Juego interminable

Bryan Forbes · Capítulo 9 de 39

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Juego interminable

Capítulo 9

El avión de Calder aterrizó en Zurich con tres minutos de anticipación, circunstancia que anunció la azafata de Swissair con estudiada jactancia, en tres idiomas. Calder no tenía prisa en desembarcar y dejó que el árabe lo hiciese antes que él. Como sólo llevaba equipaje de mano y tenía pasaporte suizo, pasó por Inmigración y por la Aduana sin tropiezo. Allí perdió de vista al árabe, pero no quiso arriesgarse y entró en el lavabo, encerrándose en un compartimiento durante diez minutos antes de salir y dirigirse al mostrador de Avis. Una de sus reglas de prudencia era no llevar nunca su propio coche al aeropuerto; un vehículo aparcado durante algún tiempo podía despertar una curiosidad que en modo alguno deseaba. Alquiló un Mercedes 280 SE, empleando una tarjeta de American Express a nombre de Miller. Para cuando le entregaron el coche se había convencido de que la presencia del árabe en el mismo avión había sido pura coincidencia.

Cuarenta minutos después de aterrizar el avión, Calder estaba en la carretera, conduciendo con su acostumbrada habilidad y adaptándose inmediatamente a circular por la derecha. Siguiendo una antigua costumbre, no tomó el camino directo hacia su casa, sino que dio un rodeo por las afueras de la ciudad. Había cubierto unos diez kilómetros cuando se dio cuenta, por el espejo retrovisor, de que otro Mercedes circulaba detrás de él. Las recientes sospechas le asaltaron de nuevo y, para comprobar si le seguían, mantuvo su velocidad y después giró hacia el aparcamiento del primer restaurante de carretera con el que tropezó. El otro Mercedes pasó de largo. ¿Estaba demasiado nervioso?

No, era mejor ser precavido que tener que lamentar no haberlo sido. Pidió un café y una tajada de pastel de chocolate, contento de estar de nuevo en el país de la eficacia y de la limpieza. El rico olor a café recién molido y la pulcritud de la joven camarera que le sirvió le produjeron un efecto calmante. Admirando su figura seductora (la curva de las piernas al desaparecer debajo de la falda era especialmente erótica), empezó a proyectar futuros placeres, a especular cómo y con quién gastaría el dinero que había percibido. Dejó caer tres terrones de azúcar en la espuma del café exprés, permitiéndose un exceso de calorías después de un trabajo realizado sin tropiezo.

En eso estaba pensando mientras se entretenía con el pastel de chocolate, dejando que cada bocado se disolviese lentamente sobre su lengua. Después, sus pensamientos se desviaron del sexo al inminente incremento de su cuenta bancaria. Debía invertir algo en Krugerrands, pensó. Uno debía tener siempre el diez por ciento de sus bienes en oro. ¿No era esto lo que predicaban los grandes especuladores? Y éstos sabían lo que hacían; los traficantes siempre salían a flote, fuese cual fuere el estado del mercado o las fluctuaciones en la escena internacional.

Pagó la cuenta, una propina exactamente calculada, y salió en busca de su coche aparcado. El carril más lejano de la carretera discurría junto a un riachuelo alimentado por una cascada. Calder se quedó plantado al lado del Mercedes y escuchó el agradable susurro del agua, dejándose hipnotizar. Todavía estaba absorto cuando una voz sibilante murmuró junto a su oído:

—Creo que ya nos ha hecho esperar bastante, señor Miller.

Calder percibió el olor de una colonia fuerte. Girando en redondo, se encontró cara a cara con un joven rubio y de tez inmaculada que, durante la guerra, habría ingresado automáticamente en la Jugend de Hitler. El joven llevaba una elegante trinchera Burberry, aunque el tiempo difícilmente lo justificaba.

—¿Le ha gustado su taza de té? —El tono era afectadamente británico—. En Inglaterra se deja todo para tomar el té, ¿no? Pero no estamos en Inglaterra y le esperan en otra parte; por consiguiente, suba al coche, querido, y conduzca.

