La cinta roja
La última metamorfosis
A pesar de la inquina de Bonaparte, Teresa consiguió conservar la amistad de la emperatriz Josefina, que tenía un gran corazón y nunca olvidó las muchas bondades de mi madre para con ella. A medida que Napoleón se hacía inmensamente poderoso, Josefina perdió todo su ascendiente sobre él y se convirtió en una
prisionera del protocolo, pero aun así siguió entrevistándose con Teresa en secreto
hasta que la noticia de estos encuentros llegó a Napoleón y él escribió a su esposa esa
carta a la que acabo de hacer alusión. Por cierto, el «miserable» del que habla el
emperador en su misiva es mi padre, el futuro príncipe de Caraman-Chimay, con
quien ella casó en 1805. Y no tenía en ese momento ocho hijos, como sostiene
Bonaparte, sino seis: mi hermano mayor, Théodore de Fontenay; la segunda, Rose
Thermidor de Tallien, y luego cuatro hijos de Ouvrard: Clemence, a quien conocemos
ya; luego el más célebre de mis hermanos, Édouard, que ha pasado a la historia como
el doctor Cabarrús, homeópata avant la lettre, y por fin dos niñas, Clarisse y
Stéphanie. El resto, hasta diez, nacerían de su relación con mi padre: dos chicos,
Joseph y Alphonse; una niña, que murió antes de cumplir ocho años, y yo, Marie-
Louise. ¿Pero qué pasó, se preguntará tal vez el lector, con todos los anteriores
hombres que hubo en la vida de Teresa y cómo entró en escena su último y definitivo
amor? Volvamos un poco atrás en el tiempo para dar a todos cumplido espacio.
Su primer marido, Devin de Fontenay, a quien en el curso de este relato hemos
dejado en la Martinica, volvería a Francia unos años más tarde y sin blanca para
atormentar a mi pobre hermano Théodore con sus caprichos. En cuanto a Tallien,
también regresó de Inglaterra, donde como ya sabemos había sido muy bien acogido
por los ingleses. Sin embargo, después de un tiempo, ellos también se aburrieron de
sus batallas, de modo que, vencido y una vez más sin dinero, decidió volver a París.
Así lo hizo en 1801 con la pretensión de que mi madre nada menos abandonara a
Ouvrard y volviese «a vivir con su marido legal», según sus palabras.
Teresa se entrevistó con él, y según le oí contar sólo una vez (mi madre no era
amiga de relatar sus actos caritativos) sintió infinita lástima. Tallien era una sombra
de lo que había sido: estaba calvo y con la boca llena de dientes podridos, puesto que
el alcohol y el sufrimiento habían hecho estragos en su cuerpo; también en su mente.
Creo que el encuentro con Rose Thermidor fue especialmente doloroso y mi hermana
siempre recuerda el modo en que su padre pasó largo rato besando el bajo de su
vestido, un extraño gesto que la niña no supo cómo interpretar. Mi madre, como es
lógico, no podía cumplir los sueños de Tallien de que volvieran a ser lo que él
llamaba una familia feliz. «Lo que sí puedo ofrecerte en cambio -le dijo- es un
hogar», y así lo hizo. Brindó a Tallien la posibilidad de instalarse en una de las casas
que ella poseía en los Campos Elíseos, muy cerca de La Chaumiére.
Tallien y mi madre se divorciaron en 1802, y para que el lector conozca cómo
acaba la historia del primero diré que tras muchos ruegos y súplicas a Talleyrand, y
también a Fouché, Tallien logró una pequeña limosna de sus antiguos y ahora muy
poderosos amigos. En 1804 le fue concedido el puesto de cónsul francés en Alicante.
Pocas semanas más tarde, la mujer de Junot, que lo reencontró en Madrid en la mesa
del embajador de Francia, cuenta en sus memorias cómo «con un escalofrío me
pareció estar volviendo atrás, a los tiempos de la Revolución, al ver su figura acabada
y también odiosa».
