Juego interminable
Parte II
Capítulo 21
Belfrage no era el más satisfactorio ni, ciertamente, el más consumado de los amantes, aunque se habría sentido ofendido si alguien le hubiese dicho que su técnica era defectuosa. También era propenso a sentirse culpable después del coito, y Pamela era lo bastante astuta para darse cuenta de que aquel sentimiento de culpabilidad proporcionaba el estímulo inicial, tanto como la melancolía resultante. Ella sentía cada vez más que el sacrificio que le exigía Gunther era un precio demasiado elevado, e inventó una especie de «pelmanismo» para hacer frente a su fastidio mientras sir Charles jadeaba en busca de una conclusión no compartida que ella se veía obligada a fingir.
Cuando Pamela pensaba en las diferentes fases de su educación sexual, se decía que la mayoría de los hombres, a excepción de Gunther, la habían aburrido en la cama. Sus años experimentales de adolescente estuvieron plagados de correctos alumnos de colegios públicos, más ansiosos de causar buena impresión a papá y a mamá que de darle lo que ella anhelaba. Tendida debajo de sir Charles y esperando el momento en que éste pusiese fin a sus ejercicios, recordaba las voces ahogadas y las erecciones permanentes pero malgastadas de aquéllos, la manera en que la besaban con labios agrietados y cómo le apretaban los pechos con las manos, buscando un rápido y egoísta alivio. Sir Charles no era más que una versión más vieja de aquellos remotos galanes. Un primo había sido el beneficiario de sus primeros favores totales: ambos cojeando después de jugar al tenis, él con la cara hinchada por la fiebre del heno, dos novatos en una glorieta, presumiendo de un conocimiento que pronto resultó menos que amplio. Pero, desde el punto de vista de ella, fue un necesario momento decisivo; el inicial y agradable sabor del engaño, preparación de traiciones más gordas en el futuro. Porque, desde luego, había sido enseñada a preservarse, a cruzar el bosque de la juventud sin mancillarse hasta el momento supremo en que, del brazo de papá, con acompañamiento de Mendelssohn, marchase hacia la vieja estafa del amor, el honor y la obediencia. Viendo cómo otras seguían el manido y el antiguo camino, había resuelto no dejarse atrapar en el mismo callejón sin salida.
El mayor error de sus padres, ya maduros, fue permitir que terminase su educación en UC. Sin embargo, había sido siempre la niña mimada de papá, que le daba todo lo que quería. Allí, en el extenso campus de Berkeley, que abarcaba una zona tan grande como el pueblo en el que se había criado, terminó su búsqueda del nirvana. No era solamente otro mundo, donde los morenos nativos hablaban su idioma con acento extranjero, sino un mundo en el que adquirió la mayoría de edad, intelectual, política y sexualmente. Las chaquetas de cricket habían sido sustituidas por camisetas de manga corta con slogans de rebeldía estampados, y la glorieta, cambiada por los asientos de atrás de Chevrolets y Thunderbirds. Manos más confiadas habían soltado sus sujetadores, mentes más ágiles le habían dado a conocer lo que andaba mal en la sociedad que la había engendrado. Toda la experiencia fue una revelación. Descubrió que ya no era una especie en peligro de un país agotado y maltrecho por dos guerras mundiales, sino parte de un movimiento en marcha que iba a limpiar la pizarra y empezar de nuevo, un movimiento que dictaba las normas mientras avanzaba y las rompía con la misma facilidad cuando resultaban ineficaces. Se encontró con que era aceptada en una sociedad virtualmente sin clases, y que rechazaba y se burlaba de todas las actitudes que, hasta ahora, ella nunca puso en tela de juicio. Criada en la creencia de que siempre habría un statu quo, se asombró cuando le dijeron que no existía. Empezó a respirar el embriagador desprecio americano de la autoridad y lo encontró estimulante. La perspectiva de ser incluida en una posible violencia, combinada con la política de destrucción, era consumación digna de ser deseada.
Naturalmente, nada de esto se realizó de la noche a la mañana. Al principio, su acento, su manera de vestir y la cantidad de dinero que tenía para sus gastos, la mantuvieron apartada.
Cuando comprendió que la aceptación no podía comprarse, se esforzó de firme en deshacerse de su antigua personalidad, pues deseaba desesperadamente que la aceptasen. Previamente, nunca había tenido conocimiento de la política. Se había dado por sabido que, cuando pudiese votar, lo haría igual que papá, es decir, a los conservadores. En su casa siempre se habló de Ellos y Nosotros, y en Ellos se comprendían todos los matices que tirasen a rojo, por poco que fuese. Toda su intervención en problemas sociales había sido firmar una petición en pro de la preservación del zorro: desde los dieciséis años había tenido un abrigo de piel. Ahora, al perder su formación inglesa bajo el sol de California, cada día más obsesionada por la necesidad de despojarse de todo lo que antaño había tenido por sagrado, se unió a toda la protesta y firmó toda petición encaminada a provocar disturbios. Como la mayoría de los conversos, abrazó la nueva fe más resueltamente que los que nacieron en ella. Se apartó de su camino para cultivar la amistad y el respeto de los gurús estudiantiles, sentándose a sus pies (o en sus caras, si era ésta la obligada cuota de entrada) e iniciándose en sus filosofías nihilistas. Lo que predicaban en la triste secuela de Vietnam parecía ser la única manera de salvar a su generación. No tenía que haber más guerras, salvo las que ellos decidiesen.
Fue durante esta segunda fase de su desarrollo que conoció a Gunther, seducida primero por su inteligencia y después por su excitante y natural sexualidad. Fue Gunther quien puso romanticismo en un contexto político; fue Gunther quien demostró que el marxismo ofrecía el premio mayor: la salvación a través de la violencia. Tendida debajo de él, despertó al señuelo del caos. Parecía una idea perfecta, lógica, pasmosamente original, fomentar una revolución en medio de tanta opulencia, proyectar un estado de oro dentro del Estado de Oro. Especialmente tal como lo describía Gunther. Gunther explicaba cómo él y otros habían traído una nueva forma de revolución desde Europa al Nuevo Mundo, y la manera en que, una vez que germinase, proliferaría la planta. «Esto no es más que el principio. Todavía no nos hemos puesto en marcha».
El futuro que describía para ella era una droga más poderosa que la refinada porquería que fumaban juntos y, lo mismo que su mente, pervertía sus gustos sexuales, haciendo que cada vez dependiese más de él. Le enseñó los méritos de la paciencia, la necesidad de trabajar en la sombra. «Hazlo todo mal. No muestres nunca tu verdadero juego. Juega siempre las cartas que ellos quieran que juegues. Sé una estudiante ejemplar. No firmes peticiones. No ingreses en ningún cuerpo u organización estudiantil. Confúndete con su ambiente, haz que se sientan seguros contigo. Sé lo que ellos esperan que seas, y habrás avanzado mucho». Ella creía todo lo que él le decía, seguía sus instrucciones al pie de la letra e invertía el proceso que había empezado.
