La ballena perdida

Hannah Gold · Capítulo 27 de 44

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La ballena perdida

Capítulo veintisiete. Desaparecida

CAPÍTULO VEINTISIETE

Desaparecida

 

A LA MAÑANA SIGUIENTE Rio se levantó temprano, con la esperanza de salir de casa antes de que Fran se despertara.

No hubo suerte.

Se la encontró sentada a la mesa de la cocina; de no ser porque se había cambiado la ropa parecería que hubiese pasado allí toda la noche. Estaba encogida sobre una taza de café, mientras Pirata le acariciaba suavemente el hombro en busca de su atención. Rio se preguntó si debía disculparse. Eso sería lo correcto. Pero, por alguna razón, se sintió incapaz de hacerlo. El dolor y la furia que sentía en el estómago eran tan fuertes que impedían que le saliera ninguna palabra de la boca.

Se limitó a pasar en silencio y esperar que ella no se diera cuenta de que estaba allí.

—Rio, sobre lo de anoche…

—No quiero hablar de eso —murmuró él sin ni mirarla, y salió mientras Pirata soltaba un maullido de pena.

Fuera, el clima encajaba a la perfección con los ánimos de Rio: el cielo estaba pesado y gris, y no podía distinguirse dónde acababa el mar y dónde empezaban las nubes; todo era una masa gris que se movía arriba y abajo como a golpes de furia.

Era la primera vez que veía al océano enfadado.

«Qué apropiado», pensó mientras echaba a caminar por la playa. Su madre no estaba mejorando; al contrario, estaba peor. Y esta vez ni sabía cuándo iba a volver a casa. No era que él estuviese mal allí. Le encantaba el océano, le encantaban las ballenas, le encantaba formar parte de la tripulación del Espía. Pero todo eso sería aún mucho mejor si su madre estuviera con él.

Una ola lo roció con una lluvia de agua salada que hizo que le picaran los ojos. Se los frotó mientras seguía andando. Cuando se detuvo, se dio cuenta de que había llegado al muelle. Parecía que el Espía y todo lo que representaba lo atraían como un imán. No era solo una barca, era una forma de escapar; un lugar donde, si cerraba los ojos, podía imaginarse que todo iba bien en el mundo.

El viento azotaba las barcas, de forma que los mástiles se agitaban y resonaban. Había pocos pescadores y aún menos turistas.

Y ahí estaba el Espía, balanceándose pero firme, tranquilizador. Rio recorrió entre apresurado y corriendo el trayecto que le quedaba hasta la barca. Al detenerse vio que había una luz amarillenta en el camarote.

—¡Holaaa! —llamó, pero el viento se le llevaba la voz—. ¡HOLA!

Le fue imposible hacerse oír, así que saltó a bordo. Sintió el frío de la cubierta bajo sus pies desnudos. Aunque había estado ya muchas veces allí durante las últimas dos semanas, aún se emocionaba un poco cada vez que subía.

—¿Marina? —llamó, y esta vez la puerta de la cabina se abrió y ella asomó la cabeza, con su melena rubia al viento.

—¡Rio! Justo ahora me iba al cole —dijo, pero abrió los ojos como platos al ver la expresión de él—. Pasa, pasa.

Él entró. A pesar del viento, el ambiente dentro era cálido y acogedor. Se sentó en el banco de la mesa.

—¿Y Birch? —preguntó.

—Ha ido a por víveres. Cuando hace mal tiempo, aprovechamos para hacer compras y reparaciones.

Marina fue hasta la cocina y llenó un cazo con leche para preparar chocolate caliente. Los ruidos resultaban confortables, invitadores. Cuando acabó, fue a sentarse frente a Rio y le pasó la bebida caliente.

—Ya sabes que, si alguna vez quieres hablar, yo sé escuchar —le dijo en tono de confianza—. Te prometo por el océano que no le contaré nada a nadie, ni siquiera a mi padre.

