Juego interminable
Capítulo 7
Austria
—Vamos, Alec, no te creo —dijo Caroline—. Es uno de tus típicos cuentos de miedo.
—En absoluto. Ni siquiera yo inventaría algo tan inverosímil. No hago más que repetir lo que me han dicho.
Caroline le escrutó el semblante antes de replicar:
—¿Me estás diciendo, veamos si lo he entendido bien, que todas las moscas vuelven a esta habitación particular todos los años, y mueren?
—No, no lo digo yo; únicamente te estoy explicando lo que me contó Jock.
—¡Oh, Jock! ¿Y dijo todas las moscas?
—No todas ellas. Ni siquiera Jock iría tan lejos. Supongo que sólo todas las moscas locales.
—¿Y tú le crees?
—Ya me conoces —dijo Hillsden—. No hay que negar nada hasta que se demuestre que es falso.
—¿Y él ha visto ese extraordinario fenómeno?
—No. Se lo contó un tal Herr doctor Lehmann.
—¿Quién es?
—Un historiador local con dudosas condiciones de médico, portador de chismes y, según Hogg, víctima de halitosis letal. Ya sabes cuánto aprecia Jock a esos personajes.
—Sois realmente crédulos los dos.
—Jock relaciona el mal aliento con la explicación que le dio él, de que el fenómeno sólo empezó después de que un oficial de la Gestapo fuese asesinado allí a finales de 1944. Fue entonces cuando las moscas empezaron su auténtica peregrinación a este Valhalla particular.
—Apuesto a que Jock lo ha bordado como de costumbre.
—Escucha, yo todavía no estoy convencido, pero todo es posible. Los elefantes van a morir a un lugar determinado, ¿por qué no han de hacerlo las moscas? Tienen que morir en alguna parte, ¿por qué no aquí, en la torre del castillo?
—Está bien. ¿Quieres apostar?
—Claro.
—¿Cuánto?
—¿Cien?
—¿Libras o chelines?
—Moneda local. No quiero ser demasiado duro contigo.
—No adoptes ese aire protector.
Subieron la voladiza escalera de caracol adosada a las gruesas paredes de la torre. Cuando llegaron a la mitad, Hillsden se quejó de calambres en las pantorrillas.
—En los viejos tiempos debían de estar deseosos de meterse en la cama —dijo, jadeando.
—Supongo que dependía de quien estuviese esperando entre las sábanas.
—Debía de ser una mujer muy especial. —Apoyó la cabeza en la fría piedra tallada y rodeó a Caroline con los brazos—. Si hubieses sido tú, seguro que no me habrías puesto en tal aprieto. Habrías soltado tus cabellos de oro desde la ventana de la torre según la mejor tradición de los cuentos de hadas.
—Primero habría tenido que dejarlos crecer.
Él la besó y dijo:
—¿Qué te parece si te pago la apuesta y nos olvidamos de las moscas?
—Oh, vas a rajarte, ¿eh? La idea te da frío.
—Aquella idea, otras me dan calor.
—Vas a lanzarme al abismo y a matarme en un instante. Estas escaleras no son adecuadas para besarse. No, ¡sigamos! Hemos ido ya muy lejos y yo soy buena perdedora.
Reanudaron la ascensión y en definitiva se encontraron en el pequeño rellano más alto. Fuese por la humedad o por los años o por ambas cosas, la puerta que había delante de ellos estaba torcida, y Hillsden tuvo que hacer una fuerza considerable para desatascarla de las baldosas del suelo.
—Añade una hernia a mi ataque cardíaco —jadeó, cuando al fin cedió la puerta.
Ambos se quedaron paralizados y asqueados por lo que vieron. La pequeña habitación estaba literalmente cubierta de una alfombra ondulante de moscas aletargadas. Una fría brisa llegaba desde el lago a través de la ventana rota, y mientras observaban, más moscas llegaban al antepecho e iniciaban su lento descenso, como lisiados que entran arrastrando los pies en un dispensario. La habitación debió de servir de dormitorio a la servidumbre en tiempos pasados; el armazón de hierro de una cama individual permanecía todavía en un rincón. Tenía una cabecera típicamente austríaca, con flores de marquetería en el centro, pero partes del dibujo habían sido devoradas por las termitas. Las moscas formaban una capa de varias pulgadas sobre la cama, coaguladas, oscuras y espesas como sangre de cerdo. El otro mueble era un pequeño lavabo con una jarra en pie delante de un espejo agrietado. Una larga hilera de moscas ascendía hacia el borde de la jarra, dando la impresión de que ésta las vertía como un líquido asqueroso y viscoso. Las paredes tenían manchas de yeso deteriorado y, en algunos lugares, se había desprendido completamente dejando al descubierto antiguos listones; y otro arroyo de moscas fluía continuamente hacia su último lugar de descanso en aquella herida.
