La ballena perdida

Hannah Gold · Capítulo 15 de 44

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La ballena perdida

Capítulo quince. La excursión en barca

CAPÍTULO QUINCE

La excursión en barca

 

—¡ O PUEDES VENIR hasta Ocean Bay desde tan lejos y no hacer una N

excursión en barca! —dijo Fran a la mañana siguiente, mientras desayunaban —. ¿Lo ves? Hasta Pirata está de acuerdo.

El gato, que estaba tumbado en el regazo de Fran, hizo un maullido de lo más afirmativo.

Rio soltó el mayor suspiro de alivio del mundo entero. Había tenido mucho miedo de que su abuela encontrara alguna razón para decirle que no. En Londres su madre se ponía nerviosa ante la idea de que él cruzara la calle para ir a comprar un cartón de leche; ¡a saber qué le hubiese parecido salir a mar abierto!

Pero sí, en realidad aquel día iba a ver las ballenas grises. Y no cualquier ballena gris: ¡hasta podía suceder que se encontrase con Morro Blanco! Aunque Birch había intentado que no se hiciera demasiadas ilusiones sobre eso, las venas de Rio le seguían latiendo burbujeantes de emoción.

A Fran no le mencionó la posibilidad de ver la ballena de su madre. Y, desde luego, Rio no le dijo nada de su plan. A fin de cuentas, sabía cómo son los adultos. Lo estropean todo con la lógica. Lo que él necesitaba ahora no era lógica sino esperanza.

—Y además —siguió Fran, interrumpiendo los pensamientos de Rio—, ya iba tocando que hicieras cosas normales.

Rio alzó la vista, sorprendido. Ir al colegio era normal. Cuidar a mamá era normal. ¡Pero salir al océano era cualquier cosa menos normal!

—Eso sí, asegúrate de llevar siempre puesto el chaleco salvavidas —le dijo la abuela mientras cogía las llaves del coche—. No te acerques demasiado al borde de la barca y, desde luego, no te inclines sobre el agua o alguna de esas locuras que hacéis los jóvenes.

Rio pudo haberle prometido que no iba a hacer nada de eso, pero ella ya lo había sacado por la puerta y, antes siquiera de darse cuenta, ya estaban de camino. En el puerto deportivo encontraron a Birch, que hablaba en el muelle con una joven pareja.

—¡Hola! —lo llamó ella.

—¡Ya me parecía que eras tú! —Marina apareció en la cubierta de la barca, con sus cabellos ondeando sin control a la brisa. Al principio Rio creyó que le había hablado a él, pero entonces vio que se dirigía a Fran—. ¿Qué? ¡Un momento! ¿Tu abuela es la señora Gilbert?

La mujer se llevó una mano al hombro.

—Hola, Marina. Sí, este es mi nieto Rio.

—¿Os conocéis? —preguntó él, sorprendido.

No solo se conocían: por la calidez del abrazo parecían ser amigas. Por supuesto, Ocean Bay era microscópico en comparación con Londres, pero no se hubiese imaginado ni en un millón de años que alguien como Marina tuviera amistad con su abuela.

—La señora Gilbert era mi profesora —explicó la niña—. Gracias a tu abuela aprobé los exámenes de ciencia del año pasado.

—Bueno, bueno… —dijo Fran con un tono de «ya será menos».

Antes de que Rio pudiera preguntar nada a ninguna de las dos, Marina saltó al muelle y se puso a charlar con la abuela. Él las contempló, alucinado. En presencia de su amiga, era como si a su abuela le hubieran puesto un filtro de foto para darle más color y más brillo. Ante algo que dijo la niña hasta se echó a reír, y no una de esas risitas educadas, sino una verdadera carcajada. En ese momento Rio sintió un mínimo puntito de culpabilidad por no haber pensado nunca que su abuela podía tener un lado diferente al que él conocía.

—Así que al final habéis venido —dijo Birch, que apareció de repente a su lado con una cálida sonrisa de bienvenida.