Rio rodeó la taza con las manos. Hacía mucho que no hablaba de su madre. Incluso si se le ocurría por dónde empezar, las palabras estaban tan enterradas en su interior que se habían enredado unas con otras y ahora eran incapaces de salir.

¿Podía confiar en Marina, confiar de verdad?

¿Le había decepcionado alguna vez? Nunca, desde su primer encuentro, cuando ella encontró el dibujo de Morro Blanco y se lo devolvió. Incluso le creyó sin dudarlo cuando él le dijo que podía oír a las ballenas.

Rio se quedó inmóvil un momento. El corazón le latía como a martillazos y sentía las palmas de las manos pegajosas. Tomó aire lentamente y, cuando iba a hablar, se oyó un fuerte estruendo fuera.

—Mejor que vaya a ver —dijo Marina—. Con el viento puede que se haya caído algo.

Rio se quedó solo en la cabina, y de repente las palabras que iba a decir se esfumaron. A los pocos minutos la niña volvió, seguida de una bocanada de aire frío, y se sentó de nuevo.

—¿Dónde estábamos?

—Íbamos a actualizar la base de datos.

—¿Ah, sí? —preguntó ella, pero entonces vio la expresión decidida de Rio—. Sí, claro.

Sacó el portátil del cubículo y abrió el web Happywhale. Rio suspiró, agradecido porque su amiga no había insistido.

—Tenemos que cargar los avistamientos del otro día.

Desde que era miembro de la tripulación, Rio había adquirido más experiencia a la hora de distinguir las diferentes especies de ballenas. Aunque el objetivo principal era contar las grises, tomaban nota de todas. La ballena jorobada era fácil de distinguir, con su barriga blanca y su costumbre de dar «palmadas» en el agua con la aleta dorsal. Pero otras, como la ballena de aleta o la Minke, eran casi idénticas, y la única forma de diferenciarlas era fijarse en la forma de la aleta caudal.

—Recuerda —dijo Marina—, esta es la columna donde indicamos los avistamientos de las ballenas individuales que conocemos más. ¿Viste los trozos de la cola que le faltaban a aquella jorobada? Casi parecían siluetas de dedos. Seguro que por las aspas de la hélice de algún barco. —Frunció el ceño, disgustada. Rio hizo un gesto de dolor.

—¿Eso pasa mucho?

La niña asintió.

—Más de lo que cree la gente. Por eso papá nunca va demasiado rápido y tiene cuidado de no acercarse a ninguna ballena. Por suerte, esta no sufrió grandes daños y, desde nuestro punto de vista, nos hace más fácil seguirla.

Hizo clic en la pestaña que mostraba todos los avistamientos conocidos de las ballenas grises reconocibles. Subió las fotos e iba a cerrar el portátil cuando Rio la detuvo.

—¿Miramos dónde está ahora Morro Blanco? —propuso. Marina sonrió.

—¡Buena idea!

Con su madre más perdida que nunca, al menos Rio podía seguir a la ballena que ella tanto había querido. No era lo mismo, pero al menos era algo.

—El último avistamiento fue en Los Ángeles; es el punto azul. Pero de eso hace ya unos días —dijo Marina—. Normalmente, el siguiente lugar donde se la ve es San Diego; a menudo recibimos confirmaciones cuando pasan por allí. —Hizo clic en otra pestaña, pero entonces se quedó inmóvil.

—¿Qué pasa?

—En San Diego no dice nada de ella.

—Quizá sea que no la vieron.

—Sí, eso debe de ser. —Le dio a unas cuantas teclas—. Busquemos en Ensenada, poco más allá de la frontera con México.

Rio contuvo el aliento mientras su amiga examinaba los datos.

—No —dijo por fin—. Aquí tampoco hay nada.

—Debe de haber pasado sin que la vieran —replicó Rio, aunque algo frío y pegajoso le bajaba por la espalda como hielo derritiéndose.

—Puede ser. —Pero Marina no sonó muy convencida.

