La ballena perdida
Capítulo cuatro. La llamada
CAPÍTULO CUATRO
La llamada
RIO CREYÓ QUE LE IBA A COSTAR mucho quedarse dormido, pero enseguida cayó en un sueño tan vasto y profundo que era como si se hubiese hundido hasta las mayores profundidades del océano. Un paisaje lodoso, informe, cubierto por sombras, con sonidos misteriosos que lo rodeaban. Cuando se despertó por fin, fue como si hubiera hecho un viaje en submarino para regresar a la superficie.
Al ver la luz que se filtraba por las cortinas se sintió confuso. La cama era mucho más blanda que la de casa, el aire más limpio, y el ruido… aquello no sonaba a tráfico.
¡El océano Pacífico!
El mayor océano de todo el planeta, un área tan enorme que era mayor que todos los continentes juntos.
Rio saltó de la cama y corrió hasta la ventana, abrió las persianas del todo y tragó saliva.
A la luz radiante del día lleno de sol, la vista del mar resultaba impresionante, un patchwork de colores azul, esmeralda y turquesa con caballos blancos que danzaban como diamantes en la superficie. El agua se extendía sin final hasta fundirse con el cielo; no se distinguía dónde acababa una y comenzaba el otro. Algo suave y burbujeante empezó a circular por las venas de Rio, ahuyentando de su cuerpo los últimos restos del sueño. Y entonces, como si sintiera que algo subía por los peldaños del suelo, miró abajo. Inmediatamente, toda aquella grata sensación se evaporó.
—Mamá —susurró con melancolía.
Cogió su móvil, aunque ella le había dicho que no podría enviarle mensajes. No porque no quisiera, sino porque al médico le parecía que lo mejor era que se desligara del todo. Pero ¿desligarse de qué? ¿De Rio? A veces, en sus momentos más oscuros, él dudaba de si no sería todo culpa suya.
En vez de usar el móvil, mamá llamaría al fijo de Fran cada domingo, a la que, dada la diferencia horaria, sería la hora del té en Londres.
Le volvió un poquito de la sensación de calidez. ¡La primera llamada era aquel mismo día!
—¡Ah, aquí estás! —Fran sonrió tentativamente a Rio al entrar en la cocina —. ¿Has dormido bien?
Él asintió y contempló el paisaje mañanero, con el aroma del café recién hecho que llenaba el aire y Pirata tumbado indolente bajo un rayo de sol.
—Así es el océano: el mejor medicamento del mundo. —La abuela hizo una pausa—. No sé qué tomas normalmente para desayunar. Puedo hacer crepes, gofres o huevos. ¿Qué prefieres?
—Yo-yo-yo… —Y se le apagó la voz. Normalmente solo comía un bol de cereales; a veces, si no había leche, secos. Pero no le gustaba hablar de esas cosas.
—Mira, te propongo hacerlos todos y que decidas después —se ofreció Fran, que había confundido el silencio de él con indecisión.
Rio alzó las cejas. ¿Todos?
Sin esperar a la respuesta, ella cogió una sartén, se enrolló hasta los codos las mangas de la sudadera verde y empezó a sacar instrumentos de cocina de varios cajones. Entonces sonó el teléfono.
El ruido fue tan agudo y repentino que Pirata, de la sorpresa, dio un respingo.
Fran contestó y, tras decir unas palabras, le pasó el auricular a Rio, que tuvo que contenerse para no arrancárselo de la mano.
—Hola, Gato Rio —susurró su madre en el aparato.
Fran ya estaba ocupada en la otra punta de la cocina batiendo masa, así que él fue hasta la puerta trasera. Fuera, el cielo era azul brillante con una pelota amarilla colgada en lo alto, mucho más luminosa y fuerte de como se veía desde el piso de Londres. Resultaba difícil de creer que el día anterior él se hubiese despertado en mitad del invierno.
Se sentó en los escalones de la puerta y oyó cómo la voz familiar de su madre lo llenaba mientras le hablaba de su primer día en el hospital —que ella llamaba «clínica»— y de lo que había hecho. Resultaba reconfortante de la misma forma en que a veces la lluvia lo es, cuando lo que apetece es no salir, hacerse un ovillo y ver pelis.
—Ojalá estuviese allí contigo —murmuró, tragándose la bola que se le había formado en la garganta.
—Solo serán cuatro semanas —replicó ella—. Pasarán enseguida, y cuando volvamos a vernos podrás contarme todas las cosas que hayas hecho.
«¿Como cuáles?», quiso contestarle Rio.
¿Qué podría hacer en Ocean Bay durante cuatro semanas enteras? Pero, por supuesto, no le dijo eso.
—¿Cómo está tu abuela?
Él miró un segundo por la ventanita de la puerta; Fran estaba dándole la vuelta a algo en el horno. Se le ocurrieron muchas cosas que responder, pero al final eligió la más simple.
—No es como tú.
—Supongo que eso es bueno —señaló su madre con voz triste—. Gato Rio…
—¿Sí? —Él se mordió el labio, y se sintió impotente.
—Tengo que irme, pero ¿podrás hacerme un favor? Levanta el auricular al aire para que pueda oír el océano. Hace tanto que no voy… Quiero cerrar los ojos e imaginarme que estoy allí contigo.
Rio se puso en pie de inmediato. ¡Por fin algo que sí podía hacer!
—Un segundo.
Fue hacia la orilla, tanto como pudo sin perder la señal. El sonido rugiente del océano al romper las olas llenaba el aire como si fueran truenos.
—¿LO OYES?
Se produjo una mínima pausa. Rio acercó más el aparato a las olas que entraban y salían, llegaban y se iban.
—Sí —murmuró ella—. No puedo decirte lo feliz que me hace oírlo.
Cuando volvió a llevarse el auricular a la oreja, Rio hubiera jurado que oía sonreír a su madre.
Entonces ella soltó un gran bostezo.
—¿Mamá? —Agarró el teléfono aún más fuerte. No se sentía capaz de despedirse, aún no.
—¿Sí, Gato Rio?
—V-v-vas a ponerte mejor, ¿verdad?
Oyó un suspiro largo y profundo. No de los que muestran que estás contento, sino de los otros. Entonces le repitió que tenía que irse. Rio miró fijamente al océano, en el que vio un barco de crucero en la distancia, alejándose más y más de él.
—Adiós —susurró.
Y se quedó allí durante lo que le pareció una eternidad, hasta que la puerta se abrió y salió el olor de gofres, crepes calientes y huevos fritos.
—El desayuno está listo —llamó Fran.
Pero Rio no se movió. En ese momento le hubiese resultado imposible comer nada. Se llevó las rodillas al pecho y deseó con todo su corazón volver a oír sonreír a su madre.