Estaba como atontada por él. No solamente era un maestro convincente, sino que hacía lo que predicaba. Mientras él supo en muy poco tiempo todo lo que tenía que saber acerca de ella, ella pudo averiguar muy poco de su historial. Era alemán, de Hamburgo, hijo de padres acomodados de la clase media a los que despreciaba y de los que se había apartado. Tenía poco sentido del humor, según advirtió ella rápidamente; era serio en todo. Cuando estaban solos los dos, permanecía a veces horas en silencio, negándose a entablar una relación. Su intensidad la fascinaba y en ocasiones la asustaba; gradualmente empezó a asumir las mismas cualidades que admiraba en él, pensando que, si le emulaba, él la encontraría más atractiva. Por la manera en que usaba y educaba su cuerpo comprendía Pamela que había habido muchas otras antes que ella, pero no podía incitarle a comentar sus aventuras pasadas. Tampoco había nada tierno en él; no podía estar más lejos del amante ideal en que había soñado ella en su adolescencia, pero, cuanto mayor era la indiferencia con que él la trataba, más lo deseaba. La perspectiva de perderle era inconcebible; no había nada que no fuese capaz de hacer para conservarle.
Durante el segundo verano que pasaron juntos, él anunció que se tomarían unas vacaciones en el extranjero. Naturalmente, no se había molestado en consultarla, ni se le ocurrió a ella discutir su decisión. Todo estaba preparado; irían al Brasil; Gunther sabía qué era lo mejor; todo era maravilloso.
Durante aquellas vacaciones descubriría ella con qué eficacia había destruido él sus anteriores convicciones. Al principio le pareció más tranquilo de lo que nunca lo había visto, pero su humor podía cambiar rápidamente, y no se sorprendió cuando, al empezar la segunda semana, volvió a encerrarse dentro de su concha y se volvió nervioso e irritable con ella. «Nos marchamos de aquí; este lugar me aburre», dijo de pronto. Había tomado su resolución: no tenía por qué consultarla a ella.
Hicieron las maletas y salieron del hotel en una hora. Viajaron cuatro o cinco horas en un coche alquilado hasta que llegaron a un pueblo remoto. En ningún momento él había indicado su eventual destino. Llegaron al anochecer y obtuvieron una pequeña habitación en el único hotel. Ella estaba cansada y sudorosa después del viaje, pero sólo un chorrito de agua orinienta brotaba de la ducha. Esto y la negativa de él a comunicarle la razón del súbito traslado acabaron por irritarla en extremo.
—¿Por qué tanto secreto? —gritó—. Íbamos a tomarnos unas vacaciones. A mí me gustaba aquel otro lugar. Y ahora, sin decirme por qué, hemos tenido que viajar muchas horas para llegar a ninguna parte. ¿Por qué? Dame una razón.
—He cambiado de plan. Tengo que encontrarme aquí con alguien.
—¿Con quién?
—Lo conocerás esta noche.
—¿Y si no quiero?
—Lo conocerás esta noche —repitió él—. Harás lo que yo te diga y no me harás más preguntas.
Ella permaneció enfurruñada hasta una hora más tarde, en que él le anunció que iban a salir.
—No voy a meterme de nuevo en ese maldito coche. Tengo hambre, quiero comer algo.
—Ya comerás. Ahora sube y no discutas.
Esta vez el viaje fue corto, sólo de cuatro o cinco millas montaña arriba. Llegaron a una villa aislada, invisible desde la carretera, que parecía deshabitada. No había luces en las ventanas y el jardín estaba muy descuidado. Gunther aparcó el coche detrás de la villa. Al parar el motor, ella oyó un perro que ladraba. No era un ladrido amistoso. Se dirigieron a la entrada posterior; la puerta se abrió de pronto y apareció un joven que ella presumió que tendría aproximadamente la misma edad de Gunther. Estaba gordo, casi rayando en la obesidad por su estatura, y su cara era redonda e infantil. Sujetaba a una perra doberman con una correa de las usadas por los guardias de prisión y por la policía, de esas que pueden soltarse rápidamente. El animal tiró de la cadena, mostrando los dientes.
—No le pasa nada —dijo el joven. Su acento era sibilante y difícil de situar—. Es que no sabe distinguir entre los amigos y los enemigos.
Dio una orden y la perra se calmó inmediatamente.
Ya en el interior, el joven les condujo a una habitación cuyos postigos de madera estaban cerrados. La luz permitió a Pamela observarle mejor. Tenía la piel olivácea, por lo que pensó que su origen debía ser mediterráneo o sudamericano. La facción más desconcertante eran los labios, que parecían no concordar con el resto de la cara; hinchados como por picaduras de abeja, fue lo primero que acudió a la mente de ella. A pesar de su volumen, se movía ágilmente sobre los pies, como un boxeador bien entrenado. Tenía algo repulsivamente atractivo, especialmente cuando sonreía, como hizo ahora.
—Supongo que estaréis hambrientos. He preparado algo.
Señaló una comida fría y una botella de vino sobre la mesa.
—Como Gunther no va a presentarnos, yo soy Pamela.
—Oh, ya sé quién eres. Por favor, sentaos.
Tendió un plato a Pamela y ésta se sirvió mientras él escanciaba el vino para todos. Ella esperó que Gunther diese alguna explicación, pero no dijo nada. Cuando él y el joven comieron algo y bebieron un poco de vino, salieron bruscamente de la habitación, cerrando la puerta detrás de ellos. El doberman se quedó con Pamela. Ésta le arrojó un trozo de carne, pero la perra no lo tomó.
Aunque el hambre obligaba a Pamela a comer, la comida no hizo más que aumentar su inquietud. No podía dejar de pensar, en lo más recóndito de su mente, que había visto a aquel joven en alguna parte; había en él algo vagamente familiar. Oía sus voces pero no podía entender nada, y tenía miedo de moverse al no perderla de vista el doberman. Cuando terminó, apartó a un lado el plato y el vaso vacíos. El miedo y la irritación del día la habían agotado y, al cabo de un rato, se durmió.
Cuando Gunther la sacudió para despertarla, estaba soñando con sus padres.
—¿Nos vamos ahora? —preguntó, de nuevo temerosa.
—No; nos quedaremos aquí a pasar la noche.
—¿Por qué? ¿Qué es este lugar? ¿Por qué hemos venido? ¿Qué sucede?
Hizo todas estas preguntas sin respirar. El joven no se veía en ninguna parte.
—¿Y quién es él?
Gunther la agarró del antebrazo con fuerza suficiente para interrumpir la circulación de la sangre.
—Haz lo que te digo y no hagas preguntas que no son de tu incumbencia. Nos quedamos, y eso es todo. Ahora vete a la cama.
Pamela se dio cuenta de que, mientras dormía, habían traído su equipaje. Todavía asiéndola del brazo, él la empujó hacia la puerta, tomando su maleta al pasar. Después la condujo al vestíbulo, le hizo subir una escalera y le mostró una habitación.
Como el resto de la casa, estaba pobremente amueblada y ofrecía pocas comodidades.
—¿Vienes a la cama?
El miedo de enojarle más hizo que suavizase la voz.
—Más tarde.
—Estoy asustada —dijo ella—. No entiendo nada de esto.
—No tienes nada que temer. Te lo explicaré todo más tarde. Confía en mí.
Pero cuando él se marchó, estaba muy lejos de sentirse confiada. Antes de desnudarse examinó la habitación. El armario y la cómoda estaban vacíos, y lo único que encontró fue una novela en rústica encima de la mesita de noche. Estaba escrita en español y su espeluznante cubierta indicaba que se trataba de una novela de miedo barata. Oyó que el doberman rondaba por el rellano al meterse ella en la cama; después, un largo silencio. Una vez más se sumió en un sueño inquieto. La despertó el ruido de una puerta al cerrarse de golpe, que fue seguido del sonido de un coche alejándose. Se sentó en la cama y gritó llamando a Gunther. Oyó pisadas en la escalera y, un momento después, Gunther apareció en el umbral de la puerta:
—¿Estás loca? ¿Por qué has gritado?
