Juego interminable

Bryan Forbes · Capítulo 3 de 39

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Juego interminable

Capítulo 3

Como resultado de la segunda llamada telefónica de la jefa de enfermeras, se había iniciado una serie de acontecimientos, y apenas cuatro horas más tarde, aproximadamente en el mismo momento en que Calder entraba en el salón de masajes, el cadáver de Caroline Oates, medalla George (nacida Nicolson), después de certificarse la defunción por parte del médico local, fue trasladado desde el sanatorio de Fernwalk a una dirección del norte de Londres. Allí, el doctor Colin Hogg, miembro del Colegio Real de Cirujanos y comendador de la Excelentísima Orden del Imperio Británico (Lista Civil), empezó inmediatamente a practicar la autopsia. Como primer patólogo a disposición de los servicios de seguridad, no desconocía las muchas vicisitudes de que es víctima la carne humana. Caroline Oates, soltera, era su tercer cadáver del día; los otros dos habían sido agentes de la Rama Especial, víctimas de la explosión de una bomba y traídos en sacos de plástico. Estaba agotado y un poco irritable.

Como de costumbre, Hogg dictó rápidamente todo lo que iba descubriendo mientras trabajaba, y su ayudante, nuevo en el oficio y todavía propenso a las náuseas, encontró difícil mantener su ritmo. La atmósfera de la sala de disección se prestaba poco a la charla, y Hogg se enorgullecía de su rapidez con el escalpelo. También exigía precisión en todo.

Cuando terminó su examen principal, extrajo las vísceras y cosió el cadáver con los movimientos ostentosos que le eran característicos y maravillaban a los estudiantes que le visitaban. En su círculo cerrado era sumamente respetado, pero no apreciado, pues tenía poco sentido del humor y se irritaba si un conocido era lo bastante descarado como para aventurarse a hacer la broma más pequeña sobre su vocación. Solterón empedernido (lo cual inducía a muchos a especular, erróneamente, sobre sus tendencias sexuales), su distracción principal era el cultivo de dalias particularmente chillonas, afición de la que sus amigos más esnobs se reían a su espalda; la jardinería, como otras artes, tiene sus pedantes. Él tenía tres libros en la mesita de noche, Quotations de Stevenson, Correct Forms of Address de Debrett y Other Men’s Flowers de lord Wavell, pero pocas veces, si es que lo hacía, leía un periódico. «Todas las noticias que necesito saber me las traen a mi mesa», era otra de las agudezas que solía decir a sus estudiantes.

Hogg dio la última puntada, cortó limpiamente el hilo, se apartó de la mesa y se quitó el delantal manchado de sangre. Prescindiendo del protocolo en sus propios dominios, encendió el sexto cigarrillo del día, excediéndose dos de su cupo habitual. Sus profundos estudios del pulmón humano al descubierto le habían convencido hacía tiempo de que las advertencias oficiales de los servicios de sanidad no carecían de fundamento, pero le era imposible cambiar de conducta. Casi siempre empezaba sus conferencias a los estudiantes con estas palabras: «No es cierto el rumor de que el hombre es inmortal». La verdad es que le gustaba fumar un cigarrillo con sus dos tazas de café de la mañana (café Blue Mountain, recién molido, filtrado y servido sin leche y sin azúcar), tanto como le encantaban su clarete y su oporto. Mantuvo el cigarrillo entre los labios mientras realizaba sus acostumbradas y minuciosas abluciones posoperatorias, tirando el largo cilindro de ceniza a la taza del lavabo antes de ponerse la corbata y la chaqueta. Después salió para reunirse con los dos hombres que habían estado esperando pacientemente el resultado de la autopsia.

Uno de ellos, Alec Hillsden, era un antiguo, aunque superficial conocido. De estatura mediana, llevaba un traje azul de dos piezas que había sido, evidentemente, comprado cuando pesaba unas cuantas libras menos. Hogg calculaba que tendría unos cincuenta y cinco años, aunque sus estudios de toda la vida le habían enseñado que la cara humana no es de fiar como barómetro de los años, siendo el cuerpo desnudo el único indicador verdadero. Aunque Hogg nunca investigaba demasiado a fondo sobre los que no caían bajo su bisturí («Yo me ocupo más de los finales que de los intermedios», era otro de sus dichos más repetidos y memorables), se daba perfecta cuenta de que la descripción que había hecho Hillsden de sí mismo como «un pequeño engranaje de la máquina del Ministerio de Guerra» no era en modo alguno exacta. Hogg dedujo que Hillsden trabajaba para la División B del MI-6 y que su presencia aquella noche, junto con su compañero (presentado ahora como sir Charles Belfrage), indicaba que la difunta miss Oates no era un cadáver corriente. Hillsden tenía el aspecto del hombre que no se fía de las apariencias, cualidad que Hogg admiraba. Sir Charles, por su parte, tenía el Foreign Office impreso en toda su persona: la arrogancia adquirida de quien todavía creía que su clase administraba el mundo.

Hogg extendió una mano aún caliente después del lavado ritual. Una de sus diversiones privadas era observar cómo reaccionaban los desconocidos al apretón de unas manos recién salidas de la sala de disección. «Puedo decir el carácter de un hombre fundándome en este sencillo acto social», solía jactarse. Sir Charles, que había participado de dos ceremonias de independencia de la Commonwealth y había estrechado innumerables y, a menudo, sospechosas manos durante toda una vida de servicio a la Corona, pasó la prueba con éxito total.

—Ha sido usted muy amable al atendernos después de avisarle con tan poco tiempo —dijo sir Charles—. Sé que mi ministro se lo agradecerá muchísimo.

