que ayudan a esbozar el marco sobre el cual transcurren las grandes epidemias internacionales, las pandemias.

 

El Antropoceno en el centro del problema

El término Antropoceno ha ganado relevancia en la última década como propuesta para denominar a la era en la que nos encontramos, como un tiempo caracterizado por la capacidad de la acción del ser humano para cambiar los ecosistemas terrestres. La caracterización del Antropoceno suele tener dos dimensiones fundamentales: I) el impulso del desarrollo tecnocientífico hasta haber alcanzado una suerte de dimensión posthumana que amplifica y trasciende las capacidades del ser humano y II) la modificación de los ecosistemas generando una situación de emergencia climática derivada de la acción humana. El Antropoceno comenzaría con la Revolución Industrial y tendría en los avances científico-técnicos, protagonizados por la máquina de vapor, sus principales impulsores.

Este término, sin embargo, ha recibido algunas críticas por convertir al ser humano en la Humanidad y haber escindido su identidad de la de la naturaleza, retornando a los principios cartesianos de separar la res cogitans y la res extensa. De cara a entender cómo la interacción entre el ser humano y la naturaleza median en la generación de las nuevas epidemias y su propagación, no basta con concebir un marco en el que el ser humano actúa sobre su entorno por medio de un nivel avanzado de tecnificación, sino que es preciso añadir un tercer elemento que caracterice esa actuación y, sobre todo, aporte elementos de relación interna entre los seres humanos y el ejercicio de extracción realizado sobre los bienes naturales: el capital.

En el libro El capitalismo en la trama de la vida, Jason Moore propone adoptar el término de Capitaloceno como el adecuado para denominar una era caracterizada no tanto por la acción del ser humano sobre la naturaleza como por la capacidad de las relaciones de acumulación capitalista para generar dinámicas económicas de producción que modifican los ecosistemas. En palabras de Moore:

Una mirada general apuntaría a un cambio cualitativo en las relaciones entre tierra y trabajo,

producción y energía […] Cualquier explicación adecuada de este cambio cualitativo debe

reconocer que se produjo una transición del control de la tierra como relación directa de

apropiación del excedente, al control de la tierra como condición para aumentar la producción del

trabajo dentro de la producción de mercancías [42].

En contraste con la máquina de vapor como icono del impulso del Antropoceno, el marco dibujado por la denominación de Capitaloceno pone en el centro la propiedad y uso de la tierra y la producción como elementos centrales de esta era.

¿Qué tiene que ver esto con las epidemias de lo que llevamos de siglo XXI? ¿De qué manera la interacción entre ser humano, desarrollo tecnocientífico, acumulación de capital y naturaleza puede jugar un papel en la generación o propagación de enfermedades epidémicas? ¿Bajo qué marco podemos llegar a una mejor interpretación y a una elaboración más adecuada de respuestas?

Para comenzar a responder a estas preguntas es clave entender que las crisis sanitarias del siglo XXI no son solo crisis sanitarias, sino que podríamos concebirlas como crisis matrioshkas, de modo que la crisis sanitaria está a su vez cubierta por otra crisis de tipo económico y ambas están alojadas dentro

de una crisis mucho mayor, que es la ecológica[43].]

Para evitar fenómenos como los de las recientes epidemias internacionales del SARS, gripe A, ébola o COVID-19 no basta con identificar el evento singular que las produjo, sino que es necesario eliminar las relaciones materiales del trinomio humano-capital-naturaleza que hacen que este tipo de epidemias se produzcan y propaguen con relativa facilidad. Afrontar las crisis sanitarias actuales, especialmente las de tipo epidémico-infeccioso, desde una perspectiva únicamente sanitaria empeorará la crisis económica que se producirá a continuación de aquellas; además, abordar estas dos crisis desde una perspectiva solamente sanitaria y económica redundará en un empeoramiento de la crisis ecológica global.

Hoy más que nunca, parece evidente que el ser humano tiene una gran capacidad para modificar los procesos naturales e interferir en ellos, pero muestra una incapacidad manifiesta para controlar las consecuencias de dicha

acción[44].

 

No, el ser humano no es el virus

Durante la pandemia de COVID-19 se popularizó en ciertos sectores el marco de análisis según el cual el ser humano sería el verdadero virus que mata la naturaleza y al resto de especies vivas. Si reconocemos que las prácticas comerciales y de extractivismo industrial generan las condiciones favorables para el salto a los seres humanos de infecciones propias de animales que viven apartados de nosotros, entonces está claro que el ser humano desempeña un papel en esta situación, pero catalogarlo como «el virus» parece ser excesivamente simple.

