La ballena perdida
Capítulo cinco. La caja de las alegrías
CAPÍTULO CINCO
La caja de las alegrías
A PESAR DEL CÁLIDO SOL CALIFORNIANO, durante los siguientes días Rio apenas salió de su habitación. Más de una vez Fran se ofreció a enseñarle Ocean Bay, pero él siempre encontraba una excusa para no ir. Quizás así ella captara por fin el mensaje.
Hasta empezó a marcar los días que pasaban en un calendario que se dibujó él mismo. Un día menos para volver a hablar con mamá. Un día menos para regresar.
Pero el tiempo seguía pasando muy lentamente. Las noches eran lo peor. Se despertaba como si una garra le apretara la barriga, y por muchas vueltas que daba no parecía abandonarlo. A veces era una sensación tan fuerte que no podía respirar.
El jueves Rio se encontraba sobre las huellas de su madre, intentando desesperadamente sentir su presencia a través de los listones del suelo, cuando llamaron a la puerta.
—¡Toc, toc! —lo llamó Fran. Ni idea de por qué imitaba el ruido en vez de llamar de verdad. Era otra de sus molestas costumbres.
—¡Adelante! —exclamó él.
—Te he traído tu ropa limpia —dijo ella, asomando la cabeza.
Rio sabía que tendría que estarle agradecido; en Londres estaba acostumbrado a hacerse su propia colada. Pero, por alguna razón, el «gracias» se le quedó atascado en la garganta. Cogió su camiseta amarilla y se la llevó a la cara. Le dolió sentir que ya no olía a su hogar.
Con un suspiro, Fran le dejó el resto de la ropa sobre la cama y le dedicó una de esas miradas por encima de las gafas a las que era tan aficionada. Después carraspeó sonoramente.
—Sé que no es una época fácil para ti —dijo, con las mejillas un poco enrojecidas—, pero estoy segura de que tu madre no querría que te pasases todo el rato encerrado. —Rio se estremeció. ¿Cuándo entendería Fran que él no quería hablar de su madre con nadie, y menos con ella?—. He… he pensado que esto te iba a gustar.
La oyó salir de la habitación, volver a entrar y dejar algo junto a él. Algo que hizo que el cubrecama se hundiera ligerísimamente bajo su peso. Él mantuvo la vista fija en el océano, con tanta intensidad que empezó a ver borroso. No se molestó en mirar el objeto hasta que oyó que la puerta volvía a cerrarse.
Era una caja de zapatos. ¿¡Por qué le había dejado allí una caja de zapatos!?
Entonces vio la pequeña etiqueta en la esquina superior derecha, con unas palabras escritas en una letra que le resultó como un puñetazo en el corazón.
Mi caja de las alegrías
—¿Mamá? —susurró. Algo duro y frágil a la vez pareció partirse en su interior.
Pasó los dedos por la tapa. Desde que él recordaba, su madre siempre coleccionaba cosas que la hacían sonreír.
Nunca eran caras; nada de anillos de oro o detalles finos. Objetos sencillos: un billete de tren de cuando habían ido a la playa, piedrecillas con forma de corazón porque decía que los corazones hechos por la naturaleza eran los mejores, una pluma blanca del ala de un ángel y conchas en las que podía oírse el mar aunque estuviera a kilómetros y kilómetros de distancia.
Decía que coleccionaba esas cosas porque le recordaban que tenía que ser feliz.
En el momento, él no acabó de entenderlo. ¿Por qué iba a necesitar nadie que le recordaran que debía ser feliz? ¡Si eso era algo tan natural como el respirar! Pero su madre le replicó que a algunos no les resultaba tan fácil ser felices como a otros. Y así, con el tiempo, a Rio le fue gustando guardarle cosas a ella. Lo que fuese con tal de que no estuviera tan triste.
Tardó un rato en abrir la caja. Primero metió los dedos bajo la tapa. Después levantó una punta con mucho cuidado antes de retirarla del todo. La caja estaba repleta con varios adornos, papeles y hasta una vieja bufanda de seda, que, al acercársela a la nariz, notó que aún tenía un ligerísimo olor a jazmín atrapado entre las fibras.
Fue sacando cada cosa una por una y dejándolas a su alrededor sobre la cama. Una vieja cartulina de notas del colegio en la que decía que Bella mostraba notables capacidades musicales para alguien de su edad. La factura de su primer violín. Varias tarjetas de cumpleaños. La carta de aceptación de la escuela de música de Nueva York. Una foto de ella en una barca, con el pelo agitado por el viento y la mayor sonrisa que Rio le había visto nunca. Un billete de barco.
En el fondo de la caja había un último objeto. Un cuaderno de tamaño A4. Sabía que a su madre le gustaba dibujar en los ratos libres: el perro salchicha de la casa de al lado, el petirrojo atrevido que a veces se posaba en la ventana de la cocina… además de incontables retratos de Rio. Pero ¿qué había dibujado de joven? Con cuidado, pasó la primera página.
El cuaderno estaba repleto de ballenas.