Juego interminable

Bryan Forbes · Capítulo 12 de 39

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Juego interminable

Capítulo 12

La incineración había sido decidida por Control.

—Es mucho mejor así —dijo—, a falta de un deseo expresado por escrito. Mucho más limpio y de acuerdo con la manera de pensar moderna. No contamina el ambiente. Mi madre fue una de las fundadoras de la Sociedad de Cremación; en aquella época, se consideraba indecoroso.

—¿Irá usted? —preguntó Hillsden.

—Creo que no. Parece que siempre pillo unos resfriados tremendos cuando asisto a los entierros. No; bien mirado, creo que su presencia será suficiente para hacer los honores en nombre de la empresa.

—La jefa de enfermeras del sanatorio expresó su deseo de asistir.

Control reflexionó sobre esto.

—No, creo que no iré. Bastará su discreta presencia, aunque tal vez sería buena idea que lo acompañase su esposa. Así parecería normal.

La sugerencia tomó por sorpresa a Hillsden.

—No se me había ocurrido.

—A mí sí —dijo Control, haciendo crujir los nudillos; después, cambiando de tema, añadió—: Aceite de Prímula de la Tarde.

—¿Perdón?

—Hace maravillas en las articulaciones crujientes que afligen a nuestra carne mortal. Yo lo tomo todos los días. También retrasa el envejecimiento, o al menos así lo leí en una de esas columnas de belleza.

La idea de Control estudiando los últimos adelantos cosméticos en revistas femeninas parecía otra de sus muchas excentricidades.

—Por consiguiente, prepárese, Alec; el día menos pensado entrará aquí y encontrará a Dorian Gray sentado detrás de esta mesa. Imagínese el efecto que produciría esto en tesorería. Pondrían los pies por alto si tuviesen que pagar una pensión a un adolescente. Bueno, estamos de acuerdo, ¿eh? —dijo, volviendo al tema original con desconcertante brusquedad—. La ceremonia fúnebre se fijó para el lunes, en el Crematorio de Tunbridge Wells. Bastante apartado del camino trillado y un lugar muy agradable, según me han dicho, en comparación con otros. Y pensé que era adecuado que Kent, el jardín de Inglaterra, fuese el último lugar de descanso para una heroína. La ceremonia será laica. No queremos llamar la atención a los lugareños.

—Pensaré en lo de mi esposa.

—Me parece que será una decoración conveniente. No planteará ningún problema, ¿verdad? Bueno, ninguno que usted no pueda resolver, estoy seguro de ello. Fin de un capítulo. Bueno, fin de todo un libro en lo que a usted concierne, creo yo. —Hizo chascar de nuevo los nudillos y dirigió a Hillsden su inocente e interrogadora mirada, pero Hillsden no cayó en la trampa—. ¿Alguna otra pista?

—No. Salvo que sabemos que alguien la estaba vigilando. Tal vez hubiésemos debido hacer lo mismo.

—Sí. Es fácil ser prudente después del suceso. Pero ¿no han avanzado nada en la identificación de la fotografía sustraída?

—No.

—Eso significa algo, Alec, y para encontrarlo nos pagan a los humildes servidores de la Corona.

«Algunos más humildes que otros», pensó Hillsden al salir.

Cuando volvió a casa aquella misma tarde, encontró a su esposa todavía durmiendo, respirando como si suspirase. Sobre la mesita de noche había una caja abierta de bombones Quality Street, con la mitad de su contenido consumida y los envoltorios tirados en el suelo. Se inclinó y recogió un libro en rústica en medio de aquéllos. Era un estudio clínico de la sexualidad femenina, el último de una larga serie de bestsellers sobre el tema, siguiendo la pauta conocida de relatos anónimos de casos. Margot había doblado la punta de la página: «Llevo casada dieciocho años con el mismo hombre, pero mi vida sexual es nula y lo ha sido desde sabe Dios cuándo. Continúo con mi marido porque no tengo dónde ir y no puedo resignarme a buscar una relación extramarital. No soy una veleta. Me considero simplemente un objeto. Ojalá tuviese el valor de ser lesbiana».