Mi madre, en cambio, lo defendió hasta el fin de sus días y continuó carteándose
con él durante todo el tiempo que estuvo en España. Por fin, los acontecimientos de
1808 en la Península le hicieron perder su humilde puesto en Alicante y unas fiebres
contraídas poco antes lo llevaron a un estado lamentable. Volvió entonces
nuevamente a París; había perdido un ojo y su situación económica era desesperada.
Una vez más comienza la peregrinación llamando a las puertas de todos sus antiguos
amigos, limosneando un puesto por muy humilde que fuera. «Encuentro sólo buenas
palabras y manifestaciones de amistad huecas, me llaman mi muy querido Tallien,
pero me dejan morir de hambre», escribiría a mi madre. Y es ella una vez más quien
le auxilia. Por esas fechas tuvo lugar la boda de Rose Thermidor, en la que Tallien
actuó como padrino. Una vez acabada ésta, mamá le propuso llevarle a casa en su
carruaje y ambos tomaron asiento frente a frente, como tantas veces antes en el
pasado. La relación de él con mi madre continuó hasta su muerte en 1820. Dicen que
sus últimas palabras fueron para Teresa. Ella, al saber la noticia, no derramó ni una
lágrima. Ya sabemos cuán poco amiga era de hacerlo, especialmente cuando algo la
afectaba en lo más hondo. «Qué lejos queda La Chaumiére», fue su único comentario
refiriéndose a la casa en la que ambos se habían mudado a la muerte de Robespierre,
cuando se convirtieron en los personajes más amados de toda Francia. Y luego,
volviendo hacia mí esa sonrisa suya tan hermosa, recuerdo que añadió: «Qué vida la
mía, ¿verdad que parece un sueño?».
Barras, por su parte, también gozó de la amistad de mi madre hasta sus últimos
días. Tras la llegada de Bonaparte al poder, este ídolo de otros tiempos cayó en total
desgracia. Despreciado por éste y sometido a vigilancia por parte de la policía, tuvo
que abandonar su suntuoso palacio de Grosbois, que fue más tarde confiscado por el
emperador. Después de una corta estancia en Bruselas, donde se refugió para evitar
las iras de su antiguo amigo y protegido, acabó refugiándose en la Provenza, donde se
hizo olvidar en un prudente y voluntario exilio. Durante todos estos avatares mi
madre y él continuaron en contacto por carta, y ella incluso le visitó en su retiro más
de una vez.
En cuanto a Ouvrard, y como ya sabemos, tampoco era santo de la devoción del
nuevo amo del mundo por lo que tuvo mil y una dificultades durante la época napoleónica. Al principio, continuó siendo el especulador exitoso y también osado
que siempre había sido. Pero la enemistad de Napoleón lo mantenía en una perpetua
cuerda floja, temiendo ser encarcelado en cualquier momento o tener que presenciar
cómo todo su dinero era confiscado. En lo que se refiere a su relación amorosa con
mi madre, es curioso señalar cómo ésta acabó de la misma forma evanescente en que
había nacido. Si había comenzado sin apenas cortejo ni noviazgo, también se diluyó
de la noche a la mañana y sin especial sufrimiento para ninguno. Este distanciamiento
coincidió con la aparición de mi padre en el horizonte, el entonces conde de
Caraman. «Otro cambio de montura, otra conquista de esta insaciable cazapartidos»,
podría decir aquí un detractor o incluso el propio Napoleón, que tanto deploraba sus
vaivenes amorosos. Quizá, pero mi madre, como ya sabemos, a pesar de su facilidad
para cambiar de pareja, tenía igual arte para conservar la amistad de su ex amantes y
maridos. Así, según me contó ella misma, al final de su relación con Ouvrard ambos
se despidieron con aquel ritual «merci, madame», «merci, monsieur» que ya había
usado en otros adioses y él, que adoraba a sus hijos, sólo reclamó la posibilidad de
verlos siempre que lo requiriera. A cambio, Ouvrard siguió atendiendo durante un
tiempo y con generosidad las necesidades económicas de mi madre. Ella tenía su
propia fortuna, pero estaba considerablemente disminuida por sus muchos gastos.