Del mismo modo que ciertas perspectivas sobre el Antropoceno pueden infravalorar el rol del capitalismo y su desigualdad característica en las modificaciones sobre los ecosistemas terrestres, afirmar que «el ser humano es el virus» puede pasar por alto que es el sistema económico (y no otros aspectos de la existencia humana) el que favorece y amplifica el funcionamiento y comportamiento dañino con la naturaleza.

Parece una tormenta perfecta: una reducción de las barreras entre los animales que ejercen de huéspedes de infecciones (aún) no sufridas por seres humanos, un incremento en el número de las interacciones entre seres humanos y animales potencialmente transmisores de nuevas enfermedades, y todo ello en un entorno que favorece la rápida transmisión de las infecciones, tanto a nivel local como por medio de los viajes internacionales, de modo que las infecciones ahora viajan más lejos y más rápido. Algunos estudios al

respecto señalan que en las últimas tres décadas[45], la variedad y el número de los brotes epidémicos ha aumentado, mientras que el número de casos por

habitante ha disminuido[46].

Los datos acerca de todos los factores que unen la ruta de la transmisión entre animales y seres humanos son claros, del mismo modo que lo son aquellos documentos que señalan la importancia de los determinantes sociales y comerciales en el incremento de la frecuencia y facilidad de esta transmisibilidad. En un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) publicado en 2010, se afirmaba:

La interacción entre seres humanos y animales es reconocida como una interacción compleja y

crítica, donde las enfermedades zoonóticas emergen y resurgen. Esta interacción está

continuamente siendo afectada por una mayor globalización, el crecimiento y la movilidad de las

poblaciones de seres humanos y ganado, los rápidos procesos de urbanización, la expansión del

comercio de animales y productos animales, la creciente sofisticación de las tecnologías y

prácticas agrícolas, las interacciones frecuentes entre el ganado y la vida silvestre, los mayores

cambios en los ecosistemas, las variaciones en la ecología de los reservorios y los vectores de

enfermedades, los cambios en el uso de la tierra, incluida la invasión de los bosques, los cambios

en los patrones de caza y consumo de vida salvaje. Las zoonosis, por lo tanto, se puede decir que

emergen en la interrelación humano-animal-ecosistemas[47].

Todo esto, que podría señalar a las conductas humanas al comenzar a pensar sobre cómo el ser humano impacta sobre el medio ambiente, deja paso a analizar los modelos de organización social, económica e industrial como aspecto más estructural y despegado de lo cotidiano, aunque claramente conectado con dicha cotidianidad por medio de las prácticas de consumo o alimentación. El caso de la evolución de la ganadería en las últimas tres décadas, con el aumento de las macrogranjas y la centralidad de los modelos de intensificación, es una muestra de lo comentado previamente acerca de la importancia de los cambios en el uso de la tierra como forma de definir de qué manera el ser humano está impactando en la naturaleza dentro del contexto de la economía capitalista.

Ahondando en la necesidad de esta contextualización, el sociólogo Ángel Luis Lara, tras repasar algunos de los fenómenos de este siglo en relación con la evolución de la ganadería y la relación de este fenómeno con las epidemias de zoonosis, escribía lo siguiente sobre la necesidad de hundir los análisis en sus raíces contextuales, políticas e históricas:

Frédéric Neyrat publicó en 2008 el libro Biopolitique des catastrophes (Biopolítica de las

catástrofes), un término con el que define un modo de gestión del riesgo que no pone nunca en

cuestión sus causas económicas y antropológicas, precisamente la modalidad de comportamiento

de los gobiernos, las élites y una parte significativa de las poblaciones mundiales en relación con

la actual pandemia. En la propuesta analítica del filósofo francés, las catástrofes implican una

interrupción desastrosa que desborda el supuesto curso normal de la existencia. Pese a su aparente

carácter de evento, constituyen procesos en marcha que manifiestan, aquí y ahora, los efectos de

algo ya en curso. Como señala el propio Neyrat, una catástrofe siempre sale de alguna parte, ha

sido preparada, tiene una historia [48].

