Juego interminable

Bryan Forbes · Capítulo 13 de 39

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Juego interminable

Capítulo 13

—Empieza por el principio —dijo Waddington—. Trátame como a un imbécil que acaba de salir de la escuela de policía. Tal vez podría recoger algunas lascas de tu marmórea memoria.

—¡Qué dominio del lenguaje tienes, Wadders! Erraste la vocación. Hubieses debido ser crítico de arte.

Waddington lo tomó como un cumplido.

—En el colegio, gané el concurso de ensayos tres años seguidos. Supongo que es un don.

Él y Hillsden estaban sentados en un restaurante barato cerca de Covent Garden, frecuentado sobre todo por estudiantes y tipos raros, y elegido por Waddington porque era de autoservicio. «Aquí no nos interrumpirán los camareros», había dicho.

A Hillsden no le importaba. Hoy era indiferente a la comida y al ambiente. La cena de la noche anterior con Margot había distado mucho de ser un éxito culinario o familiar. Lejos de disfrutarlo, ella había considerado el acontecimiento como un soborno que no estaba dispuesta a aceptar de buen grado. «No haces esto por bondad de corazón, y no pretendas lo contrario. Quieres algo a cambio», había sido su reiterativo tema, y él había dejado en el aire la cuestión de que ella lo acompañase a las exequias. Mientras picoteaban ambos la comida china, que confirmó la antigua máxima de que el Lejano Oriente es inescrutable, pensó él que la intuición de su mujer daba siempre en el blanco. No había moratoria para la infidelidad; ésta se arrastraba de un año a otro, como una partida impaga en el balance humano. Ella podía no establecer una relación directa entre la ficticia señora Nicolson y Caroline, pero hacía años que habían surgido las sospechas.

—Siempre he creído que hay que partir de la base —siguió diciendo Waddington —. ¿No crees que es buena idea? Por ejemplo, recuérdame ante todo cómo fue reclutada Caroline. Empieza por el día en que ingresó en la empresa.

—No; tenemos que empezar más atrás. —Miró la carne pulverizada entre las dos mitades de un bollo pastoso y, entonces, se atrevió a dar un bocado. El hecho de decidir si lo engulliría o no hizo que sus palabras fuesen aún más deliberadas—. Los antecedentes, sus antecedentes; esto es lo importante.

—Está bien. Infórmame.

—Era hija única, nacida en Finlandia en 1938.

—¿En Finlandia? ¿No era inglesa?

—Oh, sí. Su padre era agregado naval en la embajada en Helsinki. Se da el caso de que nació en la embajada.

—Nació con una placa de CD en la boca.

—¿Vas a escucharme o sólo a hacer observaciones chistosas?

—Discúlpame.

—Cuando estalló la guerra, sus padres la enviaron a casa con una niñera. Así pues, probablemente fue criada con la acreditada Farex —añadió, para ver si Waddington, como Rotherby, había captado la referencia en el dictamen de Hogg. Waddington permaneció inexpresivo, y Hillsden prosiguió—: Entonces, cuando los rusos invadieron Finlandia en 1939, su padre fue enviado como oficial de enlace británico con las fuerzas finlandesas que luchaban en el frente. No sé cómo andas de historia, Wadders, pero, después de la guerra, se reveló que se había pergeñado algo así como un plan, según el cual iría un ejército anglofrancés en ayuda de los bravos finlandeses. Creo que el proyecto era enviar cuatro divisiones que invadiesen Noruega antes de que lo hicieran los alemanes, y se midiesen con el ejército ruso en Escandinavia.

—Parece bastante enrevesado.

—Bueno, no olvides que durante el primer y engañoso año de guerra, todavía estábamos jugando a ella, arrojando folletos en vez de bombas y cantando canciones cómicas sobre la Línea Sigfrido. Sea como fuere, mientras París y Londres estaban todavía discutiendo, cambió toda la situación. Los finlandeses alcanzaron grandes éxitos al principio. Estaban mejor instruidos y equipados. Aquel invierno fue terrible y ambos ejércitos se estaban atizando a temperaturas muy por debajo de cero grados.