Durante el corto intervalo entre un amor y otro, mi madre continuó con una de sus
más inveteradas costumbres: la de organizar fiestas, almuerzos y todo tipo de
reuniones sociales. Cierto es que había cumplido treinta años y su cintura no era ya
tan fina como antes. Cierto también que a sus salones ya no acudían las personas más
importantes del momento gracias a la enemistad de Bonaparte, pero aun así mi madre
conservaba la amistad de varios personajes que no sólo habían conseguido sobrevivir
a los cambios, sino que jugaban un papel destacado en la vida social, como el siempre
ubicuo Talleyrand, convertido ahora en ministro imperial, o la inefable madame de
Staël.
Fue precisamente en casa de esta última donde conocería a mi padre. Mi madre
era aún muy bella, aunque un tanto más gruesa después de sus cuatro últimas
maternidades, es cierto, pero sin una arruga en torno a sus hermosos ojos; el pelo, por
su parte, continuaba siendo abundante, lustroso, sin canas, y caía tan espléndido
como siempre sobre sus hombros cuando lo lucía suelto, algo que a ella le gustaba
mucho, si bien la moda Imperio requería otros peinados, otros artificios. Un día en el
que como tantos otros se dedicaba a frecuentar los salones de su vieja amiga madame
de Staël, ésta la llevó a un aparte para presentarle a un joven de unos treinta y tres
años, alto y de porte distinguido. Decía llamarse Joseph Philippe, conde de Caraman,
y haberla admirado siempre a distancia y en silencio. Entablaron conversación y él la
invitó a bailar. Entonces contó que era un emigrado, que llevaba fuera de Francia
desde el comienzo de la Revolución y que para subsistir había tenido que dar clases de violín y de matemáticas en Hamburgo. Una vez acabado el baile, Germaine se
encargó de facilitar a mi madre muchos otros datos interesantes sobre este nuevo y
tan entusiasta admirador. «Querida, verdaderamente qué suerte tienes. Ahí donde lo
ves, además de guapo y bien plantado, pertenece nada menos que a la familia de los
Riquet, y su padre, Víctor, es antiguo teniente general de la armada francesa. Por si
fuera poco, su fortuna es tan grande que ha logrado sobrevivir sin merma a la
Revolución. Él, por su parte, es un hombre cultivado, dulce y modesto que ha
recibido una excelente educación en el seno de una familia amante de la música.
Además, su talento como dibujante le granjeó una pequeña reputación entre los
emigrantes franceses refugiados en Alemania. Dicen que allí todas las muchachas y
no pocas de sus madres estaban secretamente enamoradas de este joven callado y tan
guapo».
Todo lo apuntado por madame de Staël es cierto punto por punto, pero yo, que
soy su hija, debo añadir un dato aún más relevante sobre él. Mi padre era, por encima
de todas las cosas, un sentimental. Enamorado a distancia de mi madre, en cuanto la
conoció concibió por ella un instantáneo y profundo amor. Y daba igual que tuviera
seis hijos, cuatro de ellos naturales, como tuvo a bien señalar Napoleón. Tampoco le
importó que fuera una figura más que destacada de ese capítulo trágico de la
Revolución que se conoce como El Terror, ni que hubiera sido amante de dos
regicidas. Ni siquiera pareció importarle que su catálogo de conquistas fuera tan
extenso como escandaloso y que tuviera por tanto en grado superlativo eso que las
familias respetables llaman «un pasado». No, nada fue impedimento para su amor y,
desde el primer día, mi padre se propuso que Teresa fuera suya para siempre. ¡Y qué
de obstáculos tuvo que vencer para lograrlo! El mayor de ellos, la oposición
irreductible de su poderosa familia. Él, que era de temperamento tranquilo y adoraba
a los suyos, estaba habituado por educación a ceder siempre a la voluntad de sus
padres. Pero en este caso y una vez más pudo verse el irresistible ascendiente que
Teresa ejercía sobre los hombres. Tal como en el caso de Tallien logró convertir a un
hombre débil en la mano ejecutora que libró a Francia de Robespierre, también en el
de mi padre logró modificar su carácter. Y lo hizo no a base de enfrentarlo con su
progenitor, sino todo lo contrario. Le aconsejó paciencia, prudencia y sobre todo
mucha mano izquierda. Y mientras él, siguiendo sus indicaciones, actuaba de ese
modo, ella concentró todas sus energías en preparar lo que podríamos llamar una
estrategia envolvente. Consistía ésta en movilizar a muchas personas relevantes que
gozaban de la total confianza de la familia Caraman para que hablasen en su nombre.