El ser humano no es el virus, pero el sistema económico que ha creado —y que ha de analizarse no a los ojos de las decisiones individuales del presente, sino bajo el marco de la generación de desigualdades y crisis ecológica que nos muestra el estudio de la historia— es el que pone las condiciones que favorecen que las enfermedades emergentes sean un problema de salud global y el que hace que la pregunta no sea tanto qué hacer con las epidemias en el momento en el que se desarrollan, sino cómo prepararse para la siguiente.

 

Viaja conmigo, que voy acompañado

En el año 2019, más de 4000 millones de personas realizaron un desplazamiento en avión; 25 años antes, este número era de menos de la mitad (1994 millones). En ese mismo año 2019, España recibió más de 80 millones de turistas internacionales, una cifra que casi dobla su propia

población[49].

En este contexto creciente de globalización de la movilidad, tanto por turismo como por negocios, cabe preguntarse: ¿cuál es el rol de los viajes internacionales en las pandemias? Una revisión sistemática publicada en el año 2016 analizó los datos disponibles sobre el impacto de diferentes modos de transporte en la expansión de virus respiratorios con potencial pandémico,

concretamente en las pandemias de gripes y coronavirus del siglo [50] XXI . En

esta revisión se concluye que:

El transporte aéreo parece importante para acelerar y amplificar la propagación de la gripe. La

transmisión se produce a bordo de aviones, en el destino y posiblemente en los aeropuertos. De

hecho, un análisis de la gripe A reveló su expansión desde México a través de vuelos

internacionales[51].

No es casualidad, por tanto, esperar que los países y las ciudades con más tráfico internacional tengan más riesgo de recibir personas con alguna enfermedad. De hecho, en relación con la pandemia de COVID-19, el epidemiólogo Usama Bilal comentaba en una entrevista en InfoLibre:

Esta pandemia demuestra que el turismo no era solo, como pensábamos, insostenible a largo

plazo, sino a corto. La cantidad de gente que viaja a una ciudad, por turismo pero también por

negocios, nos hace muy vulnerables a este tipo de epidemias. Mira los países más afectados:

Italia, España, Francia, China, Estados Unidos. Están entre los países del mundo con más turistas,

junto a México y Turquía… No es casual [52].

En la misma línea, Thomas Glass, exprofesor e investigador en la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health, analizaba en su blog los datos disponibles sobre el volumen de viajeros internacionales y mortalidad por COVID-19 en países de Europa durante las primeras semanas de la

pandemia[53]. España, Francia e Italia, los países europeos con más de 40 millones de turistas anuales, fueron los más afectados durante las primeras semanas de la epidemia. Aunque preliminares, estos datos también muestran una relación entre el volumen de viajeros y la expansión de la epidemia.

Podríamos estar discutiendo durante gran parte del libro sobre la limitación de esos datos, y sobre que la correlación no implica causalidad, pero deberíamos profundizar en esta relación. Desde un punto de vista epidemiológico, incluso desde las visiones más ortodoxas, se tienen en cuenta elementos muy diversos para decir que una relación entre dos variables es más probablemente causal, entre otros: la fuerza de la asociación, la relación temporal causa-efecto, la plausibilidad de la relación y la coherencia con el conocimiento previo. Por tanto, reducir la causalidad en la epidemiología, uno de los campos más complejos dentro de esta disciplina, a «correlación no es causalidad» es tan problemático como creer que toda relación implica causalidad. Es más, esta frase suele utilizarse para intentar negar a la mayor realidades complejas que existen, pero que no encajan en un modelo unicausal, como es el caso de la relación entre el modelo de turismo internacional masivo y la expansión de las epidemias. No podemos buscar fenómenos (la pandemia de COVID-19) que se expliquen exclusivamente por un origen causal (el turismo de masas), pero parece claro que algunos de estos fenómenos, que muestran una gran fuerza de asociación estadística y se encuadran dentro de un marco teórico muy plausible, desempeñan un papel importante a tener en cuenta.

Antes de que empecemos a disparar al turista, quizá cabría hacer una pequeña aclaración sobre la relación entre los viajes globales y su relación con la expansión de pandemias. La crítica se dirige hacia un mercado global de viajes que implica enormes beneficios para compañías aéreas y sectores turísticos con un gran poder de decisión e influencia. Nuestra crítica no debe enfocarse hacia el trabajador que, tras once meses en condiciones de precariedad, se coge unas vacaciones con el sueldo que tiene, aprovechándose de una reducción de precios; el dedo señalador apunta hacia la creación de unos modelos productivos basados en la insostenibilidad y en la promoción de unos estilos de ocio que, más allá de la posibilidad de expansión de pandemias, son perjudiciales para la emergencia climática y el bienestar de las personas que viven en los países receptores de turistas.