Hogg no dejó de advertir aquel juego propio de Whitehall, pero profesaba un desdén casi ilimitado a los políticos de cualquier matiz y no había votado en veinte años.

—¿Tiene algo vital que decirme?

—¿Qué clase de pregunta es ésa? —replicó Hogg.

Sir Charles sonrió delicadamente.

—Lamento haberme expresado con tanta crudeza. Quería decir si se había formado usted una opinión decisiva sobre la causa de la muerte de esa dama.

—No acostumbro a formarme opiniones que no lo sean. Practico una ciencia exacta, sir Charles, una ciencia que pocas veces es diplomática y que con frecuencia alarma a los legos. Tendrá usted el dictamen completo cuando mi ayudante haya pasado a máquina mis notas. Se da el caso de que no hemos parado en todo el día. Éste ha sido nuestro tercer caso seguido.

—Lo comprendo —respondió sir Charles, evadiendo la indirecta y empleando un tono que había apaciguado desde los miembros más rabiosos de la Primrose League hasta dictadores del Tercer Mundo—. Pero ocurre que este caso es particularmente urgente y que nos ayudaría mucho si pudiese usted saltarse las reglas.

—¿Qué reglas?

—¿Hubiese debido decir las «costumbres»?

—No tengo idea de lo que hubiese debido decir.

Sir Charles hizo otro intento, ahora con la sonrisa permanente en su semblante.

—Bueno, me pregunto si podría darnos un resumen verbal de sus conclusiones. Siempre suponiendo que esta petición no vaya en contra de sus pautas normales y profesionales, naturalmente.

Sacó una pequeña cajita de rapé georgiana, aspiró una pulgarada y se limpió la nariz con un pañuelo estampado.

«Dios mío —pensó Hogg—, ¿por qué tienen que ser siempre tan especiales?».

—Creo que podría hacerlo —respondió.

—Por ejemplo, ¿ha encontrado algo chocante?

—La mayoría de las muertes son chocantes.

—Sí, desde luego. —Sir Charles se sonó por segunda vez—. No lo estoy haciendo muy bien, ¿verdad? Estoy un poco aturdido. Por favor, discúlpeme.

—Miss Oates era prematuramente senil —dijo Hogg—. ¿Qué edad tenía? Yo diría que entre cuarenta y ocho y cincuenta y dos años.

—En realidad, cuarenta y nueve —murmuró Hillsden.

—Bueno, no estaba equivocado. Pero parecía mucho mayor. Tenía algo endurecidas las arterias. Esto era visible, y en el caso de los riñones, existía un pronunciado deterioro de la víscera. Histerectomía total, practicada hace seis u ocho años. Poca grasa en el cuerpo, alguna calcificación, espondilitis avanzada de la cuarta y quinta vértebras. Señales de antiguas fracturas de la tibia y de cuatro dedos de la mano izquierda. En el índice, faltaba también toda la uña. Pronunciada caries dental en toda la boca. Volumen cerebral más grande de lo corriente. Desde luego, no me atrevería a pronosticar el resultado de los análisis patológicos. No estarán terminados hasta mañana a últimas horas de la tarde.

—¿Encontró alguna señal de una lesión reciente?

—El término «lesión reciente» no me dice gran cosa; lo siento.

—Discúlpeme una vez más. Como usted ha dicho, no hemos parado en todo el día. Lo que trataba de decir era… Bueno, se lo expondré de otra manera: mi ministro quedaría tranquilo si pudiese asegurarle que la muerte fue debida a causas naturales.

—¿Cree usted realmente que se puede tranquilizar a los ministros? —dijo maliciosamente Hogg—. No puedo dejar de pensar que es un gran error. Usted y yo no nos habíamos encontrado antes de ahora, sir Charles; por consiguiente, tal vez no sepa que no paso mis horas de vigilia extirpando verrugas o realizando autopsias a los que tenían uñeros en los pies. Raras veces me piden que investigue «causas naturales», como dijo delicadamente. Pero si es imperativo que su ministro se vaya a la cama con sus Horlicks y la conciencia tranquila, muéstrele el certificado del médico local. Verá que declara que la muerte fue debida a un paro cardíaco, un veredicto rotundo y conciso que acredita los trabajos del Servicio Nacional de la Salud.

—¿Pero…? —Sir Charles dejó que la palabra flotase en el aire—. Puede que sea rotundo y conciso, pero yo diría que tiene usted sus dudas, y por eso estamos aquí, para pedirle su mucho más valiosa opinión.

—Lo que me está usted realmente preguntando es si se trata de un asesinato.

—Sería sumamente útil que pudiésemos eliminar positivamente esta posibilidad. Dicho en otras palabras, la verdad tal como usted la ve.

—Hay mucho de verdad en un cadáver —replicó Hogg, disfrutando con el debate —. Sin embargo, le diré categóricamente que la dama no fue muerta a tiros, ni a puñaladas, estrangulada o asfixiada. Por otra parte, encontré huellas de inyecciones recientes.

—¿Inyecciones?

—Sí, aunque no deberíamos sacar de ello conclusiones prematuras o siniestras. Estaba en un sanatorio particular, ¿no es cierto? Me han dicho que en muchos de estos lugares inyectan cualquier cosa a todo el mundo en un abrir y cerrar de ojos, simplemente para que la vida del personal sea más descansada. No es que tenga nada contra esto; espero que me hagan lo mismo cuando llegue mi hora.

—Doctor Hogg —interrumpió Alec, temiendo que, en el momento menos pensado, sir Charles podía perder los estribos y destruir toda posibilidad de alcanzar una respuesta definitiva—. Ha quedado ya establecido, gracias al testimonio de la jefa de enfermeras del sanatorio, que a miss Oates le fue administrada una inyección no autorizada y de alguna sustancia desconocida al día de hoy. Esto es lo que nos gustaría saber concretamente.

