La cinta roja

Carmen Posadas · Capítulo 38 de 56

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La cinta roja

Capítulo V

 

DE NUEVO,

 

EMPIEZA EL BAILE

Otra vez en el filo de la navaja

 

E l 26 de diciembre del año 1794 o 6 de Nivôse del año III de la nueva era, con la discreción que la antigüedad de nuestra relación aconsejaba, Tallien y yo nos casamos y yo me convertí en madame Tallien, tercero de los cinco nombres con los que se me conoce en la Historia. Al poco tiempo nació mi segundo hijo, una niña

a la que llamamos Rose en honor a su madrina. A Josefina se la conocía aún entonces

por su verdadero nombre y éste era además muy del agrado tanto del felicísimo padre

como del mío. A la recién nacida le añadimos además otro en recuerdo de los

históricos acontecimientos de los que habíamos sido actores principales, y así mi

pequeña se convirtió en Rose Thermidor, un bebé de una belleza extraordinaria que

era el juguete preferido de todos los amigos que, cada vez con más asiduidad,

frecuentaban nuestra casa de La Chaumiére. El invierno trajo, por cierto, otras modas

y modos a ese París cuya consigna principal seguía siendo vivre y divertirse a toda

costa. Por nuestra casa desfilaban ahora tanto jacobinos de atuendo severo como

emigrados ataviados de verde (el color de los realistas), pero el toque más

extravagante en el vestir lo poníamos como siempre las damas. Había que ver, por

ejemplo, a las esposas de los diputados y, más aún, a las de los llamados agiotistas o

especuladores, con sus joyas carísimas, que proclamaban a los cuatro vientos los

pingües y muy turbios negocios de sus maridos.

Sin embargo, lo más notable de estas reuniones no era la forma de vestir, que de

puro extravagante ya no llamaba la atención de nadie, sino el culto que ahora se hacía

a una nueva forma de fraternidad. Y es que esta palabra, que junto a sus hermanas

«igualdad» y «libertad» había sido el lema de nuestra Revolución, comenzaba a

utilizarse para describir un nuevo entendimiento entre ciertas clases sociales

mortalmente enfrentadas hasta el momento. Si con anterioridad se procuraba (al

menos en apariencia) fraternizar con las clases bajas e incluso copiar su forma de

hablar y de vestir, ahora este noble sentimiento fraternal se encaminaba hacia las

clases dominantes, esto es, a las del Antiguo Régimen, y también a la de los

representantes políticos del momento. Así, no era raro ver en mi casa, por ejemplo, a

jacobinos departir con aristócratas de viejo cuño entre los que se había puesto de

moda, por cierto, saludar á la victime; es decir, con un movimiento brusco de cabeza

hacia delante, como si reprodujesen el momento en que la guillotina decapitaba a sus

víctimas. «Míralos, ahí tienes al lobo paciendo junto al cordero y al leopardo con el

cabrito –solía comentar Germaine de Staël, que jamás desaprovechaba la ocasión

para soltar una cita culta–. ¿Qué crees que le estará pidiendo el marqués de X al

diputado Z?».

Y lo que le estaba pidiendo el cordero al lobo o el cabrito al leopardo era, muy

posiblemente, un salvoconducto que permitiera el regreso de algún pariente suyo que había tenido que huir del país debido a «su miedo a los terroristas», bien sûr, no

porque careciese de ideas republicanas. Y es que aún en aquellos tiempos fraternales

nadie se atrevía a decir, por ejemplo, que no estaba orgulloso de nuestra gloriosa

Revolución. Los lobos paciendo con los corderos implicaba también que el jacobino

que tan sólo unos meses atrás habría denunciado en el cuartel de policía más próximo

la presencia de cualquier noble, ahora, ganado por los nuevos aires de opulencia de

nouveau riche, incluso se sentía muy halagado por la presencia junto a él de un rico

de toda la vida (aunque ese rico ya no lo fuera tanto y hubiera perdido la camisa o

casi la cabeza en la Revolución).

