La cinta roja

Carmen Posadas · Capítulo 25 de 56

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La cinta roja

Prisionera en la fortaleza de Hâ

 

N o habían transcurrido ni dos horas cuando me encontré en una helada mazmorra con la sola compañía de mis oraciones y el sonido del arañar de las ratas. Miento. En realidad había otra compañía que logró angustiarme aún más que la amenaza de las ratas. Me refiero a los gusanos que infestaban el jergón de paja que

hacía las veces de cama y cuyos cuerpos filiformes, fríos, babosos lograban

introducirse en mis enaguas, subir por mis piernas, entre las mangas de mi camisa.

Las horas se arrastraban lentas y la oscuridad que reinaba en aquel agujero

inmundo apenas lograba quebrarse con la ínfima luz que entraba por un ventanuco

enrejado. Por él me llegaban los lamentos (a veces gritos) de otros compañeros de

desgracia, pero con todo y con eso me consideraba yo afortunada. Y es que, al

haberse producido mi detención tan tarde en la noche, los trámites de admisión y en

especial el temido rapiotage que precedía a todo ingreso en prisión no tendrían lugar,

según me informaron, hasta la mañana siguiente. Esta práctica, común a todas las

cárceles de Francia, consistía en ser desnudada por un par de hombres y, después de

las consiguientes burlas y escarnios, registrada hasta los lugares más íntimos en busca

de joyas o monedas escondidas. El rapiotage era obligatorio para todos sin distinción

de edad o sexo, pero resultaba fácil adivinar que existía una diferencia considerable

entre el examen al que sometían a un hombre o a una mujer, una anciana o una

muchacha joven. «Mañana, Teresita –me decía a mí misma mirando por el ventanuco

cómo declinaba la luna al tiempo que comenzaban a despuntar muy tímidamente las

primeras luces del alba–, cuando llegue el día, ya nada te librará. Las ratas y los

gusanos son compañía agradable comparada con el rapiotage».

Hay que decir que todo este golpe contra mí estaba muy bien planeado. Días

atrás, Tallien había solicitado permiso para regresar a París debido al fallecimiento de

su padre. Su intención era pasar allí quince días para organizar la vida futura de su

madre viuda y la noticia de mi arresto le llegó justo cuando estaba a punto de

abandonar Burdeos. Sus enemigos habían calculado que, al hallarse ante un hecho

consumado y de tal gravedad, Tallien no retrocedería, puesto que hacerlo era tanto

como comprometerse públicamente a favor de una enemiga de la República.

Pensaban, además, que aprovecharía su viaje a la capital para calmar su propia

conciencia, sin duda dividida entre el deber hacia la patria y su inexplicable debilidad

por una mujer que ni siquiera tenía certificado de civismo. Una debilidad, además,

que no sólo era estúpida, sino también peligrosa, puesto que todos sabían el castigo

que Robespierre y los demás representantes de París reservaban a los traidores.

Sin embargo, quienes así pensaban no conocían a Tallien. Esa misma mañana, tan

temprano que aún no se había puesto en marcha la ceremonia del rapiotage, los

funcionarios de la prisión de Há quedaron estupefactos al ver cómo el jacobino Tallien, procónsul de Burdeos y promulgador de la política de represión contra los

aristócratas, se presentaba en su fortaleza. Lo hizo con las plumas de su sombrero

ondeando bizarramente sobre su cabeza al tiempo que alzaba la voz reclamando la

inmediata liberación de la detenida Teresa Cabarrús, antes llamada marquesa de

Fontenay. Yo, por mi parte, al oír cómo se descorrían los cerrojos y segura de la

suerte que me esperaba, al ver que quien entraba no era uno de mis carceleros sino el

mismísimo Tallien, me arrojé a sus brazos cubriéndole de besos. También él me

abrazó con fuerza y así permanecimos varios minutos, hasta que por fin tomó mi

mano suavemente y, como quien guía a una niña, condujo mi paso de nuevo hacia la

libertad.