—Mi querido señor, yo no soy profeta ni aficionado a las adivinaciones. Si lo que dijo la jefa de enfermeras es correcto y si la reciente inyección no fue administrada por un miembro de su personal, entonces cabe la posibilidad de que los técnicos de mi laboratorio aíslen una sustancia tóxica que apresuró la salida de la buena señora de este planeta. No tenía lesiones importantes en el corazón; en realidad, parecía notablemente normal, considerando su estado general. Pero repito: no tengo dotes de infalibilidad ministerial.

—Gracias —dijo sir Charles, con acritud—. Entonces tendré que decir a mi ministro que espere su dictamen completo con toda la paciencia de que pueda hacer acopio. Me disculpo por apremiarle tanto después de un día agotador.

Miró a Hillsden y tomó su sombrero hongo y su abrigo.

—Un pelo engreído —observó sir Charles al subir en el BMW de Hillsden—. ¿Es siempre tan terriblemente pedante?

—Ladra pero no muerde; un cabrón irritante cuando se da importancia, pero es el mejor que tenemos.

—¿Ha sido investigado positivamente hace poco?

—No tengo la menor idea.

—Pues hágalo. No me habían tratado con tanta impertinencia desde que Idi Amin quiso saber por qué no le habían concedido el título de sir. Y hablando de honores, será mejor que guarde esto en lugar seguro —añadió, entregándole la medalla George de Caroline.

Antes de poner en marcha el BMW, Hillsden miró el interior del estuche. Una polilla muerta estaba convertida medio en polvo sobre la cinta de la medalla. «Esto es cuanto queda de lo que ella fue —pensó—: esto y un cadáver mutilado en la cámara frigorífica de Hogg».

—¿Se imagina que pueda comer una cena de tres platos después de un día como éste? —observó sir Charles, tratando de sujetarse el cinturón de seguridad.

—Probablemente es vegetariano. Yo lo sería si estuviese en su lugar. —Hillsden metió la primera y dirigió el coche hacia la North Circular Road—. La mayoría de ellos se vuelven locos en definitiva, ¿sabe? Su predecesor se dio el pasaporte. Y además lo hizo torpemente, cosa que nos sorprendió a todos. Uno diría que los tipos como éstos deberían tener algún método infalible e indoloro. Una triste ironía; parece algo escrito por Evelyn Waugh. ¿Lee usted a Waugh?

—No —dijo sir Charles, luchando todavía con el cinturón de seguridad—. Le vi vomitar una vez en el club. Me asqueó. Por esto y por su aburrido catolicismo. ¿Qué coche es éste?

—Un BMW.

—Una marca alemana, ¿no?

—Sí. Bavaria Motor Works.

—Ustedes dictan su propia ley. Es imposible que cualquiera de nosotros pueda tener un coche extranjero, aunque, pensándolo bien, hoy en día casi todas estas malditas cosas se fabrican en el extranjero.

—A propósito, ¿adónde vamos?

—Oh, ¿no se lo había dicho? A Chalfont St. Giles.

—Si es así, vamos en dirección contraria. Agárrese fuerte y pondré a prueba su teoría. Observe cómo hacemos nuestra propia ley.

Ejecutó un limpio viraje ilegal en U cuando encontró el primer hueco utilizable en la carretera de dos carriles y después aceleró en dirección a Hangar Lane.

Sir Charles sacó su cajita de rapé.

—No le importa, ¿verdad?

—En absoluto.

—Es un hábito muy sucio, pero poco peligroso según las estadísticas. ¿Lo ha probado alguna vez?

Hillsden sacudió la cabeza.

—¿Advirtió como resoplaba el viejo Hogg? Parecía vagamente humano. ¿Usted no fuma nunca?

—Nunca mi propio tabaco. Lo dejé hace tres años. Ahora solamente fumo de gorra y me siento satisfecho. —Cuando Belfrage acabó de sonarse, prosiguió—: ¿Cómo es nuestro nuevo ministro del Interior?

—¿No lo conoce?

—Oh, raras veces penetro en sus excelsos círculos.

Belfrage tardó un poco en responder.

—En realidad, es difícil saberlo. Lleva poco tiempo en el cargo y está tanteando el camino. ¿Qué opina usted de este asunto?

—Yo diría que todo indica un asesinato. Apuesto a que los análisis del laboratorio revelarán uno de los nuevos tóxicos. ¿Recuerda aquel caso delante de Bush House, hace unos pocos años?

—Recuérdemelo.

—Un periodista de la BBC en el Servicio de Ultramar fue herido con un paraguas con la contera envenenada.

—Ah, sí, lo recuerdo. Muy a lo James Bond. Ian no les hizo exactamente un favor a ustedes, ¿verdad? Una imaginación demasiado viva. Redujo todo el asunto a un juego de niños. La imaginación es mala cosa. —Una nueva pulgarada de rapé produjo un sonoro estornudo—. Perdón. Siempre he pensado que los más felices de este mundo son los que nacieron sin imaginación. Dígame, ¿qué testigos hay ahora?

—Testigo, en singular. La joven enfermera que abrió la puerta. Bueno, esto no es exactamente la verdad. También un viejo y noble idiota se interpuso en el camino del primo ficticio y salió malparado, pero por lo visto ya no distingue su culo de su codo.

—¿Quién es?

—Lord Orchover.

—¡Santo Dios! ¿Es allí donde fue a parar el pobre y viejo Archie?

—¿Le conoce?

