La ballena perdida

Hannah Gold · Capítulo 6 de 44

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La ballena perdida

Capítulo seis. Ballenas grises

CAPÍTULO SEIS

Ballenas grises

 

TOTALMENTE REPLETO. Una cabeza. Una cola que asoma por el océano. Agua que sale disparada de un espiráculo. Una ballena que salta en el aire. Otra flotando en la superficie. Y más dibujos de colas, saltos espectaculares, cabezas que asoman del agua. Algunos mostraban a ballenas solas y otros eran de madres con sus crías.

Rio apartó la vista y miró por la ventana hacia el océano; la superficie estaba plana y tranquila. Recordó que su madre le había hablado de las ballenas que había visto. Por lo visto las había a montones. Grandes como un campo de fútbol. Con un corazón del tamaño de un coche. Saltando cada año a lo largo de la costa californiana.

—Esta es la mejor época para ir de visita —exclamó su madre—. Las ballenas grises van a pasar por Ocean Bay durante su migración anual al sur. ¡Hasta puede que veas una tú mismo!

Aún recordaba el tono excitado en su voz, como si ver una ballena fuese, en cierta forma, lo mejor del mundo, mejor que los helados y las montañas rusas y hasta que los cumpleaños. Rio había dudado de que ver una ballena fuera tan emocionante, aunque ahora, mirando los dibujos, una extraña sensación le bajó por la columna y le provocó un ligero escalofrío.

—Eres muy bonita —susurró, tocando el papel con suavidad.

Empezó a mirar el cuaderno página por página. Todos los dibujos eran espectaculares, pero uno destacaba sobre el resto.

Estaba hecho a lápiz, y mostraba una ballena que sacaba la cabeza por entre las olas. El ojo que mostraba era tan realista que parecía que de un momento a otro fuese a parpadear. Se inclinó más para verlo mejor, y luego acercó su propio ojo tanto como pudo.

Le costó un momento darse cuenta de lo que le resultaba tan inquietante en la mirada del animal. Y entonces lo vio: no era en absoluto la de un animal salvaje. Se sobresaltó al observar que era particularmente humana.

Iba a pasar la página cuando vio que había algo más en el borde. Unas palabras escritas. Estaban desgastadas por el tiempo, pero consiguió leerlas.

Morro blanco

Al mirar el resto del cuaderno vio que al menos diez de los dibujos eran de una misma ballena. Todos ellos hechos con el mismo amor, con la misma atención al detalle y, sobre todo, transmitiendo la misma alegría sin límites.

—¿Qué tienes de especial? —dijo en voz baja—. ¿Quién eres, Morro Blanco?

Solo había una forma de averiguarlo.

En vez de devolver el cuaderno a la caja, arrancó con cuidado la página que tenía la imagen principal de Morro Blanco y se la guardó en el bolsillo de sus shorts. Era como una cadena que le unía a su madre a través del tiempo y del espacio; y, de alguna manera extraña e inesperada, le hacía sentir un sorprendente bienestar.

Bajó las escaleras corriendo y cruzó la cocina, tan rápido que apenas saludó a Fran antes de salir por la puerta trasera hasta donde el brillante sol de California se reflejaba en la superficie del océano con un millón de rayos de luz.

Se quitó las zapatillas y corrió por la cálida arena hasta la orilla, que estaba casi vacía, solo había un par de chicas adolescentes que cargaban con tablas de surf. Allí el sonido del océano lo ahogaba todo, incluso sus propios pensamientos. Era un golpear rítmico atronador que le llenaba los oídos, con otro ruido intercalado como de rechinar de dientes y un gorgoteo cada vez que las olas se retiraban.

Rio contempló el horizonte sin límite en el que no había nada excepto olas azules y alguna gaviota ocasional que se deslizaba por la superficie. Soltó el aliento que ni se había dado cuenta de que llevaba un rato conteniendo. En ese momento aquello no se trataba solo de un océano, una vasta llanura azul de agua brillante; también era el hogar de la ballena de mamá.

