Juego interminable
Capítulo 26
—Fuentes próximas al primer ministro pueden, afortunadamente, ocultar muchos pecados si se emplean con discreción —observó Bayldon, en el tono casi de disculpa que empleaba cuando se hallaba en presencia del líder.
—Sí —dijo el primer ministro—, lástima que no puedan ocultar todo el maldito follón.
Miró por la ventana del Salón Largo de Chequers. La lluvia hacía confusos los campos de más allá del cuidado jardín, pero todavía pudo distinguir media docena de figuras que se movían a lo lejos.
—De poco sirve tener un servicio de alta seguridad si todavía permiten que estemos al alcance de un francotirador. Cualquier buen tirador con mira telescópica podría tumbarnos a su gusto. Pero Inglaterra es así. A veces me pregunto si no estamos todos locos de remate.
—Probablemente esto se remonta al Libro del Apocalipsis —murmuró otro miembro del gabinete—. Conservación de las antiguas libertades civiles y todo lo demás.
—Lo del Apocalipsis está bien —replicó el primer ministro recalcando la palabra —. Y parece que estemos escribiendo una segunda edición. —Siguió al grupo con la mirada para ver cuántos apreciaban su triste humor. Repletos después de un almuerzo servido por miembros de las W. A. A. F., la mayoría de sus ministros estaban fumando cigarros jamaicanos libres de impuestos que siempre se repartían en los actos oficiales, y sus copas de brandy estaban llenas—. Está bien, volvamos al asunto. —Se volvió a Bayldon—. ¿Quiere decir, Toby, que se está cociendo otro escándalo de seguridad? ¿Es eso lo que insinúa?
—No exactamente, George.
El empleo de los nombres de pila estaba permitido en las sesiones privadas, aunque era mal visto en los contactos con los medios de comunicación.
—Entonces, ¿qué? Dígalo.
—Se estableció que Glanville fue probablemente asesinado.
—Si se estableció, no puede ser probable, ¿verdad? Lo he dicho antes, lo repito ahora, y esto se aplica a todos ustedes. O hacen declaraciones exactas o no hacen ninguna, especialmente en la Cámara. Los tories están que muerden y se echarán contra cualquier cosa que parezca un barquillo. Por consiguiente, hablemos claro, Toby. ¿Fue asesinado, o no?
—Bueno, digamos que los forenses han dictaminado que murió a consecuencia de un gas que paraliza los nervios. Ahora bien, también es posible que se lo administrase él mismo, aunque muy dudoso. Me han dicho que tenía tendencias suicidas. Pero lo que me preocupa es que aquel gas era de los nuestros.
—¿Lo fabricamos todavía?
—No, corresponde a uno de los tiempos primitivos, experimentales.
—¿Autorizado cuando gobernaban los tories? —preguntó esperanzado el primer ministro.
—Es difícil fijar una fecha exacta. Ya sabe lo reservados que son en Porton. — Bayldon carraspeó—. La otra cuestión engorrosa es que la información parece que se filtró a la oposición. Mi oficina me dice que van a plantear el asunto en la hora de ruegos y preguntas.
El primer ministro estalló al oír eso:
—¡Ya no creo en nuestra suerte!
—Para ser justos con Toby —terció el ministro de Asuntos Exteriores—, hay que decir que cuando nosotros estábamos sentados en el otro lado nos alegrábamos mucho de recibir un chivatazo.
—Esto no desvirtúa lo evidente, Sam. Algunos de ustedes parecen no darse cuenta de que estamos sentados sobre un barril de pólvora. Fíjense en las últimas encuestas de opinión. No es la campaña terrorista la que nos derribará; seremos nosotros mismos, meando en nuestra puerta, si no tenemos cuidado. Lo que quiero saber, y de prisa, es si Glanville es la punta de otro iceberg. ¿Quién tenía mejores motivos para matarle? ¿Nosotros o los rusos?
—Bien mirado, si hemos de ser lógicos, supongo que los rusos —dijo el ministro de Asuntos Exteriores—. Por otra parte, la última persona que sepamos que lo vio fue alguien del MI-6.
—¿Cómo lo sabemos?
—En el escondrijo de Glanville había un micrófono oculto.
—¿Quién lo autorizó?
—Yo.
—¿Por qué?
