La ballena perdida
Capítulo tres. Mamá
CAPÍTULO TRES
Mamá
HACÍA JUSTO UN MES que Rio se había enterado de que iban a enviarlo a California. Fue un martes por la noche, en diciembre. Estaba sentado con su madre en el sofá mientras veían un documental sobre los osos polares del Ártico. Compartían dos gruesas rodajas de tarta de chocolate metidas en una funda de violín vacía junto con la tetera.
—Gato Rio —le dijo ella, con tono inseguro, llamándolo por el nombre especial que le había dado porque tenías las orejas ligerísimamente puntiagudas—. Te-tengo algo que decirte.
—Mmm —contestó él sin prestar mucha atención; se preguntaba si le dejaría comerse el último bocado de la tarta a pesar de que ya había dado cuenta de casi toda la rodaja de su madre.
—Tengo que irme por un tiempo —siguió ella, en voz tan baja que Rio creyó haberla oído mal.
—¿Irte? —Se volvió hacia su madre, sorprendido. Ni recordaba la última vez que habían salido de Londres—. ¿Adónde?
La mujer se recogió un mechón de pelo rojo tras la oreja, nerviosa. Estaba alarmantemente ruborizada.
—A… un hospital.
A Rio se le cerró tanto la garganta que apenas podía respirar. La miró, horrorizado.
—¿A un hospital? ¿Q-q-qué clase de hospital?
—Uno especial. —Su madre suspiró, se apartó unas migas de la barbilla y le explicó que algunos hospitales no se dedican a curar enfermedades físicas sino a ayudar a personas con otros problemas más… invisibles—. El médico dice que si no voy…
Rio tragó saliva. Empezó a mirar a todos lados, a todo menos a la cara de su madre, que tenía la sonrisa ladeada y los ojos demasiado brillantes.
La conversación fue a peor. Ella le dijo que Rio tendría que quedarse cuatro semanas con su abuela. No podían contar con su padre debido al nuevo bebé, y su otra abuela vivía en una habitación microscópica en una granja, así que también había que descartarla.
—¡Cuatro semanas! —exclamó él; algo le subió tan rápido por el estómago que le vinieron ganas de vomitar—. ¡Pero si tú casi ni hablas con ella!
—Eso es porque tu abuela y yo somos muy diferentes, y la última vez que nos vimos aquí… en fin, no nos pusimos de acuerdo en varias cosas.
—Entonces ¿por qué vas a mandarme con ella?
—Es el mejor sitio para ti, Gato Rio. El lugar más sano. A veces hay que dejar de lado los desacuerdos para hacer lo correcto —dijo su madre con voz cansada—. Y además, solo será mientras… mientras me pongo buena.
Se hizo un silencio que quedó flotando en el aire, de aquellos que preceden a los Grandes Momentos. Esos eran los peores de todos, Rio lo sabía bien.
Su madre siempre había sido impredecible y voluble, a veces ligera y alegre como una flauta dulce y otras seria y dura como un redoble de batería. Rio creía que todos los adultos eran así hasta que su padre le informó de que ella era «diferente»; él intentó que definiera la palabra más exactamente, y su padre se limitó a decir que estaba mal de la cabeza.
Pero ¿qué quería decir eso?
Los períodos oscuros acostumbraban a surgir de la nada, atacaban en los momentos más inesperados y se mantenían durante días o, en el caso del último, durante meses. En esa ocasión incluso cogió la baja de la orquesta por enfermedad, cosa que nunca había hecho antes. Y, aunque el otoño había estado lleno de colores oro y bronce y claros cielos azules, ella se quedaba cada día en casa, como si de repente le diera miedo el mundo de fuera.
Hasta donde Rio veía, el mundo de fuera no había cambiado.
Pero su madre sí.
Nunca sabía lo que le esperaba cuando volvía del colegio. A veces ella no estaba ni vestida, o, si lo estaba, se sentaba en el sofá con las cortinas cerradas del todo. Su pañuelo de seda preferido, de colores de pavo real, que normalmente se ponía solo para los conciertos, a menudo tenía grandes manchas de té. Últimamente en el piso había un olor agrio, como de moho; no importaba cuántas ventanas abriera él, nunca parecía irse. Rio ni recordaba la última vez que su madre había preparado una cena de verdad.
Pero ¿que lo enviara tan lejos, a California? ¿Y solo?
Echó un último vistazo a su alrededor como para absorber el entorno: miró las estanterías repletas de las biografías que a ella le gustaba leer, el inestable atril junto a la ventana, las fotos que había en la repisa y en las que aparecían los dos, en la playa, durante el séptimo cumpleaños de él; y por fin la miró a ella. Y entonces se dio cuenta de que apenas la reconocía. Su rostro era duro, tenso y hasta daba un poco de miedo.
—Pero… ¿por qué no puedo ir contigo?
—Oh, Rio —dijo ella—. El hospital no es lugar para niños.
—¡Tú misma has dicho lo mayor que estoy!
—Demasiado mayor —replicó su madre con suavidad—. Y no debería ser así. Tendrías que estar fuera, jugando, como cualquier otro niño de once años, no encerrado aquí cuidándome.
—¡Pero a mí me gusta cuidarte! —exclamó él—. ¿Qué pasa si no quiero ir tan lejos, hasta América?
La idea de estar separado de ella le hacía sentirse como desnudo y expuesto al mundo, como si alguien le hubiese arrancado un grueso abrigo que ni siquiera se había dado cuenta de que llevaba puesto. Se estremeció, aunque la calefacción estaba puesta al máximo. Ella suspiró y se frotó el puente de la nariz.
—El hospital es para adultos como yo… que necesitamos ayuda.
Rio deseaba protestar y seguir protestando hasta que su madre cambiara de idea.
Pero ella se había echado a llorar, unas lágrimas feas, horribles, que caían en su taza de té y se salían por los bordes. Y, aunque le daba miedo cuando su madre estaba así, la cogió de la mano. Era una mano cálida, encallecida de tanto tocar el violín, pero también era la más suave que él conocía.
Y Rio, que nunca se había considerado muy valiente, respiró más fuerte y más decidido que nunca en su vida.
—Vale —dijo con un hilo de voz—. Iré.