—Le conocí hace años. Siempre estuvo loco como una cabra, aunque tenía buena mano con las damas en su lejana juventud. Mire, la mayoría de las veces no podía identificarse él mismo, por no hablar de los demás. Estuvimos juntos en los Granaderos, pero se vio metido en un terriblemente sórdido caso de divorcio y tuvo que dimitir. Se tiró a la hermana del jefe en una fiesta al aire libre. Nunca supo elegir bien. ¿Qué me dice de la enfermera y de su jefa? —preguntó Belfrage con desconcertante brusquedad.

—Las estudiamos a las dos por medio del ordenador central. Nada.

—Demasiada tecnología —dijo Belfrage—. Empieza con los cinturones de seguridad y terminará con el Hermano Mayor. No me imagino cómo Orwell pudo ir a Eton. —Miró por la ventanilla—. Pero acertó en algunas cosas. Ella era de los suyos, ¿no?

Las frases se habían confundido deliberadamente; sin duda parte de su técnica usual, pensó Hillsden.

—Sí, lo fue.

—¿Dónde?

—En Berlín al principio y en Berlín al final. Con Austria en medio.

—Una vez tuve que asistir a un festival de cine en Berlín, Dios sabe por qué. Un lugar espantoso, lleno de gente odiosa.

—Solamente alemanes, supongo.

—Alemanes y gente del cine, una combinación repugnante. ¿Qué le ocurrió a ella?

—Fue allí demasiado a menudo. La última vez la estaban esperando. Todavía no sabemos bien cómo la descubrieron.

—Presumo que se refiere al sector Este.

—Sí.

—¿Cuándo fue?

—En 1979. Conseguimos hacer un canje cuatro años más tarde, pero entonces ya se habían ensañado con ella más de lo corriente.

—Esto era parte del resumen médico de Hogg, ¿verdad?

—Sí.

Hillsden no quería tratar mucho de esto, pero Belfrage era implacable.

—¿Cantó? No la censuraría por ello.

—Toda la red de Berlín Este quedó destrozada; por consiguiente, debemos presumir que sí, que cantó.

—Y entonces, ¿qué? Lamento tener que insistir, pero no quiero que el ministro me pille desprevenido.

—Entonces, nada. La trajimos a casa sin publicidad. No tenía parientes próximos que pudiesen hacerse cargo de ella; por consiguiente, decidimos cambiar una cárcel rusa por una clínica británica. Más comodidades, pero las mismas rejas en las ventanas. Y no creo que ella se diese entonces mucha cuenta. Sospecho que todo le parecía igual. Y allí siguió hasta el día de hoy.

—¿Era importante?

—Bueno, desde la guerra no habíamos tenido muchas comadres.

—¿Perdón?

—«Comadres» es el nombre que da la Empresa al bello sexo.

—Se les ocurren unos nombres muy extraños.

—Probablemente porque estamos metidos en un oficio muy extraño.

—Pero toda esa terminología de Wind in the willows, «Topos», por ejemplo; una palabra de periódico infantil. Prefiero la anticuada de «traidor».

—Estoy de acuerdo —dijo Hillsden—. Tal vez se debe a que, superficialmente, todo parece propio del Boys Own Paper. Nos aferramos a nombres en clave infantiles para mantenernos cuerdos.

Belfrage guardó silencio durante un rato; después volvió a insertar la sonda.

—¿Debemos presumir que durante los años que ha estado a nuestro cuidado no ha recibido ninguna nueva información?

—Era como un vegetal —respondió Hillsden, obligándose a emplear aquella palabra y recordando demasiadas cosas.

Pensó en una casa particular segura en Berlín occidental y en un castillo emplazado en medio de un lago próximo a la frontera austro-checa, y en lo diferente que había sido entonces Caroline. Trató de no pensar en el cadáver sobre la mesa de Hogg.

—Entonces, ¿no era ninguna amenaza?

—Difícilmente podía serlo.

—Por consiguiente, si no fue asesinada por razones convencionales, ¿qué nos queda? ¿Una venganza? ¿De qué? Presumiblemente, ellos le sacaron todo lo que querían. ¿Qué más había allí? ¿La carta? Dijo usted que con sello irlandés, ¿no?

—Sí, pero eso es evidentemente una pista falsa. En este caso no puedo imaginarme una conexión irlandesa.

—Entonces no he conseguido mucho. Esto no le gustará al ministro. Parecía muy irritado por teléfono. Sin duda a causa de que el asunto Glanville estalló el mismo día en que él asumió su cargo. Un caso complicado. ¿Por qué no detuvieron ustedes a Glanville hace años? Tenían que tener marcada su tarjeta.

—No nos culpe a nosotros. Fue su departamento el que insistió en que se le diese inmunidad.

Belfrage miró fijamente al frente.

—¿Conocía usted a Glanville? —Ahora le había llegado el turno a Hillsden de preguntar, y lo hizo en tono casual.

—Le vi un par de veces. Pensé que tenía más miedo que una vieja y que era marica. ¿Por qué cree usted que había tantos de ellos?

—Tal vez tenían miedo de preñar a las chicas.

La pequeña broma no obtuvo respuesta.

Llegaron a la intersección de Uxbridge, y Hillsden siguió su camino entre un laberinto de postes y señales de tráfico.

—¿Continuamos en la buena dirección? —preguntó.

—Sí, tome la carretera de Oxford —Belfrage tarareó unas notas de una canción vagamente familiar antes de volver al tema de la personalidad del ministro del Interior, como si esto, y no el misterio de la muerte de Caroline, fuese el único problema vital—. ¿Me pregunto cómo es nuestro amigo Bayldon? Ambicioso, naturalmente.

—La ambición es lo malo de las clases políticas.