Pero la cuestión fue que los rusos se reagruparon y, en febrero del año siguiente, lanzaron una nueva ofensiva masiva en el istmo de Carelia. Cuando Whitehall y los franchutes habían convenido un plan definitivo, terminó el juego de tiros. Los finlandeses capitularon en marzo de 1940. El padre de Caroline fue hecho prisionero, juzgado como espía y ejecutado, aunque esto no se supo hasta mucho después de la guerra. Hasta entonces fue simplemente considerado como desaparecido e, incluso cuando se supo la verdad, ésta se ocultó: nadie quería zarandear la barca en lo concerniente a nuestros gloriosos aliados rusos.

—¿Y qué fue de la madre?

—Aguantó, tratando de descubrir lo que le había pasado a su marido; consiguió un empleo de secretaria o algo parecido. Y cuando al fin se convenció de que estaba muerto, se suicidó.

Hillsden se interrumpió al pasar un grupo de punks junto a la mesa. Con sus cabellos teñidos de vivos colores, sus trajes de los años treinta y sus botas descomunales, parecían personajes de una pantomima, pero su hostilidad latente era inconfundible. Uno de ellos tropezó deliberadamente con la silla de Waddington, pero tanto éste como Hillsden hicieron caso omiso de la provocación.

—Supongo que si ingiriese esta comida todos los días, también yo sería agresivo —dijo Waddington, cuando los punks se alejaron. Sacó un poco de salsa de tomate de un recipiente con la forma de esta hortaliza y con incrustaciones de salsa seca—. Hay una teoría según la cual la mala comida, consumida durante un largo período, inflama el cerebro. ¿Lo sabías?

—No, pero puedo creerlo.

—Disculpa y continúa con los finlandeses. Es fascinador; en mi colegio no nos enseñaban estas cosas.

—No… Bueno, como te decía, después de Stalingrado estaba mal visto criticar al Ejército Rojo. El único castigo que sufrieron por haber luchado contra los finlandeses fue su expulsión de la Sociedad de las Naciones.

—¿La Sociedad de Naciones? ¿Todavía existía?

—Así es. Yo siempre pensé que era la última broma pesada. Pero por el amor de Dios, deja de interrumpirme.

—Tú fuiste el que se desvió del tema. Está bien, ¿dónde estaba Caroline durante todo este tiempo?

—A salvo en Inglaterra. La niñera era una de esas personas capaces que surgen en tales situaciones. Dura como un roble. Caroline siempre la describía como el puente del Victory. Era inconcebible que confiase a Caroline a nadie más. La crió ella sola, sin ayuda de nadie, y nunca dejó que Caroline olvidase lo que había ocurrido en Finlandia. Supongo que debió adoctrinar a fondo a la muchacha. Odiaba con pasión todo lo ruso. Algunas personas se negaban a tocar música alemana durante la guerra; pues bien, Caroline me dijo una vez que Nanny Anderson (era escocesa, naturalmente; las mejores niñeras vienen de Escocia) no la dejaba escuchar a Chaikovski y esto en una época en que el Primer Concierto para Piano era prácticamente nuestro segundo himno nacional. Era una dama eficiente en todos los aspectos. Mantuvo a Caroline, la educó y le infundió un odio eterno contra todo lo que defendían los rusos. Por consiguiente, podemos decir que todo empezó allí, que Caroline tuvo una buena base para su vida futura.

—Decidió vengarse desde la cuna, ¿eh?

—No, hombre, esto habría sido demasiado fácil. La idea le vino mucho más tarde, y no por las razones que acabo de exponer. Oh, desde luego estaba condicionada por ellas, esto era inevitable, pero no fue el factor determinante. Era inteligente, aprendió rápidamente idiomas, aprobó los exámenes y, considerándolo todo, era bastante sencilla. Cuando salió al fin del colegio, creo que, como la mayoría de los jóvenes de su generación, sólo pensaba en divertirse.

—¿De qué año estamos hablando ahora?

—De 1956 o 1957. No tenía ninguna ambición particular, siguió un curso de secretariado, se cansó de él y se empleó como guía en una agencia de viajes para ver el mundo a poco precio. Pero no le gustó; después dijo que lo único que veía era el interior de un autocar y unas caras quejumbrosas. Entonces siguió un curso de manicura y consiguió un empleo en Austin Reed’s, de Regent Street.

