Juego interminable

Bryan Forbes · Capítulo 23 de 39

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Juego interminable

Capítulo 23

Todo lo que sabía acerca del juego advertía a Calder que le estaban utilizando demasiado pronto después del último encargo. Abandonó de mala gana la pulcritud de su apartamento en Suiza y cruzó en su coche la frontera italiana hacia Milán, antes de tomar la sinuosa carretera de la costa, con su interminable sucesión de túneles, y entrar en Francia, cruzando la frontera sobre Mónaco. Tenía instrucciones de registrarse en el Hyatt de Niza, donde pasaría inadvertido entre los numerosos turistas. El contacto se establecería allí.

Al atardecer llegó por fin a Niza. Era la hora punta en la Promenade des Anglais, donde los Fiat y los Citroën circulaban en caravana hasta donde podía ver él a través del parabrisas salpicado de insectos. Al acercarse al hotel, un reactor de Air Algeria hizo un alarmante giro y descendió muy bajo sobre el agua. Volaba paralelamente a la carretera, sus alas oscilaban bajo las ráfagas del mistral, antes de equilibrarse para el aterrizaje. Distraído por esto, pensó que había dejado atrás su lugar de destino, pero entonces se dio cuenta de que el Hyatt había cambiado de dueño y de nombre desde su última visita. «Ellos debían saberlo», pensó. ¿Por qué no se lo habían dicho? El descuido de estos detalles le irritaba.

Una prostituta bien vestida estaba tomando posiciones en la entrada del aparcamiento subterráneo del hotel al bajar la rampa en su Mercedes. (Siempre aparcaba él mismo el coche, para saber exactamente dónde estaba en caso de necesidad). Después de mirar a su alrededor, dio marcha atrás y ocupó la plaza más próxima al ascensor del hotel, tocando ligeramente la pared del garaje con el parachoques de atrás. Antes de salir, observó los coches de las plazas contiguas, tomando nota de las matrículas de los que estaban a ambos lados de su vehículo.

Como esperaba, encontró en recepción que una habitación doble con balcón que daba al mar le estaba reservada bajo el nombre de Müller, que era el de uno de sus muchos pasaportes falsos. Cuando llenó la carte d’identité de la policía, consignó una dirección en Hamburgo como su residencia permanente. Un mensaje le esperaba en su casilla y no lo leyó hasta estar a salvo en su habitación. Solamente decía: «La Ribote. 20:00». Arrojó la nota al wáter. La habitación era más funcional que lujosa, adaptada al gusto unisex universal, con grandes ventanas de doble cristal que amortiguaban eficazmente el constante ruido del tráfico siete pisos más abajo.

Mientras se preparaba para tomar una ducha oyó chiquillos que corrían arriba y abajo por el pasillo y, después, gritos en árabe. Desnudo, examinó el contenido del pequeño bar, eligió una botella en miniatura de Chivas Regal y vertió el licor en uno de los vasos del lavabo. Una nota encima del televisor anunciaba que podía elegir entre una serie de grandes películas transmitidas a su habitación mediante un modesto precio. Dos de ellas figuraban con la advertencia de «sólo para adultos»; eligió una de éstas, la encargó a la telefonista del hotel y después tomó la ducha.

La película había empezado en el momento en que salió del cuarto de baño, y se tumbó en la cama, para gozar de su whisky y observar una comedia simuladamente licenciosa. La heroína y su amante, empapados por la lluvia del estudio, se revolcaban en una pista de tenis. ¡Precisamente en una pista de tenis! «No elegiría yo ese lugar para un revolcón», pensó Calder. La pornografía tenía siempre que llegar a extremos ridículos para justificar su existencia. Los dos actores se arrancaban mutuamente la ropa, enredándose como peces recién capturados en la red, mientras continuaban copulando sobre el barro rojo de la pista. Entonces el director tomó un primer plano al acercarse el simulado clímax; era como estar en un quirófano observando cómo eran cortados dos cuerpos. De pronto, las imágenes le asquearon, había querido divertirse un poco antes de acudir a la cita, pero las frenéticas escenas de la pantalla le deprimían más que estimulaban. Apagó el televisor y abrió la ventana corrediza. Un aire caliente mezclado con los vapores del tráfico lo envolvió mientras contemplaba, todavía desnudo, el lejano rayo del faro de Cap Ferrat. Abajo, en la desierta playa de guijarros, un perro corría como loco entre la espuma.

Con su acostumbrada meticulosidad, Calder había traído un traje ligero y clásico de origen alemán. Cuando se lo puso, tomó un número de Stern de su maleta, así como un paquete de cigarrillos de Alemania Federal y unos estuches de cerillas de un restaurante de Hamburgo. Bajó al vestíbulo y cambió algunos marcos por francos antes de emplear la guía que había en las cabinas telefónicas para buscar la dirección de La Ribote. Nunca se le habría ocurrido pedir direcciones al conserje.

Fuera, la misma prostituta seguía al acecho, pero ahora llevaba un conjunto diferente, indicio seguro de que había pescado ya al primer cliente de la noche. Calder pasó junto a ella sin corresponder a su sonrisa y caminó varias manzanas antes de detener un taxi.

