Juego interminable
Capítulo 33
El cordón umbilical de Hillsden no estaba todavía cortado del todo, pero el lento proceso de desprenderle de asociaciones pasadas continuaba inexorablemente. Con laboriosa, fría y analítica habilidad, Abramov vaciaba los rincones secretos de la mente de Hillsden de todas sus anteriores lealtades. Gradualmente fue llevado a la fase donde las verdades que permanecían podían serle arrancadas con la misma facilidad con que se arrancan a un niño los dientes de leche.
Su relación era como la que existe entre el cazador furtivo y el guardabosques; el respeto estaba teñido de antiguas enemistades. El pasado era como un tupido bosque y, al ser empujado Hillsden hacia el corazón del mismo, los recuerdos le arañaban como espinas. Para sorpresa suya, descubrió que era un viaje que sólo podía hacer con dolor, al rehacer su antigua vida hasta los primeros hitos del engaño. Abramov le hizo recorrer más de una vez la misma tortuosa ruta, incitándole a recordar nombres, lugares y fechas largo tiempo enterrados, sondeándole sin parar, exigiéndole, sonsacándole motivos olvidados, enfrentándolo con verdades que creía ocultas para siempre.
Después de cada larga sesión era devuelto a su celda; era un recordatorio de que, si bien oían su confesión, no estaban dispuestos a garantizarle la absolución. El esfuerzo de retener parte de lo que sabía le afectaba profundamente. Durante la noche la tensión se le hacía intolerable; sufría alucinaciones y, curiosamente, eran recuerdos de la infancia los que evocaba con más frecuencia. A veces parecían abrirse las paredes de su celda, permitiéndole vislumbrar libertades perdidas, sus días felices: el concurrido balneario de Weymouth, donde pasó sus primeras vacaciones en familia, una playa que se extendía mar adentro en la marea baja, dejando al descubierto una arena ondulada y perforada por millones de agujeros de lombrices. Otras veces volvía a visitar las calles de una patria perdida para siempre, donde él y otros muchachos jugaban a una forma simplificada de béisbol. Después aparecían las borrosas imágenes de sus padres muertos. Pero la más persistente, y que le producía el más agudo sentido de pérdida, era la de una niña a la que había querido y que le había rechazado cuando él tenía nueve años. Con frecuencia, sus facciones se volvían confusas y la cara inocente asumía primero las características de la de su esposa y después las de Caroline, como si un operador invisible proyectase simultáneamente tres diapositivas, produciendo una superposición terriblemente amenazadora: la cara de la novia de su infancia transformada súbitamente en la máscara de muerte de Caroline. Entonces se aceleraba la pesadilla, hasta que se convertía en el violador del cuerpo de la niña, mientras Caroline y Margot lo observaban, como mudos y acusadores testigos. No podía decirse que fuese feliz o desdichado; estas claras actitudes ya nada significaban para él; no era más que algo suspendido en el tiempo, más parecido al objeto del famoso experimento de la cabeza del perro que a cualquier cosa humana.
No tenía manera de saber si Abramov estaba satisfecho de los progresos que hacían. Nunca le alababa por sus esfuerzos, ni mostraba la menor satisfacción cuando le había hecho soltar un fragmento valioso. No se hacía constar nada por escrito, pero estaba seguro de que el diálogo entre ellos era registrado por micrófonos ocultos. Las sesiones no seguían una pauta regular; a veces no era llamado hasta la tarde; en otras ocasiones empezaban tan pronto como él se despertaba; una vez, Abramov se presentó en medio de la noche y el interrogatorio duró hasta el amanecer. Se daba cuenta de que esto iba encaminado a mantenerlo en la incertidumbre, nervioso y, por ende, más vulnerable: el cansancio había sido siempre un arma esencial en el arsenal de los interrogatorios.