De pronto, un montón viviente de moscas se desprendió de la cama y cayó al suelo, para ser absorbido por la ondulante alfombra.
Caroline, asustaba, saltó hacia atrás y casi hizo caer a Hillsden por la escalera.
—¡Cierra esa maldita puerta! —chilló.
Hillsden trató de cerrar la desvencijada puerta, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles.
—¡Déjalo! Las agitarás. Y tal vez vendrán tras de nosotros.
Retrocedieron de espaldas a la escalera hasta que tuvieron espacio para volverse, y empezaron a bajar a toda prisa.
—Realmente, ¡ha sido espantoso! —dijo Hillsden, cuando al fin salieron al aire libre, jadeando como niños después de una larga carrera.
Caroline se agachó y puso la cabeza entre las rodillas como si fuese a vomitar.
—¿Estás bien, querida? —Ella no respondió y él se arrodilló a su lado—. No tenía idea de que iba a ser una cosa así. —Mientras la animaba, se le ocurrió pensar que era la primera vez que la había visto tener miedo de algo—. Mira, lo siento; no te habría metido en esto si hubiese sabido cómo era. ¡Maldito Jock! ¿Estás mareada? — Ella sacudió la cabeza, pero él sintió que temblaba como si tuviese fiebre—. También a mí me ha revuelto el estómago.
La acunó en sus brazos hasta que estuvo más tranquila.
—Fue como una pesadilla que solía tener de pequeña —dijo ella—. Sólo que entonces no eran moscas, sino una oleada de gente sin rostro, y todos corríamos, mamá y papá y yo, y siempre me libraba por los pelos, pero alcanzaban a mamá y a papá. Yo veía caer a papá, y aquella gente sin rostro se le echaba encima. Mamá volvía atrás para ayudarle, y entonces la capturaban también. Ambos desaparecían, como si se los hubiesen comido vivos. Y yo no hacía nada; sólo seguía corriendo.
—Pero ha pasado mucho tiempo desde entonces, querida, y sólo era un sueño — dijo amablemente Hillsden, apartándole los mojados cabellos de la frente.
—Sí, sí, lo sé. Pero ¿no tuviste tú pesadillas cuando eras pequeño?
—Y todavía las tengo. Casi siempre sobre tú y yo.
—Lo recordé todo, allá arriba. Gracias a Dios, ésta será la última noche que pasaré aquí. Si hubiese sabido lo que pasaba sobre nuestras cabezas, me habría muerto de miedo.
—No, tú no.
—Sí. No habría podido dormir aquí. Me horroriza pensar que habrías podido estar durmiendo en aquella habitación cuando empezó todo. Durmiendo normalmente, descuidadamente, ¡y que hubiesen empezado a llegar durante la noche y a arrastrarse sobre ti! Prométeme que esta noche te quedarás conmigo.
—Trata de impedírmelo. Esta noche y todas las noches, si me lo permites. Pero sé que es una causa perdida, ¿no?
—No perdida; solamente aplazada —dijo ella, y él deseó poder creerla.
Cuando ella se recobró, cruzaron el puente levadizo y caminaron por el estrecho sendero de la orilla del lago. Los helechos se estaban volviendo amarillos y caían ya las primeras hojas de los grandes árboles.
—Los lagos son deprimentes —dijo Caroline al cabo de un rato—. Nunca me han gustado los lagos.
Hillsden asintió con la cabeza.
—Siempre me recuerdan una poesía que aprendí en el colegio. Algo así como «Las juncias se marchitan en el lago, y no hay pájaros que canten».
—La Belle Dame sans Merci. Yo la aprendí también. No; los lagos me deprimen. No así el mar; me gustaría vivir a orillas del océano.
—¿Qué te lo impide?
—El dinero. Porque no quiero uno de esos cottages llenos de goteras de Sussex o de Norfolk, ni una de esas «gangas» que anuncian como «necesitadas de cuidadosa reparación». Todos sabemos lo que eso significa: un ático lleno de porquería de palomas, húmedo hasta las vigas, frío como una nevera y con vistas a esa monótona sábana gris a la que llamamos English Channel.