Que recordaran a su futuro suegro cuántos aristócratas emigrados como él habían
logrado salvar no sólo su fortuna, sino también su cabeza de la guillotina, gracias a
ella. Y fueron tantos los que hablaron maravillas, tantos los que se decían en deuda
eterna con Teresa Cabarrús, que mi abuelo se vio abrumado por los requerimientos. Aun así, y no contenta con ello, mi madre dio un paso más: escribió una carta
directamente a su futuro suegro.
Estoy a vuestros pies y anhelo estarlo toda mi vida. Vuestros consejos y deseos se convertirán en la regla
de mi conducta, y me atrevo a aseguraros que ésta será tal que acabará por obtener vuestra estima y
justificará la elección de vuestro hijo. Dichosa de consagrar mis días a su felicidad, me someto con gozo y
agradecimiento a todo lo que vos juzguéis conveniente. Sed, señor, árbitro de mi destino. Dignaos ser mi
guía, mi camino, mi corazón no espera más que vuestro asentimiento para atreverme a llamaros padre.
La carta era una muy medida súplica y también un pliego de intenciones para el
futuro, pero lamentablemente ni ésta ni tampoco las entusiastas palabras de tantos que
intercedieron a su favor conmovieron el corazón de mi abuelo. Por fin, vista su
intransigencia, mis padres tuvieron que decidirse por una actuación que ambos
hubieran querido evitar a toda costa: enviar un respetuoso requerimiento judicial y
seguir adelante con sus planes. Teresa puso entonces todo su empeño en hacer anular
por las autoridades eclesiásticas su primer matrimonio con el fin de poderse casar por
la iglesia. Aunque ella había estado casada dos veces, el matrimonio con Tallien no
presentaba problemas por haber sido civil, como todos los revolucionarios. Tras unas
breves gestiones, la suerte estuvo una vez más de su lado y el cardenal Bellay le
otorgó la anulación, lo que aumentó aún más la ira de mi abuelo, que amenazó con
recurrir directamente al Papa. No hubo tiempo a que lo hiciera. Dos días más tarde
mis padres contraían matrimonio en la iglesia de las Misiones Extranjeras, sita en la
Rue du Bac de París. La ceremonia tuvo lugar en una pequeña capilla lateral sin más
presencia que la de Frenelle y otro fiel criado de mi padre. No asistieron ni amigos
aristocráticos por parte del novio ni viejas glorias por parte de la novia; ni siquiera mi
abuelo materno, a quien mamá adoraba, tuvo a bien asistir. Ofendido por el desprecio
de la familia Caraman hacia su hija, el conde de Cabarrús, convertido ahora en
consejero de Estado de Su Majestad Católica, prefirió quedarse en Madrid, aunque sí
envió a los novios un magnífico regalo en metálico «con sus mejores deseos».
Sin embargo, el mejor presente de bodas estaba aún por llegar. Para enojo de mi
abuelo paterno y gran regocijo de mi padre y más aún de mi madre, ambos pudieron
ver cómo la suerte les sonreía una vez más con una circunstancia completamente
inesperada: el príncipe de Chimay, tío materno de papá, acababa de morir dejando a
su sobrino una considerable fortuna y el principado de Chimay en Bélgica, a unos
cien kilómetros de Bruselas.
Como bien puede suponerse, esto alegró mucho el viaje de novios de mis padres.
Dinero y poder, ¡ábrete sésamo!, buenos son, y es curioso resaltar cuántas puertas
antes cerradas volvían a franquearse de pronto. Primero en Florencia y luego en
Roma, ambos fueron recibidos por los más altos representantes de la nueva
aristocracia, la reina de Etruria e incluso Lucien, hermano de Napoleón, quien los
acogió con los brazos abiertos. ¿A qué se debía esta deferencia?, ¿sería que los Bonaparte, cada vez más críticos con el despótico carácter de su todopoderoso
hermano, deseaban demostrarle que no estaban de acuerdo con su veto a Teresa
Cabarrús? En Nápoles, por ejemplo, los recién casados fueron agasajados por José,
rey de las Dos Sicilias, el más cabal y dulce de los Bonaparte, con quien mi madre
siempre tuvo una buena relación.