Calder observó la zona de aparcamiento, pero, aparte de una familia de turistas que descargaba el portaequipajes de un Fiat, no había nadie para salvarle.

—Está mirando en mala dirección —dijo el joven—. No creerá que he venido solo, ¿verdad? Nunca salgo solo, ni siquiera en pleno día, porque hay muchos hombres malos por ahí y mamá me ha dicho siempre que ande con cuidado. Tengo miedo de que me violen, y por eso traigo siempre conmigo a un amigo muy duro. Está sentado allí, en aquel Mini Cooper de ventanillas con cristales negros. Es muy bruto y le está apuntando con una pistola al coco. Una de esas pistolas que se ven en las películas de espías. De esas que hacen «pop» y no asustan a los vecinos.

Mientras hablaba, el Mini arrancó y se situó al lado del Mercedes.

—Por consiguiente, conduzca. Nosotros le seguiremos.

—¿Adónde vamos? —preguntó Calder.

—La curiosidad mató al gato, querido. Pronto lo sabrá.

La voz maliciosa y el lenguaje anticuado hacían más amenazadora la situación. Calder subió a su coche, pero deliberadamente no se abrochó el cinturón. Al salir a la carretera, su primera intención fue apretar a fondo el acelerador y escapar de ellos, pero rechazó la idea: el Mini tendría, casi con toda seguridad, el motor trucado y sería capaz de aguantar su marcha. De momento estaba indefenso.

Cuando ambos coches recorrieron unos pocos kilómetros, vio que el Mini que le seguía encendía dos veces los faros. El Mercedes que antes le había seguido salió a la carretera delante de él, de manera que ahora se vio realmente aprisionado entre los dos vehículos. Poco después, el Mercedes que iba adelante se desvió de la carretera principal y rodó por una serie de curvas cerradas, siempre cuesta arriba. Calder hizo un serio esfuerzo por grabar en la memoria la ruta que estaban siguiendo. Por fin la carretera secundaria se allanó en la cima de una cadena de montañas; abajo se veía un valle salpicado aquí y allá de casitas alrededor de un lago. Con Calder todavía en medio, la pequeña caravana descendió al valle y, mientras él trataba de imaginar un plan de huida factible, el primer coche se detuvo delante de una imponente verja de hierro. Ésta se abrió, activada por control remoto, y los tres coches subieron por un paseo inmaculadamente cuidado.

El sol se ocultaba detrás de un lado del valle y lo primero que vio Calder fue una pista de tenis de tierra, medio en la sombra, con una pareja jugando en ella. Después vio el lago a través de una cortina de coníferas hasta que al fin apareció la casa. Estaba construida al convencional estilo de chalé, pero era más grande de lo corriente, con el alero pintado de brillantes colores, que le daba el aspecto de un anuncio de turismo. También advirtió una alta antena de televisión. En ese momento, el Mini salió disparado y le adelantó a gran velocidad y a sólo unas pulgadas de distancia. Cuando se detuvo, el joven rubio saltó de él e indicó el sitio donde Calder tenía que aparcar. Cuando paró el motor, el joven le abrió la portezuela.

—¿Le gusta esto, querido?

—Me gustan las excursiones de misterio, especialmente compartidas con lindos jóvenes rubios.

—No se pase de la raya, querido. Si lo hiciese, podría olvidar mis buenos modales y apretarle las clavijas. A mi amigo le gusta cuando yo me enfado. Le excita y, cuando está excitado, es difícil calmarle. Todo podría terminar en tragedia.

El conductor del Mini se reunió con ellos. Tenía aproximadamente la misma edad de su amigo rubio, pero era más corpulento y vestía según una moda idéntica, incluso en la camisa a rayas y la corbata roja. Parecían dos actores de cabaret gay.