—Entonces, ¿qué es lo que quisieras?
—Quisiera despertar en algún lugar remoto, con un sol resplandeciente, y arena blanca, y nada más que azul hasta el horizonte.
—Parece razonable.
Ella se detuvo y miró fijamente las aguas tranquilas del lago.
—Ludwig murió en uno de éstos.
—¿Ludwig?
—El Rey Loco. ¿No fue así como le llamaron? Murió no lejos de aquí, en un lugar parecido a éste. Visité todos sus insensatos castillos cuando era una colegiala. Vinimos en un viaje de intercambio, un autocar lleno de alegres ex alumnas de sexto, todas con sombreros de paja y pantalones con cintas elásticas en las perneras.
—No se lo digas a Jock.
—¿Por qué dices eso?
—Por algo que se le escapó un día en que habíamos empinado el codo. Las acostumbradas tonterías chauvinistas sobre gustos sexuales. Me confió que siempre había predilección por los trajes de gimnasia. Y no es que crea que lo haya experimentado nunca. Sospecho que está todo en su cabeza.
—El sitio más peligroso —dijo ella, sin mirarle—. Nunca se supo la verdad. Me refiero a Ludwig. Su muerte…, el último paseo que dio por el lago con su médico guardián. Éste también se ahogó. Es curioso; en su época, aborrecían a Ludwig, y hoy es su principal atracción turística. Siempre le he tenido en secreta estima. Quiero decir que, si vas a malgastar el dinero de los contribuyentes, es mejor hacerlo en magníficas locuras que en sucias viviendas protegidas.
—Con eso no conseguirías muchos votos en nuestros tiempos, querida.
—Bueno, ¿nosotros qué vamos a dejar? El National Theatre, Center Point, Kensington Barracks, todos esos bloques monótonos de hormigón de la posguerra. Yo preferiré siempre las fantasías de Ludwig.
Siguieron andando y, después de una pausa, dijo Caroline:
—Yo no elegiría aquel método.
—¿De qué estamos hablando ahora?
—Del suicidio. Si fue un suicidio. No quisiera morir ahogada. O tal vez si me viese sumergida de pronto en una enorme ola de espuma blanca… Pero no en un lugar como éste. Con toda esa eterna oscuridad cerrándose sobre ti. Sería como aquellas moscas.
Se estremeció y él fue a rodearla con un brazo, pero ella apretó el paso y se perdió aquel movimiento tranquilizador.
—No vuelvas a esto. Sé lo que realmente estás pensando —dijo él.
—¿De veras?
—No tienes que ir a Berlín, ¿sabes? Puedo arreglarlo con Control.
Ella sacudió la cabeza.
—Van a llevarme a casa —insistió Hillsden— y podrías venir conmigo. Podríamos persuadir a Control. Nunca le ha gustado el escenario de la Alemania del Este, desde que liquidaron a Henry.
Ella sacudió de nuevo la cabeza.
—Tengo que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque cuando vuelva al fin, cuando vuelva a casa, quiero volver con algo que valga la pena.
Esta vez, Hillsden la detuvo y la abrazó.
—No —dijo ella—. Aquí no.
—¿Qué diablos importa? Si alguien está mirando, creerá que no es más que una pelea entre amantes.
—¿Es eso lo que hacemos? ¿Pelearnos?
—Ya sabes lo que quiero decir. ¿No has hecho bastante? ¿No hicimos bastante los dos por todas las causas perdidas?
—Para mí no son perdidas.
—El odio no resucita a los muertos. Yo podría tomar la decisión por ti, si esto nos la hiciese más fácil. Podría poner fin a esto. Te amo. —Tuvo la súbita premonición de que ésa era la última vez que le diría esas palabras—. Podríamos dejarlo juntos, volver a casa, retirarnos, hibernar, terminar con toda esta maldita cosa. Vivir en aquella casita de sueño junto al mar.
—Tú tienes un hogar y lo compartes con alguien.
—Eso también podría cambiar.
—Trocar una vida de engaño por otra, ¿es ése el cambio?
—Quiero decir que podría obtener el divorcio.
—Lo habrías pedido hace tiempo si ésa fuese la solución. No soy tu primera infidelidad.
—¡Oh, querida, qué palabra tan anticuada!