—¿Y qué fue de la niñera?

—Murió. Caroline no tenía parientes, o al menos no los había localizado.

—¿Cómo andaba de amigos?

—Los tuvo en abundancia, según creo. No se puede juzgar por las fotos del archivo pero, cuando yo la conocí, era una real moza. No bella, porque tenía una cara extraña. Pero también tenía una boca adorable, de esas que uno quería besar en el momento de verlas.

Apartó a un lado el plato a medio consumir; parecía un desastre.

—¿Cómo has podido terminar el tuyo?

—He comido cosas peores —dijo Waddington—. Conque se hizo manicura. ¿Qué pasó entonces?

—Fue cuando la reclutaron. Uno de sus clientes regulares era el viejo Dinnsbury.

—¿El legendario Gunga?

—El mismo. Estaba al frente de la División B cuando se conocieron. Pero entonces ella no lo sabía; lo único que sabía era que no le gustaba que le puliesen las uñas, pero que adoraba que le diesen masaje en el monte de Venus.

—¿En el… qué?

—Está aquí, en la yema del pulgar, y según me han dicho, es una zona sumamente erógena, aunque yo no lo he experimentado. En todo caso, ella pensó que no era más que un rico carca de la City que daba buenas propinas. Tal vez se encaprichó con ella, ¿quién sabe? Si fue así, nunca intentó ponerle los puntos, según decía Caroline. Creo que se limitaba a hacer manitas. Pero lo que sí hizo fue ofrecerle un empleo. Gunga no andaba remiso cuando se trataba de la posibilidad de reclutar a alguien. Parecía bastante inofensivo, pero era muy eficaz, a pesar de las apariencias. Yo diría que empezó a husmear, hizo que ella le hablase de su vida pasada, hizo algunas investigaciones y decidió que podía ser buena carne de cañón. Mira, siempre he pensado que, si hubiese dependido de Gunga, nuestros establos habrían olido mucho mejor; me imagino que no hubiese dejado que olieran a Burgess y Blunt y toda aquella abigarrada pandilla. Era un tío listo, dijesen ahora lo que dijeran de él. Pero llevaba las corbatas más feas, pertenecía a los peores clubes, comía los guisantes con cuchillo, por decirlo así. Aquellos días estaba todo patas arriba, antes de la reorganización. Y, desde luego, se lo cargaron al fin.

—¿Cómo? Nunca sospecharon de él, ¿verdad?

—¡Oh, cuando la mierda dio en el ventilador nadie estuvo seguro! La teoría del «supertopo» alcanzó a todas las personas importantes. El Parlamento y los medios de difusión pedían víctimas para el sacrificio. Cundía el pánico. Temíamos haber sido profundamente penetrados.

—Como dijo la chica.

—Nunca puedes resistir el chiste de mal gusto, ¿eh?

—Discúlpame. Esta hamburguesa ha inflamado mi cerebro.

—Caroline fue alcanzada por la sombra simplemente porque era la muchacha de Gunga, contagiada por su asociación con él.

En cuanto a Gunga, le investigaron tres veces y, aunque le dieron al fin un certificado de buena conducta, había afectado a demasiadas personas. Le dieron un C. B. C. en mor de las apariencias y una jubilación prematura. Después de esto desmejoró rápidamente; murió unos dieciocho meses más tarde. Si sabía algo, se lo llevó a la tumba.

—¿Qué clase de trabajo ofreció a Caroline?

—Al principio, taquigrafía. Estaba tanteando el terreno. Nunca hacía las cosas precipitadamente. Entonces, cuando quedó satisfecho, la nombró su secretaria particular. Éste fue el verdadero comienzo. Desde el momento en que se dio cuenta de la situación, ya nada pudo detenerla. Me dijo que, cuando descubrió la verdadera naturaleza de su trabajo, sintió que estaba finalmente en su casa. Ésas fueron las palabras exactas que empleó. Animada por Gunga, aprendió el ruso. Siempre había tenido facilidad para los idiomas y, desde luego, él era el hombre que le convenía. El viejo Gunga hablaba sabe Dios cuántos idiomas: era una especie de linguáfono humano. Conocía una docena de dialectos indios, aparte de todo lo demás.

