La ballena perdida

Hannah Gold · Capítulo 9 de 44

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La ballena perdida

Capítulo nueve. El muelle

CAPÍTULO NUEVE

 

El muelle

 

RIO SALIÓ DEL MUSEO Y CORRIÓ y corrió hasta que se quedó sin aliento y no pudo seguir. Altas olas de vergüenza lo atravesaban; se imaginaba el lío que había dejado atrás y la cara de su abuela. En algún momento, más tarde, tendría que enfrentarse a ello.

Pero aún no.

Acabó en la playa. Aunque estaba llena de chicos que jugaban al vóleibol, se sintió totalmente solo. Ellos reían a sonoras carcajadas, mientras que Rio se sentía como si llevara uno de esos corsés hechos con hueso de ballena, y apretado tan fuerte que apenas conseguía respirar.

¿Por qué lo había enviado allí su madre?

Miró frenéticamente a su alrededor, como si la respuesta fuese a materializarse de repente en el aire californiano. Le diría a su abuela que lo metiera en el primer avión de vuelta… se lo rogaría de ser necesario… y después convencería a los médicos de que le dejaran entrar en el hospital y…

Se detuvo de repente, como si hubiese pegado un frenazo a sus pensamientos. ¿Qué haría exactamente si regresaba a Londres? Su único deseo siempre había sido conseguir que su madre se sintiera mejor.

Pero no importaba lo pronto que llegara corriendo a casa, cuántas actividades dejara de hacer los fines de semana para estar con ella, cuántas veces preparara la cena o lo fuerte que la cogiera de la mano: nada de eso fue suficiente nunca. Rio cuidaba de ella desde que tenía memoria, mucho después de que sus amigos dejaran de visitarla. Y, aun así, no fue capaz de evitarle tener que ir al hospital.

Había fracasado.

Sin pretenderlo, un lamento salió de sus labios, y se dejó caer en el banco más cercano, donde se encogió, se hizo una bola, y deseó con todo su corazón poder volver atrás en el tiempo y hacer las cosas de forma diferente. También deseó otras cosas, cosas que no quería ni admitirse a sí mismo: que la suya fuese como otras madres, tener la vida normal de un niño de once años; la clase de deseos que te hacen sentir culpable solo por el simple hecho de pensarlos.

A saber cuánto tiempo se quedó acurrucado en el banco: quizás unos pocos segundos, aunque igualmente pudieron ser horas. El caso es que un rato después se dio cuenta de que no estaba solo. No era que nadie se hubiera sentado a su lado; no era esa clase de compañía.

Era la compañía de algo mucho más reconfortante.

Era el océano, que llegaba a la playa y se iba. No solo eso: respiraba.

Adelante, atrás, adelante, atrás. Adelante, atrás, adelante, atrás.

Y con esa respiración le llegó la idea. Quizá fue el océano que se la trajo a Rio desde mar adentro. Quizá fue una voz aún más profunda. Fuera como fuera, el plan apareció en su cabeza como por arte de magia. Quizá no había podido salvar a su madre de ir al hospital, pero no era demasiado tarde para salvarla ahora.

Rio se sacó del bolsillo el dibujo de Morro Blanco. Porque formaba parte de su plan. Iría a buscar ballenas y le encontraría algunas.

Haría fotos de ballenas.

Haría vídeos de ballenas. ¡Una gloriosa ballena tras otra!

Después se lo enviaría todo a su madre. Seguro que ella consultaría su móvil al menos una vez. Y entonces tendría algo que la haría sonreír de nuevo, igual que sonreía en sus excursiones en barco cuando era joven. Siempre decía que necesitaba que le recordaran que tenía que ser feliz. ¡Pues esa era la forma! ¡Era la solución a todo! Y es que, si las ballenas la volvían a hacer feliz, quizá… quizá se pondría mejor y no tendría que quedarse mucho más tiempo en el hospital.

La idea parecía brillar y refulgir en su mente, y sin detenerse ni a respirar corrió hacia el lugar donde un rato antes había visto una caseta que ofrecía excursiones para ver ballenas. Mientras iba a toda velocidad por el paseo marítimo, sus pensamientos daban vueltas en espirales y correteaban, tan rápido que casi se mareaba al intentar seguirlos.

Por fin llegó a la caseta. El sudor le descendía desde el cuello y respiraba de forma entrecortada. Se detuvo en seco.

Sí, aquel era el lugar donde había que apuntarse a las excursiones para ver ballenas. Pero no solo el último barco había salido un par de horas antes, sino que la caseta estaba cerrada a cal y canto. La próxima era al día siguiente, y Rio tragó saliva al ver el precio.

Era mucho dinero para una hora. Él tenía ahorros, pero estaban en una cuenta de un banco de Inglaterra. Y tampoco podía pedírselo a su abuela: de ninguna forma pensaba contarle su plan.

Frustrado, la emprendió a golpes con la caseta. Su plan había fracasado antes de comenzar. Con los hombros hundidos, volvió al museo e intentó ignorar con todas sus fuerzas el nudo que sentía en la garganta.

Fue entonces cuando vio de reojo una mancha roja.

Había una silueta quieta en mitad del paseo, y le resultó muy familiar.

El peto rojo. El pelo rubio despeinado. La forma en la que adelantaba el mentón.

Era la niña de la playa.

Estaba inmóvil, observando el mar con un par de prismáticos. De vez en cuando hacía una pausa y anotaba algo en una libreta. Rio no pudo evitar sentir curiosidad, y sin ni siquiera proponérselo fue acercándose.

Llegó a unos diez metros de ella cuando, como si hubiese notado que alguien la miraba, la niña se dio la vuelta y miró a su alrededor antes de clavar la vista en él. Le indicó que se acercara haciéndole un gesto con los dedos, rápidos y ágiles.

—¡Mira! —le dijo apresuradamente. No parecía sorprendida de verle, y señaló emocionada hacia un punto en el horizonte—. ¡Rápido, vas a perdértelo!

Lo agarró del hombro y le dio la vuelta para hacerle mirar hacia el océano. El aire se había llenado del sabor de la emoción, tan vivo que Rio casi podía tocarlo. Pero, por muy fijamente que miró en la distancia hasta donde el mar se fundía con el cielo, no vio más que una barca con velas blancas ondeando a la brisa.

—¡Ahí! —gritó ella—. ¡La cola!

Rio entornó los ojos. Y entonces. Tan rápido. Que casi se lo perdió. La cola más majestuosa, enorme, oscura, escurridiza, emergió del agua para volver a meterse enseguida bajo la superficie.

¡Una ballena!