 

Dice una ley de lesa humanidad que la sangre, cuando no incita a más sangre, concita

al amor o, mejor aún, a la voluptuosidad. Por eso supongo que no sorprenderé a nadie

si digo que apenas unas horas después de mi liberación, las habitaciones privadas del

ciudadano Tallien en la Maison Nationale, con la sombra de la guillotina que se

adivinaba bajo sus ventanas, fueron testigos de nuestro primer act d'amour. Y digo

bien amor porque, aunque esta palabra es engañosa y se confunde a veces con pasión

o con atracción fatal y otras, en cambio, con cariño o simple agradecimiento, de todo

ello hubo en dicha ocasión. Aquéllos de entre mis lectores que hayan tenido la

fortuna de ser objeto de un amor arrasador, incondicional y desbordante por parte de

otra persona, saben cuán turbador es ver el efecto que causamos en quien tanto nos

ama. Sentir la adoración de otro, sobre todo cuando se trata de un hombre poderoso,

no puede compararse con amar, es cierto, pero miente quien diga que no es agradable

e incluso excitante. Sobre todo cuando dicha adoración se muestra acompañada del

respeto, virtud tanto más inexplicable cuando viene de un hombre sin escrúpulos.

Jean-Lambert Tallien estaba ahí, de pie junto a la ventana, sin atreverse siquiera a

acercarse al lecho. Tuve que ayudarle a despojarse de sus ropas, revolucionarias,

estridentes. Y debajo de ese envoltorio que lo hacía parecer un punto ridículo,

descubrí de pronto un cuerpo tosco, pero también de una belleza ruda, viril, que no

me fue difícil abrazar. «Nunca dejaré que te hagan daño, Thérésia, mi luz, mi norte,

mi única vida...», repetía mientras sus dedos comenzaban a recorrer temblando sobre

mí todas las sendas del amor tanto tiempo demoradas. Y lo hacían con un cuidado y

veneración tales que diríase que nunca antes las hubieran transitado sobre cuerpo

alguno. Hasta aquel día, cada vez que mis amantes habían recorrido similares

caminos, yo había imaginado que eran las manos de Jean-Alex Laborde las que me

acariciaban. ¿Pero dónde estaría ahora mi muy querido y único amor? Cuán lejana

parecía en estos momentos aquella sublimada pasión. Desde su partida, mucha agua

había pasado bajo los puentes, como dicen los franceses; agua, sí, pero también mucha sangre. Tal vez por eso aquella tarde, junto al infame représentant en mission,

yo me dejé llevar por la extraña sensación de ser venerada, adorada por un hombre

como él, y entonces sucedió lo inesperado. Mi cuerpo, que desde la violación por

parte de mi marido dos años atrás nada sentía, pareció encenderse de pronto. No

puede decirse que yo fuera inexperta ni muchos menos virgen. A mis veinte años ya

había tenido un marido y dos amantes con los que creía disfrutar en la cama. Pero lo

que yo sentí esa tarde en brazos de aquel hombre, de aquel asesino, fue algo distinto,

mucho más intenso que lo que ningún otro me había hecho vivir. Amor y deseo,

deseo y amor... los hombres jamás confunden una cosa con otra y son capaces de

desear sin amar y también de amar sin desear, pero ¿y nosotras? ¿Acaso no se dice

siempre que necesitamos de lo primero para sentir lo segundo?

Ahora que soy vieja sé muy bien qué fue lo que sentí por Jean-Lambert Tallien

aquella tarde: eran ganas de vivir, de olvidar la proximidad de las ratas y de los

gusanos en la fortaleza de Há, así como la amenaza del rapiotage al rayar el día. De

olvidar también que mientras me entregaba a ese hombre con una pasión que nada

tenía de fingida, bajo la ventana de su habitación, a pocos metros de nosotros,

acechaba la guillotina que horas más tarde, y como todos los días, volvería a teñirse

de sangre inocente. O quizá fuera, por qué no, una combinación de todo ello unida a

la conciencia de que estaba sola en un mundo que se desmoronaba a mi alrededor. Sí,

la pasión por la vida se confunde a menudo con la pasión por una persona, eso lo sé

ahora, aunque entonces nada sabía. Por eso me abracé a Jean-Lambert como no había

abrazado a nadie antes excepto al camafeo de mi pobre Jean-Alex Laborde.