Al final de la segunda semana, habían llegado al punto en que Hillsden se había reunido con Jock y Caroline en Austria. Era el momento que había temido más. Debido a la traición de Control, no había sentido remordimiento al revelar el tinglado existente en Londres; pero ahora, al tener que tratar de la única relación que había tenido un significado duradero en su vida, volvía a sentir miedo.
Abramov atacó en seguida:
—¿Dice que Control fue quien la ordenó volver aquella última vez?
—Sí.
—¿Por qué está tan seguro?
—Ella misma me lo dijo.
—¿Pero no supo nunca la razón?
—No.
—¿No trató de averiguarlo? A fin de cuentas, usted era su amante. Se presume que los amantes no tienen secretos, y sus amores difícilmente podían ser puramente físicos, dadas las circunstancias. Estaban los dos en el mismo juego. Seguramente, después de satisfacer sus necesidades físicas, intercambiaban confidencias de naturaleza más cerebral, ¿verdad? No creo que usted no lo supiese.
—Bien, pues es verdad. Y usted sabe por qué. Lo normal es no revelarle a uno las fuentes, si trabaja solo. Las fuerzas de resistencia operaron siempre así durante la guerra. Los diversos eslabones de la cadena solamente conocían lo estrictamente necesario. Yo sólo podía tratar de adivinarlo.
—Está bien, ¿qué adivinó?
—En aquel entonces, yo me estaba apartando. Control creyó conveniente excluirme, por razones que sólo comprendí más tarde.
—¿Porque había quebrantado las reglas?
—Eran sus reglas, y yo las transgredí. Me consideraba demasiado comprometido emocionalmente.
—¿Y lo estaba?
—Estaba enamorado de ella. El amor nubla el juicio, ¿no es cierto?
—La variedad humana, tal vez sí —replicó Abramov—. Pero no el amor a una causa.
—Usted sabe de eso más que yo.
—¿Y qué sentía ella por usted?
Era una pregunta que Hillsden no quería contestar.
—Tal vez reservaba su verdadero amor para una causa. Como usted ha dicho.
—¿Y aceptó usted la decisión de Control?
—No tenía alternativa, aunque en aquel momento no lo comprendiese.
—¿Sospechó que Jock tenía algo que ver con la decisión?
—No directamente. Pero él dirigía localmente la función. Es de presumir que, como yo, tuviese que acatar la decisión de Control.
—¿Cuál era su relación con él?
—Yo pensaba que era bueno en su trabajo, abnegado, duro, profesional, carente de ilusiones. Siempre lo consideré como un luchador callejero, un hombre que me convenía tener de mi parte. ¿Mi relación con él? Lo más íntima que él permitía que fuese. Nunca dejaba que alguien se le acercarse de veras. Era su método de supervivencia…, aunque no sobrevivió.
—¿Le sorprendió su muerte?
—No me sorprendió. A nosotros nunca nos sorprende que nuestro oficio tenga peligros fatales, ¿verdad? Es parte de la letra menuda del contrato. No, sorpresa sería una palabra inexacta. Me pregunté quién le traicionó; hubiese deseado otra muerte para él.
—¿Qué diría usted si yo le revelase que su amante realizó esta acción?
—¿Me lo está diciendo?
—Soy yo quien hace las preguntas.
—Si lo hizo, y necesitaría alguna prueba para creerlo, me imagino que ustedes no le dieron alternativa. Dijese ella lo que dijera, sé que no lo hizo voluntariamente.
—¿Por qué está sudando?
—Aquí hace calor —dijo Hillsden, mirándole fijamente a los ojos.
—Hábleme de la relación de Jock con ella. ¿Diría usted que era muy íntima?
—No eran amantes, si es eso lo que trata de sugerir.
—No era esa mi intención, pero sí visiblemente la de usted.
—Era un esfuerzo de equipo —dijo Hillsden, irritado contra sí mismo por dejar que Abramov le turbase—. Yo fui siempre el último del equipo. Ya se lo he dicho: ella dependió ante todo de Dinnsbury. Éste fue quien la ascendió, aunque Jock insistió en que la destinase a Austria. Yo sólo entré más tarde en el juego. Después, cuando Dinnsbury se retiró, Control tomó el mando.