—Porque tenía miedo. He tenido miedo desde que llegamos aquí. No comprendo lo que sucede. Creí que eras tú el que se marchaba, dejándome sola con ese tipo y su odioso perro.
—Bueno, ya ves que no me he marchado. Estoy aquí.
—¿Volverá él? —Gunther sacudió la cabeza y se sentó en el borde de la cama—. Pero ¿no es ésta su casa?
Él le acarició los cabellos.
—Es un lugar que usa.
—Por favor, dime qué significa todo esto.
—Ten paciencia.
—¿Por qué hemos venido aquí? Estábamos de vacaciones.
—Tenía que venir. Me lo ordenaron.
—¿Te lo ordenaron? ¿Quién?
—Él.
Ella le miró fijamente.
—¿Ese gordinflón? ¿Por qué tiene él que darte órdenes?
—Menos mal que no está aquí y no ha podido oírte. Es muy susceptible en lo tocante a su aspecto.
—Pero ¿qué es él? ¿Estás metido en algún lío? Tiene que ver con la droga, ¿no?
Él sonrió.
—Todavía tienes mucho que aprender, pequeña. No, no tiene nada que ver con las drogas.
—Entonces, ¿qué es él para ti? Tiene que ser alguien muy especial para traerte a este vertedero de basura en medio de ninguna parte.
—Oh, sí, es muy especial. Y tú, muy privilegiada. Has conocido a alguien por cuya captura daría cualquier cosa la policía de tres continentes, alguien que ha hecho cosas de las que tú y yo sólo hemos hablado. —Esperó su reacción, pero al permanecer inexpresivo su semblante, no pudo contenerse. Dijo, con sigiloso y malicioso orgullo—: Has conocido a Raoul, al que los periódicos llaman la Salamandra.
—¿Era él?
—Debió alegrarse de que no le reconocieses. ¿Comprendes ahora?
—No; todavía no tiene sentido… A menos que me hayas estado mintiendo todo el tiempo.
—No mintiendo; sólo esperando a estar seguro de que estabas preparada para el próximo movimiento. Mira, pequeña… Toma esto, porque necesitas tranquilizarte. — Encendió un porro y dejó que ella lo chupase primero. Ella lo hizo, agradecida—. Ahora puedo decirte que él tuvo serias dudas en dejar que vinieses conmigo, pero le convencí de que eras digna de confianza. Le hablé muy bien de ti. Si no lo hubiese hecho, si él hubiese podido alimentar la menor duda, ahora no estarías viva. No habría podido salvarte. Él no asume riesgos; por eso ha sobrevivido cuando la mayoría de sus imitadores han muerto. Pero tiene que reclutar sangre nueva, mantener vivo el impulso.
Incluso cuando la droga empezó a mitigar su miedo, siguió todavía sin comprender del todo lo que él le estaba diciendo. Sólo mucho más tarde, después de haber hecho el amor, se enteró de la importancia del compromiso de Gunther. Éste le explicó su papel en la red del gordinflón; le explicó que también ella, a través de él, estaba comprometida, que sus credenciales estaban en un pasaporte que nunca sería mostrado, que, desde este momento en adelante, su verdadera identidad quedaría enterrada para siempre. Le recordó alguno de los éxitos pasados de aquel muchacho gordo: la bomba en la estación de ferrocarril de Turín, el asesinato del embajador israelí en Perú, el secuestro y en definitiva la destrucción del 747 de British Airways en Kuwait.
—Éstas son solamente las acciones que se le atribuyen, no la lista completa. A veces se limita a dar una idea, se asegura de que se han tomado todas las medidas necesarias, pero no representa un papel activo. Puede estar a miles de millas de distancia cuando estalla la bomba. Es una mente brillante para producir el caos; casi podría decirse que nació para eso. Y hasta ahora, ha tenido una suerte estupenda; a pesar de lo que hayas podido leer en los periódicos, nunca se han acercado a él. Hace dos años que no han tenido el menor indicio fiable de su paradero. Uno no establece nunca contacto con él; es él quien lo establece con uno. No tiene nada de su propiedad, nada.
—¿Y la perra?
—Tienes razón. Tiene a su perra. Quiere mucho a los animales, pero no tanto como para dejar de pegarle un tiro si representase una amenaza. Esta noche has tenido un buen ejemplo de su manera de operar. Nunca había usado esta casa, y nunca volverá a usarla. Sencillamente, ha sido puesta a su disposición por los que le pagan.
Por la manera en que lo decía Gunther, habría podido describir a un santo más que a un asesino a sueldo.
—Sólo hay una cosa que puede destruirle. Tú diste en ello sin saberlo. Su talón de Aquiles es que le gusta demasiado la comida. Se ha hecho operar la cara varias veces y probablemente cuando vuelvas a verle, si es que vuelves a verle alguna vez, te parecerá un hombre diferente. Lo único que no puede cambiar en él es su apetito. Diste en el blanco. Es un gordinflón.
—¿Y qué hay de lo otro?
—¿Lo otro?
—¿Qué hace para relajarse?
—¡Ah, te refieres a eso! Supongo que es un eunuco; lo único que le satisface es su trabajo.
—Parece extraño —dijo ella— que lo llames trabajo. Se mata de nueve a seis. ¿Quién le paga?
—No creo que le importe mucho quién firma el cheque. No hay escasez de demanda. Los talentos como él se cotizan muy altos.
—Y a nosotros, ¿qué nos pedirá que hagamos?
—¡Quién sabe! Cuando esté dispuesto, cuando lo haya decidido, nos lo dirá. Puede ser la semana próxima, o dentro de meses, o tal vez nunca. Mientras tanto, estaremos a la espera. Pero él sabrá siempre dónde estamos.
Terminadas las vacaciones, volvieron a UC y, el año siguiente, se graduaron en sus respectivas materias, siendo considerados como estudiantes ideales, más preocupados por seguir la corriente americana del triunfo que por mezclarse en política. Marcharon separadamente a Europa, Pamela a Inglaterra y Gunther a su Alemania natal. Él la proveyó de dinero abundante, diciéndole lo que tenía que hacer y lo que había de esperar a cambio. Sólo entonces, por primera vez desde que había empezado su aventura, se enteró de a quiénes tenía que servir. Lo tomó con una mezcla de miedo y excitación; en aquella época, aquello todavía parecía un juego maravilloso en el que se les permitía participar, sin más peligro que el de las drogas que habitualmente consumían.
Gunther le había dicho que, en su ausencia, recibiría instrucciones a través de los anuncios personales colocados en el escaparate de una pequeña tienda de tabacos situada junto a Wardour Street. El primer mensaje le sería transmitido en una fecha determinada y la avisaría para que acudiese a una cita con su control en un lugar previamente fijado. Recibiría órdenes de un agente de la KGB encubierto en la embajada rusa y que emplearía el nombre en clave de Albert.
Pamela fue recibida con los brazos abiertos por su familia y soportó la sofocante atmósfera de la vida hogareña en el campo, por mor de las apariencias, pero sin la menor intención de seguir las antiguas costumbres. Una vez observados los convencionalismos, dijo a sus padres que estaba resuelta a llevar una vida propia, decisión que ellos aceptaron, secretamente de buen grado, pues habían visto que su estancia en California la había cambiado. Se trasladó a Londres, se instaló en un pisito que Gunther había adquirido para ella y empezó su vida secreta. El día convenido, se dirigió a la tienda de tabacos. Allí, entre tarjetas postales dando cuenta de animalitos perdidos, coches de segunda mano, equipos fotográficos y servicios de prostitutas disfrazadas de maestras y masajistas francesas, descubrió el mensaje que iba dirigido a ella:
Querida, te ruego que me esperes en el lugar acostumbrado el jueves por
la mañana, siempre te quiere,
Albert.