Ahora que lo pienso, cuántos Jean ha habido en mi vida y tan distintos entre ellos:

Jean-Alex Laborde, mi primer amor; Jean-Jacques Devin, mi marido; y ahora Jean-

Lambert Tallien, mi amante en tiempos del Terror. Años más tarde, cuando alguien

me preguntaba cómo había consentido entregarme a un tipo como él, yo respondía

con una sonrisa, un encogimiento de hombros y la siguiente frase: «No se puede

escoger la tabla de salvación cuando se está en plena tempestad». Una elegante

explicación que me salvaría de naufragar en el aprecio de muchas buenas personas,

pero que es tan sólo una verdad a medias. Porque cierto es que Tallien fue la tabla de

salvación a la que me aferré cuando estábamos todos en plena tempestad

revolucionaria, pero también es verdad que lo hice con auténtica entrega. Digamos,

puesto que suena aceptable, que el miedo y, más aún, el terror hacen, en efecto,

extraños compañeros de cama. Pero digamos también, aunque ya no sea tan

aceptable, que mi cuerpo era joven y necesitaba desesperadamente de caricias.

–Mi vida, mi amor, no temas. Nunca te pasará nada mientras yo pueda impedirlo

y esté ahí para cuidarte –me dijo Tallien mientras con infinita delicadeza apartaba mis

cabellos para besarme. Estábamos ahora en su cama y él miraba mi cuerpo desnudo

del mismo modo en que se venera algo que infinitas veces se ha deseado sin atreverse siquiera a soñar con alcanzarlo un día–. Sí, amor mío, siempre estaré ahí para

protegerte, para alejar de ti todo mal. Amándote, amándonos –añadió extrañamente.

Y yo, que en ese momento podía ver sobre nuestros cuerpos la sombra de la

guillotina que entraba por la ventana para dibujar en ellos ese extraño tatuaje de

muerte que los unía, lo besé también.

–Amándonos, amándote –correspondí.

 

A partir de ese día, todo lo que murmuraban las malas lenguas de mí comenzó a ser

cierto: yo era ya a todos los efectos la amante del represor de Burdeos, del hombre

que junto a su secuaces Ysabeau y el general Brune y en nombre de la Revolución

encarcelaba, torturaba, guillotinaba, robaba. Sin embargo, antes de contar nuestra

peculiar historia de amor es necesario una vez más que me detenga unos minutos para

mirar atrás y explicar qué había pasado en Francia en los últimos meses.

El año 1793 en que aún nos encontrábamos había comenzado (y qué lejano

parecía aquello) con la muerte de Luis XVI a mediados de enero. En ese mismo mes

se declaró además la guerra a los ingleses y holandeses, que amenazaban nuestra

gloriosa Revolución, y dos meses más tarde se hizo otro tanto, esta vez contra

España. Junio de 1793 había traído la expulsión de los diputados girondinos del poder

y, como consecuencia de ello, los levantamientos en toda Francia contra la autoridad

de París. Julio, por su parte, la salida de Danton del Comité de Salvación, también el

asesinato del extremista Marat a manos de Charlotte Corday y, por fin, la llegada al

poder absoluto de Robespierre. En octubre se adoptó en toda Francia el calendario

republicano, que marcó el comienzo de una nueva era y una más revolucionaria

forma de contar el tiempo. Así, en el mes de octubre, ahora llamado Vendémiaire,

arreciaron las detenciones y matanzas en las provincias rebeldes, mientras que el 25

del mismo mes fue testigo de la ejecución de María Antonieta, a la que se había

acusado previamente, y entre otras cosas, de tener relaciones sexuales incestuosas con

su propio hijo, de apenas ocho años.

Dos hechos notables más habrían de suceder antes de que finalizara el azaroso

año de 1793. Por un lado, la reconquista de Toulon, que estaba en manos de los

ingleses y que supuso una gran victoria para Francia; y por otro, el gesto del obispo

constitucional de París, Gobel, de depositar sus insignias religiosas y reconocer que

no existía, a partir de ese momento, otro culto que el de la Santa Igualdad. De ahí en

adelante comenzaron a saquearse iglesias, se violaron, santuarios y en Lyon, por

ejemplo, el ex seminarista Fouché, ahora representante en misión, organizó una

cabalgata de asnos vestidos con ornamentos sagrados que fue muy celebrada por los

sans-culottes.