—Fue útil en la India, ¿no? Supongo que de esto le vino el apodo.

—Servía un curry fantástico, eso es seguro. Caroline decía que daba más calor que un volcán.

—Entonces, ¿fue todo cosa de él? ¿La animó él a ir por las suyas?

—Aprobó que lo hiciese y se convirtió en miembro correo de CPGB. Una infiltración normal. Ella les daba mucho humo y poco fuego, todo bajo la dirección de Gunga. Pero en realidad no era su objetivo, sino solamente un trampolín. No la llenaba, decía ella. Supongo que su odio se desarrolló lentamente. Había escuchado todos los relatos de horror en la falda de su niñera, pero fue Gunga quien le mostró la manera de emplearlos, la manera de desquitarse. ¿Me sigues?

—Sí, pero no me vendría mal otra taza de café —dijo Waddington—. Aunque sólo sea para quitarme el regusto de la comida.

Hillsden fue al mostrador y tomó otras dos tazas de plástico de aquel líquido que vendían como café.

—Mira —dijo al volver—, la gente que conoció a Caroline aquellos días decía que estaba impaciente por encontrarse con el verdadero enemigo en el campo. Intercambiar odios de clase con los Hermanos no era su idea de dar un golpe en pro de la democracia. Tú y yo sabemos que cualquier trabajo prolongado en este terreno es muy desmoralizador. Estar siempre alerta, cambiar de nombre y de estilo de vida, evitar los viejos amigos, cultivar nuevos hábitos, como beber cerveza en vez de ginebra, fumar cigarrillos más baratos, leer un periódico distinto, estudiar la jerga aceptada y acordarse de emplearla en el momento adecuado, cuando interiormente está uno ansioso de rechazarla. Éstas son las presiones que hay que soportar durante las veinticuatro horas del día. No es la espléndida existencia romántica que gustan de pintar los novelistas. Y a mi modo de ver, es especialmente difícil para las muchachas.

—¿Por qué especialmente?

—¿No crees que la vida en general es más difícil para ellas?

—No lo sé.

—Eso es elemental, Wadders. Aparte de otras cosas, tienen que llevar la carga mensual de siempre. Nosotros podemos disfrutar de un placer que es momentáneo en una posición ridícula, pero ellas son las que pagan las consecuencias. ¿O voy demasiado aprisa para ti?

—No; estoy ganando en perspicacia.

—En todo caso, lo que quería decir era que ella había puesto su ilusión en un trabajo en el campo. Jock fue quien por fin hizo el milagro. Era uno de los primeros muchachos de ojos azules de Gunga, y había estado buscando nueva sangre para reforzar su operación en Viena. Esto fue lo que dijo él, aunque, conociéndole como yo le conocía, estoy absolutamente seguro de que tenía otro motivo más personal. Y me atrevería a decir que Caroline no dejó de darse cuenta de que la manera más rápida de llegar al corazón de Jock era a través de los botones de su bragueta, por decirlo crudamente. Y no es que ella sucumbiese nunca a sus múltiples encantos, porque los dos estaban a la misma altura cuando se trataba de hacer su voluntad.

—¿Estás seguro de eso?

—¿De qué?

—De que no lo hiciera.

—Estoy seguro, palabra.

—Si estamos tratando seriamente esto, el objeto del ejercicio es no aceptar la palabra de nadie, sino obtener pruebas sólidas.

—Ella no durmió con él. Si lo hubiese hecho, habrían enviado a Jock a casa en vez de enviarme a mí.

Waddington asintió con la cabeza, pero a Hillsden le quedó la duda de si le había convencido.

—Jock convenció a Gunga de que ella tendría para él un valor inestimable, empleando para ello argumentos sólidos. Naturalmente, en cuanto se olió la idea, Caroline echó su cuarto a espadas y entre los dos consiguieron que Gunga aceptase. No creo que a éste le gustase mucho, porque era anticuado en muchos aspectos, pero ella era su mejor discípula y no podía ponerle obstáculos si quería volar del nido. Según rumores, Jock remachó el clavo diciendo que, si no le daban a Caroline, presentaría la dimisión. Probablemente fue una amenaza vana, pero Gunga no podía arriesgarse. El viejo Jock era un tipo duro.