 

Fuera de los salones galantes, en la arena de la política, esta mezcolanza de principios

y credos era motivo de no poca desorientación. Se dictaban leyes ora de un signo, ora

de otro, y mientras en los salones reinaba la opulencia, en la calle el hambre y la

desesperación, unidos al descontento general, iban a inspirar dos revueltas históricas

ocurridas en la primavera de 1795 que acabarían con un baño de sangre. Y de pronto,

cuando todo parecía indicar que nos estábamos deslizando otra vez hacia los peores

momentos de la Revolución, tuvimos noticia de que Luis XVII, el pequeño y

desdichado delfín, acababa de morir en prisión, lo que iba una vez más a poner en

peligro a Tallien. Sucedió que, una vez conocida la noticia, todos esperábamos del

conde de Provence, hermano y heredero de Luis XVI, ciertas palabras de

conciliación. Un gesto que sirviera tal vez para acercar posiciones con los que, como

yo, para entonces secretamente deseábamos una no muy lejana unión entre los

realistas moderados y los termidorianos con Tallien a la cabeza. Sin embargo, en vez

de palabras de acercamiento, las que pronunció el conde de Provence fueron de una

dureza inusitada. En su famosa proclamación de Verona, el hermano de Luis XVI dio

a conocer al mundo que pensaba asumir el título de Luis XVIII. Y no sólo eso, sino

que su deseo era instaurar la monarquía absoluta, que tenía por objetivo la supresión

de todas las libertades logradas por la Revolución, así como también (y esto nos

afectaba directamente a Tallien y a mí) la persecución implacable de aquellos que

habían votado la muerte de su hermano.

Como es de suponer, en medio de todas las intrigas que se tejían y destejían en el

seno de la Convención, estas declaraciones tuvieron un efecto devastador. Los que

poco a poco se habían ido escorando a la derecha, como Tallien, se enfrentaban ahora

a un considerable dilema: ser atropellados por los jacobinos si se inclinaban

demasiado a la izquierda o subir al cadalso si se producía una restauración de la

monarquía, puesto que todos eran regicidas o, como mínimo, habían participado en

los más sangrientos capítulos de la represión. Había pues que dar un paso atrás y

renunciar a toda esperanza política de derechas, puesto que nosotros nunca seríamos considerados por los realistas como de los suyos.

–¿Nunca? –le dije a Tallien mientras él me pintaba tan negro panorama–. Se me

ocurre una idea que tal vez podría darnos una salida más que airosa.

–¿A cuál te refieres? –inquirió Tallien, sirviéndose otra gran copa de coñac. Había

comenzado a beber con demasiada liberalidad por aquel entonces y yo tenía que

hacer verdaderos esfuerzos para que no se encerrara en su estudio durante horas

entregado a negros pensamientos y con la única compañía de una botella de licor.

–Tengo la sensación –añadió dando el primer trago– de que hace tiempo que

caminamos por el filo de una inacabable navaja que terminará por desollarnos.

–Y desde luego no ayuda en nada caminar por una navaja en compañía de una

amiga como ésta –contesté señalando su copa rebosante–.

–Escucha lo que he pensado: tú conoces, naturalmente, el nombre de Manuel

Godoy, y sabes también que es buen amigo de Francia.

–Pensé que era mentira toda aquella patraña de tus coqueteos con los Borbones

españoles –dijo Tallien no sin amargura.

–Y lo era, pero las cosas cambian tan rápidamente en estos tiempos que las

mentiras de ayer bien pueden ser nuestra salvación de hoy. Mi padre mantiene

excelentes relaciones con Godoy. No sería nada difícil jugar esta carta.

–Dios mío, Teresa, ¿a qué te refieres ahora?