 

Un cuestionamiento del concepto

y la práctica de la salud global La expansión geográfica de las epidemias más allá de los territorios y fronteras donde se originan es una de sus mayores amenazas. Enfermedades como el ébola, la gripe A o los brotes de sarampión en EE UU causados por turistas se han propagado gracias a que las personas con derecho a cruzar fronteras lo han hecho siendo vectores para la transmisión de dichas enfermedades. Paradójicamente, mientras el miedo a enfermedades importadas se agita con frecuencia en contra de la inmigración irregular, el mayor riesgo parece venir en avión, con papeles, a hacer turismo o negocios.

Esta situación transfronteriza e internacional de las epidemias supone un reto en la gobernanza global de la salud, puesto que, en estas situaciones más que nunca, la situación de salud de un país puede repercutir en la capacidad de control de los demás países.

Si existen críticas al concepto de justicia universal, por colonialista y por partir de una visión universalista liberal de la justicia, la misma crítica podría hacerse a la salud global como concepto transfronterizo y pretendidamente transcultural.

La pregunta es: ¿puede darse una respuesta coordinada a un problema de salud que afecta a todo el mundo —nunca de manera homogénea, ni geográfica ni socialmente— sin que esta respuesta sea profundamente neocolonial?

La respuesta podría ser que, en un planeta en el que las desigualdades económicas, sociales y políticas entre los diferentes países son enormes y, además, la situación de los países ricos se alimenta de las dinámicas de poder económico y político ejercidas sobre los países de rentas más bajas, toda respuesta globalizadora será construida desde el discurso de quienes tienen el mando en las instituciones supranacionales y, además, con la condicionalidad impuesta por quienes financian las instituciones con capacidad de ejercer de donantes para los países con menores recursos económicos. El VIH o la malaria han sido dos grandes ejemplos de cómo se responde a las epidemias desde el marco de la salud global, a menudo con programas verticales e incurriendo en políticas que, para poder recibir fondos económicos, realizaban privatizaciones en servicios públicos de salud, cosa que a la larga podía acabar repercutiendo negativamente en el abordaje de las mismas epidemias, que luego debían ser abordadas de forma diferenciada con programas específicos. Un claro ejemplo de cómo influir en el establecimiento de prioridades en salud, desde una perspectiva alejada del territorio en cuestión, es la práctica desarrollada por los grandes donantes individuales, magnates internacionales que en nombre de la filantropía donan grandes cantidades de dinero como inversión finalista para la realización de algún programa concreto relacionado con la salud; la versión menos institucional la podemos encontrar en España mirando las acciones de Amancio Ortega o Patricia Botín

durante la crisis del COVID-19[54]; la versión más institucionalizada podemos observarla dirigiendo la mirada al mayor donante privado de la Organización Mundial de la Salud, la Fundación Bill y Melinda Gates, que condiciona parte de su aportación a que se contraten informes con la empresa consultora

McKinsey[55].

La salud y el bienestar, entendidos como un valor construido desde la singularidad de cada cultura e incluyendo como sujetos a otras especies no humanas y a la naturaleza, tiene la potencialidad de ser un elemento de cohesión global en la relación entre los países. Sin embargo, el propio concepto de salud global, tal y como se materializa en la práctica de muchas organizaciones dedicadas a ello hoy en día, tiene muchos riesgos de reproducir las mismas dinámicas presentes en las relaciones comerciales entre países de desigual riqueza.

En definitiva, podríamos aplicar a la salud global lo que José Mansilla afirmaba para el concepto de justicia global:

Así, cualquier acercamiento al concepto de justicia global que no pase por un profundo

conocimiento y análisis del funcionamiento del sistema capitalista y no proponga soluciones,

quizás inicial y aparentemente poco realistas, pero más efectivas, que evidencien la necesidad de

cambios estructurales; esto es, mientras continuemos únicamente con discursos plenos de

significantes vacíos (como sociedad civil, participación o transformación social) y no pasemos a

rediseñar la «máquina de muñecos», seguiremos ante el mismo —y no tan metafórico— resultado

final: juntando cuerpos y cabezas[56].