Juego interminable

Bryan Forbes · Capítulo 8 de 39

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Juego interminable

Capítulo 8

Los recuerdos confusos de todo lo que habían compartido antaño turbaba todavía a Hillsden cuando se dirigía al sanatorio que nunca había tenido valor de visitar mientras vivió Caroline. Sin saberlo, aparcó en el mismo espacio que había ocupado el asesino. Un policía uniformado montaba guardia delante de la puerta principal, y Hillsden, al identificarse, advirtió un bulto delator debajo de la guerrera de aquel hombre.

—Veo que le han dado un tirachinas.

El policía se puso colorado, como si le hubiesen sorprendido en un hábito vergonzoso.

—Oh, sí, señor. Es demasiado visible, ¿verdad, señor?

—Tal vez sólo para mí. Cuide de tener puesto el seguro: en otro caso, podría terminar también aquí sus días.

Le condujeron directamente al despacho de la jefa de enfermeras.

—Ya he dicho a otras dos bandas de detectives todo lo que sé —empezó a decir, y Hillsden pensó que alguien la había molestado—. No sé qué más puedo decirle a usted.

—Con frecuencia es necesario, aunque enojoso, volver más de una vez sobre lo mismo. A veces, con la repetición, sale a relucir algo nuevo, algo que anteriormente había pasado inadvertido a todos.

La jefa de enfermeras sorbió por la nariz.

—¿Puedo empezar preguntándole si estuvo usted de jefa de enfermeras aquí durante toda la estancia de la señora Nicolson?

—Sí. Llegó, lo he comprobado, exactamente dos meses después de ocupar yo el cargo.

—Firmó usted la Ley de Secretos Oficiales, ¿no?

—Sí.

Él pudo percibir una hostilidad subyacente.

—Y, por consiguiente, sabía que en realidad no era la señora Nicolson, sino una tal miss Caroline Oates.

Ella vaciló antes de responder:

—Sí.

—¿No comunicó esto a nadie?

—No, hasta que ella se marchó. Entonces ya no importaba, ¿verdad?

—No, creo que no. Y ahora dígame, ¿dónde estaba usted antes de venir aquí?

—Ya he dado todos esos detalles.

—Sí, no lo dudo, pero yo pertenezco a un departamento diferente.

—Hice prácticas en St. Thomas y después fui a Barts. Allí fui enfermera de sala, hasta que me ofrecieron un puesto de jefa de enfermeras en el norte de Inglaterra.

—¿Dónde?

—En Liverpool.

—¿Qué la hizo cambiar?

—Cuando murió mi marido, me resultó difícil apañarme con mi salario de la Sanidad Nacional; por consiguiente vi un anuncio de este puesto, lo solicité y tuve la suerte de obtenerlo.

—¿Qué le contaron acerca de miss Oates?

—¿Se refiere a su historial médico?

—Sí.

—Me informaron de que había sufrido una grave crisis nerviosa durante su servicio en ATS.

—¿Nada más?

—Solamente las drogas que le habían sido recetadas antes; cosas así.

—Tomaba constantemente drogas, ¿no? ¿A causa del dolor, o de qué?

—No creo que sufriese mucho dolor físico, pero necesitaba tranquilizantes. Tengo la lista, si quiere verla. Sé que los establecimientos como éste son objeto de muchas críticas, la mayoría por ignorancia o injustas, pero puedo asegurarle que, en los hospitales donde yo trabajo, nunca se administran drogas sin la más estricta supervisión y solamente por prescripción facultativa.

—No lo dudo. ¿Cuál era su estado general?

—Mejor durante el día que por la noche. No podía soportar la oscuridad y, por eso, solíamos aislarla con un biombo y tener una pequeña luz encendida junto a su cama. Las drogas que le administrábamos eran sobre todo para ayudarla a dormir.

—¿Habló alguna vez con usted de su pasado?

—Todos los que están aquí sólo hablan del pasado. Ella tenía momentos de lucidez, sí, pero eran pocos y muy espaciados. Aunque, curiosamente, me formé la opinión de que en las últimas semanas mostró más sensatez que durante años anteriores.

—¿Y de qué hablaba en tales ocasiones?

—De nada muy coherente. A veces mencionaba nombres, aunque nada significaban para mí.

—¿Recuerda qué nombres?

—Bailey era uno de ellos, creo recordar. O al menos sonaba como Bailey. Y Jock. Mencionó a Jock varias veces, esto lo recuerdo bien.