—Confío en que vas a cuidármelo bien —replicó Fran, cogiendo fuerte por los hombros a su nieto.

—Sabes muy bien que el Espía tiene el mayor índice de seguridad de Ocean Bay. —Birch se puso más serio. Ella asintió.

—No le dejaría salir con nadie más.

—Si quieres, ven con nosotros —dijo Rio en un impulso, volviéndose hacia su abuela—. Bueno, si hay espacio.

Fran pareció sorprenderse y, de no ser porque el sol brillaba tanto, Rio hubiese jurado que se puso un poco roja.

—Gracias, Rio, pero… pero esto no es para mí. Y no es que no me gustaría, pero ir en barco no me sienta muy bien. —El niño asintió; no estaba seguro de si se sentía aliviado o no—. En fin, id con cuidado. Y pasáoslo bien —añadió con una sonrisa tímida.

Birch condujo a Rio y a la pareja a cubierta, donde esperaba un grupo deseoso de ponerse en marcha. El padre de Marina llevaba una camiseta negra con letras plateadas cosidas a mano en el pecho que decían «Excursiones de avistamiento de ballenas El Espía» sobre el dibujo de una ballena gris. Cuando la niña volvió a la barca, Rio vio que bajo el peto rojo llevaba la misma camiseta.

Entre los turistas estaba la joven pareja, que era de Filadelfia, una aprendiz de bióloga marina que se llamaba Fernanda y venía de cerca de la frontera con México, y unos hermanos gemelos que habían acudido desde muy lejos, de Finlandia. Birch se colocó ante el timón mientras todos se sentaban en el banco y charlaban excitados.

Rio iba a sentarse —en la parte más segura del banco, hacia el centro— cuando Marina le indicó con señas apresuradas que fuera hacia la proa, la parte puntiaguda de delante.

—¡Es el mejor lugar! —dijo, emocionada, y le pidió que se tumbara boca abajo con la cabeza asomando por la barca—. Así seremos los primeros en ver lo que pase.

La proa sería el mejor lugar, pero Rio tragó saliva, nervioso, especialmente cuando empezaron a alejarse del muelle. No era muy buen nadador; no le gustaba ni salir de la parte de las piscinas donde podía hacer pie. Y, aunque Marina le había prometido que el Espía era seguro del todo, no podía evitar preocuparse. ¿Y si chocaban o se hundían o se perdían en mitad del mar? Se alegró de haber dejado en casa, a buen recaudo, el dibujo de Morro Blanco.

De todas formas, ya era tarde para cambiar de idea. El Espía avanzó plácidamente por encima de la alta sombra del faro, siguiendo el borde del muelle, hasta salir a mar abierto. Las olas se volvieron más rápidas, se elevaban más alto, y un par de ellas salpicaron en la cubierta. El estómago de Rio pareció dar un salto en su cuerpo.

Agarró con fuerza el chaleco salvavidas y miró abajo, más allá de la superficie de las olas, hacia las profundidades invisibles. Al principio no vio nada excepto el movimiento del agua, esa cosa viva y fluida que tiraba y empujaba contra el casco y le salpicaba en la cara. La sal marina hacía que se le apretara la piel, y enseguida empezaron a dolerle los codos de estar apoyados contra la dura madera. Más que acabar de salir del puerto deportivo, parecía que hubiese entrado en un universo nuevo del todo.

—¿No es increíble? —exclamó Marina.

A él ya le picaban los ojos, y con los movimientos de la barca el estómago volvía a darle saltos en la barriga… pero, para su sorpresa, se dio cuenta de que estaba de acuerdo.

—Sí —susurró.

Y porque el océano era ruidoso, porque el viento se llevaba sus palabras más allá en el mar y porque sintió que un grito luchaba por salir de algún lugar en lo profundo de su interior, exclamó con todas sus fuerzas:

—¡SÍ!

Mientras el Espía dejaba la costa atrás, lo que empezó a sentir en su interior fue como si algo se destensara, se desatara. Algo que ni siquiera sabía que estuviera atado.