El otro Mercedes había aparcado a corta distancia, y solamente ahora vio Calder que su conductor era el árabe. El hombre hizo una pequeña y burlona reverencia al acercarse.

—Bueno, mister Holgate, o, mejor dicho, mister Miller, aquí estamos de nuevo. Si no hubiese sido tan precavido en el aeropuerto, se habría ahorrado el coste de un coche de alquiler.

—Dejémonos de tonterías —dijo Calder—. Ya he conocido aquí a las hermanas Dolly, y no me hacen falta sus chistes.

El joven rubio, sin advertirle, le empujó contra el lado del coche y le cacheó minuciosamente. Calder no ofreció resistencia y, cuando el otro terminó, dijo:

—Oh, lo hace muy bien. Debió hacer prácticas con niños de coro.

—No es más que una norma de la casa —dijo el árabe—. Nada personal. Vamos.

Entró el primero en el chalé. Calder pisó en seguida una gruesa alfombra en la que se hundió hasta los tobillos. El interior del chalé consistía en un enorme salón con una escalera descubierta que conducía a una galería que se extendía a lo largo de tres de las paredes. Al nivel del suelo, las paredes estaban adornadas con grandes pinturas modernas, que demostraban que el tamaño no guarda relación con el talento. Había también abundancia de aparatos de alta fidelidad y una gigantesca pantalla de televisión. Dos ventanas de cristal opaco se abrieron al acercarse el árabe a ellas, activadas, como la verja, por algún rayo electrónico oculto.

El rubio y su compañero desaparecieron en otra parte del chalé, mientras Calder seguía al árabe a un patio enlosado que se extendía en suaves gradas hasta el borde el lago. Dos hombres yacían en sendas tumbonas de brillantes colores y llevaban chillonas camisas deportivas y pantalones a cuadros. «Un atuendo normal —pensó Calder— para un campo de golf de Miami», pero que, en aquel par, parecían más bien trajes para aparecer en un escenario. Uno de ellos, el que parecía mayor, estaba mordiendo una pipa apagada, pero ésta no concordaba con su semblante, sino que parecía uno de esos trucos teatrales que emplean algunos actores para darse prestancia. «Toda la escena preparada para una fotografía de revista del corazón», se dijo.

El hombre de la pipa se levantó de la poltrona.

—Ah, Ronnie —dijo, dirigiéndose al árabe—, por fin has traído a nuestro amigo. Empezábamos a inquietarnos.

—Mister Miller se detuvo en la carretera para tomar una taza de té.

—Bueno, él no esperaba nuestra hospitalidad, Ronnie, por consiguiente se lo debemos perdonar. Siéntese, mister Miller. ¿Ha tenido un buen viaje? Los suizos son muy eficaces y yo adoro la eficacia, que abunda tan poco en nuestros días. ¿Puedo ofrecerle algo más fuerte que el té?

—Sí, tomaré una copa.

—¿Qué prefiere?

—Vino blanco.

—¿Quieres cuidar de eso, Ronnie? —El árabe se retiró. El hombre se volvió a Calder con una sonrisa, descubriendo unos dientes que parecían más propios de otra boca—. Creo que debemos felicitarnos.

—¿De veras? ¿Quiere que le felicite por la eficacia de sus dos soldados de asalto? Me ha parecido un ejercicio bastante fútil. ¿No confiaba en que hiciese la entrega como en otras ocasiones?

—Sólo pensé que era hora de que nos conociésemos. Y quería felicitarle por su siempre excelente trabajo. Por lo que he sabido, todo marchó sobre ruedas.

—Hice lo que me encargaron; ni más, ni menos.

—Bueno, tal vez un poco más. Pero volveremos a esto más tarde. Mientras tanto, creo que tiene usted algo para nosotros, ¿no?

—Lo convenido fue el pago contra entrega de la mercancía.

—Oh, vamos, mister Miller, ambos somos demasiado viejos para andarnos con juegos, ¿verdad? Y usted no está en condiciones de pedir favores. Tiene una fotografía. Démela.