—¿No sintió usted curiosidad por saber más de su pasado?

—Hay una diferencia, señor Hillsden, entre compasión y curiosidad. Yo sabía que era un caso especial. La medalla George no se otorga por nada, ¿eh? —dijo ella, mirándole fijamente a los ojos—. Pero, en mi posición, se aprende a ser discreto.

Hillsden sonrió. Sintió que el ambiente se deshelaba un poco; las respuestas eran menos abrasivas.

—¿Podemos volver a algo que mencionó usted hace un momento? Dijo que ella había mejorado ligeramente en las últimas semanas, ¿no?

—Sí, tuve esa impresión. Así se lo dije a su primo inválido cuando telefoneó.

—¿Su primo inválido? —dijo Hillsden, tratando de eliminar el tono de sorpresa de su voz.

—Sí. Telefoneaba a intervalos regulares, preguntando por su estado. Siempre parecía muy preocupado por ella.

—¿Puede recordar cuándo fue la última vez que llamó?

—No, no anoto esas cosas. Los parientes telefonean constantemente…, no siempre por los mejores motivos, me atrevería a añadir.

—Aproximadamente… —insistió Hillsden.

—Realmente, no podría asegurarlo. Tal vez hace unos diez días.

—¿Y usted le dijo que su estado había mejorado, que estaba más lúcida?

—Le dije la verdad. Ni más, ni menos. No hubo nada malo en ello, ¿verdad?

—No, no aparentemente. Tal vez debieron instruirla mejor. La culpa fue nuestra.

Por primera vez desde que había empezado la entrevista, la jefa de enfermeras pareció turbada.

—No comprendo.

—No hay tal primo —dijo lentamente Hillsden—, ni inválido ni sano.

—No puede ser —dijo ella—. Yo misma hablé con él tal vez en media docena de ocasiones.

—No digo que no exista, sino que la persona que telefoneó es tan fingida como el hombre que asesinó a miss Oates.

Deseando tomarse tiempo para pensar antes de formular la próxima pregunta, Hillsden sorbió el flojo café que ella le había servido. El borde de la taza sabía a desinfectante.

—Por favor, no piense que estoy tratando de atraparla. Se da el caso que su poco conocimiento en esta oportunidad fue definitivamente peligroso, pero esto no es una crítica. Lo que debemos saber ahora es qué clase de preguntas le hizo aquel hombre. Trate de recordarlo.

—Nada que me pareciese sospechoso. Ya se lo he dicho: preguntaba si estaba cómoda, si su estado era el mismo, preguntas corrientes todas ellas. Lo que suelen preguntar todos los parientes.

—Y en la última ocasión, ¿qué le dijo usted? Tómese tiempo, no tenemos prisa. Sólo piénselo bien. Por ejemplo, ¿le dijo que había una ligera mejoría?

—Creo que le dije que estaba más lúcida que antes. No puedo estar segura. Le traté como a los otros parientes que se interesan por los pacientes. Nunca les doy falsas esperanzas; me limito a informarles de los hechos.

—Y la razón que daba él de no venir a visitarla nunca, ¿era su propio estado de invalidez?

—Sí.

—¿Y era el único contacto con ella desde el exterior?

—Sí.

—¿Nunca habló de miss Oates con alguien de fuera de esta casa?

Ella vaciló y se puso colorada.

—No como miss Oates. Mencioné su medalla George a mi mejor amiga, pero desde luego, siempre me refería a ella como señora Nicolson.

—¿Y quién es su mejor amiga?

—Alguien a quien conozco de toda la vida. Es maestra de escuela… o mejor dicho, lo era. Ahora está retirada, y es viuda como yo. Solemos hacer juntas nuestras vacaciones.

—¿Puede decirme su nombre?

—Molly. Molly Flute.

—Un apellido raro. ¿Es irlandés?

—Creo que su familia era originaria de Irlanda. Pero yo no diría que ella es irlandesa. Nunca vivió allí y, ciertamente, no habla con acento.

—¿Cree que podría darme su dirección?

La jefa de enfermeras pareció contrariada.

—¿Es necesario?

—Lo lamento, pero en un caso como éste tenemos que seguir todos los contactos.

Ella tomó una hoja de papel con membrete y escribió en él la dirección.

Hillsden le dio las gracias.

—Por consiguiente, hay dos personas que estaban enteradas de su estado: su amiga y el falso primo. ¿Recibió alguna vez algún visitante?

