Juego interminable

Bryan Forbes · Capítulo 6 de 39

Páginas del PDF

Juego interminable

Capítulo 6

Aproximadamente cuando el avión de Calder despegaba rumbo a Zurich, Hillsden recibía dos informaciones. La primera procedía de la Brigada de Artificieros y le notificaba que el artefacto explosivo empleado en el coche de Bayldon era de un tipo desconocido. Se consideraba que era superior a todos los utilizados por el IRA en el pasado. Un examen minucioso de los restos del vehículo demostró que el mecanismo activador estaba conectado a la radio del coche.

—Ésta es, probablemente, la razón de que no se produjese la explosión inmediatamente al arrancar los dos coches —dijeron a Hillsden—. Es una técnica que se ha empleado otras veces. Se dice que ha sido perfeccionada por el PLO, pero ¿quién lo sabe? La presunción más lógica es que el chófer de Bayldon, como viajaba solo, conectó la radio para escuchar el boletín de noticias de última hora de la noche.

—Todas las noticias aptas para ser escuchadas —observó Hillsden, que lamentó en seguida el sarcasmo—. Supongo que han descartado ustedes toda posibilidad de que la bomba fuese instalada mientras el coche estaba en la propiedad de Bayldon.

—Sí, absolutamente. El coche estuvo bajo constante vigilancia desde el momento en que él llegó a la casa hasta que ustedes dos se marcharon.

—¿Y qué me dice de su personal?

—Tienen una cocinera francesa que lleva cinco años en la casa. Estamos esperando noticias sobre ella de París. Además, están el mayordomo, que casi con toda seguridad es homosexual, pero del que por lo demás nada se sabe de malo, y un jardinero que Bayldon jura que es tan inocente como el Papa.

—¿Y qué hay del chófer muerto?

—Ex soldado, de limpio historial; sólo un par de multas por exceso de velocidad. Casado, pero separado de su esposa.

—Entonces, ningún indicio por parte alguna —dijo Hillsden—. ¿Dónde estaba la bomba? ¿Debajo del capó?

—No; introducida en el centro de la rueda de recambio. Lo cual nos da la seguridad de que fue instalada más temprano.

—¿Qué tipo de explosivo?

—Clorato de sodio.

—Supongo que el coche procedía del parque móvil del Ministerio.

—Sí y no. Era un coche del parque móvil, pero Bayldon insistió en que le fuese reservado para su uso exclusivo.

—Entonces, ¿por quién apuestan?

—Bueno, nos hemos equivocado muchas veces, pero no vemos en esto a la chusma irlandesa. En los últimos meses han usado siempre el control remoto y, como sabe, son criaturas de costumbres. A menos, naturalmente, que éste sea el comienzo de un nuevo ciclo.

—¿Ha sido interrogado Bayldon?

—No se «interroga» a los ministros, Alec. Se les entrevista. Sí, lo hemos visto esta mañana.

—Anoche pareció muy impresionado cuando le di la noticia por teléfono.

—Bueno, el labio superior no le temblaba esta mañana. Nada como unas cuantas cámaras de televisión para que los políticos presenten su mejor aspecto. Nos endilgó el acostumbrado discurso sobre la vulnerabilidad de los personajes expuestos al público, etcétera. Muy conmovedor.

—¿Y no dijo nada fuera de lo corriente?

—Nos echó una pequeña bronca sobre la necesidad de extremar la vigilancia. Nosotros le aconsejamos que variase su rutina diariamente de hoy en adelante. La Rama Especial está doblando la protección para él y su esposa.

Mientras Hillsden estaba reflexionando sobre estos retazos de información, recibió una llamada de Hogg.

—Siento tomarme tanto tiempo —empezó a decir Hogg con una cortesía impropia de él—, pero los primeros análisis no me convencieron, por lo que hice algunos por mi cuenta. Hay algo que me desconcierta.

—¿Puede decirme qué es?

—Todavía no estoy seguro. —La voz de Hogg volvió a adquirir un poco de su acostumbrada brusquedad—. Cuando lo esté, se lo haré saber. Primero quiero hablar con un amigo en Porton.

En cuanto colgó, Hillsden contó las dos conversaciones a Belfrage.

—Interesante —fue el único comentario de Belfrage.

«¿Por qué son tan reservados esos tipos oficiales?», pensó Hillsden. Quería oír el eco de su propio dolor en la voz del otro hombre.