—Entonces, ¿quiere hacerme creer que no tenía conocimiento de lo que hacían ella y Jock?
—Sabía que ambos contribuyeron a romper la red de Munich, pero estoy seguro de que usted ya sabe todo eso.
—No decida lo que sé o lo que dejo de saber. No trate de anticiparse a mis preguntas. Limítese a contestarlas. —El humo del tabaco flotaba entre los dos, espeso y acre—. Hoy no lo está haciendo muy bien. Por alguna razón, no colabora tanto como de costumbre. ¿Por qué?
—Lo hago lo mejor que puedo.
—Continuemos con el amor de su vida. Cuando ella fue aprehendida, ¿de quién sospechó que la había traicionado?
—Estaba a oscuras como todos los demás. Lo único que Londres sabía era que toda la red se había perdido sin remedio. Siempre existía la posibilidad de que Henze hubiese cambiado dos veces de casaca. Reflexionamos sobre esto; en aquel entonces era la explicación más racional. Pero cuando mataron a Henze, volvimos a encontrarnos como antes de empezar. Desde luego, era posible que ustedes le hubiesen conquistado de nuevo y lo mataran después, sólo para despistarnos.
—Habríamos podido hacerlo, sí. Es una teoría interesante.
Hillsden detectó un ligerísimo cambio de expresión en la cara de Abramov; era un matiz, no más que eso, pero por primera vez desde que habían empezado los interrogatorios tuvo la impresión de que había tocado el botón acertado.
—Cuando murió Jock, se desvaneció nuestra última posibilidad de descubrir lo sucedido. Ustedes hicieron tabla rasa. De lo único que estábamos seguros era de que Caroline había sido apresada poco después de llegar a Berlín, por lo que debieron tener una información anticipada. La rapidez con que ocurrió aquello demostraba que la estaban esperando. Ella era demasiado inteligente para dejarse pillar desprevenida. Por consiguiente, ¿quién les dio el chivatazo? Supongo que ahora puede decírmelo. Todo es agua pasada.
Abramov apagó el cigarro.
—Ya llegaremos a eso a su debido tiempo —dijo, poniéndose de pie y dando por terminada la sesión.
Había muchas cosas que Hillsden no comprendía. Su interrogatorio no seguía ninguna pauta normal. Una creciente sensación de inquietud se filtró en sus venas como la humedad en una pared. Durante la última sesión, la actitud de Abramov se endureció a todas luces, y Hillsden trató de encontrar alguna explicación plausible al cambio, pero no pudo descubrir un solo factor. A pesar de las largas horas que pasaron juntos, no estaba más cerca de descubrir las verdaderas intenciones de aquel hombre. Desde el principio, el hecho de que fuese interrogado por el GRU y no por el Centro de Moscú seguía siendo un misterio. Siempre había presumido que la KGB había sido responsable de la destrucción de Caroline; sin embargo, ahora tenía sus dudas. Sería un error menospreciar el recelo y la hostilidad que existían entre las dos organizaciones complementarias pero rivales. Siempre existió una lucha incesante por el poder entre los militares y el Politburó, con la KGB en medio: el Hermano Mayor sin perder de vista al Hermano Mayor, pagando cuentas viejas, alimentando la acidez de odios pasados.
La cuestión vital era decidir hasta qué punto le traicionó Control. Estaba casi convencido de que Abramov sabía solamente una parte de la historia. Si él estaba en lo cierto, si Control era dirigido por la KGB y no por el GRU, tardaría mucho en explicarse el plan del interrogatorio de Abramov.
Por otra parte… «Vuelve atrás —pensó—, pues algo has pasado por alto. Avanza paso a paso. Anota la secuencia de los acontecimientos.
»Primero: Evidentemente, Control me utilizó para protegerse. ¿Y a los otros? Sí, probablemente sí.