—Ningún visitante como tal. Desde luego, la asistente social la veía con regularidad.

—Oh, sí. Será mejor que me dé también el nombre de ella.

—Bueno, no siempre era ella. Cambian, ¿sabe? Vienen y se van. A veces es una mujer, y otras, un hombre. Debo confesar que no admiro el sistema. La mayoría son jóvenes, demasiado jóvenes en mi opinión, y con frecuencia ineptos. En mis tiempos teníamos que aprender nuestra profesión antes de ejercerla. Esta generación parece creer que leer unos pocos libros sobre la ancianidad les califica como expertos. Perdone que sea tan vehemente, pero es algo que me preocupa mucho. Y añadiré que la sanidad local le tiene puesto el ojo a esta casa. Siempre esperan pillarnos en algo.

—¿Por qué?

La jefa de enfermeras pareció realmente sorprendida por su ingenuidad.

—Éste es un sanatorio particular, señor Hillsden, ajeno a la sanidad nacional. Va contra todas las teorías belicosas actuales. Se considera que todos los hombres han sido creados igualmente enfermos, ¿sabe?

—¿Y cree que les pillarán?

—No, si yo puedo evitarlo.

—Bueno, ¿cuál fue la última vez que vio a miss Oates uno de esos asistentes sociales?

La jefa de enfermeras consultó su dietario.

—Hace ocho días. Fue el señor Timpson. Es el que ha venido durante los últimos seis meses. Si he de ser justa, le considero un poco por encima de lo corriente. Al menos lleva los cabellos cortos y viste correctamente.

Hillsden anotó el nombre junto al de Molly Flute.

—¿No le pareció extraño que estuviese tan sola en el mundo? Aun creyendo en la existencia del primo inválido.

—En realidad, no. Espero no parecerle cínica, pero se sorprendería usted de las pocas visitas regulares que reciben nuestros pacientes. Una vez que han sido arrojados aquí, y quiero decir arrojados, es como si la mayoría se perdiesen de vista y nadie volviera a pensar en ellos.

—¿Y qué me dice del correo? ¿Recibía ella alguna carta?

—No, que yo sepa.

—Tengo entendido que, después de su muerte, encontró usted un sobre con un sello irlandés debajo de la cama.

—Sí, y no me lo explico. Todo el correo viene directamente a este despacho. Esto no quiere decir que yo lo censure, pero algunos pacientes están ciegos y, naturalmente, abrimos las cartas para que mis enfermeras puedan leérselas. Con los pacientes más trastornados tomo la sensata precaución de asegurarme de que su correspondencia no contenga algo que pueda alterarles más. Cuesta creer lo que escriben algunos parientes, sobre todo si huelen algún dinero en perspectiva. Me atrevo a decir que, desde que estoy aquí, me he formado una opinión menos generosa de la naturaleza humana. Éste es un mundo completamente distinto al de un hospital general, ¿comprende?

Hillsden asintió con la cabeza.

—Y cuando usted no está aquí, cuando se toma sus vacaciones, ¿qué sucede?

—Nada cambia. Se sigue estrictamente la rutina normal. Mi primera enfermera lleva años conmigo y conoce mi sistema.

—Tengo entendido que la tarde en que murió miss Oates estaba usted en la casa, pero no de servicio. ¿Es correcto?

—Yo siempre estoy de guardia; pero, sí, ocurrió que me había tomado un breve descanso.

—Entonces, ¿quién era la encargada?

—La enfermera Malcolm.

—¿Sola?

—Por un corto período. En esta oportunidad andamos escasos de personal, pero las tardes suelen ser el momento más tranquilo.

—Y hasta que se produjo el suceso, ¿había sido todo normal?

—No sé lo que considera usted «normal» —replicó la jefa de enfermeras, y Hillsden percibió un eco del tono quisquilloso de Jock—. Sus ideas pueden ser diferentes de las mías.

—Lo diré de otra manera. ¿Había ocurrido alguna adversidad?

—No. Un establecimiento como éste tiene que gobernarse con normas muy rígidas; de otra manera, sería el caos. Muchos de los pacientes padecen incontinencia, unos están al borde de la locura y otros en condiciones terminales. Por consiguiente, mentiría si dijese que discurre suavemente en todo momento. Con frecuencia sufrimos accesos de irritabilidad colectiva, por llamarlo de algún modo. Uno prende la mecha y los demás se disparan. Tenemos en particular un paciente, miembro de la aristocracia, que es completamente inofensivo, pero de vez en cuando se desmanda y nos causa problemas.