—Yo sólo lo conocí por su reputación.

—Oh, Jock era muy bueno. Dirigió el puesto de Austria con resultados espectaculares durante los días más críticos de la guerra fría. Cuando consiguió la colaboración de Caroline, la CIA nos había pedido ayuda para descubrir una operación que se fraguaba en Munich. Los yanquis se estaban poniendo cada vez más nerviosos por la cantidad de alta tecnología que iba a parar a Moscú, maquinaria comercial que podía adaptarse fácilmente para usos militares, además de armas propiamente dichas. Sabían quién lo dirigía en Munich, pero ignoraban cómo se las arreglaba para llevar los artículos a Moscú. Era muy complicado. Cuando al fin se descubrió, vimos que los materiales salían de Los Ángeles bajo facturas falsas en las que se consignaban como «frigoríficos» o «máquinas lavadoras», y eran enviados por aire a Alemania Occidental. Desde allí eran transportados por tierra a algún país neutral, a veces Suiza y a veces Austria. Después de esto, los enviaban desde Zurich o Salzburgo a Amsterdam, y desde allí a Rusia, con amor y buenos beneficios. Para ello se valían de múltiples transacciones y de resmas de falsas licencias de importación, lo suficiente para desconcertar al aduanero corriente. Los rusos pagaban el triple del precio al detalle en moneda fuerte, al precio máximo del dólar.

»Estaba todo muy bien pensado. En aquella época, los rusos llevaban un retraso de años luz. Lo único que tenían eran dinosaurios, trituradoras de números, solían llamarlos. No olvides que estamos hablando de la génesis de la revolución del microchip, cuando Silicon Valley estaba en su infancia. Pero no era simplemente un latrocinio industrial. Ansiaban desesperadamente mejorar sus reservas nucleares y empezaron a hacerlo a su minuciosa manera acostumbrada, empleando el arma más antigua del arsenal humano: el dinero. Montañas de él, que gastaban pródigamente. Lo único que tenían que encontrar era unos pocos capitalistas codiciosos, y así eligieron a un buen demócrata alemán, un Harry Lime número dos, e hicieron que montase toda la operación para ellos. Ellos suministraban los recursos y él cursaba los pedidos a través de compañías encubridoras, de las que tenía docenas, todas ellas con nombres que sonaban a legítimos. Al otro lado de la charca, los proveedores estaban igualmente ansiosos por hacer negocio con quien fuese, sin preguntar mucho acerca del destino definitivo de la mercancía. Y nadie sospechó nada hasta que los rusos empezaron a mercantilizar sus propias versiones en ferias internacionales. Los yanquis se dieron cuenta de pronto de que estaban en competencia con ellos mismos.

—¿Y dices que fue Jock quien lo descubrió?

—Principalmente Jock, con alguna ayuda de sus amigos.

—¿Incluida Caroline?

—Sí. Jock la empleó para acercarse al tipo Harry Lime. Cosa que ella hizo con fortuna.

—Y a ti no te gusta confesarlo, ¿verdad? —le zahirió inmediatamente Waddington.

Hillsden revolvió su café con una cucharilla de plástico y partió ésta por la mitad.

—¿No me gusta?

—No. He estado observando tu cara.

—Eres muy astuto, Wadders. Es consolador saber que no has perdido tu olfato.

—¿Preferirías que lo dijese de otra manera? ¿Qué te parecería si dijese que ella sólo hacía su trabajo? ¿Te trastornaría eso tanto?

—¡Oh, vamos, puedes hacerlo mucho mejor! ¿Acaso no eres los ojos y los oídos del mundo, el reportero de chismes de la empresa? Lo has oído todo acerca de Caroline y de mí. Alec apartado a un lado. El pobre viejo Alec echó un borrón en su cuaderno de caligrafía, estropeó una carrera prometedora, fue enviado a casa por comportamiento impropio de un oficial y un caballero, por no hablar de un espía.

—Tranquilízate.