—Ansioso de progresar rápidamente, como lo son todos en nuestros días. Rico, lo cual es muy conveniente, pues de otra manera no podría permitirse formar parte del Partido Laborista. Nunca le fue muy bien mientras Wilson estuvo en el número diez. Tengo entendido que se aborrecían mutuamente. Pero capeó la situación, puso buena cara delante del público, hizo las apariciones de rigor en los piquetes y asistió a todos aquellos espantosos mítines antinucleares.

Belfrage tarareó de nuevo aquella tonada y después dio instrucciones para la última etapa del viaje.

Cuando llegaron a la casa del ministro, dos policías uniformados salieron de las sombras para comprobar su identidad antes de franquearles la entrada.

—Gracias, señor —dijo saludando el policía de grado superior—. No sé si está usted enterado, pero esta noche hay una alarma roja, señor.

—¿A qué se debe? —pregunto Belfrage.

—Una bomba en la estación de Paddington, señor. Unos diez muertos y veinte heridos. Parecen pocas bajas, dadas las circunstancias.

—¿Lo ha reivindicado alguien?

—Hasta ahora no, señor.

La puerta de doble hoja se cerró detrás de ellos y notificaron su llegada a la casa.

—¡Bien por la alerta roja! —observó Hillsden— ¿Se ha fijado en cómo nos han cacheado? ¡Jesús! Por ellos, habríamos podido pasar llevando un misil Nike a bordo.

Se cruzaron con un adiestrador de perros de la policía en la mitad del paseo. El parque tenía unas cuatrocientas yardas de longitud, estaba flanqueado de tilos desmochados y se ensanchaba formando un círculo delante de la elegante casa estilo Reina Ana. En el instante en que se detuvo el coche, un mayordomo abrió la puerta principal y les condujo a un despacho de paredes revestidas con paneles. Pocos momentos después, el dueño de la casa se reunió con ellos.

Se decía maliciosamente que el honorable Toby Bayldon, consejero privado y miembro del Parlamento, ministro del Interior de su majestad, lo había entregado todo al Partido Laborista, salvo la fortuna heredada de su esposa, sin haber sentido nunca la necesidad de seguir una carrera política con actitud sincera. Por lo que había podido observar de cerca, la única recompensa de la sinceridad era treinta años en segundo término y un título de sir, si no se desbandaba, o un título de nobleza vitalicio cuando el líder creyese que había llegado la hora de relegarle a un último cul-de-sac. El nombramiento de Bayldon como ministro después de las últimas elecciones generales había sido la comidilla del nuevo gobierno, pero solamente los que estaban más en el asunto se dieron cuenta de que tal designación había sido el más elocuente ejemplo de la capacidad del primer ministro para moverse horizontal y verticalmente al mismo tiempo. El laborismo volvía a gobernar después de nueve años en el ostracismo, con una ligera mayoría y con el país más o menos en estado de asedio. Aunque Bayldon estaba seguro de que su posición de arraigo en el partido significaba que sería menos amenazador dentro del gabinete que fuera de él, había menospreciado la astucia del primer ministro. Había esperado que lo nombrasen canciller, pero el primer ministro era demasiado zorro viejo para dar a su más obvio sucesor al trono exactamente lo que quería. En vez de esto, siguiendo la primera regla de oro de la política, a saber: «Convence siempre a aquellos a los que vas a engañar de que estás actuando en su mayor interés», le había ofrecido el cálido sillón del Ministerio del Interior. Era una magnífica lección de estrategia: en aquella coyuntura particular de las andanzas del país el Ministerio del Interior sería el último lugar donde Bayldon tendría tiempo para urdir una revolución palaciega.

—Les esperaba a los dos temprano, sir Charles. Ahora tengo que atender todos mis asuntos, por lo que no dispongo de mucho tiempo.

Bayldon se dirigió a su mesa Carlton House y se sentó, delimitando su territorio como un gato macho, pensó Hillsden; los recién ascendidos al poder nunca podían resistir la tentación de exhibirlo.

—Ministro del Interior, creo que no conoce usted a Alec Hillsden.

—No, creo que no. Aunque tengo que decir que, en el poco tiempo que llevo en mi cargo, he advertido ya los defectos de su equipo, Hillsden. Se está estudiando una reorganización.

No miró a ninguno de los dos, sino que empezó a hojear un montón de documentos oficiales.

—¿Les ha ofrecido mi criado algo de beber?

—Pues, no.

—No habla inglés, eso es lo malo. Hoy en día es imposible tener un buen personal.

—Pero es bueno para la seguridad —observó tranquilamente Hillsden.

Bayldon levantó la mirada por primera vez y, después, se dirigió a Belfrage.

—¿Qué quiere tomar?

—Ginebra, por favor.

—¿Y usted, Hillsden?

—Nada, señor. Tengo que conducir.

Bayldon abrió la puerta de un armario empotrado en la pared, descubriendo un bar bien abastecido. Sirvió a Belfrage una copa generosa de ginebra y él se sirvió oporto. Cuando estaba a la vista del público y las Nikon apuntaban en su dirección, siempre tomaba cerveza.

—Bueno, ¿qué tienen que decirme sobre este asunto?

—De momento, no gran cosa —dijo Belfrage—. En realidad, el motivo de que hayamos llegado tarde es que la autopsia requirió mucho tiempo y, en definitiva, nos dijo muy poco. Esperamos que los análisis de laboratorio, que recibiremos mañana por la tarde, puedan decirnos algo más.

—¡Dios mío! ¿Por qué necesitan tanto tiempo para todo? Si yo trabajase a su velocidad, el país se detendría chirriando. —Saboreó su oporto y paseó de un lado a otro—. Bueno, supongo que tenemos que aguantar la ineficacia. Ahora bien, dando por sabido que siempre es un error adelantarse a los acontecimientos, parece, por lo que he oído, que la muerte de una vieja decrépita no significa ninguna amenaza importante para la seguridad de la nación, aunque trabajase antaño en su organización, Hillsden. ¿Acierto al decir que estaba quemada? Lo llaman así en su jerga, ¿no?