»Sin embargo… (cláusula adicional). ¿No habría sido más sencillo eliminarme en el acto, como se hizo con Glanville?
»Segundo: Pero no lo hizo. ¿Por qué? La oportunidad era clara. Sin embargo, se tomó el trabajo de inventar una complicada escena de deserción.
»A menos…, a menos que decidiese que mi eliminación en casa sería demasiado peligrosa. Ciertamente habría impulsado a otros a tomar el asunto donde yo lo hubiese dejado. Wadders, por ejemplo.
»Tercero: Todo empezó con mi visita a Glanville. Hasta entonces, Control se había comportado normalmente conmigo, aunque se mostrase ambivalente con respecto a Caroline, ansioso de echar tierra sobre el asunto.
»Cuarto: Hay algo que no vi en lo de Glanville. O que interpreté mal.
»Pero… Control no podía estar seguro de que lo hubiese pasado por alto. Por consiguiente…
»Quinto: No queriendo arriesgarse, actuó bajo la presunción de que yo lo sabía.
»Sexto: ¿Cuál era la mejor manera de desarmarme? Asesinar a Caroline. Buena psicología. Jugar con mi conocida relación. Sabía que yo no podría resistir la posibilidad de vengarla. Y tenía razón, fui como un juguete en sus manos, sin sospechar nada. Puso en movimiento el engranaje para librarse de mí de una vez para siempre. Y al mismo tiempo…
»Séptimo: Si su plan tenía éxito, sería seguro que yo quedaría desacreditado. Ocurriera lo que ocurriese en el futuro, mi palabra no contaría para nada. Él estaría seguro. Muy astuto. Diabólicamente astuto.
»Octavo: La primera parte del plan funciona perfectamente. Entonces, para asegurarse doblemente y cortarme todo camino para escapar, Belfrage es eliminado y yo me convierto en el primer sospechoso; me veo metido en un saco cosido y lastrado, para que no pueda volver a emerger jamás.
»Lo cual me trae de nuevo a Abramov. ¿Cuánto sabe o sospecha él de todo esto? ¿Algo, nada, todo? Hasta ahora no me ha dado indicaciones de que sabe que Control lo urdió todo. Lo cual significa que, o ignora de veras que Control es una criatura del Centro de Moscú, no de él, o está jugando conmigo, dándome una falsa sensación de seguridad».
Durante este silencioso monólogo, anduvo de un lado a otro por la celda, para ejercitar los músculos al mismo tiempo que el cerebro. Su razón estaba en su tensión más alta, y no podía estar tranquilo.
Las sesiones siguientes tomaron una forma diferente. Abramov abandonó las cosas concretas; hizo girar la discusión sobre actitudes morales y políticas en términos generales. Hillsden comprendió que ahora, más que nunca, necesitaba estar alerta. En tales circunstancias, las discusiones filosóficas eran sospechosas.
—¿Está usted de acuerdo en que la vida sólo tiene importancia cuando es peligrosa? —preguntó Abramov en un momento dado.
—¿No es el peligro siempre relativo? La llamada normalidad suburbana segura hierve debajo de la superficie. Hay peligro si se deja de estar al corriente en las compras a plazos, si rebajamos la cuestión a un nivel mundano. Hay peligro al cruzar las calles, al acostarse sin cerrar la puerta; incluso hay peligro si se fuman demasiados cigarros.
—Comprendo lo que quiere decir, pero ahora estamos hablando del misterio último de la personalidad humana: los enigmas del dolor y el sufrimiento, del bien y el mal, de la vida misma y la muerte. Éstos son los problemas más grandes.
—Crimen y Castigo, dicho en otras palabras.
—Es usted muy culto, Alec.
—Oh, sí. Conozco bien los clásicos rusos.
—Me encanta saberlo pero, de momento, limitémonos a la cuestión de nuestros peligros, los peligros con los que hemos resuelto vivir. Los oscuros procesos de este estilo de vida exigen que prescindamos de nuestra verdadera personalidad y enterremos la conciencia. Vivir siempre con la idea de que podemos enfrentarnos a la alternativa de matar o que nos maten. El mismo proceso que le trajo a usted aquí. Pero, al dar aquel paso definitivo, estoy seguro de que su vida adquirió otro significado.