–A crear un nuevo pretendiente. A río revuelto, ganancia de pescadores, dicen, o

lo que es lo mismo, de personas en dificultades como nosotros. Piénsalo por un

momento: son muchos los que no se fían de ese gordo e intrigante hermano de Luis

XVI, muchos incluso lo detestaban ya antes de la Revolución. Si nosotros

encontráramos a otro Borbón que no recuerde tanto a tiempos pasados... Pongamos

que sea un joven sin ataduras, uno que nos estaría eternamente agradecido por

haberle hecho un favor impagable.

–Temo cuando veo en tus ojos esa mirada, Thérésia –dijo él, puesto que, según

Tallien, cuando yo hablaba de ciertos asuntos un extraño brillo asomaba a mis ojos.

El de la ambición, lo llamaba él; yo lo llamaba el de la más elemental supervivencia.

–Adelantarse a los deseos de los poderosos no sólo es fácil, sino muchas veces la

única manera de salir de ciertas situaciones. Godoy es un hombre astuto pero también

enormemente ambicioso. Piensa cuánto le complacería (y convendría) sentar a un

Borbón español en el trono de Francia. Pongamos que sea uno de los hijos de Carlos

IV; el vínculo familiar entre éste y el difunto Luis XVI no puede ser más cercano, se

trataría por tanto de un pretendiente ideal. Lo único que hay que hacer es sembrar la

idea en Madrid, y eso es tan fácil como que yo escriba a mi padre. Él conoce la

situación privilegiada que tú tienes en la Convención y cómo puedes colaborar para

conseguir nuestro objetivo.

Dije estas palabras y me mordí los labios; nunca me ha gustado mentir. Naturalmente, la situación de Tallien en la Cámara distaba mucho de ser privilegiada,

pero eso no tenía yo intención de decírselo tampoco a mi padre, que vivía en Madrid

y seguía los acontecimientos de Francia con el natural retraso que da la lejanía. Por

otro lado, era un hecho incontrovertible que al resto de los termidorianos les convenía

tanto como a nosotros que existiera un segundo pretendiente al trono que mermase las

posibilidades del conde de Provence, y nadie tenía por qué saber de quién había

partido la idea. Cuando algo conviene a muchos, sólo se precisa sembrar la tan útil

semilla del interés propio para que ésta crezca sola. Y es que, según tengo observado,

en esto como en otras cosas, la política se parece inquietantemente al amor: para

ganar en ambos, es preferible invocar no nuestros deseos y pasiones, sino los del

contrario. Y es a veces tan fácil...

Así pusimos en marcha Tallien y yo aquella pequeña estrategia. Él comenzó a

sembrar la duda en las cabezas de sus compañeros termidorianos, que ya veían

peligrar las suyas con la amenaza del conde de Provence, y yo escribí a mi padre.

Lentamente comenzó a fraguarse un plan que, a buen seguro, hubiera resultado

beneficioso para (casi) todos en Francia si no se hubiese cruzado en nuestro camino

una nueva y muy alargada sombra.

Mientras los termidorianos se mostraban verdaderamente atemorizados con el

manifiesto de Luis XVIII, mientras Tallien y yo coqueteábamos secretamente con la

idea de un Borbón español y mientras muchos en la Convención ensayaban diversos

métodos para hacer olvidar a los de la izquierda los lazos comprometedores que los

unían a los realistas moderados, el azar iba a añadir un nuevo elemento imprevisto a

la situación. En junio de 1795 llegó a París la noticia de que un desembarco de

emigrados realistas acababa de producirse en Quiberon con la ayuda de una flota

inglesa. ¡Qué ocasión única –pensamos entonces todos– para aclarar cualquier

situación! Porque lo cierto es que el hecho de que el desembarco tuviese lugar gracias

a la ayuda del enemigo patrio por excelencia, la pérfida Albión, obligaba a todos a

condenarlo. Y fue de este modo tan poco afortunado como hicieron su entrada en

escena unos personajes que iban dar a la literatura muy bellas páginas. Se llamaban

los chouans y eran un grupo de nostálgicos realistas que en el oeste del país se

alzaron en armas con todos los ingredientes de romanticismo y de leyenda. La

Convención, como digo, no podía de ninguna manera mostrarse indecisa, por lo que

decidió mandar con urgencia a uno de sus generales a sofocar la rebelión. Se trataba

de uno de los oficiales más prestigiosos del momento, el general Hoche, pero se

consideró oportuno enviar, además, a algún miembro de la Cámara como observador.