Por fin, una vez acabada la luna de miel, que duró varios meses, llegó el momento
en que Teresa debía incorporarse a su nueva vida y su nuevo ambiente. Recuerdo
haberle oído contar cómo hizo su entrada en esta casa en la que ahora me encuentro,
mi muy querido castillo de Chimay, en el que nacimos mis tres hermanos y yo. Dicho
relato figura además entre las notas sueltas que he encontrado junto a los papeles de
mi madre, y dice así:
A pesar de la fatiga era necesario ser amable y responder a los parabienes de los notables del lugar, y
recibir los honores que me ofrecían varias damas vestidas de blanco. Pequeños cañones de fogueo
atronaron el aire saludando nuestra llegada. Las casas lucían engalanadas y, a pesar de lo temprana de la
hora, toda la población estaba en las calles ataviada de fiesta. Las aclamaciones seguían al carruaje de un
modo que mucho me hizo recordar otros y felices tiempos, tanto en París como en Burdeos. En esta
ocasión, el cortejo estaba formado por la caballería de las diecisiete villas que pertenecen al principado.
Después del desfile fuimos agasajados con un banquete monstruo (sic) al fin del cual los sacerdotes
presentes entonaron un De Profundis en honor al príncipe difunto, al que siguió un baile en honor a su
príncipe actual. Para acudir a éste, tuvimos que descender a una de las villas, ahora toda iluminada y
también engalanada con carteles en los que podían leerse deseos de bienvenida, algunos de ellos dedicados
«a la más bella», «a la más bondadosa», «a la más amada», lo que casi me hizo llorar de alegría, pues todo
esto lograba que me sintiera una vez más como mi vieja encarnación de Nuestra Señora del Buen Socorro.
Aquí acaban las notas tomadas por mi madre, pero es fácil imaginar qué otras
cosas pensaba ella en esos momentos. La novela de aventuras que fue su vida en sus
primeros veintiséis años se enriquecía de pronto con un capítulo tan inesperado como
feliz. ¿Por qué extraño encadenamiento de los más contradictorios acontecimientos
llegaba ella ahora a jugar el papel de auténtica princesa después de haber formado
parte destacada del cortejo revolucionario que tanto hizo por suprimir toda
aristocracia? Era como si la suerte hubiera querido que, más allá de la Revolución,
del Terror y del Directorio, Teresa reanudara el hilo de un destino que siempre le
había estado reservado y que debía cumplirse por muy extraños vericuetos. El papel
que ahora debía representar no era desconocido para ella, ni mucho menos. En
realidad se trataba de la misma obra teatral en la que había debutado brillantemente
en su adolescencia, cuando llegó a París y se dedicaba a bailar boleros en los salones
de madame de Genlis. Y como conocía a la perfección el papel de dama de la
aristocracia, y como ella siempre decía ser una actriz de talento y a la vez muy
natural, lo cierto es que no tardó nada en adaptarse a este nuevo escenario que la
suerte le había deparado. Parecía «nacida para el papel», como ella misma hubiera
dicho sin duda riendo e intentando quitarle importancia al hecho. Y, como no podía
ser de otro modo dado su carácter, de inmediato comenzó en Chimay sus labores de ayuda a aquellos que más la pudieran necesitar. Organizó para ello una sociedad de
socorro, así como la construcción de un nuevo hospital, lo que hizo que en muy poco
tiempo fuera querida por todos.