—Al diablo con lo de tranquilizarme. Ella está muerta, Wadders. Hogg la abrió y después volvió a coserla. Ella está en la nevera, como un filete de pescado más, como otro dato estadístico, como otra baja en tiempo de paz.

—¿No lo somos todos en definitiva? Pero mientras tanto tratemos de descubrir por qué terminó ella en el plato de Hogg.

—¿He de suponer que tú no cometiste nunca adulterio, Wadders? ¿Que has sido el maridito perfecto, reacio a ponerles los puntos a las mecanógrafas?

—Hay una cosa que se llama discreción.

—Y apuesto a que tú la dominas. ¡Dios mío! A veces eres demasiado presumido.

—Probablemente. Te he irritado, ¿verdad?, te he herido en lo vivo. Pero te diré una cosa. ¿Verdad que no te gustaba compartirla, aunque fuese en cumplimiento del deber?

—¿De dónde sacas esas expresiones? ¿De True Romances? ¡Yo estaba enamorado de ella! ¿Te satisface esta respuesta, o es demasiado sencilla?

Su voz se había hecho más fuerte durante esta conversación, y ahora se dio cuenta de que los punks lo estaban escuchando todo. Uno de ellos hizo una observación y sus compañeros celebraron su ingenio. Hillsden empujó el vaso de plástico sobre la mesa, volcó el grotesco frasco de salsa de tomate y se levantó. Waddington se puso tenso, temiendo una explosión, pero Hillsden pasó por el lado del grupo y había recorrido ya cien yardas en la calle cuando Waddington le alcanzó.

—Fue una estupidez por mi parte —dijo rotundamente Hillsden.

—Yo te pinché.

—Fui terriblemente estúpido. Tienes razón, me pinchaste en un nervio. Yo creía que era un nervio muerto, que Caroline había dejado de importarme, pero estaba equivocado.

—¿Quieres que lo dejemos?

—No, sigamos andando. ¿Sabes cuál es mi problema? Aunque ella está muerta, sigo estando celoso. Celoso del tiempo malgastado, del tiempo perdido.

—Eso es bueno. Te da ventaja.

—¿De veras? También hace que sea más descuidado.

Caminaron en silencio, hasta que Waddington creyó que era el momento adecuado para volver al tema.

—¿Dónde la viste por última vez?

—En Austria. Entonces estábamos allí los tres. Jock, Caroline y yo.

—Entonces ella volvió a Berlín, ¿no?

—Sí.

—¿Por qué? Creí que decías que la red de Berlín había sido destruida entonces.

—Ella perseguía algo más, algo con lo que ella y Jock habían tropezado.

—Y ella no te dijo lo que era, ¿eh?

—No.

—¿No fue extraño, considerando vuestra relación?

—En realidad, no. A veces es más prudente no saber demasiado. Ella no dependía de mí, sino de Jock, y éste había dictado la norma de que no debíamos compartir más que lo absolutamente necesario.

—¿Cuál era su relación?

—Buena.

—Escucha, no quisiera hacerme pesado, pero cuando dices «buena», ¿quieres decir íntima?

—Ella no dormía con ninguno de los dos, si es esto lo que quieres decir. Lo que debes comprender, acerca de Caroline, es que trabajaba siguiendo las reglas. Yo sólo tenía su cuerpo de vez en cuando, pero nunca su mente.

—Después de que la pillasen, ¿por qué no siguió él?

—Es una buena pregunta. Tal vez lo hizo, o tal vez lo intentó; nunca lo sabremos. Yo había vuelto aquí cuando desapareció Caroline, y nunca volví a ver a Jock. Un mes después de que tuviésemos confirmación de que Caroline estaba en Moscú, Jock había muerto. Toda la red austríaca estaba destrozada.

—¿Se te ocurrió pensar alguna vez que Caroline podía haber traicionado a Jock y a los demás?

—Sí, se me ocurrió.

—¿Y?

—Todo el mundo es susceptible de pasarse al otro bando. Nuestra ciencia no es exacta, Wadders. Deberías saberlo.

Estaban paseando bajo la columnata de la entrada de Saint Paul’s Covent Garden, tradicionalmente conocida como la iglesia de los actores. Hillsden se detuvo.