Tallien movió entonces todos los hilos posibles para ser elegido; su encomienda no

era de una extraordinaria relevancia, pero aun así, la alegría que sintió al saber que

había sido nombrado resulta difícil de describir.

–Thérésia, amor mío, los cielos han escuchado mis plegarias. ¡Actuar contra los ingleses!, contra los más inveterados enemigos de la patria y hacerlo junto a Hoche.

Ya verás como a mi regreso nuestros amigos me mirarán con otros ojos. Bésame,

Thérésia, deséame suerte, ¿me echarás de menos al menos un poquito? Prométeme

que sí.

Lo cierto es que no le eché de menos. No sólo porque mis sentimientos hacia él

eran cada vez más fríos, sino porque no me dio tiempo a hacerlo; la rebelión de los

chouans, a pesar de todas las bellas páginas que ha inspirado, no fue más que un

sentimental y muy breve hiato en la historia de Francia. Aquellos hombres de campo,

tan apegados a la tierra, que se alzaron en defensa de la tradición y de la monarquía,

no resistieron ni la primera embestida. Abandonados por los ingleses en el último

momento y teniéndoselas que ver con la superioridad estratégica y armamentística del

general Hoche, retrocedieron y finalmente se vieron obligados a replegarse en

desorden. Fue lo que se dio en llamar la derrota de Quiberon. No podía ser de otro

modo: los chouans no eran más que unos idealistas que luchaban contra un ejército

bregado en todos los frentes que Francia tenía abiertos en esos momentos contra el

resto de sus vecinos; un ejército que, gracias a sus conquistas y a los botines de

guerra, se estaba convirtiendo en el más poderoso de toda Europa.

Días más tarde, Tallien regresó a París con la satisfacción del triunfo y la

comprensible esperanza de que éste lo convirtiera de nuevo en el héroe que

brevemente había sido después la muerte de Robespierre. Así, tras la derrota de los

chouans eligió mostrarse magnánimo con los vencidos; les prometió clemencia a

cambio de su rendición sin condiciones y ellos aceptaron agradecidos. Una vez más,

Tallien prefería evitar un derramamiento de sangre.

–¿Para qué? –argumentaba–, la victoria ha sido tan rápida, tan completa, que no

es necesario más castigo.

Incluso se arriesgó a dar por su cuenta todo tipo de seguridades a los prisioneros,

porque también, según sus palabras, «la República no necesita más cadáveres, sino

concordia».

Y es que ya hacía mucho que Tallien no era aquel représentant en mission, aquel

terrorista que se complacía con la muerte de sus adversarios. Ahora era, gracias a mi

influencia y dicho en palabras de esas que se cuchichean en voz baja y con retintín, le

gentil petit chien de madame Cabarrús. El perrito de la señora Cabarrús, así me

confesó Frenelle que lo llamaban abiertamente y entre risas en la calle incluso antes

de su regreso de Quiberon. Según los vecinos de París, Tallien hacía tiempo que se

había convertido por amor en la mascota de la Cabarrús, a la que concedía no sólo la

clemencia que ella solicitaba para los vencidos, sino también todos sus frívolos

caprichos de mujer rica. Qué cruel es la gente. Me entristecieron sobremanera estas

revelaciones, no ya por lo despectivas que eran respecto de mí, sino sobre todo por lo

injustas que resultaban para con Tallien. Que un hombre sin escrúpulos cambie de actitud por una mujer se interpreta con demasiada frecuencia como un acto de

debilidad, de cobardía incluso, pero ¿acaso no es la mayor de las grandezas volverse

clemente por amor?