—¿Cómo se siente? —preguntó.

—¿Quiere decir conectado a la radio? —replicó Belfrage, negándose a dejarse sonsacar—. Este sistema es nuevo, ¿verdad?

—En realidad, no. —Hillsden no pudo dejar de dar más detalles—. Lo empleamos hace años. ¿Recuerda a Krakov? Era un gran amante de la música clásica, como usted sabe. Pues bien, arreglamos las cosas para que la última noche de conciertos Promenade fuera su canto del cisne. Saltó por los aires a los sones de «Land of Hope and Glory», una de las bromas más inspiradas de la Empresa.

—No me cuente cosas que tengo que olvidar, Alec.

—Oh, ¿no funciona el aparato para perturbar la emisión?

—Sí, pero yo no quiero oírlo. Oficialmente, no nos rebajamos a estas cosas.

—Oficialmente, el mundo es todavía plano. Sigue cayéndose gente por su borde; ¿tampoco sabía esto?

Pero no fueron las frías respuestas del Belfrage las que dieron que pensar a Hillsden cuando colgó el receptor. Se sentó a su mesa y trazó dibujos en la ventana polvorienta. Desde donde se hallaba, podía contemplar el río en la dirección de la Torre de Londres. La traición había sido antaño un problema sencillo, resuelto rápidamente sobre el tajo del verdugo, donde ahora se pavoneaban cuervos gordos como atracción turística. Ahora la traición era un cubo de Rubik que nadie resolvía. Había una vez un tiempo en que los agentes eran pagados en dinero efectivo y no eran demandados por el fisco; montañas de soberanos de oro habían sido reservadas con el único fin de recompensar hazañas especialmente venturosas, pero aquellos días alciónicos habían pasado. «Ahora no somos más que servidores civiles —pensó—, sujetos al reglamento de Whitehall y a las escalas de salario; dentro de poco estaremos al mismo nivel de los que limpian las cloacas, y tal vez es allí donde deberíamos estar. Limpieza por encima de todo».

La habitación que ocupaba estaba en el segundo piso de un almacén en una zona abandonada de los muelles. Encima de él, un hombre que había sido antaño afortunado productor de cine ocupaba un lujoso ático con un jardín y jacuzzi en el terrado. Debajo, en la planta baja y el primer piso, tenía sus oficinas una empresa de diseñadores de interiores. Las dependencias de Hillsden, situadas en medio, tenían un rótulo en la puerta que declaraba que Porter, Forsyth y Newhouse, Ltd. explotaban un negocio de importación de vinos. Las garrafas de muestra de vino barato, para dar crédito a la empresa si a un desconocido se le ocurría hacer un pedido, eran las únicas ventajas de que gozaban él y los otros socios de la empresa. «Al menos —solían bromear— no navegamos en un barco seco».

Conectó su monitor de televisión. Apareció en él la imagen de la simulada zona de recepción. Todos los artilugios técnicos introducidos después de la última reorganización de la seguridad le divertían más que le irritaban. A semejanza de su ex jefe, el ilustre y malogrado George (Gunga). Dinnsbury, no tenía mucha fe en los aparatos electrónicos. «Mostradme una máquina —solía pontificar Gunga— y os mostraré cómo burlarla. No confiéis en lo que trabaja a base de baterías. Todavía no han inventado una cámara que pueda fotografiar las creencias de un hombre. Cuando la inventen, capitularé de buen grado. Investigaciones a fondo, detectores de mentiras, todo porquerías, engaños para uso de los políticos y de los chicos de la prensa. Nunca descubriréis la desviación humana, la falibilidad humana, la mente traidora de nacimiento. Incluso J. C. fue traicionado y nadie le salvó de la Cruz».

La imagen en su monitor mostró a una joven bastante atractiva sentada detrás de una mesa moderna y pintándose las uñas. Se había intentado dar una impresión de autenticidad al negocio: varios carteles enmarcados y colgados en la pared mostraban vistas de las grandes regiones vitícolas, y sobre un estante estaban catálogos anunciando unas existencias ficticias. Se habían divertido con esto hasta que el jefe había puesto fin a la broma. Hillsden había ganado el premio de la oficina con su triunfal artículo: Château de la Vulva, Premier Cru’69 - Un rosé afrutado de la Selva Negra que envejecerá bien.