Hillsden se esforzó en que su voz no revelase irritación al contestar:

—Cuando los rusos la soltaron, señor ministro, nadie podía sacar provecho de ella.

—¿Por qué dice los rusos? Tenía entendido que estaba prisionera de los alemanes del Este.

—Al principio, sí.

—Bueno, vayamos al grano. ¿Qué era lo que hacía cuando estaba en servicio activo? ¿Cómo lo definiría usted?

—Como secreto —dijo Hillsden—. No era una archivera ni una asistenta; estaba en el campo, corriendo riesgos. Contrariamente a lo que dicen las novelas baratas, señor ministro, nosotros no dirigimos una escuela de Mata Haris. Miss Oates fue una figura clave en la delegación austríaca durante la época, que algunos definen como los buenos tiempos, en que la guerra fría estaba oficialmente por debajo de cero.

—Nosotros ya no empleamos este término —saltó Bayldon—. Permítame que le recuerde que la política declarada de este gobierno es enmendar algunos de los errores, reparar los perjuicios causados por los dos últimos regímenes conservadores. Deje que le pregunte una cosa. ¿Existe alguna relación con la CIA que yo no conozca?

»No queremos heredar más esqueletos en los armarios de su equipo. El primer ministro y yo no estamos dispuestos a tolerar que se repita el fiasco Glanville, y el público en general está cansado y harto de estos frecuentes escándalos en el servicio de seguridad. He resuelto superar la situación que les ha traído aquí esta noche.

Hillsden había cortado en parte la comunicación durante esta perorata. «Es sorprendente —pensó—, con qué rapidez caen en los viejos tópicos…, “he resuelto superar” y otras lindezas, cubriendo su desnudez con tan manidas hojas de parra».

—Puedo asegurarle, señor ministro, que mi departamento no tiene conocimiento de interés alguno de la CIA en miss Oates, desde su regreso a este país. Naturalmente, mientras estuvo en el campo pudo estar en contacto con nuestros colegas americanos en el cumplimiento de sus deberes.

—Sí. Siempre he pensado que la palabra «deberes» es incongruente cuando se trata de espionaje.

—¿Cómo lo llamaría usted, señor ministro?

Sir Charles tragó más de la mitad de su ginebra.

—Implica algo que vale la pena —replicó Bayldon—. Yo he creído siempre que la industria del espionaje es un lamentable derroche del dinero público. —Miró a Hillsden a la cara, como si éste fuese una pantalla en la que estuviese leyendo una alocución política—. Desde el primer día que empuñamos las riendas del gobierno, hemos pretendido establecer mejores lazos con los soviets. La relajación de la tensión fue algo más que un cínico truco electoral. Pensábamos de veras lo que dijimos en nuestro manifiesto. La coexistencia pacífica tiene que ser una realidad. Ahora bien, no quiero decir que ustedes no sean útiles en tiempo de guerra, y evidentemente tenemos que permanecer alertas, pero la paranoia tiene que ser eliminada. En el pasado, casi siempre ha sido contraproducente.

—Nadie se sentiría más dichoso, señor ministro, que mi departamento, si el escenario se transformase súbitamente en el Where the Rainbow Ends. La única contra, tal como yo lo veo, es que la KGB no parece estar muy dispuesta a abrazar conceptos tan revolucionarios como el de la coexistencia pacífica. Tengo entendido que el espionaje es la única industria en auge en Rusia.

—Bueno, todo es relativo, ¿no? —terció Belfrage, al advertirle sus antenas que sería mejor desviar el diálogo en otra dirección—. Creo que lo que quiere decir Hillsden, señor ministro, es que la difunta miss Oates demostró en cierto momento (y es alentador oír de sus labios que aquellos tiempos quedaron muy atrás) que era una mujer muy valerosa que pagó al fin el precio de su patriotismo. Cuando la enviaron desde Lubianka…

—¿Dónde está Lubianka?

—En Moscú. Es una cárcel.

Bayldon recobró rápidamente su aplomo.

—Sí, claro. Nunca lo había oído pronunciar de esta manera. Prosiga.

—Se las habían hecho pasar moradas. Lo menos que le hicieron fue romperle cuatro dedos.

—¿Habló?

—La tecnología de la persuasión es muy refinada en nuestros días. El valor no es infinito, si es que alguna vez lo fue. Sí, tenemos que presumir que se fue de la lengua.

—¿Por qué dice presumir?

—Toda nuestra red en Berlín fue descubierta —dijo Hillsden, entrando de nuevo en la conversación—. Aunque nunca se demostró que Caroline… que miss Oates… fuese la fuente primordial.

—Todo esto es muy lamentable, desde luego. Pero lo que no acabo de entender es que, presumiblemente, debieron de interrogarla en esa cárcel que ha dicho usted hasta que no pudo decirles más nada. En otro caso, no la habrían canjeado, como dicen ustedes. Y si es así, ¿por qué este pánico? Desde luego, será horrible si se demuestra que ha sido asesinada, pero el asunto tendrá que resolverlo la policía civil…, a menos —y recalcó el término «a menos»— que se me oculten algunos hechos. —Miró sucesivamente a los dos—. No me gustaría descubrir más tarde que este «incidente» es la punta de otro iceberg que podría hacernos naufragar a todos.

Hillsden cedió la palabra a sir Charles. «Tú eres el maldito diplomático —pensó —: ocúpate de esto».