Calder sacó su cartera y extrajo la foto. Ahora el otro hombre se movió por primera vez.

—¿Puedo verla?

Su acento no era tan perfecto como el de su compañero; Calder sospechó que era ruso. Tal vez lo eran los dos; era difícil saberlo. Trató de imaginar por qué habían elegido este momento particular para salir a la luz: desde que residía en Suiza, todas las transacciones se habían realizado mediante mensajes depositados en lugares secretos. Tenía que haber otros peligros ocultos en este encuentro, unos peligros que todavía tenía que identificar. Observó mientras el otro hombre examinaba de cerca la fotografía.

—Muy bien, es una pieza de coleccionista —declaró el hombre—. Su viaje ha valido la pena, mister Miller.

—Espero que valga el precio que ustedes convinieron en pagar.

El hombre más viejo abrió un cofre chino laqueado que había sobre una mesita situada entre las dos tumbonas y sacó de él un abultado sobre.

—Francos suizos en billetes pequeños, tal como dijo usted.

Calder abrió el sobre con un dedo y echó un vistazo a su contenido. Era demasiado cortés para contar los billetes en presencia de los otros y, en todo caso, sentía la necesidad de recobrar de algún modo la iniciativa.

En ese momento el árabe, llamado incongruentemente Ronnie, volvió con una botella de vino muy frío. Escanció el vino y se retiró de nuevo.

—¿Qué tal está Inglaterra? —preguntó el segundo hombre—. Un país tan atrasado en muchos aspectos y que todavía se aferra a la creencia de que tiene influencia en los asuntos mundiales. ¿Le resultó extraño volver allí después de tan larga ausencia?

—Sí y no. Pero prefiero estar aquí.

El primer hombre tomó de nuevo la palabra.

—Es difícil prescindir de las viejas costumbres, ¿no cree? Especialmente aquellas que tratamos de mantener ocultas.

—¿Qué quiere decir con eso?

—¿Ha leído los periódicos ingleses de esta mañana? —Mostró un ejemplar del Daily Telegraph—. Desgraciadamente, hoy no hemos recibido el Times. Los impresores de allí están de nuevo en huelga, demostrando al mundo lo bien que funciona la democracia. Sin embargo, el Telegraph es realmente superior en los relatos de crímenes espeluznantes. Tal vez leyó la noticia del asesinato de una joven prostituta en lo que los británicos llaman eufemísticamente un salón de masajes. — Hizo una pausa, pero Calder permaneció impertérrito—. Le elegimos a usted para esta misión porque creímos que tenía dotes especiales, y la ejecutó a la perfección. Pero nos preocupó lo que ocurrió después. —Hizo una nueva pausa—. Por eso decidimos cambiar de procedimiento y traerle aquí.

Este discurso era tan poco amenazador que su misma afabilidad daba escalofríos. Igual habría podido ser un maestro de escuela pronunciando su alocución de fin de curso.

—No es usted el único que no deja nada al azar, mister Miller. Le estuvimos controlando todo el tiempo. Y, por favor, no se imagine un solo instante que voy a criticar sus gustos sexuales. A mí también me gustan jóvenes y complacientes. Añade sabor a un aspecto por lo demás monótono de la vida al hacerse uno mayor. No, lo que nos inquietó fue el momento elegido, aunque comprendo que después de realizada su misión sintiese necesidad de relajarse un poco. A fin de cuentas, este trabajo debió producirle una tensión particular, y todos cometemos algún fallo. Sin embargo, históricamente, un error suele conducir a otro, cosa que estoy seguro de que todos quisiéramos evitar. Sus pasadas contribuciones a la causa han sido sumamente valiosas, y no quisiéramos perderle. Confío en que comprende lo que quiero decir.

Calder se limitó a asentir con la cabeza; sentía que el verdadero mensaje no había sido todavía pronunciado.