El lugar previamente convenido para la cita era la Pajarera Snowdon, en el zoológico de Regent’s Park. Ansiosa de asegurarse de que todo iría bien, fue de las primeras en entrar cuando el zoo abrió sus puertas y se dirigió inmediatamente a la pajarera. Después de casi dos horas, no había establecido ningún contacto y tuvo que salir para ir al lavabo, pero volvió a toda prisa para continuar su espera. Tampoco ahora se acercó nadie a ella.
Y aumentaron sus temores; se convenció de que la culpa era suya, de que había interpretado mal las instrucciones y había fallado en su primera prueba. Permaneció allí hasta la hora del almuerzo, y entonces salió pitando, tan atolondrada que creía percibir una amenaza en cada cara nueva que veía.
Durante la semana siguiente, visitó la tienda cada día, pero hasta el sábado no apareció el segundo mensaje:
«Querida, lamento no haber podido asistir la vez pasada, pero lo repararé
el lunes, no creas que soy una serpiente oculta entre la hierba».
Sufrió terriblemente buscando el significado oculto de aquella frase y, por fin, decidió que debían querer decir que volviese al zoo, pero esta vez a la casa de los reptiles. De nuevo acudió a la hora de abrir el zoológico y se dispuso a soportar el horror que siempre le habían producido las serpientes. Mientras daba vueltas por allí, contemplando los ejemplares inmóviles en sus jaulas de cristal, pensó en lo lejos que había llegado en tan poco tiempo y se preguntó si volvería a conocer la paz.
—Creo que se le ha caído esto —dijo una voz.
Se volvió y vio a un hombre de pie a su lado. Él le tendió una bolsa de cacahuetes, de esas que se venden en diversos puntos para los aficionados a alimentar a los animales. Ella la tomó. Era un hombre de mediana estatura, probablemente de unos treinta y cinco años, vestido con un traje de bastante buena confección; alguien que habría pasado inadvertido en una muchedumbre.
—Gracias —dijo, no sabiendo de qué otro modo reaccionar.
—Las serpientes son mucho menos siniestras de lo que uno se imagina, ¿verdad? —dijo el hombre, y salió del edificio antes de que ella pudiese pensar una respuesta.
Con la bolsa de cacahuetes en la mano, Pamela siguió observando las serpientes, no atreviéndose a seguirle antes de que hubiese pasado un intervalo razonable. Cuando salió, no le vio en ninguna parte y tomó un taxi para volver a su casa.
Hasta que estuvo a salvo en su interior no se atrevió a examinar la bolsa de cacahuetes.
En el fondo de ésta había un trocito de papel doblado, en el que aparecía escrito a máquina: «Pronto recibirá una invitación para un fin de semana en el campo. Acéptela».
Después de leerlo varias veces, pensó que era algo que no debía conservar. Parecía demasiado melodramático y absurdo imitar las escenas de las películas de espionaje en que la heroína se traga la clave secreta; por consiguiente, lo arrojó al cubo de la basura junto a los restos de su desayuno y lo machacó todo. Lamentó que Gunther no estuviese con ella.
Transcurrieron dos semanas de tensión e incertidumbre sin que ocurriese nada.
No teniendo más que hacer, hizo visitas irregulares a la tienda de tabacos, pero no había ningún mensaje para ella. Entonces recibió un sobre corriente que contenía una reserva en primera clase para un tren particular que saldría el próximo viernes con destino a una ciudad comercial del corazón de Inglaterra. Sujeta al billete, había una nota a máquina: «Irán a buscarla y la conducirán a Brampton Abbots. Que lo pase bien». En realidad, el nombre del lugar de destino no significaba nada para ella.
De lo único que estaba segura era de la clase de ropa que tenía que ponerse; por algo era una joven educada. El día señalado tomó el tren que le correspondía. El vagón de primera clase no iba lleno, y pronto vio que la estaba mirando un joven de aproximadamente su edad y que tenía todo el aspecto de un agente de cambio y bolsa. Antes de que el tren hubiese dejado atrás las afueras de Londres, se comportó de la manera acostumbrada e inició una conversación. Después de unos cuantos cumplidos y precisamente cuando ella se disponía a pararle los pies, dijo de pronto:
—Bueno, se me acaba de ocurrir una cosa. Disculpe la pregunta, pero ¿no irá usted por casualidad a Brampton Abbots?
—Sí. En realidad, así es.
—Estupendo. Yo también voy allí. Me llamo Jeremy Ross.
—Pamela —dijo ella.
—¿Ha estado allí alguna vez?
—No, nunca.
—Oh, lo va a pasar en grande. El viejo Marty no hace las cosas a medias. Tiene una casa sorprendente, con pistas de squash, piscina de reglamento, Jacuzzi, de todo. Conocerá a las personas más extraordinarias, y todo es magnífico. El viejo Marty no escatima nada. Me atrevería a decir que nadie le supera en gastos, pagados por su revista un tanto atrevida, aunque es mejor que no lo pregone. ¿Ha leído algún número?
—La hojeo algunas veces —mintió ella.
—Esté alerta de que no intente hacerla salir en una de sus páginas. Siempre está buscando caras nuevas, y no siempre las caras.
Por un proceso de deducción, se formó ella una idea de la personalidad de su desconocido anfitrión: las burlonas observaciones de Jeremy sobre la revista le habían dado la primera clave. Un tal Martin Gattey publicaba con gran éxito una especie de Playboy, y no había perdonado esfuerzo para convertirse en personaje. Aunque la propia revista era poco más que una pálida imitación del original de Hefner, Gattey pagaba bien a sus colaboradores, y sus fotos de desnudos iban todo lo lejos que permitía la ley. Aparecía constantemente en las columnas de sociedad y en sus famosas fiestas de fin de semana figuraba siempre una extraña mezcla de personalidades del espectáculo, políticos descarriados y ases del mundo del deporte. Los orígenes de la indudable riqueza de Gattey eran un tanto oscuros; generalmente se creía que, habiendo venido a Inglaterra como refugiado justo después de la guerra, hizo su primera fortuna negociando con inmuebles, antes de volver su atención a Fleet Street. Al fracasar en su empeño de adquirir un periódico nacional, lanzó Bachelor, que, para sorpresa de sus competidores, tuvo un éxito inmediato.
—¿Tiene alguna idea de quién más va a estar allí este fin de semana? —preguntó Jeremy.
—No.
—Yo tampoco. Pero ¿qué importa? Ambos estamos aquí y, como digo siempre, la sorpresa es la sal de la vida. ¿A qué se dedica usted? Apuesto a que es modelo, ¿no?
—Se equivoca.
—Lástima. Ciertamente, es lo bastante bonita para serlo. —Su enfoque era tan torpe que ella sintió ganas de gritar—. Hagamos otra conjetura. Es usted una de esas terriblemente valiosas personas que se dedican a obras de caridad.
—No soy más que una secretaria. Poquita cosa.
—Bueno, si alguna vez quiere cambiar de ambiente, hágamelo saber. A nuestra oficina le convendría una joven despierta como usted. Y ahora, ¿qué dice de mí? ¿Qué es lo que hago?
«¿Aparte de incordiar a la gente?», pensó ella.
—Oh, eso es fácil. O tiene un alto cargo en un banco, probablemente de propiedad de papá, o es agente de cambio y bolsa.
Él puso cara larga.
—No creía que se me viese tanto.