—Evidentemente.
—Y nuevos peligros.
—Sí.
—Deje que se lo diga de este modo: somos más conocidos por nuestra máscara que por nuestra cara. Su máscara, por ejemplo, ¿qué me dice? ¿Denota a un hombre que aceptará de buen grado el exilio? ¿O es la máscara de alguien que todavía tiene dudas? Si se la arrancase, ¿descubriría incertidumbre?
—No puedo volver atrás, si es eso lo que quiere decir.
—No es eso exactamente lo que quiero decir. Si tuviese que elegir, ¿me negaría a mí o a Dios?
—Nunca he estado convencido de la existencia de Dios.
—Sin embargo, me han dicho que todo hombre se vuelve religioso cuando se ve con el agua al cuello —dijo Abramov, casi sonriendo—. Pero de nuevo ha eludido la pregunta.
—No puedo negar nada hasta saber qué es lo que se me pide que niegue.
—Todas sus anteriores creencias, lealtades, amistades, toda partícula de su vida pasada.
—¿No lo he hecho ya? He traicionado a aquellos con quienes trabajé, he pisoteado las creencias y renunciado a las lealtades. ¿No han sido para esto todas las últimas semanas?
—Esperemos que sí —dijo Abramov—. Por el bien de todos.
Hillsden fue dejado solo durante toda una semana. Lo consideró otro aspecto de la deliberada guerra de nervios. Era una técnica universal: prolongados interrogatorios seguidos de un período de aislamiento encaminado a producir paranoia.
La próxima vez que se abrió la puerta de la celda, Abramov le saludó con desacostumbrada simpatía, un verdadero «cuánto-me-alegro-de-volver-a-verte».
—Siento haber interrumpido nuestras sesiones regulares, pero estaba esperando instrucciones. Hay que tomar algunas decisiones sobre su futuro.
Hillsden fue acompañado fuera de la celda, pero esta vez no se dirigieron a la oficina de Abramov. En vez de eso, le llevaron al patio central del complejo del GRU. Allí estaba esperando una limusina oficial anónima.
—Le alegrará saber que va a cambiar de residencia —dijo Abramov.
—¿Qué he hecho para merecerlo?
—Es usted una pieza valiosa, una verdadera joya, ¿no es ésa la expresión que usan ustedes? Y como tal, merece consideraciones especiales. Hasta ahora ha pasado todas las pruebas con sobresaliente. Ahora tendrá su recompensa.
El empleo de las expresiones familiares propias del país era más estremecedor que tranquilizador.
Salieron a toda velocidad de Moscú, con Abramov al volante.
—¿No tiene que observar usted la ley?
—¿Qué ley?
—¿No hay una limitación de la velocidad?
—No para nosotros.
—No me estará diciendo que en Rusia hay una ley para los ricos y otra para los pobres.
—Lo que me gusta de usted, Alec, es su sentido del humor. Yo no soy rico. No existen esas divisiones en nuestra sociedad.
Viajaron durante una hora o más hasta que entraron en una zona forestal, donde grandes árboles ocultaron la luz del sol. Hillsden recordó un episodio de una película que había visto hacía mucho tiempo; casi llegó a creer que los apretados pinos y abedules escondían a una tropa de cosacos que saldría de pronto y caería sobre ellos. Se sintió como rodeado por todos los oscuros mitos de una Rusia que nunca cambiaba, y se convenció de que éste era el último viaje que haría jamás.
Después de aproximadamente otra milla, salieron de la carretera principal y tomaron lo que era poco más que un camino de carro. Aquí el bosque era menos espeso y, al fin, después de mucho zarandeo, llegaron a una casa aislada en medio de un claro. A primera vista, Hillsden tuvo la impresión de que estaba abandonada; todo parecía descuidado, como si no hubiese ocupantes fijos y fuese solamente un escenario.
