La ballena perdida

Hannah Gold · Capítulo 10 de 44

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La ballena perdida

Capítulo diez. Marina

CAPÍTULO DIEZ

Marina

 

RIO SE FROTÓ LOS OJOS, INCRÉDULO. Había visto una ballena. ¡Una ballena de verdad, en su entorno natural! Aunque fuese de lejos, era lo más increíble que había presenciado en su vida.

—¿Era una ballena gris? —preguntó, emocionado. No podía creerse su suerte. ¡Acababa de ocurrírsele el plan!

La niña asintió.

—Se distinguen por la forma y el tamaño de su aleta caudal, o sea, la cola. La ballena gris tiene una cola mucho más redondeada que otras ballenas.

—¿Y tú puedes ver eso desde tan lejos?

—Sí, si las observas tanto como yo —replicó ella, y escribió algo en su libreta, que estaba llena de columnas de números y unos garabatos indescifrables—. Soy Marina —añadió, cerrando la libreta de golpe y guardándosela en uno de sus bolsillos traseros—. Marina Silver.

—Rio —dijo él tímidamente, y le ofreció su mano—. Rio Turner.

Marina lo miró como si nunca la hubiesen saludado así. Quizá fuera ese el caso. Cuando él empezaba a pensar que había cometido alguna especie de gigantesco error, ella le devolvió el saludo. Su tacto le resultó cálido y sorprendentemente áspero.

Se le ocurrió que debía volver al museo. Pero, por alguna razón, no se le movieron los pies. En vez de eso, se inclinó más hacia ella.

—¿Estás observando ballenas? —susurró. Él nunca había conocido a nadie que se dedicara a eso. Ni siquiera estaba seguro de qué pinta tenía esa gente; aunque, de haberse imaginado a uno de ellos, seguramente se habría parecido a aquella niña con el pelo de agua de mar y los ojos del color de la cola de una sirena.

Marina asintió de nuevo.

—Observo a muchas ballenas, pero las grises son mis preferidas.

Rio casi dijo «¡Igual que mi madre!», pero se contuvo. No le gustaba hablar de ella con nadie desde que lo intentó con Billy Jenkins en el colegio, creyendo que era su amigo. Pero Billy se lo contó a todos y a Rio le hicieron el vacío durante semanas, como si él mismo tuviera también alguna enfermedad.

—¿P-p-por qué la ballena gris es tu preferida?

—Prefiero los animales que son diferentes. —La niña se encogió de hombros.

«Diferentes como mamá», pensó Rio, con el corazón apretándosele contra el pecho.

—¿Qué quieres decir?

—Mucha gente dice que la ballena gris parece una vieja roca porque tiene un montón de percebes en el lomo y el morro —dijo Marina, señalándose su propia cara, que por suerte estaba libre de percebes—. Pero a mí no me parecen nada feas. ¿Cómo podría ser fea una ballena? Son los animales más preciosos del planeta.

Y miró a Rio, desafiante, quizá para averiguar si había dicho demasiado o para ver si ponía cara de no estar de acuerdo. Pero, por supuesto, él no pensaba nada de eso. Más bien, el corazón se le agitó y le dio un curioso saltito en el pecho.

—¿Sabes cómo llama la gente a la ballena gris? —siguió ella, bajando la voz aunque no había nadie cerca. Rio intentó recordar lo que había leído en el cartel del museo.

—¿La ballena del Pacífico?

Marina negó con la cabeza.

—La ballena amistosa.

—¿Cómo… cómo puede ser amistosa una ballena?

—Porque a veces, durante las excursiones, se acerca a los barcos — Marina extendió una mano— y te deja tocarla.

—¡No! —Rio tuvo la horrible sensación de que le estaba tomando el pelo.

—Te lo prometo por el océano —replicó ella—. Esa es la mejor clase de promesa, porque el océano es lo más poderoso de la Tierra. Más poderoso incluso que los humanos. Aunque la mayoría de los humanos no quieren admitirlo.

—¿Alguna vez has tocado una?

—Solo una vez, y fue lo mejor del mundo… como tocar un arcoíris. —Él la miró, maravillado. Marina siguió, con los ojos brillantes—. Mi padre monta excursiones para verlas. Y no son excursiones cualquiera: son las mejores de Ocean Bay.

—¿Excursiones para ver ballenas? —Rio se había quedado sin aliento—. ¿Tu padre?

Si Marina notó cómo se le había quedado la boca abierta al niño, no dijo nada.

—La gente viene a Ocean Bay de todo el mundo para ver las ballenas grises. ¿Tú no estás aquí por eso?

Era una pregunta muy simple, pero él no supo qué contestar. Contempló la cara sincera de Marina y después el océano.

Lentamente, ola por ola, la respuesta fue cobrando forma en algún lugar de su barriga, hasta que le pareció que siempre había estado allí.

—Sí —dijo decidido, mirándola de frente—. Sí, he venido por las ballenas.

Marina asintió, casi como si no hubiera podido haber otra razón.

—Bueno, y entonces ¿a qué esperas? —Le dedicó una sonrisa traviesa—. ¿Quieres venir a verlas conmigo?