Ella sólo le escuchó a medias durante el resto del viaje, mientras él seguía insinuándose sin parar. Cuando llegaron a su destino fueron recibidos por un chófer de uniforme que conducía un Bentley último modelo.
—No se lo he dicho —observó Jeremy, después de saludar familiarmente al chófer—. Hay que reconocer que Marty sabe hacer las cosas.
Después de un trayecto de veinte minutos a gran velocidad, llegaron a la casa. Si Gattey hacía gala del mal gusto en su revista, no podía decirse lo mismo de su estilo de vida. La mansión, al final de una avenida flanqueada de árboles, era de auténtico estilo Reina Ana y había sido magníficamente restaurada, sin reparar en gastos. Gattey le agregó un ala adicional en concordancia con la estructura principal, para albergar una piscina cubierta de dimensiones olímpicas y un complejo de juegos. Cuando, como nueva invitada, le fue mostrada la casa, Pamela vio que Jeremy no exageraba: era algo extraordinario.
En cuanto al propio Gattey, se mostró cortés e ingenioso. Ella había esperado vulgaridad combinada con un intento inmediato de conquista, pero quedó agradablemente sorprendida y rápidamente desarmada por su simpatía natural. Parecía haber criados en todas partes; cuando la llevaron a su habitación, la encontró amueblada con un gusto impecable. Al saludarla, Gattey había insistido en que prescindiese de toda ceremonia. «Sólo tenemos dos reglas, Pamela. No asustar a los pavos reales y no jugar por dinero. Aparte de eso, está aquí para pasarlo bien. Vista como quiera, nade en la piscina de agua caliente, juegue un poco al tenis o al squash, tome un baño de sol, o mándelo todo al diablo y no haga nacía. Quiero que se sienta cómoda. Me alegro de que haya venido».
Todo aquello parecía diferente de cualquier escenario en que hubiesen podido soñar Gunther o el gordinflón, y se preguntó cuándo le sería revelado el verdadero objetivo de la invitación.
No tuvo que esperar mucho tiempo. Cuando bajó para reunirse con una treintena de invitados para el almuerzo, la primera persona con quien se tropezó fue el hombre que le dio la bolsa de cacahuetes en el zoológico. Gattey se lo presentó como Andrei Shmarinov, director de una compañía polaca de papel de periódico con la que tenía tratos comerciales. El hombre a quien conocía ella como Albert le besó la mano con exagerada cortesía, pero no mostró mayor interés y fue Jeremy quien la acompañó para el almuerzo.
En el momento en que entró en el comedor vio claramente que, fuese lo que fuere lo que les estuviese reservando el fin de semana, nadie se iría a la cama con hambre. La comida fue servida con esa prodigalidad natural que sólo los muy ricos pueden permitirse, en vivo contraste con algunas de las fiestas caseras a las que se había visto obligada a asistir en su adolescencia. Tal vez el único fallo era que los invitados masculinos se veían superados a razón de uno a dos por las hembras; Gattey había reunido un grupo numeroso de muchachas atractivas, la mayoría de las cuales parecían estar en su ambiente. Reconoció a algunos de los hombres: un as del tenis, dos conocidos personajes de la televisión y un político laborista en auge que daba la impresión de que, si no podía hacer la pelotilla a los ricos, no tenía reparo en reunirse con ellos.
Durante el almuerzo salió el sol y el anfitrión ordenó que se sirviera el café en la terraza. Después de un cortés intervalo, se formaron parejas para el tenis y ella subió a cambiarse de ropa. Al reunirse de nuevo con los otros, advirtió que «Albert» estaba tomando fotos de algunas de las chicas. Jugó dos sets de dobles antes de ir sola a explorar el magnífico terreno. Aunque no se hacía ilusiones sobre el verdadero objeto de la reunión, los hombres parecían atractivos, a excepción de Jeremy, y hacía rato que no pensaba en Gunther.
No le sorprendió que «Albert» apareciese en un lugar aislado del jardín, donde no podían verles desde la casa. Breve y elocuentemente, le dijo lo que tenía que hacer:
—Necesitamos tomar algunas medidas de seguridad para el futuro —dijo—. Presumo que no tendrá inconveniente en seducir a uno de los invitados.
—No, siempre que sea un hombre. Otra cosa me sería imposible.
—Es un hombre.
—¿Cuál?
Le dio el nombre.
—Bien —dijo Pamela—. No tendré que violentarme, es muy guapo. ¿Espera que haga yo el primer movimiento?
—Espera tener suerte con alguien; ésa es la razón principal de su presencia aquí.
En cuanto al procedimiento, es cosa suya. Sólo agárrele bien; eso es todo. Quiero que emplee esto. —Le dio un magnetófono en miniatura, del tamaño de un paquete de cigarrillos—. ¿Conoce estos aparatos?
—En realidad, no.
—Todo está preparado. Nada más que apretar este botón. Tiene cuerda para tres horas. Es importante que le llame por su nombre; debemos tener una identificación positiva en la cinta. Mañana quiero fotografías de los dos juntos.
—¿Quiere fotografías de los dos en la cama?
—No. Aunque eso podría ser necesario más adelante, en otra ocasión. ¿Está todo claro?
Pamela asintió con la cabeza.
—¿Qué tengo que hacer con la cinta?
—Me la dará antes de que nos marchemos. Ahora no me siga y prescinda de mí lo más posible —dijo él, y se alejó bruscamente.
Ella continuó paseando por el jardín hasta que decidió cuál sería la mejor manera de abordar a aquel hombre. Al volver a la casa, escondió primero el magnetófono en su habitación y después se reunió con el grupo que estaba en la piscina. Quiso la suerte que no tuviese que tomar la iniciativa, al sugerir una de las muchachas su sesión en el jacuzzi, sugerencia aceptada de buen grado por los hombres. Pamela dio el ejemplo, siendo la primera en desnudarse. Una vez en el jacuzzi se acercó casualmente al hombre que «Albert» había elegido como su presunto amante y, cuando se tocaron sus cuerpos desnudos debajo del agua agitada, el inequívoco mensaje fue inmediatamente recibido y contestado.
La cena fue todavía más suntuosa que el almuerzo. Ella se sentó delante de su presa y aprovechó todas las oportunidades para establecer un sutil contacto visual. Ahora estuvo segura de que él había mordido el anzuelo. Cuando acabaron de comer y la mayoría de los invitados se retiraron al cine privado, para contemplar uno de los últimos estrenos, ella se sentó a su lado. En la oscuridad, sintió Pamela que la situación evocaba el recordado erotismo de su adolescencia; hacía mucho tiempo que no había experimentado una curiosidad sexual semejante. No se dijeron nada; todo había quedado sobreentendido entre ellos.
Cuando él fue al fin a su habitación, resultó ser un amante inepto en comparación con Gunther, aunque ella le inició en variaciones que él confesó que nunca había probado; al poco rato, fue como arcilla en sus manos sensuales. El hecho de que el magnetófono oculto estuviese funcionando aumentaba su propia sexualidad, y le costó poco obtener las perjudiciales indiscreciones que le habían sido pedidas. Confiaba en que «Albert» se sentiría más que satisfecho de los resultados de su primer trabajo.