Si me detengo a relatar estos detalles de profanación religiosa que sin duda poco pueden sorprender al lector a estas alturas, es para explicar cómo en toda Francia

estaba naciendo una nueva divinidad que mucho habría de condicionar nuestras vidas

y en particular la mía. Sucedió que, una vez consumado el derrocamiento de la

antigua Iglesia de Francia, el pueblo comenzó a echar en falta algo que diera

trascendencia a sus actos, tanto los cotidianos como los revolucionarios. Existía –

hasta los más ateos se daban cuenta de ello– un vacío espiritual en la República que

era necesario llenar de alguna manera. O dicho en otras palabras: había que buscarle

un sustituto a Dios ahora que Dios había sido depuesto. Y a ser posible, éste debía,

además, estar acorde con esa nueva era que ahora se abría para todos nosotros, en el

año i de nuestra gloriosa Revolución.

En realidad, no hubo que pensar demasiado para encontrar al dios, o, mejor dicho,

a la diosa ideal. ¿Acaso no estábamos en la época de la Razón?, pues he ahí nuestra

divinidad, cavilaron sin duda los responsables políticos de París. Y si los franceses

tenían dificultades para sustituir a Dios con algo tan inmaterial, tan vago y tan

rationnel como dicha diosa, lo único que había que hacer era dotarla de la estética

adecuada. ¿No era ésta la época de los decorados, de las representaciones y de las

mises en scéne? Escenifiquemos pues, debieron de pensar nuestros responsables

políticos.

Así, el 10 de noviembre (o 20 de Brumaire, según el nuevo calendario) se celebró

en París, en la iglesia de Notre-Dame, la primera gran fiesta dedicada a nuestra nueva

diosa. Una vez despojado el templo de todas sus imágenes y cuadros se procedió a

levantar en el centro de la nave una bella montaña artificial con un sendero que

serpenteaba hasta la cima y una inscripción en lo alto que rezaba: A la filosofía. A

media cuesta, sobre un altar de reminiscencias griegas, ardía una gran antorcha de luz

azulada, la antorcha de la diosa Razón, naturalmente. La ceremonia fue, según tengo

entendido, tan solemne como impresionante. Al son de una música marcial, varias

muchachas vestidas de blanco descendieron de la montaña, unas por la derecha, otras

por la izquierda, para saludar a la antorcha antes de volver a subir a la cima. En ese

momento apareció una bella mujer que encarnaba a la Libertad. Llevaba túnica

blanca, manto azul y gorro frigio. En la mano portaba una pica y fue a sentarse en un

trono de verde follaje. Después de presenciar cómo un coro de bellísimos

adolescentes entonaba un himno patriótico, la diosa se levantó y, con gran

majestuosidad, fue a saludar a la Convención, que, muy honrada por ello, procedió a

hacerle un sitio entre sus miembros mientras el presidente le daba, en nombre de

todos, un beso fraternal.

 

A partir de ese día, en toda Francia comenzaron a celebrarse ceremonias

similares, puesto que, en tiempos de centralismo absoluto, lo que se estilaba en París

rápidamente se convertía en moda, cuando no en imposición o tiranía en el resto del país. De ahí que poco después, y para celebrar la gran noticia de la toma de Toulon,

nuestra ciudad de Burdeos se llenó de multitud de afiches en los que podía leerse:

 

AVISO A LOS CIUDADANOS

LIBERTAD, IGUALDAD

Toulon ha sido reconquistado; el inglés es vencido por todas partes y las armas republicanas son

vencedoras en todo lugar. Los tiranos tiemblan, los patriotas deben alegrarse.

Conforme al decreto de la Convención Nacional, una fiesta cívica se celebrará el primer décadi (día

que sustituye al domingo cristiano) en honor de la victoria obtenida por el ejército francés sobre los

feroces ingleses y los pérfidos tuloneses... A mediodía, todo el cortejo se dirigirá al templo de la Razón.