—Supongo que será lord Orchover.

—Sí.

—¿Y fue él quien le abrió la puerta al falso visitante?

—Sí. Desgraciadamente.

—En su opinión, ¿podría obtener alguna información adicional y útil si le interrogase?

—Lo dudo. Pero, siempre que sea bajo supervisión, puede usted intentarlo. La razón de que ocurriese aquella… aquella cosa horrible fue que dijo a la enfermera Malcolm que aquel hombre era su abogado. Tiene la obsesión de que su familia está conspirando para desheredarle, y supongo que la enfermera Malcolm, que es nueva aquí y no sabe lo astuto que puede ser, se dejó engañar. No la excuso, pero comprendo por qué actuó como lo hizo. Yo insisto en que todos los visitantes sean acompañados a las habitaciones. Ella no lo hizo. Y no es que me excluya yo de toda culpa. Hubiese tenido que ver inmediatamente la lesión sufrida por lord Orchover y avisar más pronto a las autoridades.

Hillsden vio, sorprendido, que estaba llorando.

—Todavía no puedo creer que ocurriese aquí una cosa tan horrible —dijo ella, y Hillsden le ofreció su pañuelo.

—Oh, Dios mío, ¡qué pensará usted de mí! Generalmente, no me comporto de una manera tan estúpida. Y mire cómo he dejado su pañuelo limpio; todo manchado de lápiz de labios. Haré que lo laven, para que su esposa no piense mal.

—¿Cómo sabe que estoy casado?

—Es algo que siempre puedo ver —dijo ella, enjugándose los ojos—. Las enfermeras somos clarividentes.

—Lo recordaré.

—¿Puede decirme cuándo será el entierro? Quisiera darle mi último adiós. Sobre todo porque ella no tenía familia. —Se interrumpió de pronto—. ¡Oh, esto sí que es raro!

—¿Qué?

—He recordado algo que antes no había mencionado. Tenía una fotografía sobre la mesita de noche. Una fotografía de un hombre y una joven.

—¿De ella cuando era joven?

—No, no; la foto era muy moderna. Es decir, la joven parecía contemporánea.

—¿La tiene usted?

—No, y esto es lo raro. Desapareció.

—¿Cuándo?

—No estaba allí… después de morir ella.

—¿No puede haberla tomado alguna de las que ocupaban la misma habitación? Las viejas son a menudo como las garzas.

La jefa de enfermeras sacudió la cabeza.

—Ambas están más o menos inválidas. Cuando encontré a miss Oates muerta en sospechosas circunstancias, hice que las trasladasen a otra habitación. Si una de ellas la hubiese tomado, lo habría descubierto al instante.

Hillsden guardó silencio durante unos segundos.

—Bueno, gracias, señora; ha sido usted muy franca y se lo agradezco mucho. ¿Ve cómo tenía yo razón? Al fin ha recordado algo. Y ahora, ¿podría ver a la enfermera Malcolm?

La encontraron dando de comer con una cuchara a lord Orchover (un tazón de Bovril) en el «solario», como llamaba orgullosamente la jefa de enfermeras al anexo del comedor con tres paredes de cristal.

—Yo cuidaré de él, enfermera. Este caballero quiere hablar un poco con usted de los recientes sucesos.

—¡No la quiero a usted! —gritó lord Orchover, excitándose inmediatamente, derramando una bocanada de Bovril—. No me gusta usted, no me gustan sus modales, señora. ¿Y quién es ese tipo? ¿Le envían ellos? Porque, si es así, puede largarse con viento fresco. No me sacarán otro penique. ¡Ni un penique!

—Salga, enfermera. Puede usted usar de nuevo mi despacho, señor Hillsden.

Mientras se alejaban, Orchover gritó:

—¡Plantearé este asunto en la Cámara!

—En realidad, es completamente inofensivo —dijo la enfermera Malcolm—. Como un niño, casi todo el tiempo. ¿Es usted de la policía?

—Trabajo en conexión con ella. Soy del departamento de pensiones del Ministerio de la Guerra.

Ella pareció satisfecha con esta explicación. Superada la primera impresión de la muerte de miss Oates, le gustaba ahora estar en primera plana y parecía encantada de volver a contar su historia.