Todo esto había ocurrido al principio de su vida secreta. La invitación a Brampton Abbots no se repitió, y recibió instrucciones de que no tenía que haber más contactos entre ella y aquel hombre. En cambio, se le ordenó que aceptase un puesto lucrativo y de responsabilidad que le prepararon como intérprete de la CEE en Bruselas. Allí se reunió con Gunther, pero ninguno de sus colegas estaba enterado de su relación y, generalmente, se presumía que era una joven soltera dedicada solamente a su trabajo. Gunther llevaba su propia vida, yendo y viniendo a intervalos regulares, y Pamela se daba cuenta de que estaba mucho más comprometido que ella misma. De vez en cuando leía noticias sobre el gordinflón (siempre pensaba en él bajo este nombre); se decía que había sido visto en El Cairo y, después, se le atribuyó uno de los atentados con bombas en Francia.
Pamela se sentía feliz con su nuevo empleo y recogía informaciones útiles que transmitía lealmente a Gunther. Su vida social nada tenía de aburrida. La Comisión era un semillero de cabilderos y políticos marginales, todos ellos sacando generosos estipendios y viviendo lejos de casa; raras veces tenía dificultades para sacarles información secreta, ahora que se había aficionado al engaño, aunque Gunther le había imbuido la necesidad de estar constantemente en guardia; dada la transitoriedad y el cosmopolitismo de los miembros de la Comisión, siempre existía el peligro de hacerle el juego a alguien del otro bando.
Cuando interrogó a Gunther sobre el futuro, él se mostró deliberadamente evasivo.
—Ellos nunca tienen prisa. Sé que están muy contentos contigo hasta ahora; por consiguiente, ya llegará tu ocasión. Sólo mantente alerta hasta que elijan tu próximo objetivo. Parecen pensar que tienes cualidades especiales.
El objetivo fue por fin identificado como sir Charles Belfrage, al que conoció en una recepción de la OPEP; un encuentro que pareció casual pero que había sido cuidadosamente preparado por Gunther. Acudió a la recepción acompañada de un amigo árabe, pues se trataba de una escaramuza preliminar y tenía órdenes de no precipitar las cosas.
Encontró que Belfrage era un diplomático a la antigua usanza, de aspecto parecido al de Eden, pero con facciones más duras y con más humor en los ojos del que jamás había poseído Eden. También había algo en sus modales que le sugirió que no siempre se movía en los círculos adecuados, y cuando le sonsacó más tarde descubrió que procedía de la clase media, como ella. En su primer encuentro, él se mostró gravemente cortés, como hombre que había aprendido a escuchar y a reservarse sus pensamientos privados. Al mismo tiempo, Pamela tuvo la impresión de que le había causado un efecto positivo.
Con la complicidad de Gunther, ella y Belfrage se encontraron de nuevo en una representación de gala de La Flauta Mágica en ayuda de la Campaña Contra el Hambre en África. Esta vez tuvo buen cuidado en ir sola y se tropezaron en el bar durante el primer intervalo. Belfrage la invitó a una copa de champaña, y charlaron hasta que sonó el timbre. Continuaron la conversación durante el segundo entreacto. Fue entonces cuando, después de comentar una mutua afición a la ópera, Belfrage le ofreció dejarle sus localidades especiales cuando él regresase a Londres.
—Necesitaré saber dónde tengo que enviarlas —dijo con naturalidad.
Admirando su estilo, ella le dio su dirección y su número de teléfono. Confío en que él haría el próximo movimiento. Un mes más tarde, al regresar Belfrage a Bruselas como parte de sus funciones oficiales, la telefoneó tal como ella esperaba. Gunther había decidido ya que no se mostrase demasiado fácil, pero ella le hizo saber lo mucho que apreciaba su amabilidad al cederle las localidades.
—Si hubiese sabido de su llegada, habría cuidado de tener libre esta noche —dijo —. Desgraciadamente, no puedo cancelar tan de repente un compromiso anterior.
—Claro que no; no soñaría en pedírselo. ¿Tal vez otro día?
—Me encantaría verle de nuevo. Es un alivio tratar con alguien que no habla siempre de política.
—Bueno, me alegro de que no se haya olvidado de mí —dijo él—. Es posible que tenga que permanecer aquí más tiempo del que había proyectado. Los franceses se muestran tan pesados como siempre en lo que a nosotros concierne.
—Bueno, si es así, llámeme otra vez. Esta semana no tengo proyectado nada más.
Naturalmente, él prolongó su estancia; había mordido bien el anzuelo. Cenaron juntos en uno de los restaurantes que estaban menos de moda, elegido por Belfrage por lo que llamó «su tranquilo ambiente y su excelente lista de vinos». Para cualquier observador interesado, podía pasar muy bien por un padre que llevaba a su hija a cenar para celebrar algo. Su conversación cortés, referente sobre todo a las artes, no contenía ninguna insinuación por parte de él, aunque Pamela estuvo segura de que trataba hábilmente de hacerla hablar de su pasado. Él la acompañó en taxi a su apartamento, donde la dejó sin intentar prolongar la velada. Cuando se despidieron, la besó en la mejilla.
Al día siguiente Pamela recibió un ramo de flores. La tarjeta decía «Debemos tratar de ver La Bohème la próxima vez», y no llevaba firma. Desde luego, ella no le escribió para darle las gracias por las flores.
Después sólo fue cuestión de tiempo; en la próxima visita de él, sin que nada hubiesen concertado de antemano, ella le recibió al fin en su apartamento y en su cama. Estaba bien atrapado.
—Querida mía, no puedo seguir haciendo visitas tan frecuentes —dijo él—. No sólo es demasiado arriesgado, sino que pasan demasiadas cosas en mi país.
—Lo comprendo.
—Por otra parte, tengo que verte de nuevo. Me has causado un efecto devastador, te lo confieso. No tengo ningún derecho, y no quiero engañarte sobre mi situación doméstica. Esto es intocable, y si no puedes soportarlo… y no hay razón para que tengas que hacerlo…, tendré que irme con la música a otra parte. No puedo pretender que será fácil, después de lo ocurrido; pero éste es mi problema.
—Quiero verte de nuevo. Esto es muy importante para mí. ¡Eres tan diferente de todos! Encuentro que la mayoría de jóvenes de mi edad son muy fastidiosos. No saben hablar de nada, salvo de lo evidente.
—Entonces tendremos que encontrar una solución. Hay una, desde luego. Es egoísta por mi parte, pero te la diré.
—¿Cuál es?
—Con tus méritos, no creo que te cueste mucho encontrar un trabajo parecido en Londres. Yo podría ayudarte, indicándote lo más conveniente. Con frecuencia me entero de oportunidades.
Ella se cuidó muy bien de no mostrarse entusiasmada.
—Tengo que ganarme la vida. Supongo que aquí me he acostumbrado mal. Y existe la cuestión de encontrar algún lugar donde vivir.
—Bueno, naturalmente, te ayudaría en eso. Podría alquilar un pisito para ti.
—No sirvo para entretenida —dijo Pamela—. No es mi estilo y creo que tampoco sería bueno para ti.
Sabía que ésta era la respuesta que él esperaba oír.
—Eres demasiado buena para mí. Bien, te comprendo. ¿Pondrías algún reparo a que yo buscase un pied-à-terre, algún lugar discreto al que pudiésemos acudir para vernos? Sin ataduras, desde luego.
De nuevo fingió ella resistencia, empleando argumentos que sonaban dulces en sus oídos. Le explicó que, aunque adoraba su compañía y se encontraba bien en la cama con él, no podía permitir que pusiese en peligro su matrimonio y su carrera.
—Comprendo tu posición, puedes creerme. Sé que en modo alguno puedes pedir el divorcio. Por otra parte, no quiero perderte; pero preferiría que rompiésemos ahora antes de crearte ningún problema.