¿Realmente por todos? No, sin duda. Si bien las buenas gentes de Chimay la
acogieron de inmediato y con cariño, no ocurrió lo mismo con la llamada buena
sociedad belga. Condes, barones, duques, toda esa vieja aristocracia rancia no podía
ni deseaba olvidar que era una mujer con lo que en esos círculos eufemísticamente se
llama un passé. Mi madre conservaba su casa en la Rue Babylone de París y viajaban
allí con frecuencia, pero tampoco en esos círculos la aceptaron, puesto que, a pesar de
que sabemos por lo que narra Napoleón en su Memorial de Santa Elena ella y el
emperador se reencontraron varias veces, él nunca le devolvió su amistad. Tampoco
la restauración de la monarquía en Francia, ocurrida en 1815, supuso su
reivindicación. Luis XVIII jamás olvidó que mi madre había convivido con Tallien y
luego con Barras y que ambos habían votado la muerte de su hermano. Ocurrió
incluso que cuando mi padre fue nombrado chambelán de la corte de los Países
Bajos, el rey Guillermo se negó a recibir a Teresa. Pero mi madre, si todo lo antes
detallado le importaba, jamás lo confesó ni, desde luego, lo dejó traslucir en ninguna
de sus actitudes. Más de treinta años viviría en este dulce exilio y hasta su muerte
continuó con sus labores sociales y también organizando alegres reuniones tanto en la
casa de París como en Chimay. Los invitados a sus fiestas no eran ahora políticos ni
personajes relevantes, sino artistas, músicos como Cherubini, que compuso en
Chimay su Gran Misa. O Auber, que escribió también allí su primera ópera. Él diría
de mi madre que «cuando entraba en un salón hacía el día y la noche; el día para ella,
y la noche para los demás».
Este afán suyo por la música estaba relacionado además con el amor que sentía
por mi padre. Él, que durante la Revolución se había ganado la vida dando clases de
música, tocaba maravillosamente el violín, y yo recuerdo de niña, por ejemplo, ver
cómo acompañaba a la célebre cantante María Malibrán mientras Isabey pintaba
miniaturas junto a la ventana.
Pasaron los años y llegó 1825. Para entonces, Napoleón y gran parte de los
actores principales de la Revolución francesa habían muerto ya. Entonces, los
franceses habían comenzado a mirar atrás y todo aquello que estaba relacionado con
la Revolución llegó a adquirir una increíble popularidad. Hacían furor los libros sobre
el tema, y en especial las memorias, puesto que lo que la gente deseaba no eran
tratados académicos, sino testimonios reales que explicaran cómo eran y qué sentían
las primeras figuras de tan singular momento histórico, a ser posible con detalles
íntimos y también escandalosos. Como es lógico, dado el carácter ambiguo de sus
avatares vitales, la mayoría de los actores de tan singular tragicomedia no tenían la
menor intención de confesar sus andanzas ni explicar lo que hicieron ni por qué. Así ocurrió que se echaban en falta muchas memorias de las personalidades más
relevantes, pero los editores de la época no se acobardaron por tan insignificante
detalle. Si el interesado no quería escribirlas, otros lo harían por él: un escritor
fantasma, por ejemplo, que luego firmase no con su nombre, sino con el del personaje
cuya voz había impostado. Surgieron entonces un sinfín de memorias, recuerdos o
diarios apócrifos que la gente devoraba tomándolos por verdaderos. Entre esta plaga
de libros mentirosos no podía faltar una autobiografía falsa de Teresa Cabarrús y, ante
la inminencia de su publicación, mi hermano Édouard, que ya para entonces era un
médico célebre, escribió desde París a nuestra madre pidiéndole autorización para
impedir judicialmente la publicación del libro. Tengo ante mí copia de la carta con la
que ella le respondió, y dice así:
Bruselas, 5 de julio de 1825
Te agradezco en el alma, amigo mío, que quieras impedir la publicación de este volumen con el que se
me amenaza. Hasta el momento no he pensado escribir unas memorias ni creo que las escriba nunca; no
querría hacer daño a nadie ni publicar las cartas remitidas a mí en un tiempo que ya no existe, puesto que
hacerlo sería tanto como vengarme cruelmente. He vivido hasta hoy sin haber hecho derramar a otros una
sola lágrima, creo yo. Y lo he hecho sin experimentar un sentimiento de odio ni un deseo de venganza, por
lo que deseo morir tal como he vivido. En cuanto a esas memorias que quieren atribuirme, estoy segura de
que nadie podrá creer que quiera turbar la tranquilidad de mi alma dando que hablar de mí. Debo a
monsieur de Chimay el deber de dejarme calumniar sin quejarme, y sea cuales fueren los ataques no
obtendrán más que mi desprecio y el de la gente de bien.