—No se le oculta nada, señor ministro. Tengo que confesar que las circunstancias, por lo que sabemos hasta ahora, son preocupantes y, por ser tales, faltaríamos a nuestra responsabilidad si no prosiguiésemos la investigación hasta el fin. Aunque, como ha dicho usted acertadamente, no parece haber explicación posible; quizá resultará ser un incidente aislado, y tal vez nunca explicado del todo, que se perderá en el olvido.

Bayldon reflexionó un momento sobre esto y, después, se levantó de la mesa como impulsado por un resorte imaginario.

—Me gustaría hablarles en confianza a los dos —empezó a decir pomposamente, pero se contuvo y prosiguió en un tono más llano—: Estoy seguro de que se dan cuenta de que todo nuevo gobierno necesita que le den tiempo para respirar. Sin querer hacer política de partido, confieso que, cuando al fin pudimos examinar el panorama, nos horrorizamos ante la magnitud de los problemas que habíamos heredado. Por eso, y volviendo a mi propia posición, la función que desempeño es en este momento sumamente delicada. Casi antes de haber cruzado la puerta, me echaron encima ese maldito asunto Glanville. En mi opinión, el país necesita un período de estabilidad. Estamos hartos de escándalos de espías. Estas revelaciones regulares se han convertido en una industria casera. También he tenido que bregar con la falta de seguridad en Windsor y con la corrupción general en el Met, de nada de lo cual se me puede acusar, pero a lo que tengo que hacer frente. Bien, sería absolutamente indecoroso, repito, absolutamente indecoroso, ocultar cínicamente la verdad. Pero al mismo tiempo, todos tenemos el deber, en este crítico momento de la situación de la nación, de proceder con circunspección. Sería mala cosa que la infortunada muerte de miss Oates fuese aireada en primera página por la prensa sensacionalista conservadora. Por consiguiente, si hay una manera digna y honorable de enterrar a la pobre mujer sin más ruido, tanto mejor será. A fin de cuentas, tenemos una plena justificación en las palabras del certificado médico de defunción. Si nos preguntan algo, podemos decir, sin que nos remuerda la conciencia, que murió de un ataque al corazón.

Mientras hablaba, hizo breves y enérgicos ademanes. «Como si fuésemos dos guardias de tráfico —pensó Hillsden—, y estuviese tratando de librarse de una multa por aparcamiento indebido».

En ese momento Bayldon les despidió, aunque fue lo bastante cortés para acompañarles hasta la puerta.

—¿Tienen medios de transporte? —preguntó, estrechándoles la mano.

—Sí, hemos venido en el coche de Hillsden. Aunque, pensándolo bien, tal vez sería más conveniente que yo fuese directamente a Whitehall por mis propios medios.

—Bien, puede llevarle mi chófer —dijo Bayldon—. Yo no lo necesitaré esta noche.

—Es usted demasiado amable, señor ministro. Se lo agradezco mucho. Y gracias por habernos recibido. Ha sido una reunión muy útil.

Mientras se dirigían al sitio donde estaban aparcados los vehículos, Hillsden dijo:

—Si no le importa, ¿podría venir conmigo hasta que lleguemos a la autopista? Hay todavía un par de cosas que me gustaría discutir. El coche de él puede seguirnos.

—Muy bien. Buscaré al chófer y se lo diré.

Arrancaron después de explicar al chófer lo que tenía que hacer y, en cuanto cruzaron el puesto de la policía, Hillsden dijo:

—Esa mujer fue asesinada. Siempre puedo oler un asesinato. Sólo escuché a medias todas aquellas malditas vulgaridades, porque trataba de recordar algo que me había dicho Caroline la última vez que la vi.

—¿Le «apretó las clavijas»? Es así como lo llaman, ¿no?

—No. Pero estuvimos los dos en el puesto austríaco. Ella creía haber dado con algo gordo; por eso volvió a meterse. Creo que sabía que su suerte se estaba agotando, pero se metió de todos modos. La decisión no fue mía. Si yo hubiera estado allí, habría podido detenerla; pero entonces ya me habían trasladado.

—¿Lo ha recordado?

—¿Qué?

—Lo que le dijo ella.

—No; parecía que iba a recordarlo y se me escapó de nuevo. Pero ya lo recordaré en el momento menos pensado. Bayldon no es santo de mi devoción. ¿Y de usted?

Sir Charles se encogió de hombros y sacó su cajita de rapé.

—Vienen y se van. Yo he servido a bastantes en mi tiempo. Y nosotros nos mantenemos neutrales, ¿sabe? No conviene formarse opiniones.

—Oh, ustedes, los del Servicio Civil, son muy precavidos.

—Cuestión de supervivencia.

—Lo que él quiso decir fue: «No zarandeen mi barca».

—No hay nada de extraño en eso. Es una forma de diálogo corriente. ¿De qué más quería que hablásemos?

Hillsden accionó el limpiaparabrisas antes de responder.

—Yo no tengo su amplia visión de los sucesos, y tampoco tanta paciencia como usted. Lo único que nosotros conseguimos son piezas del rompecabezas. A veces se adaptan y a veces no, y otras nos son deliberadamente cedidas para confundirnos.

—¿Qué quiere decir?

—Bueno, él aludió a una cosa. ¿Qué pieza del rompecabezas echaron en falta en la Lubianka? ¿Por qué tenían que arriesgarse ahora? ¿Por qué tenían que tomarse el trabajo de matarla, después de tanto tiempo?

—Una buena pregunta…, suponiendo que lo hiciesen.

—La mataron, eso es seguro.

Sir Charles se sonó con el pañuelo estampado.

—Corríjame si me equivoco, pero tengo la impresión de que su interés no es enteramente profesional. Yo diría que hay un elemento de índole más personal.