Él replicó diciendo que estaba loco por ella, que su encuentro era lo mejor que le había ocurrido en la vida y que no estaba dispuesto a perderla. Después de un segundo y emocional acto amoroso, ella le prometió pensarlo.
—Lo has hecho a la perfección —le dijo Gunther—. Mantenle en suspenso durante un poco más de tiempo y, después, cede. Vuelve allí y deja que empiece él a apretarse el dogal. Yo cuidaré de hacer todos los arreglos necesarios. Hay una casa segura que tú y yo podremos utilizar, y me reuniré allí contigo. A propósito, creo que sería bueno que le hicieses saber que tienes un amigo; esto le mantendrá en vilo. Y hazle pagar; apriétale el cuello hasta dejarle seco.
Así empezó la cosa. Belfrage no podía creer en su buena suerte. Aparte de la inesperada satisfacción de creer que había seducido a una muchacha que habría podido ser su hija, existía la ventaja de que ella procedía de su propia clase y no tenía motivos ulteriores discernibles. Esto le inducía a correr riesgos que en cualquier otro contexto habría rechazado como absurdos. Entró en una segunda infancia sexual con ella. Bajo su guía, conoció el hachís («Abstengámonos de drogas fuertes —había dicho Gunther—, mantengámoslas en reserva»), que Belfrage consideró el acto más atrevido que había realizado en su vida. Por primera vez en un decenio, volvió a hacer ejercicio, súbitamente consciente del contraste entre su cuerpo y el de Pamela. Había una nueva prestancia en su andadura, y sus subordinados encontraron que su sarcasmo, desde hacía tiempo comidilla en el departamento, era más suave.
Inventó con Pamela una serie de frases en clave, algunas como advertencias durante las llamadas telefónicas desde su despacho, otras para intercambiar conceptos cariñosos, y cuando estaban a solas, él la llamaba su Ardilla. Decía «Mi querida y sexy Ardilla» o «Mi pequeña Ardilla de rabo peludo», como si todas sus ideas sublimadas hubiesen sido entresacadas en una versión obscena de Beatrix Potter. Pamela aguantaba estas y otras expresiones infantiles de su pasión. Sus confesiones de almohada revelaron que había apetecido, pero nunca realizado, ciertas fantasías sexuales; ella hizo que las convirtiese en realidad, esclavizándolo con ello todavía más. (Por lo visto, la señora Belfrage nunca había estado dispuesta a adoptar una posición que no fuese la normal). Entre los brazos complacientes de Pamela, sintió renacer ideas largo tiempo dormidas; dejó a un lado los hábitos de toda una vida, quitándose su máscara del Servicio Civil en el momento en que entraba en su dormitorio. Al hacerse más profunda su relación y cobrar ella entera confianza, fue capaz, asumiendo sutilmente una ingenuidad que él encontraba especialmente atractiva, de acercarse más a su verdadero objetivo.
Aprovechó la ocasión cuando a él se le escapó decir que la señora Belfrage se preocupaba poco de los intrincamientos de su carrera.
—A Penélope le interesan los fines, naturalmente, pero no los medios. No quiero ser desleal con ella, pero nunca ha puesto realmente nada de su parte; no sabe preparar una buena mesa, cosa que tal vez me habría permitido ascender rápidamente a una posición más elevada. No es que me queje. Las cosas habrían podido irme mejor o peor. Lo importante es que ahora, con mi pequeña y sexy Ardilla compartiéndola conmigo, considero mi vida plenamente realizada. Poder besar esta linda y pequeña Selva Negra y decir que es mía… Porque es mía, ¿verdad?
—Desde luego —dijo ella, disimulando el tedio de su voz—. Cuéntame algo más de lo que ocurre en tu maravillosa y excitante vida. Me encanta oírte hablar de ella; suena todo tan romántico…
Belfrage tomaba los halagos de esta clase como lame un gato mantequilla de sus patas.
—No realmente, Ardilla. Romántico no es la palabra que me parece adecuada. Mi trabajo es muy monótono la mayoría de las veces. Todo lo que se habla sobre caminar por los pasillos del poder parece bueno, pero ya no lo parece tanto cuando eres tú el que camina por ellos. Tiene algunas ventajas, desde luego; abre algunas puertas, pero todo lo demás no son más que habladurías de los periódicos sensacionalistas. Ya sabes cómo somos los británicos: adoramos a nuestros místicos.
Al principio, todo lo que ella logró sonsacarle fue bastante inocuo, aunque en ocasiones ligeramente escandaloso. «No te dejes nada —insistía Gunther cuando ella le informaba—, nosotros decidiremos lo que es importante y lo que no lo es». Él era el único que estaba en contacto con «Albert»; Pamela era considerada demasiado vulnerable.
A veces renacían los viejos temores de Belfrage y éste hablaba de poner fin a su aventura. Era entonces cuando necesitaba ella emplear toda su habilidad. Había aprendido que, si lloraba, le producía un defecto devastador; no podía resistir las lágrimas. «Tú eres el único hombre que hizo que me ocurriese esto», era su mejor truco, ya que halagaba directamente su vanidad fundamental de amante. El súbito y abyecto cambio de actitud que seguía inevitablemente a estos episodios le esclavizaba todavía más a ella.
Al continuar su relación, ella clavó más hondo, empezando en el pasado y avanzando poco a poco hacia el presente, aunque él se mostraba siempre circunspecto.
—Cuéntame lo de Cliveden —decía ella—. ¿Es verdad lo que dijeron sobre ese ministro? ¿No se presumió que le habían utilizado como doncella y hecho servir la mesa?
—Creo recordar que hace años se dijo algo en ese sentido. En aquella época había muchos extraños tejemanejes. Lo malo de los políticos es que nunca están satisfechos. No es una idea original, pero el poder corrompe. Algunos se alejan tanto de sus orígenes que empiezan a creer que son seres aparte, que no tienen que responder ante nadie, y menos ante sus electores.
Ella empleaba todo su ingenio en hacerle hablar de asuntos de seguridad, abordando casualmente el tema una noche en que estaban observando un programa de actualidad en la televisión: un miembro de la oposición había suscitado una vez más la cuestión de la falibilidad del MI-6. El nombre de Dinnsbury fue mencionado varias veces durante la entrevista.
—¿Ha trabajado alguna vez alguien así para ti?
—¿Alguien como qué, Ardilla?
—Espías y gente parecida.
—No, amor mío. Gracias a Dios no tengo relación directa con la brigada de capa y espada. Todo eso corresponde a un departamento completamente distinto, aunque debo confesar que tropecé un par de veces con aquel horrible artista de Maclean.
—¿De veras?
—Sí. Recuerdo que le conocí en Washington. Era un mal bicho. No me imagino cómo pudo salirse con la suya durante tanto tiempo. Estoy seguro de que yo les habría descubierto, a él y a sus compinches, si el caso hubiese estado bajo mi competencia. Generalmente puedo detectar todo lo que huele a invertido.
—¿Invertido?
—He empleado la palabra clásica. ¿Cómo les llamáis ahora? Gays, ¿verdad? Nunca me ha gustado este nombre. Diferencias propias de las generaciones, supongo, como tantas otras cosas. Pero no entre tú y yo, ¿eh?
Besó la parte predilecta de su cuerpo.
—Estoy segura de que habrías sido brillante —le arrulló ella—. ¿Crees que todavía hay personas como ellos?
—¿Como quiénes?
—Maclean y los suyos.
—¿Por qué estás tan interesada?
—No lo sé. Tal vez porque nunca he conocido a nadie, salvo a ti, que realmente sepa lo que pasa.