Escudriñó el horizonte de izquierda a derecha una y otra vez. No era tonto; no esperaba ver de repente cómo una ballena saltaba del agua frente a sus ojos, y menosaún que fuera precisamente Morro Blanco. De hecho, el animal podía haber muerto hacía mucho tiempo. Pero el puro deseo de ver una ballena era tan fuerte que miró y miró y miró hasta que le escocieron los ojos. Y, por mucho que lo hizo, el agua siguió en calma.

Hasta que…

CRASH.

SPLAT.

BOOM.

Una gran ola salió de la nada, le dio un fuerte golpe en el pecho y lo hizo caer de cara contra el agua.

—¡Aaaaaarggg!

Cuando consiguió volver a ponerse en pie —los shorts empapados y la boca llena de arena húmeda y áspera—, su primer instinto fue llevarse la mano al bolsillo en busca del dibujo de su madre.

—¡No! —murmuró—. ¡Por favor, no! Pero el dibujo había desaparecido.

Una fuerte y horrible sensación de pánico lo envolvió. Cayó de rodillas y miró frenéticamente a su alrededor. ¡No podía haberlo perdido tan pronto!

Metió los dedos en la arena, rebuscó, sintió el tacto de conchas y piedrecillas. Pero fue inútil. Podía estar en cualquier parte y, aunque lo encontrara, habría quedado arruinado.

Soltó un grito sordo. Y entonces oyó un leve ruido fugaz.

Diez metros detrás de él había una niña más o menos de su misma edad, con el pelo rubio rizado por el que no parecía haber pasado nunca un peine. El sol caía sobre su rostro y le daba el aura luminosa de las cosas no encerradas, las cosas del exterior.

La niña no dijo nada. Extendió su mano, y en ella, increíble y milagrosamente, estaba el dibujo de la madre de Rio, plegado a la perfección en cuatro, tal como él se lo había guardado.

 

Apenas pudo contenerse de arrancárselo de entre los dedos.

—Se te ha caído del bolsillo. Se lo llevaba el viento, pero he conseguido atraparlo. —Extendió más el brazo—. Es tuyo, ¿no?

Rio asintió, carraspeó y se puso en pie con torpeza.

—Sí —dijo por fin—. Es mío. —Y lo cogió, sintiendo en la mano su calidez.

—Y no lo he mirado, por si te lo estabas preguntando.

Rio se sonrojó, y es que eso era exactamente, sí, lo que se estaba preguntando. Miró a la niña con desconfianza, pero no parecía desagradable ni burlona como algunos de sus compañeros de clase en Londres. Más bien tenía una expresión abierta y sincera que hacía imposible no creerla.

—Gr-gr-gracias —le dijo, sintiendo vergüenza por haberla juzgado, cosa que su madre siempre le había dicho que no hiciera.

—No eres de por aquí, ¿verdad? —preguntó ella al oír su acento—. ¿De dónde vienes?

—De Londres —respondió él, y escupió unos granos de arena—. Inglaterra.

—Pues no deberías acercarte tanto al océano si no estás acostumbrado. — Miró la ropa empapada de Rio, pero no con desagrado—. Hay una corriente muy fuerte. No se ve, pero está ahí y si no vas con cuidado puede arrastrarte.

—Yo… solo… estaba…

Él se dio cuenta de que no sabía qué decir. La niña mostraba una seguridad en sí misma como nunca había visto en nadie de su misma edad. No era su peto rojo con tantos bolsillos que resultaba imposible contarlos, o la camiseta de manga corta verde a juego con el color de sus ojos; era su expresión, su forma de estar.

Como si fuese la dueña de todo el océano.

—¿Vives por aquí?

—Allá. —La niña señaló en dirección al faro—. Con mi padre. —Y sonrió al mencionarlo. Era de esas sonrisas que iluminan todo el rostro desde dentro. Si Rio hubiera sido envidioso, se hubiese resentido de aquella sonrisa y todo lo que contenía—. En fin —le guiñó un ojo—, sabes lo que necesitas, ¿verdad? —Él negó con la cabeza—. ¡Bolsillos más hondos!

Y con una última sonrisa se fue.