La ballena perdida
Capítulo veinte. Enviando fotos a casa
CAPÍTULO VEINTE
Enviando fotos a casa
ANTES DE IRSE A DORMIR, Rio estaba tumbado boca abajo en la cama con el portátil de su abuela. Se lo había pedido prestado unos días antes para hacer los deberes. No era del todo mentira, ya que su colegio se los enviaba por correo. Pero en este caso era para estudiar algo diferente: para estudiar a Morro Blanco. Su móvil estaba en el fondo del mar. Por suerte, la pareja de Filadelfia le dijo que iban a mandarle algunas de las fotos que habían sacado.
Estaba tan impaciente que se equivocó de teclas hasta que por fin accedió a su bandeja de entrada.
Por favor, que ya hayan llegado.
¡Sí! ¡Ahí estaban!
Soltó un resoplido. Eran las fotos más espectaculares que había visto en su vida. Mucho mejores de las que hubiese podido hacer él mismo con su teléfono. Tan vívidas que era como si de nuevo estuviese en el agua mirándose cara a cara con una ballena gris salvaje.
Y no cualquier ballena. Morro Blanco.
Estaba a un lado de la barca, tan cerca de la superficie que casi se le podía ver la silueta entera, llenando toda la foto. Su tamaño era impresionante. Era la criatura más gigantesca que había visto. Mucho más grande que el Espía. Y aun así, al hacer zoom en su cara, transmitía una sensación casi como de amabilidad; no se desprendía de su tamaño sino que parecía provenir de su interior.
—No eres solo un animal, ¿verdad? —murmuró, tocando la pantalla—. Eres como nosotros.
Se sintió un poco tonto al decirlo; las ballenas no son humanas. Pero, aun así, Morro Blanco tenía algo especial. No era solo su forma de mirarlo, de esa forma tan curiosamente humana, sino también el recuerdo de cómo lo había empujado suavemente hacia la barca, como si estuviera cuidando de él, como si de alguna forma le importara su bienestar. Sin saber por qué, sintió que se le cerraba la garganta. Llevaba poco más de una semana en Ocean Bay, la semana más solitaria de su vida, al menos hasta aquel día. Pero, por alguna razón, de repente ya no se sentía tan solo.
—Te he encontrado —dijo en voz baja—. O quizá tú me has encontrado a mí.
Fue hacia la ventana, se colocó sobre las huellas de su madre y contempló el mar. Lo triste del asunto es que ya no volvería a ver a su nueva amiga. Marina le había explicado que Morro Blanco, como todas las otras ballenas grises, solo estaba de paso por Ocean Bay, camino de las lagunas del sur. El hecho de que se hubieran visto había sido pura casualidad. Pero, por muy corto que hubiera sido el encuentro, seguramente solo unos pocos minutos, sabía que lo recordaría durante el resto de su vida.
—Me has ayudado —murmuró—. Y ahora también vas a ayudar a mamá.
La siguiente llamada de su madre no sería hasta dos semanas más tarde; aquel domingo ella tenía que ir a una clase especial o algo así. Dos semanas. La espera iba a ser larga. Aunque para entonces seguro que ella ya estaría casi bien del todo… sobre todo después de ver las fotos de Morro Blanco.
¿Qué mejor forma de recordarle lo feliz que había sido de niña? ¿Y, más importante aún, lo feliz que podía volver a ser?
No le había mencionado que iba a enviarle las fotos: a veces ella se confundía si le decía demasiadas cosas a la vez. Sería una sorpresa superespecial.
Le costó varios intentos encontrar las palabras adecuadas con las que acompañar el correo. Finalmente se decidió por algo corto y simple.
Querida mamá:
Aquí tienes unas fotos de Morro Blanco. Hoy pasó por Ocean Bay y la vi con mis propios ojos. Es lo mejor que he visto en mi vida aparte de ti y me hace sentir feliz por dentro. Espero que a ti también te haga feliz.
Te quiero.
Gato Rio xxx
Envió el correo con una sonrisa y tachó otro día en su calendario. Solo quedaban tres semanas hasta que su madre se pusiera mejor y él pudiera volver a casa.