—Pigmalión —murmuró.

—¿Qué?

—Es lo que le hicimos a Caroline. La empresa transforma, cambia a todos los que caen dentro de su órbita. —Miró hacia arriba, contemplando el ejército de palomas que se posaban para pasar la noche—. Siempre me ha gustado esta parte de Londres, esta plaza en particular, aunque ha sido estropeada como todo lo demás. ¿Tienes sentido de la historia, Wadders? ¿Forma esto parte de tu vida secreta? ¿Te complacen las ruinas…, exceptuándome a mí?

—Particularmente no.

—No sabes lo que te pierdes. La historia es lo único a lo que tengo apego. Saber que todo ha ocurrido antes hace que conserve la cordura.

Al acercarse a uno de los pequeños restaurantes del barrio, un grupo de personas que parecían salidas de las páginas de sociedad de Vogue invadieron súbitamente la acera hablando todos en tonos estridentes. Bloquearon el camino, discutiendo sobre qué disco recomendarían próximamente a su clientela, y Hillsden y Waddington se vieron obligados a pasar a la cuneta.

—Piensa una cosa: nuestros esfuerzos no son enteramente inútiles; estamos contribuyendo a hacer una democracia segura para esa pandilla.

—El alcoholismo es también un problema grave en Rusia —respondió Waddington—. No tenemos el monopolio de los parásitos.

—Creer en algo lo simplifica todo, ¿verdad? Como la manía religiosa o la fe política. Fíjate en los que cuecen los editoriales de Pravda. ¿No crees que hay que tener una creencia absoluta para escribir tonterías como ésas a días alternos?

—No necesariamente. Un amigo mío solía escribir artículos para el Times. Decía que se convertía en un truco al cabo de un tiempo. El truco consistía en plantearse una serie interminable de preguntas. Me dijo que, después de hacer esto durante un año, podía escribir en media hora mil palabras sobre cualquier tema que le indicasen.

—Con eso me das la razón. Él no creía.

—¿Cómo puedes estar seguro de que los escritorzuelos de Pravda sólo escriben lo que piensan?

Pero Hillsden había perdido su interés. Sus pensamientos iban de un lado a otro como luciérnagas.

—La única clave que tenemos es, como le dije a Control, la fotografía desaparecida de la joven desconocida. No dejo de preguntarme por qué la tenía Caroline sobre la mesita de noche y por qué desapareció. Y me culpo de no saber la respuesta. Yo la traicioné.

Esta vez, Waddington fue pillado de improviso. No pudo disimular el tono de sorpresa de su voz.

—¿La traicionaste? ¿Cómo?

—Nunca fui a verla a aquel sanatorio. ¿Y sabes por qué? Tenía un miedo atroz. Oh, yo me decía que me portaba noblemente, representando el papel de adúltero reformado, pero la verdad era que no me atrevía a ver lo que le habían hecho. ¿No llamarías tú a esto una traición?

—Pero tú has dicho al principio que te echabas la «culpa». ¿Por qué la «culpa»?

—Habría visto la fotografía.

Se detuvo en la esquina siguiente. Al otro lado de la calle, un viejo vagabundo se disponía a pasar la noche cubriéndose con cartones de cajas que, irónicamente, llevaban marcas de mantas de lana. Sin decir una palabra a Waddington, se acercó al viejo y buscó una moneda en su bolsillo. La tendió y el vagabundo la tomó con una mano sucia que parecía una garra. Llevaba costras de mugre en los pelos de una barba de varios días y parecía que se envolvía al menos en cinco capas de ropa sujetas con un cordel alrededor de la cintura. El resto de sus pertenencias estaba dentro de una bolsa de plástico. Examinó la moneda de una libra, pero no dijo nada.

—Has hecho tu buena obra del día —dijo Waddington, al volver Hillsden junto a él.

—Nada bueno ha habido en ello. Sólo dinero para tranquilizar la conciencia. La verdadera caridad es amar a alguien sin condiciones… Por consiguiente, no has perdido del todo el tiempo, Wadders. Has aprendido que tengo un talón de Aquiles. Vayamos a beber algo. Por una noche, ya he buscado debajo de bastantes piedras.