Volvió a dejar el libro donde lo había encontrado; después salió de puntillas de la habitación y bajó la escalera. Por costumbre, para tener compañía, encendió el aparato portátil de televisión que su mujer solía llevar de un lado a otro, reduciendo el volumen al mínimo, lo justo para captar las palabras del locutor. Fuesen buenas o malas, todas las noticias eran comentadas en el mismo tono, dando la impresión de que cada locutor había sido reproducido de un prototipo. Mientras esperaba a que hirviese el agua de la tetera, extrañas imágenes de muerte se sucedían en la pantalla, como naipes cayendo de unas manos temblorosas: niños con cráneos piriformes, vientres abultados y piernas como palos de cerillas, muertos en brazos de sus atribuladas madres; los restos de un soldado británico yaciendo en una zanja de Irlanda del Norte; un automóvil de carreras estallando en llamas y expulsando una antorcha humana…, esta última imagen repetida en movimiento retardado. Pensó: «Es como si la única información que vale la pena transmitir es la que sobresalta y da náuseas. Tal vez al ser agua pasada la visión de la Iglesia del Paraíso Perdido, es necesario dar al público un recordatorio diario de la infinita misericordia de Dios».

La tetera silbó y él se levantó de un salto para hacerla callar, en el momento en que la cara untuosa de Bayldon sustituía en la pantalla al conductor en llamas. Educado en la academia política de la hipocresía, Bayldon miró fijamente a la cámara con su expresión más ministerial, aunque, al contestar a un par de preguntas embarazosas, pudo verse en sus ojos el reflejo de la Brigada de Bomberos. Adoptó una mirada lejana, mientras buscaba nuevas maneras de ocultar viejas mentiras. Era un sedante verbal dedicado a las masas, como las frases tranquilizadoras que se pronuncian al despegar o aterrizar los aviones, que son los momentos de máximo peligro.

Hillsden sumergió una bolsita de té en dos tazas. Nunca había podido comprender cómo no se desintegraban las bolsitas en el agua hirviente; era uno de los grandes misterios de la existencia doméstica. Al volver al dormitorio con las dos tazas de té, Margot se despertó.

—He oído voces —dijo ésta.

—Tenía la televisión encendida abajo.

—¿Qué hora es?

—No es tarde. Solamente las seis. ¿Has echado una siesta?

—Sí; tenía jaqueca.

—Te he traído una taza de té.

—No suelo quedarme dormida a media tarde.

—A veces sienta bien. ¡Maldita sea! He olvidado tu azúcar.

—Ya no lo tomo; sigo una nueva dieta.

Miró de reojo la caja de bombones, pero él fingió no advertirlo.

—Debería imitarte. Estoy engordando visiblemente. Con todas esas comidas de negocios.

—¿Qué día has tenido hoy? ¿Mucho trabajo?

—Regular. Recibí unos cuantos pedidos. A propósito, te he traído una botella del nuevo vino espumoso que promocionamos este mes. No de solera, pero muy agradable. Pasa bien. —Sorbió su té. Como Bayldon, tenía mucha labia—. ¿Has tomado algo para el dolor de cabeza?

—Sí, tomé un par de aspirinas.

—El tiempo no ayuda; ha hecho un día muy pesado. Te diré una cosa. ¿Por qué no salimos esta noche y vamos a cenar a alguna parte? Será un buen cambio, sobre todo si no te sientes del todo bien. Te ahorrarás el calor de la cocina.

—Bueno, tengo tan mal aspecto…

—No para mí. —Era como si hablase a una niña temerosa de suspender un examen—. Vamos, te prepararé el baño.

—Pero no vayamos a un sitio elegante.

—¿Qué te parece un restaurante chino? ¿Aquel pequeño, de King’s Road? La comida china no engorda; por consiguiente, no estropearemos tu dieta.

Entró en el cuarto de baño y abrió los grifos, alegrándose de que ella no pudiese verle la cara cuando le dio gritando la noticia.