Cerró la cajita de rapé y tamborileó sobre la tapa.

—¿Cómo podría no estar personalmente interesado? Compartimos los mismos riesgos. Y a diferencia de algunos, a mí no me importa zarandear la barca del Bayldon o de cualquier otro. A mi modo de ver, los políticos son como los borrachos. Nosotros somos los que hemos de limpiar sus vómitos. —Miró por el espejo retrovisor—. Parece que hemos perdido a su chófer.

Retiró el pie del acelerador. Belfrage se volvió para mirar atrás, moviéndose con dificultad por el cinturón. En ese instante los dos advirtieron un fuerte resplandor rojo en el cielo. No dijeron nada, pero Hillsden ejecutó una vuelta perfecta, metió la tercera y el BMW salió zumbando. A menos de una milla, en la serpenteante carretera, encontraron lo que quedaba del Jaguar oficial de Bayldon. Estaba de espaldas a ellos, la explosión lo había vuelto panza arriba y la gasolina ardía en veinte yardas a la redonda. Hillsden corrió con el extintor que había sacado de debajo del asiento delantero, pero resultó totalmente ineficaz contra aquella hoguera, y tuvieron que echarse atrás y observar cuando una última y fuerte explosión sacudió el chasis ennegrecido. Siguió un silencio horripilante. Cuando lo permitió el calor, se acercaron de nuevo, pero lo que quedaba del chófer de Bayldon parecía ser un montón de despojos carbonizados.

Belfrage se apartó y se quedó mirando los oscuros campos, mientras Hillsden empleaba la radio de su coche para avisar a la policía local. Todavía estaba hablando cuando vio los faros de un vehículo que se acercaba. Resultó ser un gran camión cargado de hortalizas.

—¡Jesús! —exclamó el conductor— ¿Qué le ha pasado a ese pobre infeliz?

—Ni idea. Acabamos de tropezamos con él. Será mejor que siga adelante. La policía llegará dentro de un momento.

—¡Qué barbaridad! No ha quedado mucho, ¿eh?

Dos coches de la policía llegaron simultáneamente, seguidos de un camión grúa. Hillsden se identificó y dio instrucciones para que retirasen los humeantes restos del automóvil a un lado de la carretera.

—Hagan que ese tipo siga su camino. Por lo que a él concierne, no ha sido más que un accidente. ¿Comprendido?

Uno de los agentes dijo al conductor del camión que siguiese adelante en cuanto despejaran la carretera.

—Ahora quiero que todo este tramo de camino quede cerrado —dijo Hillsden al sargento de policía—. Pongan las señales de desvío en los lugares adecuados. Nadie, absolutamente nadie, debe tocar nada hasta que llegue la Brigada de Artificieros.

—¿La Brigada de Artificieros, señor?

—Eso es lo que he dicho.

—¿Pero no ha sido un accidente, señor?

—No.

El sargento pareció indeciso. Estaba casado, y sólo le faltaban dieciocho meses para el retiro. Los modales y las credenciales de Hillsden le impresionaban, pero también sentía un prudente respeto por su jefe, a quien disgustaba profundamente cualquier injerencia en su campo.

—Tendré que pedir autorización a mi jefe, señor.

—¡No! No pierda tiempo con los dichosos permisos. Haga lo que le digo y no discuta. Y diga a sus hombres que no sigan pisoteando todo el maldito lugar. Coloquen las señales en posición para cerrar la carretera.

—¿Cómo debemos tratar esto, señor?

—¿Tratar esto?

—Sí. Estoy pensando en la prensa. Como sabe, interfieren con frecuencia nuestras llamadas 999. ¿Qué hemos de decir si se huelen algo?

—Procure que no se huelan nada.

—Sin embargo, señor, quisiera que me diese instrucciones para esta eventualidad.

—Sólo ha sido un accidente. El coche resbaló, se salió de la carretera y estalló el depósito de la gasolina.

—No estaba pensando solamente en el conductor, señor. Están usted y el otro caballero.

—En el vehículo siniestrado no iba nadie más. Sir Charles viajaba conmigo. Pasamos por aquí, vimos lo ocurrido y dimos la alarma.

—Ya. Comprendo. Gracias, señor. Fue una casualidad que pasasen por aquí, ¿verdad, señor?

—Sí —dijo Hillsden—. Fue pura casualidad.

—Una última cosa, señor. Cuando redacte el atestado, supongo que no debo emplear la palabra «accidente», ¿verdad?

—Ya le daré instrucciones sobre esto, sargento. Ahora ocupémonos de lo más urgente, ¿eh?

El sargento pareció al fin satisfecho de haber salvado su responsabilidad y fue a cumplir las órdenes.

—Creo que deberíamos largarnos de aquí —dijo Belfrage, reuniéndose con Hillsden.

—Sí, probablemente sería buena idea que se esfumase usted. Yo me quedaré hasta que lleguen los otros, para asegurarme de que estos tipos no lo enredan todo. Tome mi coche; mañana enviaré a buscarlo. ¿Dónde estará usted?

—En mi agujero acostumbrado, probablemente escribiendo una carta a la esposa de ese infeliz. —Miró de nuevo hacia los restos del vehículo cuando llegaba una ambulancia—. Escribí bastantes cartas parecidas durante la guerra.

Se puso al volante del BMW de Hillsden y esta vez se abrochó el cinturón sin dificultad.

—¿En qué cree usted, Hillsden?

—¿Quiere decir en materia religiosa?

—No. Creencia en general. ¿Qué es lo que le guía?

—Oh, eso. Simplemente creo en el mal. En el bueno y anticuado mal. De esta manera, nunca sufro una desilusión. Espero lo peor, y todo lo demás es un regalo.