—Es un pecado anticuado —dijo ella—. La única diferencia, en nuestro caso, es que rompiste una nueva serie de normas. No podemos ser lo que somos y tener una vida fácil. No somos un par de novatos de las fuerzas de policía que rondan en un Panda buscando unos cuantos borrachos para analizarles el aliento. Somos lo que somos: los vigilantes y los vigilados.
Él trató de contener el torrente de palabras con un beso, pero ella mantuvo rígida la cabeza.
—Me meteré una vez más en esto porque todavía tengo un motivo para odiar. Éste es el juego que jugamos, querido Alec. No el juego del amor, sino el juego del odio.
Ahora le tocó a Hillsden el turno de mirar hacia el lago, enmudecido por su terrible lógica. En el lado opuesto, una pequeña embarcación a motor cruzó en diagonal; momentos más tarde, unas olitas rompieron suavemente contra la orilla.
—En todo caso, te equivocas en lo de Control —dijo Caroline—. Fue él quien decidió que me marchase. Sabe lo nuestro. No hemos sido muy listos.
—¿Lo decidió Control?
Hillsden no había podido disimular su sorpresa. Fue como cuando le dicen a uno que su fiel esposa le ha contagiado una enfermedad venérea.
—Desde luego.
—¿Cuánto tiempo hace que lo sabe?
Ella se encogió de hombros.
—¿Importa eso?
—Sí que importa —dijo él, pensando en lo horrible que se había vuelto todo, en lo muy hondo que habían calado los engaños en sus vidas.
—¿Recuerdas la última vez que fui a Salzburgo? Control estaba allí. Tenía la butaca contigua a la mía en la ópera… Su sentido de lo teatral, supongo. Entonces me lo dijo, durante el intervalo, eligiendo cuidadosamente las palabras. Juntos constituíamos un riesgo. Divide o serás vencido. Todo lo dijo mirando el programa, como si estuviese explicando el argumento de la obra de Mozart a una sobrina en su primera visita al teatro, pero siendo en realidad el alcaide de la cárcel que da la noticia de que ha sido denegado el indulto y la ley debe seguir su curso; su ley, naturalmente.
—Bien, él lo sabe. Tal vez eso hará las cosas más fáciles.
—Oh, querido, ¿por qué pretender que hay algo fácil?
—Entonces dilo de otra manera: nada es imposible. Control no es Dios, ¡ni siquiera es Jesucristo! El hecho de que te ofrezca el sacramento no quiere decir que hayas de tomarlo. ¿Acaso lo que tenemos no cuenta para nada?
—Esto es injusto.
—No quiero ser justo en esto; quiero conservarte.
Ella le miró durante un largo rato antes de responder:
—Tal vez yo quiero marcharme. ¿No se te había ocurrido?
Durante un momento, él no se atrevió a hablar. De pronto, pareció gravitar en el ambiente la impresión de que algo fatídico se acercaba. Tomó una piedra plana e intentó hacerla saltar sobre la superficie del lago, pero fue a dar en unos lirios de agua y se perdió de vista. El agua agitada reflejó una imagen confusa de los dos. La calma de Caroline, el hecho de que pudiese elegir deliberadamente un camino que le excluía a él parecía incomprensible. Se volvió hacia ella, envidiando su aplomo. No era una cara hermosa, sino sólo una cara cuya imagen quería conservar para siempre.
—No te pongas tan triste, querido; no puedo dejar de ser lo que soy.
—Entonces, dame alguna esperanza. Yo sé esperar, si no queda otra cosa.
Caroline pensó en lo rápidamente que se habían invertido sus papeles. Ambos estaban tratando de mantener una posición en el mundo normal.
—Tú y yo somos dos, ¿verdad? Yo no puedo impedirte que esperes, como tú no puedes impedir que me vaya.
—Yo quería que hoy fuese todo perfecto, y lo eché a perder al llevarte a aquella habitación. Te amo y tengo miedo de perderte: ésa es mi pesadilla. La única creencia que me queda es en ti.
—No hagas que suene tan definitivo. La esperanza y el amor van juntos.
Se acercó a él y se besaron con una desesperación compartida.
—Será mejor que volvamos —dijo por último él—. Jock nos estará esperando. No debemos llegar tarde a la última cena, ¿eh?
Volvieron al castillo sin hablar, tocándose como los ciegos. Todavía podían oír, desde el lago, el sonido de la pequeña barca con motor de dos tiempos. Parecía el redoble de un fúnebre tambor.