La ballena perdida

Hannah Gold · Capítulo 12 de 44

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La ballena perdida

Capítulo doce. El Espía

CAPÍTULO DOCE

El Espía

 

RIO ABRIÓ LOS OJOS como platos.

—¿¡Conoces a Morro Blanco!? —preguntó, incrédulo. Ya era difícil que la ballena siguiese viva, como para esperar que otros—. Pero… ¿c-c-cómo?

—Ven conmigo —le dijo Marina, mientras le devolvía el dibujo con una gran sonrisa— y te lo muestro.

Antes de que Rio pudiera contestar, ella lo llevó hasta el centro del muelle, donde había barcas de todos los tamaños atracadas en embarcaderos de madera: barcas con mástiles que crujían y suspiraban al viento, barcas de pesca con cajas para langostas que olían muy fuerte a pescado apiladas en las cubiertas, barcas deportivas y estilizadas con nombres floridos y barcas que habían sido tan azotadas por el mar que parecían reliquias de tiempos pasados.

Marina corrió por un pequeño embarcadero hasta detenerse a medio camino.

—Ya estamos —dijo—. ¡Bienvenido a mi casa!

—¿Esta es tu casa? —Rio no consiguió ocultar su sorpresa. Cuando ella le había dicho que su padre montaba excursiones para observar ballenas, no se le había ocurrido que la barca fuera también su residencia—. ¿Aquí es donde vives?

—Pues claro —contestó ella con una risita—. ¿Dónde sino iba a vivir alguien que se llama Marina?

La barca que tenían ante sí era cualquier cosa menos normal: estaba pintada para parecer una ballena gris.

El casco era de un color gris militar, con la silueta del animal pintada de una punta a otra del costado. Atrás le habían pintado la cola, levantada, y delante había un ojo que casi parecía de verdad. En lo alto de la barca, ondeando suavemente con la brisa, había una bandera con los colores del arcoíris.

—¿A que es preciosa? —dijo Marina, ilusionada, dando una palmada.

A Rio, en cambio, le parecía que aquello era un poco demasiado. Claro que, desde que estaba en Ocean Bay, todo había sido más brillante, más grande, más exagerado. Era como si al llegar alguien hubiese subido el control del brillo de su vida, haciéndole parpadear para ajustar su visión a la luz. Desde luego, si existía algo que podía ayudarle a acercarse a las ballenas era aquella barca.

—Se llama Espía —le contó Marina, señalando las letras pintadas a mano a un lado del casco.

—¿Espía?

—Es una cosa que hacen las ballenas grises —explicó ella, alzando los brazos—. ¡FUUUUUU! Sacan la cabeza del agua, así, casi como si se pusieran de pie; entonces echan un vistazo alrededor y vuelven a desaparecer. Se lo llama «espionaje». Nadie sabe bien por qué lo hacen, pero es otra de las razones por las que me gustan tanto.

—Veo que has traído un invitado.

—¡Papá! —La niña se volvió e imitó un saludo militar—. No te importa, ¿verdad?

Rio tragó saliva. El padre de Marina no era como el suyo, que se iba a trabajar en traje gris y pasaba la mayor parte de su tiempo libre viendo fútbol en la tele o jugueteando con su móvil. El niño no sabía cómo sería una persona que vivía en una barca y se ganaba la vida montando excursiones para ver ballenas. Era más mayor de lo que había creído, con los cabellos gruesos y rebeldes salpimentados con manchas plateadas, y una barba de lado a lado, sin bigote. Tenía el rostro bronceado, con arrugas alrededor de los ojos y una nariz que debía de haberse roto al menos un par de veces. Era alto, de hombros anchos, y vestía botas vaqueras y una camisa blanca bajo un abrigo del color del mar.

Pero lo que más atrajo a Rio fue su voz. Era profunda, como un espeso chocolate negro; la voz que tendría un contrabajo si hablara… y, cuando lo hacía, era como si todo el planeta tuviera que sentarse y prestar atención.

—Subid a bordo, por favor.

Rio nunca había estado en un barco. La separación entre el Espía y el embarcadero era de solo un paso, pero este no dejaba de ser por encima del agua. A saber qué habría abajo. Marina saltó sin pensarlo dos veces; tras un instante, Rio cruzó los dedos e hizo lo propio.

La cubierta se hundió ligeramente bajo sus pies, como si él no hubiese entrado en una barca sino en otro mundo. Observó el timón, el banco para sentarse que seguía por los lados y los tres escalones de madera que llevaban a la cabina.

—Bienvenido al Espía. —El padre de Marina le dio la bienvenida y le ofreció una mano que parecía fuerte, como la de un oso; era de esas manos que a uno le hacen sentirse seguro.

—Birch —dijo, presentándose—. Encantado de conocerte por fin. — ¿«Por fin»? Rio levantó una ceja—. Marina no para de hablar de ti. Parece que le has causado una gran impresión.

Las tripas del niño parecieron dar una voltereta en su interior. ¿Marina había estado hablando de él?

Birch sonrió y les indicó con un gesto que le siguieran hasta el interior, que resultó ser sorprendentemente grande y cuadrado. Olía a café y a algo más que no consiguió identificar, aunque si tuviese que definirlo diría que era el aroma de los tesoros enterrados.

El lugar estaba amueblado con sentido práctico y aprovechaba cada centímetro cuadrado de espacio. Había dos banquillos con almohadones el uno frente al otro, separados por una pequeña mesa clavada al suelo que él sospechó que era una cama doble plegable. Había otras dos puertas que debían de llevar a un camarote y al baño. Al otro lado había una cocina americana, aunque llamarla así era bastante generoso: en realidad era minúscula, con una nevera a un costado. En la pared había una escotilla que dejaba entrar la luz del sol, rodeada de varias estanterías y cubículos llenos de papeles, libros, conchas, trastos y trozos de madera convertidos en formas decorativas. En la pared de enfrente había un mapa clavado con chinchetas que mostraba toda la costa del Pacífico.

—Papá —le dijo Marina—, Rio quiere saber de Morro Blanco. Hasta tiene un dibujo de ella.

—¿«Ella»? —preguntó el niño, aunque, bien mirado, no le sorprendía que fuera hembra. Su amiga asintió.

—Sabemos que es «ella» porque las hembras son un poco más grandes que los machos. Muéstrale el dibujo a papá.

Rio lo sacó del bolsillo y se lo ofreció con desgana; no le gustaba nada desprenderse de él, ni por un momento. El hombre se quedó inmóvil un buen rato, estudiándolo.

—¿Quién ha hecho el dibujo? ¿Lo sabes?

Rio tragó saliva, nervioso.

—Mi… madre.

—¿Tu madre? —Birch levantó las cejas como si esperara una explicación. Pero el niño se limitó a asentir y volvió a coger el dibujo. A pesar de que parecían tener curiosidad por el asunto, ni en sueños pensaba contarles nada sobre ella. ¿Y si se reían, o le dedicaban una de esas horribles miradas de lástima? O, peor aún, ¿y si le pedían que se fuera de su barca? Dobló cuidadosamente la ilustración y se la guardó con cuidado en el bolsillo trasero.

—Solo quiero averiguar todo lo que pueda sobre Morro Blanco —dijo, esperando que eso bastara.

—Entonces siéntate, Rio —replicó Birch.