—¿Sabes que eres una pequeña ardilla divina? Divina. Pero yo no soy tan importante como deseas pensar. No, las cosas están hoy más controladas. No mucho más, supongo, pero al menos uno tiene la impresión de que alguien cuida de la tienda. Todos tenemos que ser investigados.
—¿Esto no tendrá nada que ver con los veterinarios, verdad[1]?
—No, amor mío. Es como un chequeo médico, salvo que te examinan la vieja caja de los sesos en vez de la próstata.
Rió de su propia broma.
—¿Has sido tú también investigado?
—Oh, sí. Estuvieron buscando esqueletos en mi armario, pero estaba casi vacío.
—¿Qué pasaría si descubriesen lo nuestro?
—Por Dios, no me hables de eso. Toca madera.
Alargó una mano para tocar la mesita de noche.
—Entonces, dime qué esqueletos encontraron. ¿Has sido siempre infiel?
—No, puedo decir sinceramente que no lo he sido. Alguna cana al aire ocasional, como todo el mundo, pero nada serio. Quiero decir nada como lo nuestro. Lo que más les preocupa es cualquier relación, por remota que sea, con los rojos. Como la mayoría de los de mi generación (no olvides que estamos hablando de los años treinta), pertenecí a algún grupo de izquierda, me inscribí en el Left Book Club, etcétera: nada importante. Pero ahora tú eres lo único oculto en mi armario, y no sólo huesos, querida, sino que estás bellamente revestida. Mira tus lindas tetas y tu linda barriguita y ese bosquecillo que volveré a besar ahora mismo.
Mientras realizaba lo que creía que hacía a la perfección, ella miró su calva incipiente y simuló que respondía, sabiendo que para él era importante creerse un tigre. A fin de cuentas, era cuando era más vulnerable; los momentos en que ella podía sonsacarle más cosas.
Después de hacer el amor y mientras estaban tomando un baño juntos, dejó caer él una observación sobre la muerte del chófer de Bayldon, y ella aprovechó la ocasión.
—¡Querido! Hubieses podido ir tú en aquel coche.
—Sí, supongo que sí. Son gajes del oficio. Cualquiera puede ser un objetivo.
—¿No tuviste miedo?
—Yo no estaba cerca de allí cuando ocurrió, Ardilla. Me afligió más lo de aquel pobre hombre.
—Tendrían que darte protección.
Él le enjabonó la espalda y el pecho.
—La única persona de quien debo protegerme eres tú.
—No lo tomas en serio, pero estoy preocupada por ti.
—Querida, yo llevo paraguas, no pistola. Y ellos no van a la caza de tipos como yo; esos bastardos prefieren matar a mujeres y niños. Tienes que tener cuidado. Si vas de compras y hay una alarma de bomba, no te arriesgues. Es espantoso lo que son capaces de hacer.
—¿Qué crees que pasará si esto no se acaba?
—Buena pregunta. Ahora frótame la espalda, corazón. Estás viviendo tiempos difíciles: fuerzas muy siniestras han puesto manos a la obra. Y algo más grave podría estar cociéndose. No me preguntes qué, pues no debo decírtelo y podría, indirectamente, comprometerte.
—¿No estarás en dificultades?
—No, claro que no. Sólo se da el caso de que tengo algún contacto con la persona que lleva el asunto. Todo depende de las filtraciones que haya.
Todo eso lo refirió ella fielmente a Gunther.
—Apriétale; haz que te dé más detalles.
—No es tan fácil. Él no es estúpido, ¿sabes?
—Entonces inventa algún nuevo juego de cama para ablandarle el cerebro.
—No te importa lo que yo tenga que aguantar, ¿eh?
—No demasiado. Lo que realmente te molesta es que no soy celoso, ¿verdad?
—¿Qué me importa que seas o no celoso? —dijo ella; pero no había convicción en su voz, y la sonrisa de él la irritó todavía más—. Odio tu cara dura.
—Bien. Me gusta tu odio. Hace que me desees más.
Sus manos, a diferencia de las de Belfrage, tenían todavía el poder de excitarla. Cuando las pasaba sobre su cuerpo, era como si ella estuviese programada para responderle, fuesen cuales fueren sus más íntimos sentimientos.
—Ahora no. ¿Ni siquiera te importa que venga directamente de su cama?
—No. ¿Qué tiene eso que ver?
—A veces me das asco.
—¿O hago que me desees más? Recuerda que no puedes ocultarme nada.
Tal era el caos de su vida: estaba alienada del pasado, incierta del futuro. Cuando, por deber, visitaba ocasionalmente a sus padres, era como si entrase en un país extranjero. Llevaba su vida secreta como un hijo no deseado. Curiosamente, había llegado a sentir cierto afecto por Belfrage; a pesar de sus deficiencias como amante, era amable y considerado, romántico a su antigua manera, y había veces en que ella se despreciaba por engañarle.
Tenía más éxito con él cuando no le apretaba tan fuerte, cuando permitía que una chispa de compasión entrase en sus relaciones. A menudo, la preocupación y la piedad que expresaba eran auténticas, aunque se esforzaba en ocultarlo a Gunther.
Las exigencias de éste se hicieron más apremiantes.
—No te esfuerzas lo bastante —la acusaba—. ¿No te das cuenta de que estamos trabajando contra reloj? Necesitamos tener resultados.
Cuando volvía a la casita de aquella callejuela, donde florecía la traición entre besos, con frecuencia sentía que presionaba demasiado a Belfrage; éste podía ser un tonto en el amor, pero estaba demasiado adiestrado en discreción para que pudiese ella zarandearle.
—Me preocupa que estés en peligro —le dijo un día—. Que pueda perderte y termine todo esto.
—Si termina, no será por mi culpa, Ardilla. Las cosas son así, no creas que lo ignoro.
—No quería decir eso. Todos los días leo acerca de personas como tú que son asesinadas. Ayer mismo mataron a aquel diplomático delante de su esposa y de sus hijos.
—Ya te he dicho que no estoy en primera línea, sino sólo en la trastienda. Podría salir de aquí y ser atropellado por un autobús, pero ésa es otra cuestión.
—Me has dicho que buena parte de tu trabajo es secreto. Así lo dijiste.
—Sí. Hasta cierto punto. Pero la mayoría de los trabajos para el gobierno lo son, querida. Un gobierno franco es algo que no existe. Eso estropearía toda la diversión. No podemos dejar que los electores sepan lo que nos proponemos. —Rió de su propio cinismo, pero ella se negó a compartir la broma—. Eres una tonta, mi pequeña Ardilla, y eres muy buena al preocuparte por mí. Te prometo que tendré cuidado.
Su continua falta de éxito provocó escenas más violentas con Gunther.
—Mira, sabemos que tiene ciertas actividades ocultas, ¿no puedes meterte esto en la cabeza? Tiene relación con el MI-5. Me han dicho que fue consultado cuando los nuestros liquidaron a aquella mujer, Oates, por las razones que conoces.
—Él sostiene siempre que no es más que un funcionario civil.
—¡Jesús! ¿Cómo puedes ser tan ingenua? Todos son funcionarios civiles, ¡imbécil! Esto no es más que una cortina de humo. Te digo que tu geriátrico amante está metido en el ajo; por consiguiente, ¡no discutas conmigo!
—No es tan geriátrico —dijo ella, en un débil intento de desquitarse.
—Todavía no sé si puedo confiar en ti. Voy a poner un micrófono oculto.
Empleando la llave de ella cuando no había nadie en la casa, instaló el aparato.
—Tanto para vigilarte a ti como a él. Sólo recuerda que, en este juego, nadie es indispensable.