La cinta roja

Carmen Posadas · Capítulo 1 de 56

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La cinta roja

Preámbulo

 

C uando yo era niña, durante las largas y muchas veces tediosas clases de Historia, me dedicaba a hojear anticipadamente las páginas del libro que tenía delante, poniendo atención sólo a las ilustraciones que me parecían más atractivas. Así es como descubrí un retrato de Teresa Cabarrús y, debajo, la siguiente

explicación:

 

Espía y aventurera española que logró acabar con el Terror en la Revolución francesa. Rea de la

guillotina, amante de asesinos y de futuros emperadores, fue también marquesa, revolucionaria, princesa

y madre de diez hijos.

 

Como ocurría a menudo entonces, por lo menos en mi colegio, el fin de curso

llegó antes de que lográramos terminar el libro, por lo que no alcanzamos ese año a

estudiar la Revolución francesa. Al siguiente, sí; pero en el libro de sexto ya no había

retrato de la aventurera y espía española. Así, la olvidé durante años hasta que un día

tuve la oportunidad de toparme de nuevo con ella gracias a un cuadro de Goya. En el

Banco de España se guardan los retratos de todas las personalidades relacionadas con

esta institución, fundada en tiempos de Carlos III. Pues bien, uno de los promotores

fue Francisco Cabarrús y, preguntando, averigüé que aquel grueso caballero de calzón

corto de un curioso color verde lima, según lo retrata Goya, era, además, el padre de

mi aventurera de la Revolución francesa.

Siempre me han interesado las vidas con claroscuros, con altibajos, con

momentos sublimes y otros bochornosos o miserables. También me interesan más los

personajes de la Historia que, sin ser protagonistas de primera fila, son capaces, en un

momento dado, de cambiar su rumbo y, por tanto, de modificar el futuro. Tal es el

caso de mi protagonista. Hay que decir, además, que Teresa -o Thérésia, como ella se

hacía llamar para mantener en lo posible el sonido español de su nombre- fue una

mujer extraordinariamente bella. El dato lo añado con suma cautela porque suele

distorsionar la percepción que se tiene de una persona, más aún si se trata de una

mujer. De hecho, resulta curioso señalar cómo casi todos los biógrafos de Teresa

Cabarrús han sido hombres, y cada uno de ellos se confiesa fascinado, por no decir

enamorado, del personaje. Sin embargo, yo creo que ni la fascinación ni mucho

menos el enamoramiento son buenos puntos de partida para una biografía. El

fascinado tiende a moldear la realidad y los personajes según sus deseos; tiende

también a veces a quedarse en la superficie, en el mero aspecto exterior, en la

espuma, no en la esencia; en lo anecdótico, por tanto. Y en el caso de Teresa es muy

fácil hacerlo porque ella era, en efecto, superficial, lucía un bello aspecto exterior y

su vida estuvo llena de anécdotas.

Las biografías más antiguas a las que he tenido acceso la retratan como una prostituta de lujo o, en el mejor de los casos, como una cortesana. Se recrean mucho,

por ejemplo, en el papel que desempeñó, junto a su gran amiga la emperatriz

Josefina, como diosa del período histórico que se conoce como del Directorio.

Hablan de su peculiar forma de vestir (o deberíamos decir desvestir), con túnicas

romanas abiertas hasta medio muslo, el pecho desnudo y sus areolas rodeadas de

pequeños diamantes. Resaltan las fiestas que organizaba para reunir a los personajes

más célebres de la época; en los primeros tiempos de la Revolución, a La Fayette,

Mirabeau, Talleyrand. O, más adelante, durante el Directorio, a Napoleón, Fouché,

Chateaubriand. Hablan mucho de su frivolidad, del descarado uso que hizo de su

belleza y de cómo, tras la muerte de María Antonieta en la guillotina, se la llegó a

considerar algo así como la reina o diosa profana de la Revolución, mitad prostituta,

mitad santa, a la que llamaban, por cierto, Nuestra Señora del Buen Socorro.

Reconocen, en efecto, sus méritos como artífice del fin de la época del Terror, y la

Némesis de Robespierre, pero la presentan como un mero instrumento en manos de

otros actores más destacados desde el punto de vista político, como el maquiavélico

Fouché o el ambicioso Barras.

Otras biografías más recientes gustan de presentarla, en cambio, como una espía

de la corte española o, más injustamente, como una simple marioneta cuyos hilos

movía desde la distancia su padre, el conde de Cabarrús, en connivencia con Godoy.

Aventurera, también intrigante, prostituta, espía, frívola, marioneta… Pienso que si

no hubiera sido tan bella, los epítetos que inspiró a los cronistas de otras épocas

habrían sido bastante menos desdeñosos. Pero incluso sus biógrafos más

«fascinados» no pueden dejar de señalar otros valores que también tenía Teresa y que

parecen contradecir su fama de consumada devoradora de hombres. Me refiero al

papel primordial que desempeñó al salvar de la guillotina a millares de personas,

primero en Burdeos y después en París. O, más importante aún, al hecho de que fue

su mano la que guió a Jean-Lambert Tallien para acabar con Robespierre y con una

de las etapas más sangrientas de la Historia. Un poco más adelante, esa misma mano,

siempre generosa, se tendería incondicional hacia Josefina cuando las dos

compartieron prisión y sentencia de muerte; la misma mano, por cierto, que un par de

años más tarde ayudaría a medrar a un ignoto militar llamado entonces Napoleone di

Buonaparte.

Y es que la vida de Teresa Cabarrús se extiende desde los idílicos años del

reinado de Luis XVI y María Antonieta, luego a lo largo de la Revolución y la época

del Terror, más tarde por la escandalosa frivolidad del Directorio, hasta el imperio de

Napoleón, y continúa aún más allá de su derrota en Waterloo y del exilio en Santa

Elena. De todos estos tiempos azarosos y apasionantes fue testigo de excepción

nuestra protagonista, hasta acabar como madre devota de diez hijos y princesa de

Chimay en un viejo palacio a las afueras de Bruselas. Cerca ya de su muerte cuentan que dijo: «¿De veras he vivido tantas vidas? A veces pienso que fue todo un sueño».

Se dice que la noche del 14 de julio de 1789, tras la caída de la Bastilla, Luis XVI

le preguntó al duque de La Rochefoucauld: «¿Se trata de una revuelta?», a lo que el

duque, muy influido por los términos científicos y astronómicos que empezaban a

popularizarse por aquellos tiempos, respondió: «No, sire, se trata de una

revolución»… No se equivocaba La Rochefoucauld: aquello era una revolución. Un

giro copernicano impulsado por los mejores sentimientos del ser humano, el deseo de

libertad, de fraternidad, de igualdad. Un viraje de ciento ochenta grados concebido

para acabar con los antiguos privilegios, con la esclavitud y con la diferencia de

clases, pero que terminó como Saturno devorando a sus hijos. «El sueño de la razón

produce monstruos», escribió Goya para acompañar una de sus pinturas negras, y lo

mismo podría decirse del tiempo histórico que todos conocemos como la Revolución

francesa: uno en el que el ser humano fue capaz de lo más sublime y también de lo

más bajo y abyecto. En este escenario y con estos mimbres se trenzó la historia de

Teresa Cabarrús y la de aquel bello sueño.