—Bien. Sólo para asegurarnos, pensamos que sería instructivo que no solamente le convenciésemos de nuestra diligencia en estos asuntos, sino que le hiciésemos una demostración práctica de lo que hacemos en caso de descuido. Queremos atarle todavía más a nosotros, porque todavía puede sernos útil.

—¿Van a pedirme que firme una cláusula de moral?

—¡Qué sentido del humor! Esto es muy británico, ¿verdad? Desgraciadamente, además de ver el lado humorístico de todo, los británicos tienen también el don equivocado de combinar el placer con el negocio. Tienen una manera especial de caminar hacia su propia destrucción. Estoy seguro de que no tengo que recordarle lo que les ocurrió a algunos de sus distinguidos predecesores. Sería una trágica pérdida si un hombre de su talento se eliminase de la circulación por el mismo motivo.

—Moscú me mató una vez —dijo Calder con simulada tranquilidad.

—Aquello fue por mutua conveniencia, un caso muy diferente. Pero no estamos aquí para discutir soluciones tan rotundas, sino solamente para aconsejarle. Siempre hemos conocido sus gustos, y sería sencillo satisfacerlos sin poner a nadie en peligro. Sólo tendría que pedirlo.

El sol se había hundido ahora perceptiblemente y la mayor parte del lago estaba en sombra. La pista de tenis no podía verse desde el sitio donde se hallaba Calder, pero podía oír de vez en cuando cómo gritaban el tanteo los dos jugadores.

—Todo se reduce a una cuestión de prioridades —prosiguió el hombre más viejo, llenando de nuevo el vaso de Calder—. Como con el vino. Saber qué vides hay que cultivar y cuáles hay que arrancar del viñedo. Dicho en otras palabras, hacer lo más conveniente para proteger a la cosecha. Paciencia, ésta es la palabra clave. Dejamos que otros hagan todos los primeros movimientos, porque el tiempo está de nuestra parte. Usted es un perfecto ejemplo. No le dimos prisa, ¿verdad? Arreglamos las cosas para que se retirase del público, le mantuvimos en el lujo y, entonces, cuando llegó el momento adecuado, le reactivamos. Tal vez, en definitiva, todo es cuestión de características nacionales.

—¿Por esto me ha traído aquí? ¿Para una discusión filosófica?

El hombre se volvió a su compañero.

—Nuestro amigo todavía no ha comprendido el verdadero significado de mis palabras. Parte de él sigue pensando a la antigua usanza.

—Tal vez tardará poco en convencerse.

—Sí. Mire, mister Miller, su problema está en que todavía pregunta «por qué» y «por qué razón». Nosotros nunca lo hacemos. Hay demasiadas preguntas en su cabeza. ¿Por qué me han traído aquí? ¿Cuál era la verdadera razón de mi última misión? Puedo ver estas preguntas en sus ojos. No las haga; no son de su incumbencia. Relájese, hombre; le hemos pagado, tiene un vaso de vino en la mano y, muy pronto, vamos a disfrutar de la cena aquí, al aire libre. Estas noches de buen tiempo solemos emplear una barbacoa y comer bistecs asados sobre carbón, al estilo americano. ¿Qué podría ser más agradable?

Calder se encogió de hombros.

—Soy un invitado, de gusto o por fuerza.

—No sea tan precavido. Si hubiésemos creído necesario matarle, lo habríamos hecho en Londres. En Londres no estaba nunca seguro, pero aquí, en la tierra del reloj de cuco, no tiene nada que temer.

Se interrumpió al volver el árabe arrastrando una barbacoa portátil, con un ventilador eléctrico como complemento.

—Muy bien, Ronnie. Es el momento oportuno.

Se acercó a la barbacoa y se puso un delantal. Mientras Ronnie entraba de nuevo en el chalé, roció el carbón con una lata de fluido para encendedor y le prendió fuego.

—Los suizos saben hacer muchas cosas, pero no pueden asar los bistecs como los americanos. Yo hago que me los envíen desde Texas. Garantizados, de primera calidad.