La Ribote resultó ser un modesto bistrot que no figuraba en las listas para los turistas y era principalmente frecuentado por gente del lugar. No había menú propiamente dicho, sino simplemente una pizarra con media docena de platos del día escritos con tiza. Calder eligió una mesa en el fondo del salón desde donde podía ver la puerta sin estorbos, después que confirmó que la otra única salida era por la cocina. Abriendo su número de Stern, pidió una botella de vino tinto de la casa mientras esperaba, expresándose en un francés gutural. Había sólo una camarera, una mujer jovial y metida en carnes, que descorchó la botella con una habilidad que él siempre había envidiado. Tuvo buen cuidado en darle las gracias en alemán, antes de disculparse y repetirlo en francés. Encendió uno de sus cigarrillos y dejó el paquete sobre la mesa. Mientras sorbía su vino, examinó cuidadosamente a los comensales y a todos los que llegaban. No tenía idea de con quién había de encontrarse; solamente sabía los saludos en clave que tenían que intercambiar.

Entonces entró Gunther, encaminándose directamente a la mesa de Calder y dirigiéndose a él en alemán familiar.

—Siento haberme retrasado, pero tenía que visitar a mi madre en el hospital.

Calder le respondió también en alemán, lenguaje que emplearían durante toda la comida.

—Espero que se haya recobrado de la operación.

—Sí, gracias, está mejor, pero todavía falta mucho para que vuelva a ser lo que era antes.

Aceptó el vaso de vino que le sirvió Calder.

—A la salud de su madre.

Estudiaron el menú y ambos pidieron el mismo plato: bistec con una variedad particularmente suculenta de setas del país. Mientras comían, la conversación se ciñó a temas triviales, y solamente cuando llegaron al café y el coñac y mermó la concurrencia, mencionó Gunther finalmente la razón de su encuentro, abordando el tema con una prudencia que Calder comprendió y admiró.

—Las cosas marchan muy bien en Inglaterra.

—Lo celebro.

—¿Ha estado al corriente de los últimos sucesos?

—Estoy al tanto.

—Hemos tenido unos cuantos éxitos y ellos están haciendo cábalas. La situación con los irlandeses nos ha sido muy útil. Siempre son los primeros a quienes atribuyen estos actos.

Calder asintió con la cabeza. Deseó que el alemán fuese al grano; la reunión se estaba prolongando ya demasiado para su gusto.

—Es extraordinaria la suerte que hemos tenido en el campo político. El cambio de gobierno no podía haberse producido en un momento más oportuno. No saben de dónde vienen los golpes y, desde luego, todo lo que se ven obligados a hacer redunda en su perjuicio.

—¿De qué quería exactamente hablarme? —preguntó Calder, mientras un coche de la policía pasaba por la calle tocando la sirena.

—Va a producirse algo en el futuro y su experiencia podría sernos necesaria.

—Espero que no sea en Inglaterra. No podría volver allá tan pronto. Sería una locura.

—No, no. En su propio terreno.

—Yo no opero allí, debería saberlo.

—No es lo que se imagina. No es su clase habitual de trabajo.

—Entonces, ¿qué?

Empezaba a irritarse; el alemán lo trataba como a un inferior.

—Si tenemos éxito, nos gustaría que interrogase a alguien.

—¿A quién?

—Es mejor que no lo sepa hasta que se cierre la trampa. Pretendemos hacer cantar a alguien. Si tenemos éxito, su ayuda será inestimable. No habrá ningún peligro en lo que a usted concierne. Cuando tenga que intervenir, todo peligro habrá desaparecido.

—Yo no tengo trabajo a oscuras. O me cuenta toda la historia o no seguiré adelante. Nunca trabajo a ciegas.

Gunther lo tomó con calma y se sirvió otro coñac.

—¿Por qué cree que la cita se convino aquí? —Miró a Calder por encima de la copa—. Habría sido más fácil cenar en Zurich y ahorrarnos ambos el viaje. Si nuestros superiores no se enteran esta noche de que todo quedó convenido, temo mucho que no tendrá una casa a la que volver. Mientras estuvo fuera, se han tomado ciertas medidas para asegurar su plena colaboración.

Sonrió y sorbió el coñac.

Calder tuvo buen cuidado en no mostrar ninguna reacción a la amenaza.

—¿Tiene algo que ver con la chica?

—¿Qué chica? —y de nuevo aquella sonrisa inexpresiva.

—Su chica. Es suya, ¿no? —dijo Calder, para hacerle saber que no todos los ases estaban en su mano—. Es decir, cuando no está alquilada.

—No va a pillarme por ese camino. Yo no soy celoso. Y no perdamos tiempo con escaramuzas. Será pagado como de costumbre.

—Está bien, no puede hablarme claro, pero al menos ilústreme un poco. El objetivo de la operación, ¿es darle la vuelta a él o a ella?

—Tal vez «darle la vuelta» no es la expresión adecuada. Creemos que, con su ayuda, tenemos una buena ocasión de descubrir unas pocas piezas que faltan en el rompecabezas que hemos de resolver. Él o ella no encajan en un dibujo convencional.

—¿Cuándo ocurrirá?

—Cuando nosotros hagamos que ocurra. —Gunther apuró su copa—. Tengo que volver al hospital —dijo en voz más alta—. Me alegró mucho volver a verle. ¿Quiere que le diga algo de su parte a mi madre? ¿Irá a visitarla?

Se levantó de la mesa e hizo un ademán para pedir la cuenta.

—Sí —dijo Calder—. Dígale que no me satisface el tratamiento, pero que estaré de acuerdo en todo lo que ella quiera.

—Estará encantada. —Examinó la cuenta y después la tendió a Calder—. Muy razonable. Gracias por invitarme; lo he pasado muy bien.

Y salió del restaurante.