—Parecía muy sincero, ¿sabe? ¡Y con aquellos bombones y aquellas flores! Muy cortés. Aseado. Y no vestía mal. Parecía como si le faltase un poco de peso. La ropa le caía un poco holgada, ¿entiende lo que quiero decir? Tal vez todo esto no le interese, pero los policías de verdad se mostraron muy complacidos. Dijeron que les había dado una buena descripción.

—Estoy seguro de ello. ¿Advirtió usted algún acento en su manera de hablar?

—Sí. Sí que lo tenía. Regional. Supongo que podía ser del norte. Se parecía un poco al de James Mason. Es lo que dije a la policía, y ellos pensaron que esto era muy útil. Desde luego, James Mason murió, pero hablaba de esa manera cuando representaba sus papeles. Era un actor formidable, ¿no?

—Uno de los mejores.

—¿Tendré que decir todo esto ante el tribunal cuando le pillen?

—Es posible.

—No sé cómo me portaré allí. Quiero decir que nunca he estado en líos antes de ahora.

—Bueno, ahora no está un ningún lío.

—No, pero al mismo tiempo…, una cosa así hace que una se sienta inquieta, ¿eh? Sólo de pensar en ello.

—Como ella tenía derecho a una pensión por incapacidad —la interrumpió Hillsden, ansioso de volver al grano—, mi departamento tiene que establecer si hay o no algún pariente vivo cuya existencia ignoremos.

—Él no era lo que decía, lo que me dijo, ¿verdad? ¡Se necesita ser caradura para engañarme de esa manera! Pero creo que cualquiera se habría dejado engañar, ¿no le parece? Yo actué con la mejor intención.

—Sí, estoy seguro. Tenemos entendido que miss Oates tenía un pariente auténtico que solía preguntar por su salud de vez en cuando.

—Es verdad.

—Por lo visto no podía visitarla, pero solía telefonear. ¿Habló alguna vez con él?

—Ahora que lo pienso, sí. Tomé recientemente una llamada cuando la jefa estaba fuera.

—¿Cuándo fue?

—Oh, soy fatal para las fechas. Bueno, debió ser dentro de las últimas tres semanas, porque es todo el tiempo que llevo aquí.

—¿Y qué le dijo usted?

—Siempre hay que andarse con cuidado ¿no? Es inútil afligirles. Creo que dije que iba tirando. ¿Qué otra cosa podía decir?

—¿Y era la única persona que telefoneó preguntando por ella? ¿No recibió nunca alguna otra llamada?

La enfermera sacudió la cabeza.

—Sólo lo pregunto porque la jefa dijo algo acerca de una fotografía que ella tenía en la mesita de noche. Una fotografía de una joven.

—Oh, sí, la fotografía. Una buena foto, una chica muy bonita.

—¿No le dijo nunca miss Oates de quién era?

—No. Y no se lo pregunté. Yo no me meto en sus asuntos personales a menos que me lo pidan, pues algunos de ellos son raros en estas cosas. Son susceptibles, y una no quiere que se exciten. Yo solía charlar con ella, naturalmente, cuando la estaba bañando o haciéndole la cama, pero ella, la pobre, no hablaba mucho, ni leía; sólo se estaba sentada allí. En realidad, y esto es raro, o al menos me pareció entonces raro, las únicas veces que habló lo hizo acerca de las moscas.

—¿De las moscas?

—Sí. No podía soportarlas. Si había una sola mosca en la habitación, en seguida se daba cuenta y se ponía muy nerviosa. Yo solía rociar con un insecticida alrededor de su cama. Si se hubiese tratado de arañas, la habría comprendido, porque me ponen la piel de gallina, pero las moscas hay que aguantarlas, ¿no?

—Desde luego. Bueno, gracias por su ayuda.

—¿Cuándo cree que tendré que comparecer ante el tribunal?

—Es difícil decirlo. Primero tienen que pillar al asesino.

—No puedo olvidar el hecho de que fui yo quien le hizo entrar. Me dan escalofríos siempre que lo pienso. ¿Cree usted que va a volver, eh?

—Yo diría que es muy improbable.

Antes de marcharse pidió que le dejasen ver la habitación de Caroline. Estaba vacía desde su muerte y no se entretuvo mucho en ella; no había nada que la relacionase con la muchacha a quien había conocido antaño, y lo único que se preguntó fue por qué había sentido alguien la necesidad de asesinar a un vegetal.