—Si me lo preguntas, te diré que no salimos bastante. La culpa es mía. Trabajo demasiadas horas. Pero no podemos quejarnos; hoy en día es una suerte tener un trabajo fijo, y cuanto más empeora la situación, más aficionada parece la gente a la bebida. Pero es duro para ti, querida. Todo el mundo necesita un descanso de vez en cuando; a fin de cuentas, sólo se vive una vez. Hoy me he dado cuenta de ello. Hemos tenido un disgusto en la oficina.

—¿Qué dices que te han dado?

—Nada. He dicho que hemos tenido un disgusto.

—¿Qué ha sido?

Él se sentó en el borde de la bañera, pues la razón que se ocultaba detrás de la mentira le estaba quitando fuerzas.

—¿Te he hablado alguna vez de la señora Nicolson?

—La señora ¿qué?

—Nicolson. Trabajaba en Stores.

—Creo que no. ¿Qué le ha pasado?

—Hoy ha muerto de repente. Estaba en el restaurante, durante el descanso de la mañana, y se derrumbó sin previo aviso. Así. Llamamos a una ambulancia y la llevamos al hospital, pero ingresó cadáver. Sólo tenía cincuenta años.

—¡Oh!

Él arrancó una hoja de papel higiénico y se enjugó los ojos.

—No era vieja. Imagínate la impresión que nos causó a todos.

—Puedo imaginarlo —respondió su esposa desde el dormitorio—. Pero debió ser peor para su marido.

—Era viuda. Vivía sola.

Comprobó la temperatura del agua; después se arregló y volvió al dormitorio. Los bombones y las envolturas que había en el suelo habían desaparecido.

—Tu baño está a punto, querida. —Se quitó la camisa y se puso el albornoz—. ¿No querrás ir conmigo? Es deprimente ir solo a esos sitios.

—Ir… ¿adónde?

—A su entierro. Será el lunes.

—¿Por qué tienes que ir tú?

—Bueno, tiene que ir alguien de la oficina. Lo echamos a suertes y me tocó a mí.

—¿No podías dar alguna excusa?

—En realidad, no.

—Pero yo no la conocía.

—Ya lo sé, pero pensé que podrías venir y hacerme compañía. Podríamos aprovechar el día, ir después en el coche hasta la costa. Me han dado todo el día libre.

—Entonces, ¿dónde se celebrará?

—En Kent, en Tunbridge Wells.

—Los entierros me deprimen.

—No has estado en muchos.

Ella se había estado quitando la ropa y el maquillaje durante esta conversación, y ahora salió medio desnuda del dormitorio.

—En los bastantes para darme cuenta de que no me gustan.

—Pero si yo lo convirtiese en algo agradable…

—Observo que me halagas mucho de repente. Té en la cama, vino, cena en un restaurante esta noche, una excursión a la orilla del mar… Cualquiera diría que te remuerde la conciencia.

—Sólo trataba de mostrarme amable. —Tomó la taza de té de ella y la siguió, pero cuando llegó al cuarto de baño, ella había cerrado la puerta—. ¿No quieres esto?

—¿Qué?

—Tu té. No lo has tomado.

—He tomado el que quería.

—¿Por qué has cerrado la puerta?

—Porque sí.

—Pensé que podríamos bañarnos juntos. Como en los viejos tiempos. —No hubo respuesta—. ¿No me has oído, querida?

—Sí.

—¿Y bien? —Esperó—. Bueno, sólo había sido una idea. Voy a telefonear para reservar la mesa. Más tarde podremos hablar del lunes. Tal vez te sentirás mejor después de una buena cena.

Empezaba a bajar, llevando las tazas de té, cuando ella le gritó:

—¡Alec! No elijas ningún sitio elegante, pues no tengo qué ponerme. Ya nada me sienta bien.

En la cocina, llamó al restaurante y se quedó sentado, esperando en la habitación cada vez más oscura y temiendo el próximo banquete.