Tu mejor amiga,
Teresa
Creo que estas líneas revelan ciertos aspectos interesantes de la personalidad de
mi madre. La primera es la pequeña coquetería de llamarse la «mejor amiga» y no la
madre de un hijo que ya peina canas. El segundo es la declaración de que nunca
escribirá sus memorias por temor al daño que pueda ocasionar a otros. A este respecto
he de señalar lo arduo que fue convencerla para que lo hiciera. Recuerdo bien lo que
ella opinaba al principio de mis ruegos:
–Querida mía -porfiaba-, escribir una autobiografía no tiene sentido en absoluto.
Lo realmente interesante no se puede contar, y lo que se puede contar no siempre es
interesante. Evítame por tanto esa engorrosa tarea.
Al final, la única forma de vencer sus reticencias fue jurarle que nada de esto
vería la luz hasta que todos nosotros, yo incluida, hubiéramos muerto. Pobre mamá,
mi consuelo ahora es que, según ella misma confesó en su última carta, escribir
supuso un entretenimiento inesperado en sus postreros días, cuando ya estaba
apartada de todos y de todo.
Ahora toca poner punto final a estas líneas. Decir que la vida de mi madre estuvo
llena de todos los contrastes que se pueden dar en un ser humano, más aún en uno del
sexo femenino. Fue la más frívola y también la más bondadosa, la más infiel y a su
vez la más leal de las esposas en los últimos años de su vida. Una madre distraída y al mismo tiempo una maman poule que dio a luz nada menos que a diez hijos, a los que
mucho amó y fue por ellos amada. Entregada, pues, y liviana; reflexiva y dueña de
una gran intuición; generosa y pródiga; inteligente y temeraria; egocéntrica y
comprometida; buena y también atolondrada. Sí, todo eso fue mi madre y muchas
cosas más igualmente contradictorias. Pero por encima de todo, fue muy bella. Por
eso me gustaría acabar este relato contando una escena en apariencia banal que creo
la describe bien. Poco antes de morir hizo un viaje a París, que para entonces apenas
se parecía a la ciudad en la que ella había brillado. Así como hacían furor las
memorias de los tiempos de la Revolución, también en el teatro se representaban
obras sobre esos años. Teresa sentía curiosidad por ver cómo habían escenificado
situaciones que ella había vivido de primera mano, por lo que rogó a mi hermano
Édouard que la llevase al Ambigú a ver un drama titulado Robespierre. Édouard se
mostró reacio. Temía que la ya muy precaria salud de mi madre se resintiese al ver
algo que, quién sabe, tal vez fuese motivo de dolor o, peor aún, calumnioso, puesto
que uno de los personajes principales de la obra era ella misma. Teresa insistió tanto
que por fin mi hermano no tuvo más remedio que llevarla.
Imaginemos por un momento la escena. Se abre el telón; comienza la
representación, que se desarrolla en el despacho de Robespierre, y allí puede verse al
Incorruptible escribiendo con una larga pluma de ganso. No han pasado ni dos
minutos cuando hace su entrada en escena un sans-culotte y anuncia: «¡La ciudadana
Cabarrús!».
Entonces Édouard se vuelve hacia nuestra madre y comprueba con angustia que
se ha desmayado. Gran conmoción. La sacan con enorme cuidado del palco, Édouard
la reanima con unas sales y, cuando por fin vuelve en sí, el único comentario que
hace es uno tan propio de una merveilleuse como ella que resulta delicioso recordar:
–¿Has visto, Édouard? ¿Te has fijado en lo pésimamente mal vestida que iba la
actriz que me representaba? Quelle horreur!
Sí, así era mi madre. Y estoy segura de que ahora, no importa en qué esquina del
paraíso se encuentre, reunida tal vez con muchos de los otros personajes que
configuraron uno de los períodos más apasionantes de la Historia, seguirá siendo la
misma. La más ligera y también sin duda la más bella. Que Dios la bendiga.