—Aquí es donde empieza su nueva vida —dijo Abramov.
Tomó una cartera del asiento de atrás.
—¿Será mi hogar permanente?
—No; sólo una residencia temporal, mientras le preparamos para la próxima etapa.
—¿Quieren engordarme antes de matarme?
—Engordarle, sí, pero no para matarle. De ahora en adelante, todo será muy diferente. Ha ingresado en la élite.
Les recibió una mujer rolliza y de mediana edad que podía pasar por el modelo original de la Madre Valerosa. Tenía cara de campesina, con unas mejillas como naranjas, pero no vestía como una lugareña, y Hillsden se sorprendió agradablemente al oír que le saludaba en aceptable inglés.
El interior de la casa estaba amueblado con piezas pesadas y antiguas, y unos pocos óleos oscuros de otro tiempo pendían de las paredes. Una estufa revestida de azulejos ocupaba el centro de la cómoda habitación principal. Parecía una decoración para una representación veraniega de El jardín de los cerezos.
—Un bonito cambio, ¿eh? —dijo Abramov—. Aquí se sentirá dichoso. Madame Vyatkin cuidará muy bien de usted.
—Tania —dijo la señora Vyatkin, como reprendiendo a Abramov—. Él me llamará Tania. ¿Toma usted vodka, mister Hillisdent?
La mala pronunciación de su apellido le dio de nuevo la impresión de que estaban representando una comedia. Casi esperó oír los hachazos de un leñador en el bosque.
—Sí —respondió—. Un poco de vodka me vendría muy bien.
Ella trajo una botella y vasos.
—Yo preparo la comida. Cuando haya bebido y tenga hambre, comer muy bien, mister Hillisdent.
Esta vez Abramov la corrigió:
—Hillsden.
—¿No es lo que he dicho?
Le miró echando chispas por los ojos antes de retirarse.
Abramov sirvió el vodka.
—Bebamos por su sabia elección.
El vodka era excelente y, después de la larga abstinencia, Hillsden sintió inmediatamente el impacto. Empezó a sudar al llegar el alcohol a su estómago.
Abramov abrió la cartera y sacó un fajo de papeles.
—Mientras descansa aquí y se pone en buena forma física, quiero que estudie y se aprenda esto.
Le tendió los papeles.
—¿Qué son?
—Algo que hemos preparado para su primera aparición en público.
Hillsden miró la primera hoja escrita a máquina. Le bastó leer unas pocas líneas para darse cuenta de lo que el otro le había dado.
—¿Tengo que aprenderme esto? ¿Para qué?
—Para la conferencia de prensa que dará a su debido tiempo. Como ya le he dicho, es usted muy valioso. Queremos mostrar lo orgullosos que estamos de usted, y siempre es mejor ensayar estos actos, ¿no le parece? De esta manera evitamos posibles errores o malas interpretaciones. Fue traído aquí para que tuviera paz y tranquilidad antes del acontecimiento. Encontrará ropa nueva en su habitación. Tania es una excelente cocinera y una mujer de fiar. Cuidará muy bien de usted.
—¿Quiere decir que tengo que repetir esto palabra por palabra?
—Creo que sería lo mejor. Alguien estará aquí para ayudarle, alguien que conoce el procedimiento y será, al mismo tiempo, un agradable compañero para usted. No quisiéramos que se sintiese solo.
Abramov miró hacia detrás de él y asintió con la cabeza. Hillsden se volvió, esperando ver a Tania, pero en vez de ella, era otro hombre el que estaba en el umbral. Tardó un segundo o dos en reconocer la que había sido antaño una cara familiar, y sintió que su corazón latía más de prisa a causa de la impresión.
—Hola, Alec —dijo Calder—. Bienvenido al club.
Por segunda vez desde que salió de casa, comprendió Hillsden que lo había entendido todo mal.
—Hola, Jock —dijo.