Ronnie volvió con una mesita sobre la cual estaban dispuestos los bistecs como libros de un rojo oscuro en una biblioteca. «Las obras escogidas de la cocina americana», pensó Calder.

—¿Cómo prefiere el suyo? ¿Poco hecho o muy asado?

—A medias —dijo Calder.

—Tomaremos un poco más de vino; Ronnie, trae el Margaux. Encontrarás tres botellas descorchadas.

Conectó el ventilador y el carbón empezó a resplandecer.

—¿No cree que hay algo muy satisfactorio, muy fundamental, en una comida al aire libre? A la mayoría de nosotros se nos enseñó a despreciar los placeres sencillos de la vida.

Parecía una parodia de ama de casa. El calor de la barbacoa llegaba hasta el sitio donde estaba sentado Calder. Un ave marina solitaria volaba baja sobre sus cabezas, oliendo futuras sobras al ser depositadas las primeras tajadas de carne en la parrilla sobre el carbón encendido. Una ligera brisa que venía del lago llevó el olor de la carne asada a Calder y, por primera vez desde su llegada, se relajó ligeramente, adormecidos sus acostumbrados reflejos por la domesticidad de la escena, combinada con el vino. Goteó grasa de la carne sobre las brasas rojas y se elevó una humareda en el patio.

Ronnie volvió para colocar las botellas de vino sobre una segunda mesa y, en el mismo instante, el joven rubio y su compañero salieron de la casa, caminando sin ruido como danzarines de ballet saliendo de entre bastidores, y le sujetaron por detrás. El rubio le tapó la boca con una mano y entre los dos le empujaron con naturalidad, descendiendo los bajos escalones hasta la orilla del lago. Cualquier observador casual y lejano les habría tomado por tres hombres que iban a dar un paseo nocturno. Ronnie tropezó una vez y consiguió lanzar un grito de auxilio antes de ser acallado de nuevo, pero el ruido que hizo se diferenció muy poco de un chillido de una gaviota. Los dos jóvenes siguieron sujetándole con fuerza, obligándole a avanzar hacia las tranquilas aguas. A la menguante luz del crepúsculo y a través de la neblina, sus perfiles se hicieron borrosos. Calder se irguió en su silla al comprender lo que estaba a punto de ocurrir. Cuando el grupo se acercó al borde del agua, los capturadores de Ronnie le obligaron a ponerse de rodillas y le sumergieron la cabeza en el agua. Para Calder, aquella escena fue como el momento antes de estrellarse un coche, cuando todo parece producirse en movimiento retardado. La lucha en el borde del lago fue muy breve y, sin embargo, pareció durar una eternidad. Cuando terminaron, los dos jóvenes levantaron el cuerpo exánime del árabe y lo llevaron de nuevo hacia la casa, dando un amplio rodeo y desapareciendo en la oscuridad.

Calder fue el primero en romper el silencio.

—Esto ha sido en mi honor, ¿no?

El cocinero levantó la mirada de la barbacoa; estaba sudando.

—Llámelo así si quiere, mister Miller: en vista de su falta de concentración en Londres, era necesario demostrarle que estamos resueltos a todo. Ronnie, a diferencia de usted, había dejado de sernos útil. Había contraído una forma terminal de codicia, una afición a cobrar de los dos bandos.

—¿Quién le hizo cambiar de casaca?

—Afortunadamente, no los ingleses; de haber sido así, también podríamos prescindir de usted. Fue corrompido por el evangelio del bendito Jomeini; por consiguiente, el Centro de Moscú decidió que sufriese un accidente en barca. He sabido que estos lagos son muy traidores.

En aquel momento, los dos jugadores de tenis, un hombre y una muchacha, se reunieron con ellos. La joven vestía pantalón ajustado y un grueso suéter de cuello en V que moldeaba su cuerpo al andar. Calder no pudo verla claramente al principio, pero al acercarse ella, reconoció a la muchacha de la fotografía que había traído desde el país que había sido antaño el suyo.