—Es una práctica normal, George. En situaciones como la de Glanville, se mantiene la vigilancia. No vi ninguna razón para apartarnos de la tradición en su caso. El hombre era un traidor confeso.
El primer ministro gruñó:
—¿Están los yanquis enterados de esto?
—Generalmente nos siguen de cerca.
—Ya no me dejan en paz ni de noche ni de día. Una alarma más y se retirarán.
—Hay muchos en el partido, en realidad en el conjunto del país, que recibirían este movimiento de buen grado, George.
Este comentario fue formulado por el ministro de Servicios Sociales, el honorable Graham Lewisham. Como Bayldon, había sido elevado al rango de ministro para que el primer ministro pudiese tenerlo bajo su control. En la acostumbrada lucha encarnizada que se producía siempre que había que elegir al próximo líder del Partido Laborista, Lewisham había estado a punto de conseguir la mayoría necesaria en la primera votación; solamente las torcidas intrigas y cabildeos entre bastidores habían asegurado el triunfo claro del primer ministro en la segunda. Lewisham era el niño mimado de la extrema izquierda. Uno de los francotiradores natos, brillante en hacer su propia propaganda, poseía gran atractivo para los miembros rurales del Partido. Aunque uno de sus caballos de batalla predilectos era la prensa corrompida controlada por los conservadores, se mostró como un maestro en manipular los medios de comunicación para sus propios fines y nunca desdeñaba la oportunidad de aparecer en la televisión. Los medios habían caído de cabeza en la trampa y le presentaban fielmente como el coco de la izquierda; a fin de cuentas, era un «buen elemento» y le daban más espacio en la prensa y en el aire de lo que merecía su intelecto. Operaba según el método comprobado preferido por todos los demagogos: lo importante no es la calidad de las medias verdades, sino el número de veces que se repiten. Su dominio de las estadísticas sin fundamento era imponente y sus discursos estaban salpicados de referencias al «proceso democrático»; era campeón del gobierno abierto y de la participación de los trabajadores en las decisiones de la empresa. Sobre todo era peligroso cuando parecía ser más racional, y tenía una ambición ilimitada.
—Si se refiere al «conjunto del país», Graham, debe recordar también que sólo nos dieron el treinta y ocho por ciento de los votos, por lo que no creo que debamos sentirnos demasiado optimistas.
—Fue parte de nuestro manifiesto que pondríamos fin a nuestra dependencia de las armas nucleares norteamericanas.
—No necesito que me recuerden lo que se decía en el manifiesto: yo mismo escribí la mayor parte del maldito documento. Desgraciadamente, los acontecimientos nos han sorprendido. No es el momento de balancear la barca. El país está sumamente nervioso, y no por la presencia de los misiles yanquis entre nosotros, sino a causa de los ataques terroristas. Una vez que tengamos esta situación bajo control, podremos dedicar nuestra atención a los problemas menos urgentes. ¿De acuerdo?
Miró alrededor del salón y recibió la aprobación general. Sin embargo, Lewisham no había terminado.
—Espero que no alcancemos ese admirable objetivo, George, a través del establecimiento de un Estado policíaco. Ya hemos asumido los poderes de emergencia más grandes que jamás se hubiese visto en tiempo de paz.
—Precisamente lo que yo digo es que no estamos en paz. ¿Cómo usted puede decir que lo estamos cuando, prácticamente, todos los días se cometen actos de guerra contra la población civil?
—Cierta información que ha llegado hasta mí, y que estoy comprobando, apunta hacia una intervención de la CIA. —La teoría de la conspiración de la CIA era una de las predilectas de Lewisham; siempre le aseguraba un lleno cuando hablaba en las universidades—. Pero, sea de ello lo que fuere, lo que quiero decir es que creo firmemente que nuestra estrategia está siendo deliberada y cínicamente manipulada. Con nuestras actuales acciones estamos traicionando a nuestra propia clase trabajadora.
—Está bien, tomo nota —dijo el primer ministro—. Pero le diré una cosa: si puede traerme pruebas irrebatibles de que los yanquis, en un año de elecciones, se han dedicado a matar docenas de sus propios servidores y de sus esposas, destinados en este país, yo mismo supervisaré la remoción de todas sus cabezas nucleares. Pero hasta entonces, tenemos el derecho y el deber de restablecer la ley y el orden. Y tal vez le interese saber que, desde que asumimos estos poderes de emergencia, nuestra popularidad ha subido un par de puntos.
