La ballena perdida
Capítulo siete. El museo
CAPÍTULO SIETE
El museo
—¿-F-FRAN? —llamó Rio en cuanto volvió a la cocina. F
Su abuela estaba inclinada sobre un crucigrama, con el ceño fruncido. Así, sentada, de alguna forma parecía mucho más pequeña y más vieja. Por primera vez él notó que tenía algunos dedos hinchados por la edad, y sintió esa horrible corriente de culpabilidad que le invade a uno cuando no ha sido tan bueno y amable como debería.
—¿Sí, Rio? —Dejó el bolígrafo y le dedicó su atención. Parecía cansada. Pirata hacía guardia a sus pies.
—La caja… —dijo él, y carraspeó. Tenía la boca seca como un desierto —. Dentro de la caja había un cuaderno, y me pregunto… me pregunto por qué…
—¿Por qué tu madre hizo tantos dibujos de ballenas?
Rio asintió, agradecido.
En vez de contestarle, Fran dobló el periódico y cogió las llaves de su coche.
—Lo mejor que puedes hacer es cambiarte y ponerte ropa seca, y te lo muestro.
Rio no estaba seguro de adónde iban; Fran se dirigía hacia el centro de Ocean Bay. Aunque él ya llevaba unos días en California, era la primera vez que estaba en algún lugar que no fuera la casa o el trocito de playa tras la puerta trasera. El pueblo se extendía siguiendo la orilla; era pequeño, con una avenida llena de palmeras paralela a la playa. Había un ancho paseo peatonal lleno de runners, caminantes, madres que empujaban cochecitos, chicos en skates, en patines, en scooters, y hasta un hombre disfrazado de ballena en un uniciclo.
—En esta época del año tenemos muchos turistas —dijo Fran, siguiendo la mirada de él—. Las ballenas grises atraen a gente de todas partes.
Antes de que Rio pudiese hacerle más preguntas, ella se detuvo ante un puerto deportivo en forma de U, en el que el alto y blanco faro se elevaba protector sobre el terreno, lleno de barcas de diferentes tamaños que se mecían pacíficamente a la brisa del océano. Aparcó enfrente de un gran edificio con una pequeña placita delante y un cartel pintado a mano que anunciaba que era el Museo de Ocean Bay.
A Rio se le encogió el corazón. ¿¡Lo había llevado a un museo!?
La siguió arrastrando los pies hasta la entrada, donde ella abrió la puerta de cristal y le hizo pasar. Era un espacio grande y cavernoso que tenía muebles expositores del techo al suelo con ventanas de cristal. También había una tienda de recuerdos con una cafetería muy pequeña a un lado. Pero lo que dejó a Rio sin aliento fue lo que había en el centro de la sala.
Era el esqueleto de una ballena, a tamaño real, que colgaba del techo.
Algunas de sus partes estaban suspendidas por cables finos, mientras que otras se sostenían desde abajo. Era el esqueleto más grande que había visto en su vida, mayor que un autobús de Londres. Las mandíbulas eran más grandes que él mismo.
—Eschrichtius robustus —dijo Fran.
Rio se preguntó si los oídos le funcionaban bien. Su abuela no tenía un acento americano especialmente marcado, pero parecía haberse puesto a hablar en un idioma totalmente diferente.
—Es latín —le explicó ella—. El nombre científico de la ballena gris. — A Rio se le ocurrieron mil y una preguntas, pero por alguna razón todas acabaron atascadas en su garganta—. Me preguntaste por tu madre y su cuaderno —le recordó—. La costa del Pacífico es la mayor ruta migratoria de la ballena gris, lo que significa que sobre esta época del año pasan por Ocean Bay en dirección al sur, a México. Dos o tres meses después vuelven a aparecer por aquí camino del norte, a veces llevando crías.
—¿Y mi madre las observaba? —preguntó él, sin aliento.
—Ah —hizo su abuela—, eso es lo quería mostrarte. ¿Ves?
Se había alejado un par de pasos y señalaba hacia unas fotos viejas en uno de los muebles expositores. Rio miró por encima del hombro de ella. La imagen mostraba una pequeña barca situada en mar abierto. Había varias personas a bordo… incluida una jovencita de pelo rojo rizado con una gran sonrisa.
—¡Mamá! —exclamó él. Fran asintió.
—Tu abuelo la llevó cuando ella tenía unos siete años. Fue su primera excursión marítima. Aún recuerdo cuando regresó a casa: ¡tenía los ojos como platos! Había visto a una ballena gris pasar al lado de la barca. Dijo que había sido totalmente mágico, que había hecho sonreír a su corazón. Después de eso nos rogaba cada día que volviésemos a llevarla.
Rio seguía observando la foto de su madre. Parecía tan despreocupada, tan sana, tan… feliz. Deseó poder abrir el mueble, cogerla y abrazarla contra su corazón. La contemplaba tan fijamente que no se dio cuenta de que Fran seguía hablando.
—Pero, claro, en invierno no vienen las ballenas grises, solo en verano. El resto del año tu madre venía aquí. En este museo hay todo lo que quieras saber sobre las ballenas grises. —Iba a decir algo más cuando alguien la llamó por su nombre desde el otro lado de la sala—. Perdona un momento, Rio.
Él asintió. Cuando su abuela se fue notó que alrededor del esqueleto había varios cartelitos escritos en inglés y en español, que ofrecían datos sobre el animal.
Así, enseguida descubrió que:
La gris es la séptima especie de ballena
más grande que existe.
Hay entre 20 000 y 30 000 ejemplares aproximadamente.
Llegan a alcanzar entre 13 y 15 metros de largo.
Viven entre 55 y 70 años.
Solo se las encuentra en esta parte del mundo,
en el océano Pacífico.
Debido a eso, a veces también se las llama
«ballenas grises del Pacífico» e incluso
«ballenas grises de California».
Fran seguía hablando con su amiga, así que Rio volvió a dedicar la atención a la foto de su madre. Había algunas más de la excursión, pero ninguna en la que saliera ella. Excepto una. Estaba sacada desde otro ángulo, presumiblemente por el abuelo de Rio, y mostraba la parte de detrás de la cabeza de ella mientras la asomaba por un lado de la barca.
Y en el agua había una ballena gris.
La imagen estaba un poco desenfocada, y había tanta gente delante que Rio apenas podía ver al animal. Apenas era un borrón gris… pero un borrón gris con unas marcas blancas distintivas en la cara.
Morro Blanco.