Miss Glazer, la joven bastante atractiva en cuestión, era una operaria experta en abrir y volver a cerrar correspondencia interceptada, y muy capaz de cuidar de sí misma. Su conocimiento crítico de la noble vid era superficial en el mejor de los casos, pero podía quedar muy bien en una sesión de libaciones. Nadie de la empresa había llegado a la primera base con miss Glazer, la cual, si tenía algo, no hacía ostentación de ese algo. Los miembros jóvenes de la empresa especulaban mucho sobre sus gustos fuera de programa y, aunque no tenían éxito, consideraban en general que valía la pena continuar la exploración.

Hillsden la llamó por el intercomunicador, observándola en la pantalla cuando respondió.

—Glazer, querida, voy a ir a aquel sanatorio; por consiguiente, si el doctor Hogg… o tal vez prefiere que le llamen profesor, en fin, llámele como le dicte su reconocido buen criterio…, cuando llame, si es que llama, comuníquemelo en seguida por radio. Es très important. ¿Qué color usa usted?

—Melocotón.

—He sido un tonto al preguntarlo. Ah, y otra cosa; tendría que hacerme un pequeño favor…

—Telefonear a su esposa.

—Acertó a la primera. Dígale…

—Que no le espere para cenar.

—También ha acertado. Acaba de ganarse un fin de semana para dos en el ferry que cruza el Canal.

Tomó el ascensor particular hasta el garaje del sótano, empleando una clave para hacerlo funcionar. Allí fue recibido por Hanson, el joven y prometedor mecánico de la empresa, que lo esperaba junto a un Opel Monza.

—Caray, ¿nadie ha recogido todavía mi BMW?

—Deme una oportunidad. He tenido que atender a tres esta mañana. ¿Qué tiene éste de malo?

—Soy reaccionario, no me gusta cambiar. ¿Has comprobado la rueda de recambio?

—¿Acaso soy un aficionado?

—El petardo de la noche pasada fue colocado en la rueda de recambio y conectado con la radio.

—Un buen procedimiento, pero no original —dijo tranquilamente Hanson—. Salamander ya lo empleó en Roma.

—Tienes razón. ¿Cómo no lo recordé?

—Porque no es tan inteligente como yo.

—Se cargaron al chófer, ¿sabes?

—Sí. Hacer de chófer es muy arriesgado.

—Por eso conduzco yo mismo —dijo Hillsden.

En cuanto cerró Hanson las portezuelas automáticas, puso el Opel en marcha y cuando se convenció de que estaba puesto a punto según sus acostumbradas instrucciones, arrancó y salió. Se mantuvo en la orilla sur en dirección oeste, sin cruzar el río hasta que llegó a Battersea Bridge. Allí se vio obligado a reducir la marcha mientras un grupo de manifestantes, escoltados por policías montados, desfilaba por la calle con pancartas en las que pedían JUSTICIA PARA LEE WAKEFIELD. Wakefield fue un agitador profesional del que se decía que había encontrado la muerte en manos de la Rama Especial durante las algaradas del año anterior en Trafalgar Square, y que fue elevado rápidamente a la categoría de mártir por los Trots, el Partido Revolucionario de los Trabajadores y otros grupos diversos de extrema izquierda. En su propaganda electoral, el nuevo gobierno se había comprometido a disolver aquella Rama Especial, pero todavía no había cumplido su promesa, al descubrir rápidamente que estar en el poder era muy diferente que estar en la oposición: el poder necesita protección.

Permaneció sentado y escuchó el canto ritual, contemplando desapasionadamente aquellas caras contraídas por el odio. Uno de los manifestantes dio una palmada en el techo del Monza al pasar e introdujo un folleto debajo de la varilla del parabrisas. La cara lúgubre de Wakefield miró fijamente a Hillsden cuando los motociclistas en retaguardia del desfile le hicieron señas de que siguiese su camino.

Emprendió de buen grado el largo trayecto, sintiendo la necesidad de aislarse y de pensar sin interrupción. El recuerdo de Caroline estaba todavía demasiado fresco; no de la Caroline inmóvil al cuidado de Hogg, sino de la mujer a quien había amado un día.

Al salir del paso elevado y acelerar en el carril rápido de la autopista, una súbita ráfaga de viento se llevó el folleto y el sol dio oblicuamente en el parabrisas, cegándole momentáneamente hasta que bajó la visera. De pronto recordó los reflejos de un lago. ¿Por qué un lago? se preguntó, y entonces recordó.