—Tú misma dijiste que no se pueden contar todas las ballenas —insistió él—. Lo único que pasa es que nadie la ha visto.

—Eso es cierto, pero… las ballenas como Morro Blanco siempre son mucho más fáciles de reconocer, sobre todo porque en esa zona hay muchos observadores. —Se mordió el labio—. No es normal que no haya sido vista desde Los Ángeles.

—¿Puedes mirar en las lagunas? —se apresuró a preguntar él—. Igual ya ha llegado.

Marina asintió, aunque sin convicción. Las lagunas eran básicamente enormes espacios de aguas cerradas y poco profundas, así que en ellas resultaba mucho más fácil comprobar las ballenas que había.

Volvió a negar con la cabeza.

—No, no está. Y es demasiado pronto. No ha tenido tiempo de llegar.

—¿Y dónde está? —exclamó Rio—. ¡No puede haber desaparecido!

Al principio no pareció que Marina fuera a contestar. Se frotó los ojos, cansada.

El viento hacía traquetear la barca.

—Rio, a veces… —Se volvió para mirarlo a la cara y respiró hondo—… a veces las ballenas no llegan.

—¿Q-q-qué quieres decir? —El niño tragó saliva. Sentía algo grande y espeso en el estómago—. ¿Cómo que «no llegan»?

—A veces pasan cosas malas —respondió ella, bajando la voz.

—¿Qué clase de cosas?

—Como esa jorobada y la forma en que se hizo daño en la cola. A veces… a veces es peor.

—¿Cuánto peor?

—Choques con barcos. —Suspiró—. Redes de pesca perdidas o descartadas y que siguen flotando; las llamamos «redes fantasma». Plásticos, pruebas nucleares, perforaciones submarinas en busca de petróleo. Polución sonora.

Rio venía de la gran ciudad; estaba más que acostumbrado al ruido. Pero ¿en el mar? ¿Es que acaso bajo el agua no era el lugar más silencioso del planeta?

—Muchos barcos hacen los mismos sonidos que las ballenas, y eso interfiere en su sentido de la dirección. Por eso muchas acaban varadas en las orillas.

—¿Como la del museo? —Rio volvió a tragar saliva.

—Esa pudo ser la razón. Nadie lo sabe seguro.

—¿Y Morro Blanco?

—Puede haberse desviado… quizás algo la haya confundido, o… —A Marina le temblaba la voz; Rio nunca la había oído así—. Pero si alguien no la ve pronto, entonces…

Cerró el portátil y se hizo un pesado silencio en la cabina. No era ese silencio agradable de cuando estaban tumbados en cubierta, sino ese otro que está repleto de cosas ominosas.

—¿Morro Blanco?

Algo tiró con tanta fuerza de las entrañas de Rio que hizo que sintiera ganas de llorar. «Esto no. Ahora no». Necesitaba que Marina le dijera que había habido un error y que Morro Blanco pronto aparecería. Pero su amiga no hizo eso, sino que le posó una mano en el brazo. Y a él el dolor le volvió como un tsunami, apretándole aún más fuerte el pecho.

—T-t-tengo que irme —murmuró, levantándose del banco y yendo a pasos trémulos hacia la puerta.

Fuera, el cielo proyectaba una enorme sombra sobre el agua. El viento le golpeó en la cara. Todo se movía arriba y abajo, y apenas veía dónde acababa la barca y comenzaba la tierra firme. Tropezó con una amarra enrollada. Saltó con las piernas temblorosas. Justo entonces empezó a llover, no suavemente sino con afiladas dagas de hielo.

—¡RIO! —Marina también saltó y corrió tras él. La lluvia le aplastaba el pelo contra la cara—. ¿Qué te pasa?

Él pensó en su madre. En su colección de guijarros con forma de corazón, en su pelo cobrizo y en la forma en que le brillaban los ojos cuando tocaba el violín.

—Seguro que está bien —dijo Marina, y Rio tardó un momento en darse cuenta de que se refería a Morro Blanco, no a su madre.