Pero Lewisham no estaba dispuesto a callarse.
—Una milicia de trabajadores habría sido todavía más popular.
—Trate de decirle esto al hombre de la calle. Creo que descubriría que prefiere poner su confianza en el SAS. Y ahora sigamos adelante. ¿Dónde estábamos, Toby?
—No quiero usurpar nada de lo que tal vez fuera a decir Sam —empezó Bayldon, con una inclinación de cabeza dedicada al ministro de Asuntos Exteriores—, pero en los últimos días la policía ha hecho considerables progresos. La Rama Especial dio ayer al amanecer amplias batidas en Norwich, Southampton y Liverpool. Como resultado se practicaron más de treinta detenciones y se descubrieron grandes depósitos de armas y explosivos. Mi última información parece indicar que hemos hecho grandes progresos.
—¿Qué clase de progresos?
—Uno de los sospechosos detenidos ha sido reclamado por los israelíes en relación con los asesinatos de Munich. La policía ha opinado siempre que, aunque podría haber alguna coordinación con el IRA, la actual ola de ataques es obra de las mucho más numerosas y reagrupadas Brigadas Rojas, casi con toda seguridad financiadas por Rusia. ¿Quiere añadir algo a esto, Sam?
El ministro de Asuntos Exteriores se puso de pie.
—Sí, creo que, en términos generales, ésta es también la opinión del MI-5 y MI-6. Me entrevisté con ambos directores justo antes de venir aquí y, según la información que están recibiendo de nuestra gente en el Bloque del Este, la KGB estuvo enviando importantes fondos recientemente. Parece que hace seis meses hubo una lucha por el poder dentro de la KGB y que el resultado de ello fue que un nuevo halcón adquirió el control e instigó inmediatamente una línea más dura. Nuestro problema ha sido siempre mantenernos por delante de los yanquis, y creo que por eso se sienten profundamente agraviados. Con esto no quiero pretender que nuestra propia seguridad haya sido hermética. A veces ha sido como un colador.
—Sí, bueno, ya volveremos a eso, pero estoy ligeramente confuso —dijo el primer ministro—. Toby mencionó a Israel y ahora me habla usted de la KGB. No veo la relación.
—Todo apunta hacia una campaña cuidadosamente orquestada, encaminada a forzarnos la mano. A los rusos no les importa valerse de quien sea. Están encantados de que otros les hagan el trabajo. Su ofensiva de paz fracasó lamentablemente (a fin de cuentas, los misiles siguen instalados). Por tanto, cambiaron de táctica, y en esto han tenido éxito. Como usted sabe muy bien, nosotros no somos los únicos que hemos sufrido; todos los países de la OTAN han tenido su parte. Esto nos lleva a la esperanza de Graham. Lo que ellos pretenden es crear un clima que impulse a los yanquis a retirarse, debido a nuestra inestabilidad.
—Eso es una deformación total de lo que yo he dicho —le interrumpió Lewisham.
—Textualmente.
—No. Todo lo contrario.
—No sigamos discutiendo —dijo bruscamente el primer ministro, que no estaba dispuesto a aguantar otra conferencia de Lewisham—. Al menos se hizo algún progreso, y sabe Dios que necesitamos algunos golpes de suerte. Y ahora, ¿qué hay de nuestro servicio de información? ¿Hay más Glanvilles en ciernes?
—No tentemos al destino —dijo Bayldon.
—Bueno, él es el quinto hombre —replicó el ministro de Asuntos Exteriores—. Y los cinco eran de la misma generación; por consiguiente sólo podemos cruzar los dedos y esperar que no sigan otros a los cinco.
En ese momento, entró el secretario del Gabinete y entregó una nota al primer ministro. Cuando terminó de leerla, su expresión evidenció que el cruzamiento de dedos no había sido eficaz. Se volvió al ministro de Asuntos Exteriores.
—Antes dijo usted algo acerca de Glanville, algo referente a que la última persona que le vio vivo fue un hombre del MI-6. ¿Recuerda cuál era su nombre?
—Hill… y algo más, creo.
—¿Hillsden?
—Sí, ése era el nombre.
—Bueno, habló usted demasiado pronto. Esto es de la Rama Especial. Tienen motivos sobrados para sospechar que Hillsden ha desertado.