La ballena perdida

Hannah Gold · Capítulo 19 de 44

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La ballena perdida

Capítulo diecinueve. Sonriente

CAPÍTULO DIECINUEVE

 

Sonriente

 

—¿ ABES? —DIJO FRAN aquella misma noche, después de cenar más tarde S

de lo habitual—. Es la primera vez que te veo sonreír.

Rio se tocó las comisuras de los labios con los dedos. No se había dado cuenta, pero sí, estaba sonriendo. Bajó las manos, sorprendido; todo aquello era nuevo para él.

—La ballena gris —siguió su abuela— es uno de los animales más majestuosos que existen. Y, como todos los animales en libertad, hay mucho más en ellas de lo que parece.

Incapaz de contener la emoción, Rio le había contado su encuentro con la criatura, aunque prefirió omitir que se trataba de Morro Blanco y que él se había caído al agua; decidió no compartir esos dos detalles.

—Recuerdo la primera vez que vi una —murmuró Fran—. De eso hace mucho, pero es un sentimiento que no se olvida nunca.

En su rostro se dibujó una expresión lejana, distante; un gesto curiosamente parecido a los que él había visto en los observadores de ballenas. Tanto fue así que sintió la tentación de contarle su plan para salvar a su madre. Quizás hasta pudiese ayudarle.

Estaba intentando decidir si confiar en ella o no, cuando sonó el teléfono.

¡Pues claro! Era domingo. Rio seguía tan excitado después de su encuentro con Morro Blanco que le costó un momento darse cuenta de que se trataba de la llamada que llevaba esperando toda la semana. Por la diferencia de horario, en Inglaterra debía de ser primera hora de la mañana.

Igual que las otras veces, Fran contestó y después le pasó el auricular.

—¡Mamá! —Rio fue a sentarse al escalón de la puerta trasera. En el cielo el sol se estaba poniendo—. ¡Adivina a quién he visto hoy! —dijo, tan emocionado que no pudo contenerse ni un segundo más—. ¡Bueno, nunca lo adivinarías, así que te lo digo yo: Morro Blanco! ¡Tu ballena! ¡La he visto con mis propios ojos, en el mar!

Hizo una pausa para recuperar el aliento. El corazón le latía en el pecho como gotas de lluvia cayendo rítmicamente. Esperó a que ella reaccionara, a que dijese algo.

—¿Mamá?

—Estoy aquí —contestó su madre con una voz que sonó tan lejana que Rio tuvo que apretar más el auricular contra la oreja—. ¿Así que has salido al mar?

Rio se tragó un suspiro; había olvidado que a veces había que decirle las cosas más de una vez. Pero no importaba: se lo repetiría más lentamente y le contaría todo de nuevo desde el principio.

—En el muelle conocí a una niña. Marina. Me llevó a ver ballenas en su barca y…

—¿Qué tiene que ver la marina?

—No; Marina es el nombre de la niña.

—Marina —repitió su madre—. Qué nombre tan bonito.

En el cielo el sol caía cada vez más rápido. Ya estaba tan bajo que tocaba la superficie del agua. Rio apresuró la conversación.

—¿No me has oído, mamá? ¡He visto a Morro Blanco! ¡He visto a tu ballena!

—¿Mi ballena? —Por primera vez sonó un poco más alegre—. ¿Morro Blanco? ¿La que conocí yo?

—Sí, la que conociste tú —afirmó Rio, mientras el sol descendía por debajo del horizonte con un cegador brillo dorado—. La he visto hoy.

Se produjo un largo silencio, tan largo que el niño pensó que le iba a estallar el corazón. Pero, por fin, oyó un ruido minúsculo: el ruido de la sonrisa de su madre.