Por fortuna, Tallien estaba tan feliz con su triunfo que no tenía oídos para

habladurías. Albergaba la esperanza de que su magnanimidad hiciera que la Fortuna

volviera a sonreírle, pero dicha diosa siempre se mostró esquiva con Tallien. Y es que

bastaron apenas un par de días para que Sieyès, uno de los diputados que siempre

había sabido, como Fouché, aprovechar con éxito las situaciones para su provecho

propio, vio en la clemencia que Tallien había demostrado con los chouans una forma

de acabar para siempre con aquel incómodo individuo que jugaba con tantas barajas

sin tener talento para ello. Sieyès denunció a mi marido ante la Convención y lo

acusó del peor crimen que se podía cometer en aquel momento en que la sombra de

Luis XVIII era ya demasiado alargada y los ingleses habían intentado ayudar a los

chouans: lo acusó de connivencia con los realistas. Incluso tuvo la desfachatez de

presentar cartas que, supuestamente, aludían a una restauración monárquica en la que

Teresa Cabarrús jugaba, una vez más, el papel de espía de España y de su rey Borbón.

Todo era una gran mentira. Yo apenas había tenido tiempo de poner en marcha mi

plan, de modo que nada podían conocer de él ni Sieyès ni ninguno de los suyos. Pero

mucho me temo que este individuo, famoso por sus insidias, sabía utilizar bien las

medias verdades, las apariencias, las sospechas, y hacer válido ese refrán tan español

que dice que, cuando el río suena, agua lleva.

–Vamos –le dije a Tallien cuando me contó lo que se estaba fraguando contra él–.

¿Quién va a creer a ese miserable de Sieyès? ¿No es él acaso el mismo que asistió a

la Convención durante todos los años del Terror sin despegar jamás los labios, y

cuando le preguntaron qué había hecho durante ese tiempo por salvar a la patria, dio

sonriendo esa contestación que se ha hecho famosa de puro cínica: J'ai vécu, he

vivido? Con seguridad nadie puede tomar en serio las acusaciones de un hombre de

su catadura.

Tallien movió tristemente la cabeza.

–No se trata sólo de las palabras de un hombre como él, sino también de la

verdad, Thérésia.

–¡Una verdad que nadie más que tú y yo sabemos! –respondí con calor–. Lo único

que debes hacer ahora es hablar en la Convención. Explicarles cómo Hoche y tú

habéis desbaratado una tentativa de los malditos ingleses por acabar con nuestra

gloriosa República.

–Eso sería tanto como entregar a los chouans a la Louisette, amor mío. Ellos se

rindieron sin condiciones bajo mi promesa de clemencia. Sería poco menos que un

crimen...

–¡No! –insistí–. Tú puedes fácilmente hacer ambas cosas; demostrar a todos tu afán republicano y también guardar tu palabra. ¿Sabes qué fecha es hoy? 7 de

Thermidor, el 9 es el primer aniversario de la caída de Robespierre. Te será muy fácil

aprovechar la efemérides del día en que fuiste un héroe para volver a serlo. El

fantasma del Incorruptible va a ser esta vez nuestro mejor aliado. Nadie quiere que

vuelva la venganza, ni el dolor, ni la sangre. Lo que Francia necesita son gobernantes

como tú: decididos y a la vez magnánimos, fuertes y también clementes.

–No saldrá bien, vida mía, es demasiado arriesgado. No hace falta que te recuerde

lo mucho que pueden cambiar las cosas, las fortunas, incluso la vida cuando uno se

sube a la tribuna en la Convención. Le pasó a Danton, le pasó a Robespierre, a

hombres mucho más grandes que yo. Una palabra inadecuada, un gesto imprudente y

todo estará perdido.

–Te equivocas una vez más –le dije a punto de perder la paciencia–. Tú has salido

airoso de situaciones más difíciles que ésta y eres un hombre mucho más grande que

Robespierre. Yo estaré en la Convención para darte ánimo. juntos podemos lograrlo

todo, siempre hemos podido.